Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1)
© inepub.com
1. La casa del farero
La carretera a San Amaro seguía teniendo las mismas curvas que Lucía recordaba, pero ahora le parecían más cerradas, como si los años hubieran apretado el paisaje.
Los limpiaparabrisas iban de un lado a otro sin conseguir nada.
A la derecha, más allá de los pinos doblados por el viento, el mar era una mancha gris que se confundía con el cielo.
Llevaba siete horas conduciendo desde Madrid. En el asiento del copiloto, una carpeta azul con los papeles del notario, un termo de café ya frío y la libreta negra de la que nunca se separaba. En la primera página había escrito, con letra pequeña y ordenada, tres cosas:
Firmar herencia. Vaciar la casa. Vender.
Tres cosas. Una semana. Después, volver a su vida.
Pasó A Ponte Vella, el puente de piedra sobre el río, y el pueblo apareció de golpe al final de la cuesta: casas blancas con tejados oscuros, el puerto con sus barcas amarradas, la iglesia, la lonja.
Y, al fondo, en lo alto del cabo, el faro de Punta Lobeira, blanco y recto como un dedo que señalara algo que nadie más veía.
Lucía apartó la mirada.
Hacía tres semanas que había recibido la llamada.
Un número desconocido con prefijo de A Coruña, un martes a las ocho de la mañana, cuando estaba revisando el parte de un incendio sospechoso en un almacén de Getafe.
Era el sargento de la Guardia Civil de San Amaro.
Una voz grave, educada, que dudó antes de hablar.
—¿Lucía Ferreiro? Soy Andrés Lago. No sé si te acuerdas de mí.
Se acordaba. Claro que se acordaba.
—Es por tu padre —había dicho él.
El resto de la conversación se le había quedado borrosa. Accidente. Acantilado. Mar. Lo siento mucho. Recordaba haber colgado y haber seguido mirando la pantalla del ordenador durante mucho tiempo, con el parte del incendio abierto, sin leer una sola línea.
No había ido al entierro. Esa era la frase que llevaba tres semanas evitando pensar entera. Una gripe fuerte, un juicio importante en la oficina, la carretera, el miedo. Todas las excusas eran ciertas y ninguna servía.
Aparcó junto al puerto. La lluvia había bajado un poco y ahora caía fina, casi de lado. El olor la golpeó al abrir la puerta del coche: sal, gasoil, algas, madera mojada. El olor de su infancia. Se quedó quieta un segundo, con una mano en el techo del coche, esperando a que se le pasara.
La taberna O Faiado estaba donde siempre, en la esquina de la plaza, con su letrero de madera pintado a mano y las ventanas empañadas. Dentro había luz amarilla y voces. Lucía empujó la puerta.
Las voces se apagaron.
No del todo, no de golpe, pero lo bastante para que se notara.
Cinco o seis hombres en la barra, dos mujeres mayores en una mesa junto a la ventana, la televisión encendida sin sonido.
Todos la miraron. Lucía estaba acostumbrada a que la miraran con desconfianza: en su trabajo, la gente sabía que venía a buscar mentiras.
Pero esto era distinto. Esto era un pueblo reconociendo a alguien que se había ido.
—Lucía.
Carmen Varela salió de detrás de la barra secándose las manos en el delantal. Estaba más delgada, con el pelo completamente blanco recogido en un moño. Pero los ojos eran los mismos: oscuros, duros, sin miedo.
—Carmen.
La mujer la abrazó. Fue un abrazo corto y fuerte, de los que se dan en esta tierra, sin palabras. Olía a café y a lejía.
—Siento lo de tu padre —dijo Carmen, separándose—. Era un buen hombre. Callado, pero bueno.
—Gracias.
—Siéntate. Te pongo algo caliente.
—No hace falta, solo vengo a por las llaves. El notario me dijo que las tenías tú.
Carmen la miró un momento, como si estuviera decidiendo algo.
Luego asintió, fue hasta la caja registradora y sacó de un cajón un manojo de llaves atado con un cordel rojo.
Lucía las reconoció enseguida: la llave grande de hierro de la puerta principal, la pequeña del cobertizo, la del buzón.
Y una más, larga y antigua, con la cabeza en forma de trébol.
—Esa es la del faro —dijo Carmen—. Tu padre nunca la devolvió cuando lo automatizaron. Nadie se la pidió tampoco.
Lucía cerró la mano sobre las llaves.
—¿Has estado en la casa?
—Subí a cerrar las ventanas después del entierro. Y a vaciar la nevera. No he tocado nada más. —Carmen hizo una pausa—. Tu padre dejó todo muy ordenado. Como siempre.
Desde la barra, uno de los hombres murmuró algo en gallego. Lucía no lo entendió, pero entendió el tono. Carmen se giró hacia él.
—Calla, Xan.
El hombre se encogió de hombros y volvió a su vino.
—No les hagas caso —dijo Carmen en voz baja—. Aquí la gente habla mucho y sabe poco. Ven mañana a comer, si quieres. Hay caldo.
—Igual vengo.
Carmen le apretó el brazo antes de soltarla. Lucía salió de la taberna con la sensación de que todos los ojos se le habían quedado pegados en la espalda.
La casa del farero estaba a dos kilómetros del pueblo, al final de una pista de tierra que subía hacia el cabo entre tojos y piedras.
El coche dio tumbos en los baches. A medida que subía, el viento crecía y la lluvia golpeaba los cristales con más fuerza.
Arriba, el mundo se abría: a un lado el océano, inmenso, con olas que rompían blancas contra las rocas; al otro, las colinas verdes y el pueblo pequeño, abajo, como un dibujo.
Y allí estaba el faro. De cerca era más grande de lo que recordaba. Treinta metros de piedra blanca, la galería de hierro pintada de verde en lo alto, la cúpula de cristal que guardaba la lámpara. Ya había empezado a girar: un haz de luz que barría el mar cada pocos segundos, puntual, indiferente.
A su lado, pegada a su base, la casa. Dos plantas de piedra gris, tejado de pizarra, ventanas pequeñas con marcos verdes. La puerta de madera, con la pintura levantada por el salitre.
Lucía apagó el motor. Durante un rato no se movió.
Escuchó el viento, el mar, el tictac del motor enfriándose.
Pensó en la última vez que había estado allí: cuatro años antes, Navidad, una visita de dos días en la que su padre y ella apenas habían hablado de nada que importara.
Él le había enseñado el nuevo motor del generador.
Ella le había hablado de un ascenso. Habían visto el telediario en silencio.
Al despedirse, en esa misma puerta, él le había dicho:
—Vuelve cuando quieras. La casa es tuya.
Y ella había dicho que sí. Y no había vuelto.
Salió del coche. La lluvia le empapó el pelo en segundos. Corrió hasta la puerta, metió la llave de hierro en la cerradura y empujó con el hombro, como siempre había hecho falta. La puerta se abrió con un quejido.
Dentro olía a humedad, a ceniza fría y, por debajo, a algo que la hizo cerrar los ojos: tabaco de pipa. Su padre había dejado de fumar hacía quince años, pero la casa no lo había olvidado.
Buscó el interruptor a tientas. La bombilla del pasillo se encendió con un parpadeo.
Todo estaba como lo recordaba: el perchero de madera con el anorak verde de su padre todavía colgado, el barómetro antiguo en la pared, las fotos enmarcadas del faro en distintas épocas, la alfombra gastada. Todo limpio, todo en su sitio.
Dejó la bolsa en el suelo y caminó hasta la cocina. La cocina de leña, la mesa de roble, las dos sillas. Solo dos. Encendió la luz.
Y entonces lo vio.
En el suelo de baldosas, junto a la puerta trasera que daba al huerto, había barro. Unas huellas. Dos, tres, cuatro marcas de suela, oscuras, que iban de la puerta hacia el pasillo.
Lucía se agachó. Pasó un dedo por el borde de una de ellas.
El barro estaba húmedo. Fresco.
Carmen había subido después del entierro. Hacía tres semanas.
Alguien había estado en la casa esa misma tarde.