Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 11. La caja de las tormentas
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11. La caja de las tormentas

Lucía borró el espejo con la toalla. Con rabia, frotando hasta que el cristal chirrió y las cuatro letras desaparecieron. Después se quedó mirándose en él: la cara pálida, los ojos hinchados, el pelo mojado pegado a la frente. Parecía una loca.

Y eso fue lo que pensó en cuanto se vistió y cogió las llaves del coche: que, si contaba lo del espejo, iban a pensar que estaba loca. Andrés ya lo había insinuado de su padre. Estaba solo, daba vueltas, hablaba de cosas viejas. No iba a darle la oportunidad de pensar lo mismo de ella.

Decidió que lo del espejo se lo guardaba. Para ella sola.

El cuartel estaba casi vacío. El agente Brais Couto, un chaval de veintiséis años con cara de no haber dormido, le tomó los datos en el mostrador mientras Andrés hablaba por teléfono en su despacho con la puerta abierta.

Por lo que Lucía oyó, era sobre el desprendimiento de A Ponte Vella: los técnicos no podían ni acercarse con el temporal, y una de las casas de la parte baja del pueblo se había inundado.

Cuando colgó, Andrés salió y se apoyó en el mostrador.

—¿Qué ha pasado?

Lucía se lo contó. El cuaderno. La nota. Las puertas cerradas. La silla atrancando el picaporte de atrás. Que se había tomado una pastilla para dormir y no se había enterado de nada.

Del espejo no dijo ni una palabra.

Andrés escuchó con los brazos cruzados. Cuando ella terminó, se quedó un rato callado.

—¿Te robaron algo más? ¿Dinero, joyas, el portátil?

—No. Tenía quinientos euros en el bolso. Ahí siguen.

—¿Quinientos euros? —Andrés levantó una ceja.

—Cosas mías.

Él no insistió.

—Entonces alguien entró en tu casa, con la puerta cerrada con llave y sin forzar nada, y se llevó un cuaderno viejo y un papel. Y dejó quinientos euros y un ordenador.

—Exacto.

—Lucía…

—Ya sé cómo suena, Andrés. —Lo dijo más alto de lo que quería. Brais levantó la vista del ordenador—. Sé exactamente cómo suena. Llevo doce años escuchando a gente que denuncia robos raros. Y la mitad mienten. Pero yo no miento.

Andrés suspiró y se pasó la mano por el pelo corto.

—No digo que mientas. Digo que no hay nada que pueda hacer con esto. No hay huellas en una puerta que no se forzó. No hay testigos en un cabo donde solo vive Pilar Souto. Y ese cuaderno… —Hizo un gesto vago—. No es que fuera precisamente un objeto de valor.

—Tenía valor para alguien. Lo bastante para entrar a por él mientras yo dormía en el piso de arriba.

Eso le hizo callar. Se quedaron mirándose. En los ojos grises de Andrés, Lucía vio algo que no era incredulidad. Era otra cosa. Incomodidad. Como cuando alguien sabe que tiene una piedra en el zapato y prefiere no quitársela.

—¿Quién más tiene llave de tu casa? —preguntó él.

—No lo sé. Mi padre vivió ahí cuarenta años. Pudo dar copias a quien quisiera.

—Cambia la cerradura en cuanto se abra la carretera. —Andrés se volvió hacia Brais—. Toma la denuncia. Robo en domicilio sin fuerza. Pásate esta tarde por el cabo y echa un vistazo, por si acaso.

—Sí, mi sargento.

Andrés iba a volver a su despacho, pero se detuvo.

—Lucía. —Bajó la voz—. Cuando se abra la carretera, piénsatelo. Firma lo que tengas que firmar, vende la casa y vuelve a Madrid. Aquí no vas a encontrar nada que te haga sentir mejor.

—¿Eso es un consejo o una amenaza?

Andrés la miró sorprendido. Luego dolido.

—Es un consejo de alguien que te conoce desde que tenías seis años.

Se metió en el despacho y cerró la puerta.

Lucía condujo de vuelta al cabo con las manos apretadas en el volante. Estaba furiosa. Con Andrés, con el pueblo, con su padre por no haberle contado nada, consigo misma por haberse tomado la maldita pastilla.

Pero debajo de la rabia había algo más frío. Una decisión.

No se iba a ir.

Lo había decidido en algún momento entre el espejo y el cuartel, sin darse cuenta.

Alguien quería que se fuera. Alguien le había escrito VETE en el espejo como quien le escribe a un niño.

Y la única respuesta que le salía a Lucía, desde muy dentro, era la misma que le salía de pequeña cuando le decían que no podía hacer algo: Ya verás que sí.

Al llegar a casa, se quedó de pie en el pasillo, mirando a su alrededor. El perchero con el anorak verde. Las fotos del faro. La alfombra gastada. El barómetro antiguo en la pared.

Piensa , se dijo. Si tú fueras él. Si tuvieras algo importante que esconder. Algo que no quieres que nadie encuentre, pero que tu hija sí pudiera encontrar.

Su padre sabía que la casa no era segura. Por eso había escondido la nota en el faro, dentro del cuaderno. Pero ¿y si había escondido algo más? ¿Algo que el ladrón no había sabido dónde buscar?

Sus ojos volvieron al barómetro.

Era un aparato antiguo, de los de mercurio, montado en una caja de madera oscura alta y estrecha, con una puertecita de cristal arriba para ver la escala y otra puertecita de madera abajo, cerrada con un pestillo de latón.

Había estado colgado en ese pasillo toda su vida.

Su padre lo miraba cada mañana antes de subir al faro y daba unos golpecitos en el cristal con el nudillo.

Y la puertecita de abajo… Lucía sonrió sin querer.

La caja de las tormentas.

Así la llamaba su padre. Cuando ella era pequeña y encontraba algo importante —una concha rara, un diente que se le había caído, una carta de un amigo—, él le decía: «Guárdalo en la caja de las tormentas.

Ahí no lo encontrará nadie. Las tormentas lo protegen».

Era su caja fuerte. Su secreto. Su madre ni siquiera sabía que existía.

Lucía se acercó al barómetro. Le temblaban los dedos. Levantó el pestillo de latón y abrió la puertecita de madera.

El hueco era pequeño, oscuro, del tamaño de una caja de zapatos estrecha. Olía a madera vieja y a polvo.

Estaba vacío.

Lucía metió la mano igualmente, hasta el fondo, palpando las esquinas. Nada. Nada. Iba a sacar la mano cuando sus dedos tocaron algo frío en el rincón de arriba. Algo metálico, sujeto a la madera con una chincheta.

Lo arrancó y lo sacó a la luz.

Era una llave. Pequeña, de latón, de esas que abren candados. Atada con un trozo de bramante había una etiqueta de cartón, de las que se usan para marcar los paquetes, y en ella, con la letra apretada de su padre, una sola letra mayúscula.

G.