Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 10. VETE
22%

10. VETE

El cajero de la plaza solo le dejó sacar trescientos euros.

Tuvo que volver a la una de la madrugada, cuando cambió el día, para sacar otros doscientos.

Mientras esperaba bajo la marquesina de la caja de ahorros, con la lluvia volviendo a arreciar, Lucía pensó que se estaba volviendo loca.

Quinientos euros a un viejo contrabandista por una historia de hacía veintiséis años. Si su jefe la viera.

Pero luego pensó en su padre. En que él también había ido a ver a Paco. En que Paco le había pedido dinero. En que su padre, que era el hombre más tacaño de toda la Costa da Morte, no había vuelto.

¿Por qué no volviste, papá? ¿Porque no tenías el dinero? ¿O porque ya no te hizo falta?

Subió al cabo con el coche dando tumbos en la pista embarrada. El faro barría la noche con su luz. Al llegar, antes de bajar, se quedó mirando la casa durante un minuto entero. Todas las ventanas a oscuras. La puerta cerrada. Nada fuera de lugar.

Entró, encendió todas las luces y comprobó las dos puertas. Cerradas. El cerrojo de la trasera, echado. Esa misma tarde había puesto una silla atrancando el picaporte. Seguía allí.

Se quitó el anorak empapado y lo colgó junto al fuego. Encendió la cocina de leña. Se hizo un té. Se sentó a la mesa de la cocina, frente a la puerta de la despensa llena de papeles, y abrió otra vez el cuaderno de 1998.

Lo había leído entero dos veces ese día.

Buscaba algo, lo que fuera, en las páginas de alrededor del 15 de agosto.

Un comentario, una tachadura, una marca.

Pero su padre era su padre: viento, mar, barcos.

Nada más. Las únicas palabras que no eran técnicas eran de octubre: Rosa peor.

O doutor ven todos os días. El doctor viene todos los días.

Lucía cerró el cuaderno y lo dejó sobre la mesa, junto a la libreta negra.

El móvil vibró. Era Elena.

—¿Estás bien? Te he llamado tres veces.

—Estaba en el pueblo. En el cajero.

—¿A estas horas? —Elena se rio—. ¿Vas a comprar algo ilegal?

Lucía estuvo a punto de contárselo. Lo de Paco, lo del dinero. Pero recordó la voz del viejo: A nadie. En este pueblo las paredes oyen.

—Cosas del banco. ¿Qué tal tú?

Hablaron un rato. Elena le contó que su padre estaba resfriado y de mal humor, que la farmacia había estado llena de gente comprando de todo por miedo a quedarse aislada. Le preguntó qué tal en la casa.

—Revisando papeles. Me he traído del faro uno de los cuadernos de mi padre. El de 1998.

Hubo un pequeño silencio al otro lado.

—¿Y qué tal?

—Mucho viento y muchos barcos. —Lucía bostezó—. Perdona. Llevo tres días sin dormir bien.

—¿No estás tomando las pastillas que te dio mi padre?

—No me gusta tomar pastillas.

—Lucía, por favor. Son suaves, de verdad, las vendo todos los días. Tómate una. Mañana estarás como nueva.

Lucía pensó en el día siguiente. En las seis de la tarde, en la barca de Paco, en lo que el viejo podía contarle. Necesitaba tener la cabeza clara. Necesitaba dormir.

—Vale. Una.

—Así me gusta. Buenas noches, cariño.

Se tomó la pastilla con el último sorbo de té. Subió a su antiguo cuarto, se puso un pijama de franela que había encontrado en el armario de su padre y se metió bajo la colcha de ganchillo de su madre. Escuchó el viento un rato. Pensó que la pastilla no le iba a hacer nada.

Luego no pensó nada más.

Se despertó con la boca seca y una piedra dentro de la cabeza.

Tardó mucho en entender dónde estaba. La luz gris entraba por la ventana. El reloj de la mesilla marcaba las once y diez. Las once y diez. Ella, que en Madrid se levantaba a las seis y media sin despertador desde hacía quince años.

Se incorporó y el cuarto dio una vuelta entera. Tuvo que sujetarse al cabecero. Los brazos y las piernas le pesaban como si fueran de plomo. Le costaba enfocar la vista.

Suaves , había dicho Elena. Media antes de acostarte , había dicho el doctor. Ella se había tomado una entera, nada más.

Bajó la escalera agarrada a la barandilla, despacio, escalón a escalón. Necesitaba café. Mucho café.

Entró en la cocina.

Y se quedó quieta en la puerta.

La mesa estaba igual que la había dejado. La taza de té vacía. La libreta negra. El bolígrafo.

El cuaderno de 1998 no estaba.

Lucía miró debajo de la mesa, en las sillas, en la encimera, en el suelo. Abrió los armarios. Subió otra vez al cuarto, por si lo había subido sin acordarse. Nada. Volvió a bajar con el corazón golpeándole en los oídos.

Miró la puerta de la despensa. Su pared. Las fechas, las flechas, los nombres. Todo seguía allí.

Todo menos la funda de plástico del centro.

La nota de su padre había desaparecido.

Lucía corrió a la puerta trasera. La silla seguía atrancando el picaporte. El cerrojo estaba echado. Fue a la puerta principal: cerrada con llave, como la había dejado. Las ventanas: todas cerradas.

Nadie había forzado nada. Y, sin embargo, alguien había estado allí. Mientras ella dormía, a pocos metros, en el piso de arriba, sin enterarse de nada. Alguien había entrado, había cogido exactamente lo que había venido a buscar y se había ido. Sin prisa.

Se sentó en el suelo de la cocina con la espalda contra la pared y se abrazó las rodillas.

Respiró. Una vez, dos, tres. Piensa. Piensa como en el trabajo.

Sacó el móvil. Pasó las fotos con dedos torpes. Ahí estaban: la que había hecho en el faro de la tapa del cuaderno, la del pliegue con las hojas arrancadas, la de la nota. No fue el mar. La letra de su padre, en la pantalla. Al menos eso no se lo podían quitar.

Necesitaba una ducha. Necesitaba quitarse esa niebla de la cabeza.

Subió al baño, abrió el grifo del agua caliente al máximo y dejó que el viejo calentador hiciera su trabajo. Se metió bajo el chorro casi hirviendo y se quedó allí mucho tiempo, con los ojos cerrados, hasta que sintió que la piel le escocía y el cerebro empezaba, despacio, a despertarse.

Cuando salió, el baño estaba lleno de vapor. Cogió la toalla. Se giró hacia el lavabo.

Y vio el espejo.

El vapor lo había empañado entero. Todo menos cuatro letras. Cuatro letras grandes, torcidas, que alguien había escrito con el dedo sobre el cristal seco, de noche, mientras ella dormía. Letras invisibles que solo el vaho había hecho aparecer, limpias y brillantes, en mitad de la niebla blanca.

VETE.