4. Ciento doce escalones
La llave con forma de trébol giró en la cerradura con un chasquido que sonó como un disparo en el silencio del cabo.
Lucía empujó la puerta de hierro del faro. Por dentro olía a piedra húmeda, a aceite de máquina y a algo metálico, como a monedas viejas. La luz entraba gris por unas ventanas estrechas, colocadas en espiral a lo largo de la torre, y dibujaba en el suelo rectángulos pálidos.
Delante de ella empezaba la escalera de caracol. Escalones de piedra gastados en el centro por cien años de pies subiendo y bajando. Una barandilla de hierro fría al tacto.
Ciento doce escalones. Lo sabía sin contarlos. De niña los subía corriendo, contando en voz alta, y su padre la esperaba arriba, cronómetro en mano. Su récord eran cincuenta y ocho segundos. Él decía que nadie en toda la historia del faro lo había subido tan rápido. Ella le creía.
Empezó a subir. Despacio.
A mitad de camino, en el escalón cincuenta y seis, se detuvo a recuperar el aliento.
Por la ventana estrecha se veía el sendero del cabo, serpenteando entre los tojos al borde del acantilado, de bajada hacia el pueblo.
Y, a medio camino, la Garita: la vieja caseta de piedra donde antiguamente se apostaba un vigía para avisar de los barcos.
Su padre la había restaurado hacía años y la usaba para guardar herramientas.
Cuando Lucía era niña, era su escondite secreto.
Desde allí arriba se veía todo. El sendero, la Garita, el borde del acantilado norte. El mar. Lucía pensó que su padre había pasado treinta años mirando ese paisaje cada noche. Que no se le podía haber escapado casi nada de lo que ocurriera allí abajo.
Siguió subiendo.
La sala de guardia estaba justo debajo de la linterna.
Era una habitación redonda, con una ventana grande orientada al mar, una mesa de madera, una silla, un pequeño camastro y una estufa de hierro apagada.
En la pared, un panel moderno con lucecitas verdes y una pantalla que mostraba datos: velocidad del viento, presión, estado de la lámpara.
La automatización. Desde 2009, el faro funcionaba solo y se controlaba desde un ordenador en A Coruña.
Pero lo que le importaba a Lucía estaba en la otra pared.
Estanterías de madera, del suelo al techo.
Y en ellas, ordenados por años, cientos de cuadernos de tapas negras.
Los cuadernos de guardia. En el lomo de cada uno, con letra de imprenta y rotulador blanco: el año y un número.
1979-1. 1979-2. 1980-1. Hasta 2009-3 , el último oficial.
Y después, en una balda aparte, otros cuadernos más finos, de tapas azules, sin numerar.
Su padre había seguido escribiendo después de jubilarse.
Lucía pasó la mano por los lomos. Treinta años de la vida de su padre, noche a noche.
Cogió uno al azar. 1986-2 . Lo abrió. La letra de su padre, apretada, inclinada, con la tinta azul ya desvaída:
14/6. 22:00. Vento NO forza 4. Mar rizada. Visibilidade boa. Pesqueiro «Nova Estrela» entra porto 22:40. Sen novidade.
Así, página tras página. El viento, el mar, los barcos que entraban y salían, las luces de los pesqueros en el horizonte. A veces una nota personal, muy breve, como quien se permite un lujo: Lucía camiña por primeira vez. Rosa chora. Lucía tuvo que cerrar el cuaderno y quedarse un momento quieta.
Luego buscó el que le interesaba.
No sabía bien por qué. O sí lo sabía. Desde que Carmen la había mirado en la taberna, desde que Xan había murmurado algo en la barra, desde el barro en la cocina, había una fecha dando vueltas en su cabeza. La fecha que en San Amaro nadie decía en voz alta pero todo el mundo recordaba.
1998-2.
Lo sacó de la estantería. Era más grueso que los demás, o eso le pareció. Lo abrió por julio y fue pasando páginas. Julio de 1998: buen tiempo, mucho tráfico de barcos de recreo, la fiesta del Carmen. Agosto: más de lo mismo. 10/8. 11/8. 12/8. 13/8. 14/8.
Y luego, de golpe, 17/8 .
Lucía volvió atrás. Pasó la página despacio. 14/8. Vento N forza 2. Mar calma. Fogos artificiais na praia 23:30. Y después, en la página de al lado, 17/8 .
Faltaban el 15 y el 16 de agosto.
Lucía acercó el cuaderno a la ventana. En el pliegue central había restos de papel.
Tiras finas, irregulares. Alguien había arrancado dos hojas, y lo había hecho con cuidado, de una en una, pegadas al lomo, para que no se notara al pasar las páginas deprisa.
Pero se notaba si uno miraba. Y Lucía siempre miraba.
15 de agosto de 1998. La noche de la fiesta de San Amaro.
La noche en que desapareció Inés Varela.
Se sentó en la silla de su padre. Le temblaban un poco las manos.
Pensó en las explicaciones posibles, como hacía en el trabajo.
Una: las hojas se habían estropeado, mojado, roto, y su padre las había quitado.
Dos: alguien se las había llevado hacía años.
La Guardia Civil, quizá, para la investigación. Tres: su padre las había arrancado.
¿Por qué?
Hojeó el resto del cuaderno buscando algo, lo que fuera. Agosto, septiembre, octubre. Nada raro. Solo viento, mar, barcos. Llegó a la última página escrita y siguió pasando las hojas en blanco hasta la contratapa.
Y entonces algo se deslizó y cayó al suelo.
Un papel doblado en cuatro. Pequeño. Había estado metido en la funda de la contratapa, entre el cartón y el forro de tela, donde su padre solía guardar los recibos de la gasolina.
Lucía lo recogió. Lo desdobló.
Era una hoja cuadriculada, arrancada de una libreta de bolsillo. El papel era nuevo, blanco, sin manchas de humedad. No llevaba ahí veintiséis años. Llevaba semanas, como mucho.
Tenía tres palabras, escritas con la letra apretada e inclinada de su padre. Pero no en tinta azul, sino a lápiz, y con trazos más gruesos de lo normal, como si las hubiera escrito apretando fuerte, con rabia o con prisa.
Lucía las leyó una vez. Y otra. Y otra.
No fue el mar.
Se quedó mucho rato allí sentada, con el papel en una mano y el cuaderno en la otra. Arriba, sobre su cabeza, la lámpara del faro dormía tras sus cristales, esperando la noche.
Antes de bajar, se acercó al panel automático. Junto a él, en la pared, había una caja de metal pintada de rojo con una palanca dentro. Su padre se la había enseñado cuando tenía nueve años.
—Si un día falla todo —le había dicho—, la luz eléctrica, el ordenador, todo, bajas esta palanca. Así. Y el faro se enciende igual. Un faro no se puede apagar nunca, Lucía. Hay barcos ahí fuera que dependen de él.
Ella había asentido muy seria, como si le hubieran confiado un secreto de Estado.
Lucía tocó la caja roja con la punta de los dedos. Luego guardó la nota en el bolsillo interior del anorak, se metió el cuaderno de 1998 bajo el brazo y empezó a bajar los ciento doce escalones.
Esta vez sí los contó.