Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 6. El temporal
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6. El temporal

El temporal llegó esa misma tarde, como un animal que lleva días rondando la casa y por fin decide entrar.

Primero cambió el color del cielo: de gris claro a un gris casi morado, pesado, que parecía apoyarse en el mar.

Luego el viento giró al noroeste y empezó a soplar en ráfagas que hacían crujir las vigas de la casa del farero.

A las cinco ya era casi de noche. A las seis, las olas reventaban contra el acantilado con tanta fuerza que la espuma subía hasta el borde del cabo y Lucía podía oír cada golpe dentro de su pecho.

Encendió la radio de su padre, un aparato antiguo con antena telescópica. Entre ruidos de estática, una voz de locutor hablaba de alerta roja en toda la costa, olas de nueve metros, rachas de ciento veinte kilómetros por hora. Y luego, una noticia local:

Lucía apagó la radio.

A Ponte Vella. La única carretera de entrada y salida del pueblo. La otra opción era una pista forestal por el monte que con este tiempo sería un río de barro.

San Amaro estaba aislado.

Se quedó un rato mirando el fuego. Pensó en la oficina de Madrid, en su jefe, en el expediente del almacén de Getafe.

Pensó en que había venido a pasar una semana.

Firmar, vaciar, vender. Y ahora estaba atrapada en un cabo al final del mundo, con una nota de su padre muerto en el bolsillo y la sensación cada vez más fuerte de que alguien no quería que estuviera aquí.

Cogió el anorak verde de su padre del perchero. Le quedaba grande, pero abrigaba. Olía a él.

Tenía hambre, y Carmen había dicho que había caldo.

La taberna estaba llena. Cuando hay temporal en San Amaro, nadie se queda en casa: la gente baja a O Faiado a escuchar las noticias, a beber algo caliente y a comentar los daños.

Había hombres de la cofradía todavía con las botas de agua puestas, mujeres con niños pequeños, jubilados jugando a las cartas en una mesa del fondo.

La televisión mostraba imágenes de olas gigantes rompiendo en algún puerto del sur.

El aire estaba caliente, húmedo, y olía a lana mojada, a fritura y a vino.

Esta vez nadie se calló cuando Lucía entró. O casi nadie. Notó unas cuantas miradas, unos codazos discretos. Pero el ruido siguió.

Carmen le hizo un gesto desde la barra y le señaló un hueco en una mesa junto a la pared. A los dos minutos le puso delante un cuenco humeante de caldo gallego, con sus grelos, sus patatas y su trozo de unto, y una rebanada de pan de Cea del tamaño de un ladrillo.

—Come. Que estás en los huesos.

Lucía comió. El caldo le quemó la lengua y le calentó por dentro como no recordaba que pudiera calentar una comida.

Estaba terminando cuando una sombra se detuvo junto a su mesa.

—¿Lucía Ferreiro?

Levantó la vista. Un hombre mayor, de unos setenta años, alto, delgado, con el pelo plateado perfectamente peinado.

Chaqueta encerada de color verde oscuro, camisa blanca, un reloj de oro que asomaba por la manga.

Llevaba la ropa como la llevan los que nunca han tenido que preocuparse por cuánto cuesta. Lucía tardó un segundo en reconocerlo.

Julián Otero. El dueño de la conservera. El dueño de medio San Amaro, si había que creer lo que se decía en el pueblo cuando ella era niña.

—Mi más sentido pésame. —Le tendió la mano. Un apretón firme, seco, de los que se practican—. Tomás era un hombre íntegro. De los que ya no quedan.

—Gracias.

—¿Me permites?

Se sentó sin esperar respuesta. Hizo un gesto hacia la barra y Carmen, con cara de pocos amigos, le trajo un café solo sin que nadie lo pidiera.

—No voy a andarme con rodeos, Lucía. Sé que eres una mujer ocupada y que tienes tu vida en Madrid. Imagino que no tienes intención de quedarte en San Amaro.

—Imagina bien.

—Entonces imagino que venderás la casa del faro.

Lucía no contestó. Julián removió el café despacio.

—Yo te la compro. Ciento ochenta mil euros. En efectivo, si quieres, o como prefieras. Mi abogado puede tener los papeles listos en cuanto se abra la carretera.

Lucía no sabía mucho del mercado inmobiliario de la Costa da Morte, pero sabía lo suficiente para entender que una casa de piedra vieja, con humedades, en un cabo ventoso y sin acceso asfaltado, no valía ni la mitad de eso.

—Es mucho dinero.

—Es un precio justo por un lugar con mucho valor sentimental para este pueblo. —Julián sonrió. Tenía los dientes demasiado blancos para su edad—. Piénsalo. No hay prisa. Bueno… —Bebió el café de un trago—. Alguna prisa sí hay. Las ofertas no duran siempre.

Se levantó, se ajustó la chaqueta y le puso una tarjeta de visita sobre la mesa, junto al cuenco vacío.

—Un placer, Lucía. Y otra vez, lo siento mucho.

Lo vio atravesar la taberna saludando a unos y a otros con palmadas en la espalda, como un político en campaña. La gente le sonreía. Algunos con cariño, la mayoría con algo que se parecía más al miedo.

Fue entonces cuando Lucía se fijó en el hombre del rincón.

Estaba solo, en una mesa pequeña junto a la máquina de tabaco, con una botella de aguardiente casi vacía delante.

Tenía cuarenta y tantos años, pero aparentaba más.

Pelo largo y sucio, barba descuidada, la cara hinchada y roja.

Llevaba un jersey de lana con agujeros en los codos.

Miraba fijamente el vaso, como si dentro hubiera algo que solo él podía ver.

Cuando Julián Otero pasó a su lado, ni siquiera se miraron.

Lucía tardó un momento en reconocerlo. Luego lo reconoció de golpe, y sintió algo parecido a una punzada.

Mateo Otero. El novio de Inés. El chico guapo de diecisiete años que bailaba con ella aquella noche junto al escenario.

—No le mires mucho —le dijo Carmen al retirarle el cuenco—. Si le miras mucho, se acerca. Y luego no hay quien se lo quite de encima.

—¿Lo dejas beber aquí?

Carmen se encogió de hombros.

—Si no bebe aquí, bebe en la playa. Y en la playa, con este tiempo, se mata. —Hizo una pausa—. Tampoco es que nadie lo fuera a echar de menos.

Lo dijo con una dureza que a Lucía le sorprendió. Pero luego recordó. Para Carmen, ese hombre era el que se había llevado a su hija. Aunque nunca se hubiera probado nada. Aunque llevara veintiséis años sirviéndole aguardiente.

Lucía pagó, se puso el anorak y se dirigió a la puerta. El viento la esperaba fuera, aullando por la plaza vacía.

Tenía la mano en el picaporte cuando alguien se le acercó por detrás. Muy cerca. Olía a alcohol y a ropa sin lavar.

Era Mateo. Le temblaban las manos. Tenía los ojos enrojecidos, pero la mirada, de pronto, era clara. Sorprendentemente clara.

Le habló muy bajo, casi al oído, para que nadie más lo oyera.

—Tu padre sabía que yo no fui.

Y antes de que Lucía pudiera responder, se dio la vuelta y volvió a su rincón, a su botella, a su silencio.