7. La habitación de Inés
Esa noche Lucía no tomó las pastillas del doctor. Las miró un rato, en la mesilla, junto al vaso de agua, y luego las guardó en el cajón. Prefería oír los ruidos de la casa a no oírlos.
No pasó nada. Solo el viento y el mar, toda la noche, sin descanso.
Por la mañana el temporal seguía, aunque había bajado un poco. Lucía se tomó el café pensando en la frase de Mateo. Tu padre sabía que yo no fui. La había escrito en la libreta nada más llegar a casa, palabra por palabra, como hacía con las declaraciones en el trabajo. Debajo había añadido:
¿Cómo lo sabía? ¿Desde cuándo?
Y después, una pregunta que no se atrevía a hacerse del todo:
Si lo sabía, ¿por qué no dijo nada en veintiséis años?
Carmen vivía encima de la taberna, en un piso al que se subía por una escalera estrecha que salía del patio trasero. Lucía llamó a las diez. Carmen abrió con el delantal ya puesto y el pelo blanco recogido, como si llevara horas despierta.
—Ya sabía yo que vendrías.
—¿Por qué?
—Porque eres hija de tu padre. —Se apartó para dejarla pasar—. Él también vino. Con la misma cara.
La cocina era pequeña y estaba muy limpia.
Olía a café y a lejía, como la propia Carmen.
En la nevera había imanes de sitios lejanos —Lisboa, Roma, Buenos Aires—, regalos de clientes.
Y una foto sujeta con un imán de una sardina: Inés con quince o dieciséis años, riéndose, con el pelo revuelto por el viento, en la cubierta de un barco.
Carmen sirvió dos cafés sin preguntar. Se sentaron.
—Carmen, mi padre fue a ver a Andrés Lago en septiembre. Le pidió el expediente de Inés.
—Lo sé.
—¿Te lo contó?
—Me contó algunas cosas. —Carmen miraba la taza—. No muchas. Tu padre era así. Hablaba poco y siempre parecía que se guardaba la mitad.
—¿Qué te contó?
Carmen tardó en contestar. Se levantó, fue hasta el pasillo y se quedó parada delante de una puerta cerrada, al fondo. La puerta tenía una pegatina medio arrancada de un grupo de música y un cartel de cartulina, escrito con rotulador, ya descolorido: NO PASAR. SÍ, TÚ TAMBIÉN, MAMÁ.
—Ven —dijo Carmen.
Abrió la puerta.
La habitación de Inés Varela estaba exactamente igual que el 15 de agosto de 1998.
Lucía lo supo nada más entrar. No era una habitación conservada como un museo, con el polvo limpiado cada semana.
Era una habitación detenida. Una cama individual con una colcha de flores azules.
Un escritorio con libros apilados, cintas de casete, un walkman con los cascos enredados.
En la pared, pósteres: un grupo de pop, una película, un mapa de Europa con chinchetas rojas clavadas en varias ciudades —París, Londres, Ámsterdam, Berlín—.
Un corcho con fotos, entradas de conciertos, una postal de la Universidad de Vigo.
En el armario entreabierto colgaba ropa de chica de los noventa: vaqueros anchos, camisetas, una chaqueta vaquera con chapas. En la silla del escritorio, un jersey de lana gris, doblado, como si alguien lo fuera a recoger esa misma noche.
—Nunca he cambiado nada —dijo Carmen desde la puerta. No entró—. La gente me dice que no es sano. Que lo recoja, que lo done. Que pinte. —Se encogió de hombros—. La gente dice muchas cosas.
Lucía se acercó al corcho. Había folletos de la Universidad de Vigo: Filología Inglesa. Un papel con horarios de autobuses. Una foto de Inés y Mateo abrazados en el espigón, los dos muy jóvenes, muy guapos, mirando a la cámara con esa seguridad que solo se tiene a los diecisiete.
—Quería irse —dijo Lucía.
—Quería irse desde que nació. —Carmen sonrió, por primera vez, una sonrisa cansada—. Decía que San Amaro era una cárcel con vistas al mar. Quería estudiar inglés, viajar, ver mundo. Yo le decía que esperara a terminar el instituto. Que solo le quedaba un año.
—¿Y la policía? ¿No pensaron que se había marchado sin más?
—Eso dijeron al principio. Que había cogido un autobús.
Que tenía diecisiete años, que estaba enamorada, que ya volvería.
—Carmen negó con la cabeza—. Faltaban de la caja de los ahorros ochenta mil pesetas.
Faltaba su mochila. Eso les bastó para pensar que se había ido.
Pero los conductores de todos los autobuses de esa noche dijeron que no la habían visto.
Y luego empezaron a decir que había sido Mateo.
—¿Tú qué crees?
Carmen la miró a los ojos.
—Yo creo que mi hija no se habría ido sin despedirse de mí. Nunca. Por mucho que quisiera irse. —Tragó saliva—. Y creo que, si se hubiera ido, en veintiséis años habría llamado. Aunque fuera una vez. Aunque fuera para decirme que me odiaba.
Lucía no supo qué decir. Se quedó callada mirando el mapa de Europa con sus chinchetas rojas. Ciudades a las que Inés nunca había ido.
—¿Qué te dijo mi padre, Carmen?
Carmen respiró hondo. Dio media vuelta y volvió a la cocina.
Lucía la siguió. La mujer abrió un cajón del aparador, lo rebuscó y sacó un pañuelo blanco de algodón, doblado.
Lo dejó sobre la mesa, entre las dos tazas de café.
Lo desdobló con mucho cuidado, una esquina tras otra, como quien abre algo sagrado.
Dentro había una medalla.
Era pequeña, ovalada, de plata ennegrecida, con la imagen en relieve de un santo con báculo y un barco a sus pies. La cadena estaba rota y muy oxidada. En el reverso, grabadas con letra antigua, se leían aún dos iniciales y una fecha: I.V.R. 1981 .
Lucía no necesitó preguntar. La había visto en el cuello de Inés cien veces aquel verano.
—Vino a principios de septiembre —dijo Carmen.
Su voz sonaba distinta, más baja—. Un día por la mañana.
Se sentó donde estás tú. No quiso café. Puso esto en la mesa y me dijo: «La encontré en las rocas, Carmen.
Después del temporal. Debajo del acantilado norte, cerca de A Furna do Corvo. El mar la ha devuelto».
Carmen se pasó el dorso de la mano por los ojos, rápido, como si espantara una mosca.
—Yo le pregunté qué significaba eso. Le pregunté si estaba ella ahí, si había encontrado algo más. Y él me cogió de las manos, así. —Le cogió las manos a Lucía, con fuerza—. Y me dijo: «Pronto sabrás, Carmen. Te lo prometo. Pronto sabrás lo que le pasó».
Le soltó las manos.
—Un mes después estaba muerto. En A Furna do Corvo. En el mismo sitio donde el mar devolvió la medalla de mi hija.