3. El certificado
A la mañana siguiente seguía lloviendo, pero de otra manera. Ya no era la lluvia furiosa de la noche, sino un orvallo fino y constante que lo empapaba todo sin que uno se diera cuenta.
Lucía había dormido mal. Se había despertado tres veces con la sensación de oír pasos, y las tres veces había bajado a la cocina con el atizador para encontrar la casa vacía y el fuego reducido a brasas.
A las siete se rindió, se duchó con el agua tibia que daba el viejo calentador y se tomó un café de pie, mirando el mar por la ventana.
En la libreta había escrito una lista nueva:
El signo de interrogación era sincero. No sabía qué denunciar. «Alguien ha movido un colchón y ha dejado barro en la cocina». Ya imaginaba la cara del agente.
La casa del doctor Ramón Castro estaba en la parte alta del pueblo, por encima del puerto.
Era la casa más grande de San Amaro después de la de los Otero: tres plantas de piedra, galería acristalada en la fachada, un jardín con hortensias y una placa de latón junto a la puerta que decía Dr. R.
Castro – Medicina General . Lucía recordaba haber subido esas escaleras muchas veces de niña, con fiebre o con una rodilla abierta, y también recordaba la última temporada, cuando su madre estaba enferma y el doctor venía a la casa del faro casi todos los días.
La consulta estaba en la planta baja. Una sala de espera con sillas de madera y revistas viejas, vacía. Lucía llamó a la puerta del despacho.
—¡Adelante!
Ramón Castro se levantó del escritorio en cuanto la vio.
Era un hombre alto, aunque los años lo habían encorvado un poco.
Pelo blanco peinado hacia atrás, bigote bien recortado, gafas de montura dorada.
Llevaba una rebeca gris sobre la camisa y una corbata granate.
Tenía la cara de los médicos de antes: seria y amable a la vez.
—Lucía. Mi niña.
Rodeó la mesa y la abrazó. Lucía notó que caminaba con un pequeño desequilibrio, apoyándose más en la pierna derecha.
—Siéntate, por favor. Siéntate. Elena me dijo anoche que habías llegado. ¿Quieres un café? ¿Una infusión?
—No, gracias, doctor.
—Ramón. Ya tienes edad para llamarme Ramón.
Volvió a su silla. Al sentarse, se frotó la rodilla izquierda con un gesto automático y, al ver que Lucía lo miraba, sonrió.
—Una caída en las rocas, hace mil años. Cosas de viejo que no hace caso. —Juntó las manos sobre la mesa—. Lucía, lo siento muchísimo. Tu padre y yo éramos amigos desde hace cuarenta años. Fue muy duro.
—Gracias.
—Supongo que has venido por los papeles.
—Sí. El notario necesita una copia del certificado de defunción. Y me gustaría… —Lucía dudó—. Me gustaría entender qué pasó. Nadie me lo ha contado bien.
Ramón asintió despacio. Abrió un cajón, sacó una carpeta y la puso sobre la mesa, pero no la abrió.
—Tu padre salió de casa el miércoles nueve de octubre por la noche.
Pilar Souto, su vecina, vio la luz de su linterna bajando por el sendero del cabo hacia las diez.
Nadie sabe adónde iba. Había viento fuerte del noroeste y mar de fondo.
Al día siguiente no apareció. El jueves por la tarde lo encontraron unos percebeiros en la cala de A Furna do Corvo.
Hizo una pausa. Lucía mantuvo la mirada fija en la carpeta.
—Me avisaron a mí porque soy el médico del pueblo.
Bajé con la Guardia Civil. Tenía una herida en la cabeza, aquí —se tocó la sien derecha—, compatible con un golpe contra las rocas al caer.
Y agua en los pulmones. Se ahogó, Lucía.
El golpe probablemente lo dejó inconsciente.
No sufrió. Te lo digo como médico y como amigo.
—¿Hubo autopsia?
—Vino el forense de Corcubión. Hizo su examen, leyó mi informe y estuvo de acuerdo. Caída accidental y ahogamiento. —Ramón abrió por fin la carpeta y le dio una copia—. Aquí lo tienes todo.
Lucía leyó el documento. Lo leyó como leía los partes en el trabajo: buscando lo que no estaba.
Nombre, fecha, lugar del hallazgo, causa inmediata, causa fundamental.
Firmado por el doctor Ramón Castro Insua, colegiado número tal.
Y debajo, en otra hoja, un informe del forense de apenas un párrafo que repetía, casi con las mismas palabras, lo que decía el de Ramón.
—Fue muy rápido —dijo ella.
—¿El qué?
—Todo. El forense. La conclusión.
Ramón la miró por encima de las gafas. No parecía molesto. Parecía triste.
—Lucía, tu padre tenía setenta y un años y la tensión alta. Salió de noche por un sendero que está al borde de un acantilado, con temporal. —Habló con suavidad—. A veces las cosas son lo que parecen. Sé que en tu trabajo te pagan por dudar. Pero esto no es un incendio de un almacén. Es tu padre.
Lucía dobló el papel y lo guardó en la carpeta azul.
—Elena me dijo que fue a verle la noche antes.
—Sí. —Ramón no dudó—. Vino a que le tomara la tensión. Estaba preocupado, decía que se mareaba. Se la tomé, estaba un poco alta, le ajusté la medicación. —Se quitó las gafas y se frotó los ojos—. Hablamos un rato. De tu madre, sobre todo. Estaba melancólico. Últimamente hablaba mucho de ella.
—¿Y de qué más?
—De ti. De que te echaba de menos.
Lo dijo sin intención de herir, pero hirió. Lucía apretó la mandíbula.
Ramón se levantó, cojeando ligeramente, y fue hasta un armario de cristal lleno de cajas de medicamentos. Volvió con una caja blanca y un bloc de recetas.
—Tienes muy mala cara, Lucía. ¿Duermes?
—No mucho.
—Es normal. El duelo, el viaje, la casa. —Escribió algo en el bloc—. Te doy estas. Son suaves. Media antes de acostarte, una si no puedes. Elena te las dará en la farmacia, pero te dejo esta caja de muestra para esta noche.
—No me gusta tomar pastillas.
—Ni a mí que mis pacientes se pongan enfermos por no dormir. —Le guiñó un ojo y le puso la caja en la mano—. Hazme caso. Una semana, nada más. Hasta que arregles lo de la casa.
Lucía la guardó en el bolsillo del anorak.
En la puerta, Ramón le cogió las dos manos entre las suyas. Las tenía secas y calientes.
—Si necesitas cualquier cosa, lo que sea, ven. Esta es tu casa. Tu madre, que en paz descanse, era como de la familia. Y tu padre también.
—Gracias, Ramón.
—Y no te quedes mucho en ese faro sola. Ese sitio, con este tiempo, pone triste a cualquiera.
Lucía bajó las escaleras del jardín y se sentó en el coche. No arrancó. Sacó otra vez la copia del informe y la leyó de nuevo, palabra por palabra.
Hallado en la cala de A Furna do Corvo, al pie del acantilado norte de Punta Lobeira.
Se quedó mirando esas palabras.
A Furna do Corvo. La cala de las cuevas, a la que solo se llegaba por mar o bajando por una pared de roca resbaladiza que nadie con sentido común bajaba. La cala de las corrientes.
Cuando era pequeña, Lucía había preguntado muchas veces por qué no podían ir allí.
Las otras calas del cabo las conocía todas: su padre la había llevado a coger lapas, a buscar cangrejos, a ver nidos de gaviotas.
Pero a A Furna, nunca. Ni siquiera se acercaba al borde del acantilado que quedaba encima.
Una vez, con diez años, Lucía insistió tanto que su padre se enfadó. Fue la única vez que lo vio gritar.
—¡A esa cala no se baja! ¡Nunca! ¿Me oyes?
Su madre le explicó después que, años atrás, un compañero de su padre se había ahogado allí. Que él lo había visto. Que nunca lo había superado.
Tomás Ferreiro había pasado cuarenta años evitando el borde de ese acantilado.
Y, sin embargo, una noche de temporal había bajado por el sendero, a oscuras, y había ido a morir justo allí.