Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 8. El impermeable amarillo
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8. El impermeable amarillo

En la aseguradora, los compañeros de Lucía se reían de su «pared».

Cada vez que tenía un caso complicado, ella cogía folios, cinta adhesiva y rotuladores de colores, y llenaba la pared de su despacho con fechas, nombres, fotos y flechas.

Decía que necesitaba ver las cosas delante, todas a la vez, para que le hablaran.

Su jefe lo llamaba «el muro de la loca».

Pero Lucía resolvía más casos que nadie en la oficina, así que nadie le quitaba la cinta adhesiva.

Esa tarde, de vuelta en la casa del farero, eligió la puerta de la despensa. Era de madera clara, grande, lisa. La vació de calendarios viejos y empezó.

En el centro, un folio con dos nombres y una línea entre ellos:

INÉS — 15/8/1998 TOMÁS — 9/10/2024

A la izquierda, en columna, todo lo que sabía de 1998: la verbena, la mochila roja, Mateo, las ochenta mil pesetas que faltaban, los autobuses, las hojas arrancadas del cuaderno de guardia.

A la derecha, lo que sabía de su padre. Y aquí intentó ordenarlo por fechas, porque las fechas eran lo único que no mentía:

Principios de septiembre: temporal. Tomás encuentra la medalla de Inés junto a A Furna do Corvo.

Se la lleva a Carmen. «Pronto sabrás». Mediados de septiembre: Tomás va al cuartel.

Pide el expediente de Inés. Andrés se lo niega.

«El motivo lo traeré yo». 8 de octubre: Tomás va a casa del doctor Castro.

¿Tensión? Ramón se queda despierto hasta tarde.

9 de octubre, 22:00: Tomás baja por el sendero con una linterna.

¿Adónde? 10 de octubre: lo encuentran en A Furna do Corvo. El sitio al que nunca bajaba.

Y, debajo de todo, la nota. La pegó en el centro exacto de la puerta, metida en una funda de plástico.

No fue el mar.

Se alejó unos pasos y lo miró todo. Fuera, el viento golpeaba la casa como si quisiera entrar.

Faltaba algo. Faltaba mucho. Pero sobre todo faltaba una cosa: alguien que hubiera visto a su padre aquella última noche.

Pilar Souto vivía en la única otra casa del cabo, a unos trescientos metros del faro, justo donde el sendero empezaba a bajar hacia el pueblo. Era una casa baja, blanca, con un hórreo de piedra en el patio y un perro viejo y gordo que ladró dos veces sin levantarse de su manta.

Pilar tenía ochenta años, cuatro dientes y una memoria que, según decía la gente, era el mejor archivo de San Amaro. Viuda de marinero, había visto pasar a medio siglo de vecinos por delante de su ventana, y de casi todos sabía algún secreto.

Recibió a Lucía como si la esperara desde hacía días. La sentó junto a la cocina de leña, le puso un vaso de licor café que Lucía no pidió y una bandeja de rosquillas.

—¡Ay, la hija de Tomás! —repetía—. ¡Qué mayor estás! ¡Y qué delgada! En Madrid no coméis, ¿verdad? Todo de sobre, todo de lata.

Lucía dejó que hablara. Era otra de las cosas que había aprendido en el trabajo: la gente que habla mucho acaba diciendo lo que importa, si uno tiene paciencia.

Pilar le habló de su difunto marido, de sus nietos en Suiza, del precio del pescado, de la hija de la panadera que se había separado.

Y por fin, sin que Lucía tuviera que preguntar, llegó a Tomás.

—Tu padre estaba raro, ¿eh? Últimamente. No es que fuera muy hablador, que no lo era. Pero este verano… —Pilar negó con la cabeza—. Subía y bajaba al pueblo dos y tres veces al día. Él, que antes bajaba una vez por semana. Y se pasaba horas en la Garita.

—¿En la Garita?

—Allí metido. Con la puerta cerrada. Yo lo veía desde aquí. Entraba, se pasaba una hora, salía, miraba a todos lados. —Pilar bajó la voz, aunque no había nadie más—. Como si tuviera miedo de que lo viera alguien.

Lucía anotó. Garita. Agosto-septiembre. ¿Qué hacía allí?

—Pilar, la noche del 9 de octubre. La noche que murió. Usted le dijo a la Guardia Civil que lo vio bajar por el sendero.

—Sí, sí. Hacia las diez. Yo estaba cerrando las contras de la ventana porque el viento las golpeaba.

Vi la linterna. Una lucecita bajando por el sendero, despacito.

Sabía que era él porque nadie más baja por ahí a esas horas.

Y por la forma de llevar la luz. Tu padre la llevaba siempre baja, apuntando a los pies. Era muy prudente.

—¿Lo vio volver?

—No. —Pilar se quedó un momento callada—. Me fui a la cama. Si lo hubiera visto…

—No es culpa suya.

—Ya. —La anciana miró el fuego—. Pero una piensa.

Lucía esperó. Algo en la cara de Pilar le decía que había más.

—¿Vio a alguien más esa noche?

Pilar dudó. Se rascó la barbilla.

—Se lo dije al sargento. Al hijo de Manolo Lago. Pero no me hizo mucho caso. —Hizo un gesto con la mano, como apartando una mosca—. Antes de que bajara tu padre, un rato antes, igual un cuarto de hora, vi a alguien subir por el sendero. Desde el pueblo hacia arriba. Sin linterna.

Lucía dejó de escribir.

—¿Sin linterna? ¿Con ese temporal?

—Eso pensé yo. «Este está loco o no quiere que lo vean». Pasó por delante de mi casa, ahí, por el camino. Había un poco de luz del faro, cada vez que giraba. Así lo vi. Un hombre. Bueno, creo que un hombre, por el tamaño. Con la capucha puesta. Iba deprisa. Hacia arriba, hacia la Garita.

—¿Le vio la cara?

—No, hija. Con la capucha y la lluvia, nada. —Pilar frunció el ceño, haciendo memoria—. Solo vi el impermeable. Lo vi bien, porque brillaba cuando le daba la luz del faro. Un impermeable amarillo. De esos largos, de pescador.

—¿Uno cualquiera?

—Uno de la cofradía. Los que regalan a los socios. Con la raya reflectante en la espalda. —Pilar se rio sin ganas, enseñando sus cuatro dientes—. Mira, hija, si buscas a alguien por eso, ya puedes ir llamando a todas las puertas de San Amaro. Ese impermeable lo tiene todo el pueblo.

Hizo una pausa y señaló con la barbilla hacia el faro, hacia la casa de Lucía.

—Tu padre también tenía uno.