2. Cosas fuera de sitio
Lucía no se movió durante un buen rato. Escuchó.
El viento empujaba las contraventanas. El reloj de pared del salón marcaba los segundos con un golpe seco. Arriba, en el faro, la maquinaria de la lámpara zumbaba de forma casi imperceptible. Nada más. Ningún crujido, ninguna respiración.
Cogió el atizador de la cocina de leña. Se sintió ridícula al hacerlo, pero lo cogió igualmente. Luego recorrió la casa, habitación por habitación, encendiendo todas las luces a su paso.
El salón. El baño. La despensa. El cuarto de su padre. El que había sido su cuarto, con la colcha de ganchillo que había tejido su madre y los pósteres ya desteñidos de un grupo que no recordaba haber escuchado nunca. El desván, con sus cajas y su olor a polvo.
No había nadie.
Volvió a la cocina y dejó el atizador en su sitio. Se sentó en una de las dos sillas, sacó la libreta negra y escribió:
Barro fresco en la cocina. Puerta trasera. ¿Hoy?
Debajo, después de pensarlo un momento, añadió:
¿Quién más tiene llave?
Era lo que habría preguntado en el trabajo. En el trabajo, cuando alguien decía que le habían entrado a robar, lo primero que Lucía miraba era la cerradura. Y lo segundo, quién tenía copia.
Se levantó y examinó la puerta trasera. No estaba forzada. El cerrojo de dentro estaba echado, pero la cerradura de fuera era vieja, de las que se abren con cualquier llave parecida. Su padre nunca la había cambiado. En San Amaro nadie cerraba con llave hasta hacía pocos años.
O alguien había entrado con una copia y había echado el cerrojo al salir por otro sitio. O alguien había entrado y salido por esa puerta, y luego Carmen, o quien fuera, había pasado y echado el cerrojo. No. Carmen no había vuelto en tres semanas, y el barro era de hoy.
Lucía suspiró y se frotó los ojos. Llevaba siete horas de carretera encima. Quizá era algún vecino que había subido a echar un vistazo. Quizá alguien de la cofradía que tenía que recoger algo del cobertizo. En los pueblos la gente entraba en las casas de los muertos como si fueran un poco de todos.
Pero no había nada que recoger en la cocina. Y las huellas iban hacia el pasillo, no hacia el cobertizo.
Volvió a recorrer la casa, esta vez despacio. Esta vez como investigadora.
Era lo que mejor sabía hacer. Durante doce años, en la aseguradora, había entrado en casas incendiadas, en naves inundadas, en coches destrozados.
Había aprendido que las cosas hablan. Que un objeto colocado con demasiado cuidado dice tanto como uno tirado en el suelo.
Que la gente que miente ordena mejor que la que dice la verdad.
Su padre era un hombre de rutinas. Eso lo sabía todo el pueblo.
Treinta años encendiendo la misma lámpara a la misma hora, apuntando el viento, la marea y los barcos en sus cuadernos de guardia con la misma letra apretada.
En su casa, cada cosa tenía su lugar. Y Lucía conocía esos lugares de memoria.
En el salón, la butaca de su padre estaba girada unos centímetros hacia la ventana. Él la tenía siempre mirando a la estufa.
En el escritorio, los cajones estaban cerrados, pero el segundo no del todo. Lo abrió. Facturas, recibos, cartas del banco. Todo en carpetas. Pero las carpetas estaban metidas al revés, con la etiqueta hacia el fondo. Su padre jamás habría hecho eso.
En la estantería, los libros de náutica y los atlas estaban alineados.
Pero entre dos tomos había un hueco, y en el polvo de la balda se veía una marca rectangular, limpia.
Algo que había estado ahí mucho tiempo y ya no estaba.
Lucía midió el hueco con los dedos. Un cuaderno, quizá. O un libro fino.
En el cuarto de su padre, la cama estaba hecha con las sábanas bien estiradas. Pero el colchón no estaba recto sobre el somier. Alguien lo había levantado.
Lucía volvió a la cocina y anotó todo. Cuando terminó, tenía una página entera.
Alguien había registrado la casa. Con cuidado, intentando no dejar rastro. Buscando algo concreto.
¿Qué podía tener un farero jubilado que alguien quisiera tanto?
Llamaron a la puerta.
Lucía dio un respingo. Miró el reloj: las ocho y media. Fuera ya era noche cerrada. Fue hasta la entrada, encendió la luz del porche y miró por el cristal.
Una mujer con un paraguas que el viento intentaba arrancarle de las manos. Pelo rubio, rizado, empapado. Una bolsa de tela colgada del hombro.
Lucía abrió la puerta.
—¡Lucía! —La mujer cerró el paraguas de cualquier manera y la abrazó, mojándola entera—. Ay, Lucía, ¡qué alegría! Bueno, qué alegría no, qué pena, ya sabes lo que quiero decir.
—Elena.
Elena Castro. La niña que se sentaba a su lado en el colegio, con la que había pasado todos los veranos de su infancia saltando entre las rocas, contándose secretos en la Garita, jurando que nunca se separarían.
Tenía arrugas finas alrededor de los ojos y llevaba unas gafas de pasta que no le conocía. Pero se reía igual: con todo el cuerpo.
—Me lo dijo Carmen, que habías llegado. Te he traído empanada y un tupper de lentejas, que seguro que no has comido nada. —Elena entró sin esperar invitación, como cuando tenían diez años—. Huy, qué frío hace aquí. ¿No has encendido la cocina? Tu padre la tenía siempre encendida.
Se pusieron a ello las dos juntas. Elena sabía exactamente dónde estaban la leña y los periódicos viejos. Mientras el fuego prendía, sacó la empanada, dos platos y dos vasos, y abrió una botella de vino que también había traído en la bolsa.
—Soy farmacéutica, pero no me pidas que no beba en una noche así —dijo, sirviendo.
Hablaron de todo y de nada. De Madrid, del trabajo de Lucía, de que Elena había heredado la farmacia del pueblo y no se había casado «porque aquí no queda nadie que merezca la pena, hija, ya los conoces».
Del colegio, de los profesores, de la vez que se quedaron atrapadas por la marea en la playa de Area Longa y tuvo que ir a buscarlas el padre de Lucía con una barca.
Lucía se dio cuenta de que se estaba riendo. Por primera vez en tres semanas.
Luego Elena se quedó callada mirando el fuego.
—Lo siento mucho, Lucía. Tu padre era… —Buscó la palabra—. Era alguien que siempre estaba ahí. Arriba, en el faro. Mirando. Te daba tranquilidad saber que estaba.
—Yo no estuve —dijo Lucía—. Ni siquiera vine al entierro.
—No te tortures. Él lo entendía.
—¿Tú cómo lo sabes?
Elena dudó.
—Hablaba de ti. A veces venía a la farmacia a por las pastillas de la tensión y se quedaba un rato. Siempre me contaba lo que hacías. Estaba muy orgulloso.
Lucía bebió para no tener que contestar.
—Elena, ¿alguien más tiene llave de esta casa?
—¿Llave? No sé. Carmen. Igual algún vecino. ¿Por qué?
—Alguien ha estado aquí esta tarde. Ha registrado la casa.
Elena dejó el vaso en la mesa.
—¿Cómo que registrado?
Lucía le enseñó la libreta, el barro, el colchón movido, el hueco en la estantería. Elena escuchaba con los ojos muy abiertos.
—Igual han sido chavales —dijo al fin—. A veces suben a hacer botellón al faro. Saben que la casa está vacía.
—Unos chavales no colocan las carpetas al revés. Unos chavales se llevan la tele.
—Ya. —Elena se mordió el labio—. ¿Qué vas a hacer?
—Mañana subiré al faro. Mi padre guardaba allí sus cuadernos de guardia. Quiero revisarlos, y revisar todos sus papeles antes de vender nada. Si había algo que alguien quería, igual sigue en alguna parte.
Elena asintió despacio. Miró el fuego otra vez. Parecía estar decidiendo si decir algo o no.
—¿Qué pasa? —preguntó Lucía.
—Nada. Bueno… Seguramente no tenga importancia.
—Elena.
Su amiga suspiró.
—Tu padre vino a casa a ver a mi padre. La noche antes de morir. —Se colocó las gafas, nerviosa—. Yo estaba arriba, no oí de qué hablaron. Pero cuando se fue, mi padre se quedó en el despacho hasta las tantas. Con la luz encendida. Y él nunca hace eso.