Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 9. Más barcos de los que se contaron
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9. Más barcos de los que se contaron

Al cuarto día el temporal hizo una pausa.

No paró, eso no. El cielo seguía cubierto y el mar seguía rompiendo con rabia contra el espigón.

Pero el viento bajó lo suficiente como para que la gente saliera de casa a contar los daños.

Tejas en el suelo, contenedores volcados, una barca hundida en el puerto con solo el mástil asomando.

En la radio decían que era solo un respiro. Que lo peor llegaría el fin de semana.

Lucía bajó al pueblo a media mañana. Necesitaba comprar comida, pilas para la linterna, velas por si se iba la luz. Y necesitaba otra cosa que no había escrito en la lista pero que llevaba toda la noche dándole vueltas.

El puerto de San Amaro olía a gasoil y a pescado podrido por el temporal. Los marineros, con sus botas altas y sus jerséis de lana, revisaban amarras, achicaban agua de las barcas, maldecían en voz baja. Nadie faenaba. Con ese mar, nadie salía.

En el cobertizo de la lonja, al resguardo del viento, un hombre mayor remendaba una red sentado en un cajón de plástico.

Tenía la piel de la cara tan curtida que parecía cuero viejo, una gorra de lana calada hasta las cejas y un cigarrillo de liar colgando del labio.

Sus manos se movían solas, rápidas, anudando el hilo verde sin que él necesitara mirarlas.

Lucía le había preguntado a Carmen esa misma mañana: «Si alguien estaba en el mar aquella noche, en 1998, ¿quién sería?». Carmen se había quedado pensando y luego había dicho un nombre. Solo uno. Con cara de que no le gustaba decirlo.

—¿Paco Rial?

El hombre levantó la vista. Unos ojos pequeños, azules, muy claros, rodeados de arrugas.

—Depende de quién pregunte.

—Lucía Ferreiro. La hija de Tomás.

Paco la miró de arriba abajo. Se quitó el cigarrillo de la boca, escupió una brizna de tabaco y volvió a su red.

—Tu padre era buena gente. Seco como un bacalao, pero buena gente. Me avisó con la luz del faro más de una vez cuando venía mal tiempo. —Siguió anudando—. ¿Qué quieres?

Lucía cogió otro cajón de plástico y se sentó frente a él. Era lo que hacía con los testigos difíciles: ponerse a su altura.

—Hablar de 1998.

Las manos de Paco se detuvieron. Solo un segundo. Luego siguieron.

—Hace mucho de 1998.

—La noche de San Amaro. La noche en que desapareció Inés Varela. ¿Estaba usted en el mar?

—Yo estoy siempre en el mar. Llevo en el mar desde los doce años.

—Esa noche había fiesta. Fuegos artificiales. La mayoría de los marineros estaban en la verbena.

Paco sonrió de lado. Le faltaba un colmillo.

—La mayoría.

Lucía esperó. Fuera, una ola reventó contra el espigón y la espuma salpicó hasta la puerta del cobertizo.

—Mira, rapaza —dijo Paco, sin dejar de anudar—. En los noventa, en esta costa, había dos tipos de marineros. Los que pescaban pescado. Y los que pescaban otra cosa.

—¿Tabaco?

—Tabaco. Rubio americano. Llegaba en barcos grandes que se quedaban lejos, en aguas internacionales.

Y luego había que traerlo a tierra, de noche, en lanchas rápidas o en barcas como la mía.

A las calas, a las cuevas. Se pagaba bien.

Mejor que la sardina. —Se encogió de hombros—.

No lo digo con orgullo. Pero tampoco me avergüenzo.

Aquí se hacía. Todo el mundo lo sabía y nadie decía nada.

—¿Y quién organizaba eso?

Paco soltó una risa corta, sin alegría.

—Eso no te lo voy a decir gratis.

—¿Trabajaba usted esa noche? ¿El 15 de agosto?

El viejo terminó un nudo, cortó el hilo con los dientes y dejó la red sobre las rodillas. La miró directamente por primera vez.

—Te voy a decir una cosa, hija de Tomás. Y es la única cosa que te digo hoy. —Bajó la voz—. Esa noche había más barcos en el mar de los que se contaron a la Guardia Civil. Muchos más. Y no todos llevaban tabaco.

Lucía notó que se le aceleraba el pulso.

—¿Qué vio?

—Ah. —Paco volvió a coger la red—. Eso es lo que cuesta.

—¿Cuánto?

—Quinientos euros. En billetes. —No levantó la vista—. Tengo setenta y cuatro años y una pensión de miseria. Y lo que yo sé lo he guardado mucho tiempo. Guardar cosas cuesta.

Lucía lo pensó. En su trabajo había pagado a informantes alguna vez, pocas, y siempre con la sensación de estar comprando algo que podía ser mentira. Pero esta vez era distinto. Esta vez era su padre.

—¿Habló de esto con mi padre?

Paco se quedó quieto. Por un momento, en sus ojos azules apareció algo que Lucía no supo interpretar. ¿Miedo? ¿Culpa?

—Tu padre vino a verme. En septiembre. —Lo dijo muy bajo—. Le dije lo mismo que a ti. Que lo que yo sé tiene un precio. —Tragó saliva—. No volvió.

Se quedaron callados. El viento silbaba entre las chapas del tejado.

—De acuerdo —dijo Lucía—. Quinientos euros.

—Mañana. A las seis de la tarde, cuando ya no quede nadie en el muelle. En mi barca, la Rosiña , al final del espigón. Sola.

—¿Por qué no ahora?

—Porque ahora hay muchos ojos. —Paco señaló con la barbilla hacia el puerto—. Y porque tú no llevas quinientos euros encima, que te lo veo en la cara. Y el único cajero del pueblo está en la plaza.

Era verdad. Lucía se levantó.

—Mañana a las seis.

—Y una cosa más, rapaza. —Paco volvió a encender el cigarrillo, protegiendo la llama con la mano—. No le cuentes a nadie que has hablado conmigo. A nadie. En este pueblo las paredes oyen.

Lucía salió del cobertizo con el corazón golpeándole las costillas. El viento le dio en la cara, frío, salado. Respiró hondo.

Fue entonces cuando lo vio.

En el otro extremo del puerto, junto a la cofradía, había un hombre de pie bajo la lluvia. Sin paraguas. Sin capucha. Inmóvil. Los miraba. Miraba el cobertizo de donde ella acababa de salir.

Era Mateo Otero.

Cuando se dio cuenta de que Lucía lo había visto, se dio la vuelta y se alejó por el muelle, tambaleándose un poco, con las manos en los bolsillos.

Lucía miró atrás, hacia el cobertizo. Paco Rial seguía allí dentro, remendando su red, con el cigarrillo en la boca.

Fue la última vez que lo vio con vida.