5. El verano de Inés
Aquel verano hizo tanto calor que el alquitrán del puerto se ablandaba al mediodía y las gaviotas se quedaban quietas en los tejados, con el pico abierto.
Lucía tenía doce años y estaba convencida de que la vida de verdad empezaba a los diecisiete. A los diecisiete eras como Inés Varela.
Inés era la chica más guapa de San Amaro, pero eso no era lo importante.
Lo importante era cómo se movía: como si el pueblo se le quedara pequeño.
Llevaba el pelo negro muy largo, suelto, y una medalla de plata de San Amaro al cuello que le había regalado su madre.
Fumaba a escondidas detrás de la lonja. Leía libros gordos en el espigón.
Decía palabrotas en inglés. Cuando pasaba por la plaza en su bici, los chicos se callaban y las señoras chasqueaban la lengua.
Elena la adoraba. Más que Lucía, mucho más.
Elena la seguía a todas partes a distancia, como un perrito: se sentaba en el espigón a unos metros de ella, fingiendo leer; aparecía en la playa a la misma hora; imitaba su forma de recogerse el pelo.
Inés, que era buena, la dejaba hacer. A veces le daba un chicle o le revolvía el pelo y le llamaba pequena sombra .
Elena se ponía roja hasta las orejas y era feliz durante una semana entera.
La noche del 15 de agosto era la fiesta de San Amaro.
La más grande del año. Procesión por la mañana, con el santo bajando hasta el puerto y los barcos engalanados.
Comida en la playa. Y por la noche, la verbena en la plaza, con orquesta, pulpo, churros, y fuegos artificiales a las doce desde el espigón.
Lucía y Elena tenían permiso para quedarse hasta la una.
Corrieron entre la gente, comieron algodón de azúcar, bailaron con sus padres una pieza cada una, por obligación.
El padre de Lucía no bailó: estaba de guardia en el faro, como cada noche.
Su madre sí, con el doctor Castro, que era viudo desde hacía poco y bailaba muy bien.
Y vieron a Inés.
Estaba junto al escenario, con Mateo Otero. Bailaban pegados una canción lenta. Lucía se fijó en una cosa que le pareció rara: Inés llevaba a la espalda su mochila roja, la del instituto, la que llevaba siempre colgada de un solo hombro. ¿Quién lleva una mochila a una verbena?
A las doce estallaron los fuegos. Todo el pueblo miró al cielo. Lucía también.
Cuando volvió a mirar hacia el escenario, Inés ya no estaba.
Nadie la volvió a ver.
Lo que vino después, Lucía lo recordaba a trozos. Como fotografías sueltas.
Carmen, al día siguiente, corriendo por la plaza en zapatillas, preguntando a todo el mundo.
Los guardias civiles, con su uniforme verde y sus gorras, llamando a las puertas.
El helicóptero de Salvamento Marítimo sobrevolando el cabo durante días, con un ruido que se te metía en el pecho.
Los barcos del pueblo peinando la costa.
Los vecinos batiendo el monte en filas, con palos, gritando su nombre.
Los carteles. Un folio con la foto de Inés sonriendo, en blanco y negro.
DESAPARECIDA. Inés Varela Ríos, 17 años.
Vista por última vez el 15 de agosto en San Amaro.
Vestía vaqueros, camiseta blanca y mochila roja.
Estuvieron pegados en el escaparate de cada tienda durante meses, hasta que el sol los volvió amarillos.
Mateo Otero, con diecisiete años, metido en el coche de la Guardia Civil. Su padre, Julián, gritando en el cuartel. El rumor que corrió por el pueblo como una mancha de gasoil sobre el agua: foi o mozo . Fue el novio. Discutieron, él bebió, ella quiso dejarlo, y él…
Nunca encontraron nada. Ni a Inés, ni la mochila, ni una prueba contra Mateo. Lo soltaron a las setenta y dos horas. Pero el pueblo ya había decidido.
Y Elena. Elena enferma con fiebre altísima durante una semana entera, encerrada en su cuarto.
Cuando Lucía fue a verla, el doctor Castro le dijo que mejor no, que era contagioso.
Cuando por fin Elena volvió a salir, a finales de agosto, estaba más delgada y muy callada.
Nunca quiso hablar de Inés. Ni ese verano ni ninguno de los siguientes.
Un año después murió la madre de Lucía. Y después, poco a poco, la vida siguió. Como sigue siempre.
Octubre de 2024.
El cuartel de la Guardia Civil de San Amaro era un edificio de dos plantas, pintado de amarillo pálido, con la bandera empapada colgando sin fuerza del mástil. Dentro olía a café recalentado y a papel.
Andrés Lago la recibió en su despacho. Era alto, ancho de hombros, con el pelo muy corto y una barba de tres días con algunas canas.
Tenía los mismos ojos grises que a los dieciséis, cuando la besó detrás de la lonja una noche de verano y ella le dijo que se iba a Madrid a estudiar y que no la esperara.
No la esperó, claro. Lucía vio la alianza en su mano izquierda.
—Lucía. —Le dio la mano, luego dudó y le dio dos besos—. Siento no habértelo dicho en persona. Lo de tu padre.
—Lo hiciste bien. Gracias por llamar.
Se sentaron. Lucía no perdió el tiempo. Le contó lo del barro en la cocina, lo de la casa registrada. Luego sacó el cuaderno de 1998 y la nota, y los puso sobre la mesa.
Andrés escuchó sin interrumpir. Miró el pliegue de las hojas arrancadas. Leyó la nota. Tres palabras. Se quedó un rato callado.
—¿Qué quieres que haga con esto? —preguntó al fin.
—Que reabras el caso de mi padre. Que pidas una autopsia en condiciones.
—Lucía, a tu padre ya lo enterraron. Para exhumar un cuerpo hace falta una orden judicial, y para eso hacen falta indicios. —Tocó la nota con la punta de un dedo—. Esto no es un indicio. Es un papel.
—Es su letra.
—No lo dudo. Pero no dice nada. «No fue el mar». ¿El qué? ¿Cuándo?
—Estaba en el cuaderno de la noche en que desapareció Inés. Faltan justo esas páginas.
Andrés se pasó la mano por la cara.
—Mira. Tu padre llevaba un tiempo… Tu padre estaba solo, Lucía. Mucho. Y los últimos meses se le veía raro. Daba vueltas, hablaba de cosas viejas. Le pasa a mucha gente mayor que vive sola.
—¿Me estás diciendo que estaba perdiendo la cabeza?
—Te estoy diciendo que no lo sé. Y que tú tampoco lo sabes, porque no estabas aquí.
Lo dijo sin mala intención, pero las palabras se quedaron en el aire entre los dos, pesadas. Andrés bajó la vista.
—Perdona. No quería decir eso.
—Sí querías. Y tienes razón. —Lucía recogió el cuaderno y la nota—. Pero eso no cambia lo que hay aquí.
Se levantó. Andrés también.
—Lucía, espera. —Rodeó la mesa—. Un consejo.
De amigo. Lo del barro, si quieres, te lo pongo por escrito como denuncia, mando a Brais a echar un vistazo.
Pero lo de Inés… No remuevas eso. Aquí hay gente que nunca cerró esa herida.
Carmen, para empezar. Y otra gente que preferiría no volver a hablar de ello.
—¿Quién?
Andrés no contestó.
Lucía estaba ya en la puerta cuando él volvió a hablar, en voz más baja.
—Hay otra cosa que deberías saber. —Parecía que le costaba—. Tu padre vino aquí. Hace un mes, a mediados de septiembre. Se sentó en esa misma silla. Me pidió ver el expediente de la desaparición de Inés Varela.
Lucía se dio la vuelta despacio.
—¿Y se lo enseñaste?
—No. Le dije que no podía, que era un caso archivado, que necesitaba un motivo. —Andrés tragó saliva—. Me dijo que el motivo lo traería él. Que solo necesitaba unos días más.
Tres semanas después estaba muerto.