Capítulo 43
Tessa
La sala no era pequeña. De hecho, probablemente fuera del mismo tamaño que el cuartito que tenía dentro de los aposentos de Theon en la Mansión Arius .
No había ninguna ven tana , pero lo que la hacía sentirse atrapada era la puerta.
No había salida. Todo allí dentro era suave mármol beis.
Liso. Aburrido. Sin nada con lo que entretenerse.
Nada, excepto sus pensamientos.
Theon acababa de irse y, ahora, se encontraba en medio de la sala.
Sola. Tal y como había estado la noche anterior.
Tal y como llevaba casi toda la vida. Pero puede que no pasara nada.
Puede que estar sola no fuera tan malo. Cuando uno está solo, no tiene que confiar en nadie.
No tiene que correr el riesgo de que le hagan daño.
No tiene que abrirle su corazón a alguien para que acabe encerrándolo en una bodega.
Se acercó lentamente a la pared y empezó a arrastrar los dedos por la superficie fría, tarareando una de las estúpidas canciones que Axel había metido en la lista de reproducción.
Se quitó las sandalias de un par de patadas; quería notar el suelo frío bajo los pies descalzos mientras le daba vuelta tras vuelta a la habitación.
Arrastrando los dedos.
Tarareando con la garganta.
Sintiendo todavía el cosquilleo del beso con Theon en los labios.
«Iba a pedirte que no me dejaras volver a besarte hasta que estuvieras lista para admitir que esto es más que un vínculo».
Tenía razón.
Aquello era más que un vínculo, pero todavía no había conseguido averiguar lo que eso significaba.
Se había dado cuenta mientras yacía en el suelo de esa bodega. Eran más que fuente y amo, fae y legado. Eran más que dos seres conectados por un trato y un vínculo. Eran más, pero ¿más que qué?
La puerta se abrió y un centinela dijo con voz ronca:
—Están listos para las fuentes.
Todos los centinelas eran legados. Que los dioses los libraran de que un fae protegiera aquel lugar sagrado. No, solo servían para criar y sangrar.
Sangrar.
Theon la había hecho sangrar.
Bajó la mano al costado y dio un paso hacia la puerta, pero el centinela se aclaró la garganta.
—Los zapatos.
Claro.
Los zapatos.
Odiaba los zapatos.
Había parado de tararear, pero siguió recitando la letra de una canción en su cabeza mientras seguía al centinela por el pasillo. Aunque esa no era una de las de Axel .
«Controlad lo incontrolable; o la única ganadora la furia será. La vida otorga; y la muerte quita. Pero el sino necesita más».
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando entraron por unas pesadas puertas de madera a la arena y el ruido amortiguó cualquier otro sonido.
Había fae entusiasmados una planta más arriba, hablando sobre sus poderes recién despertados.
Como era de esperar, todos habían recibido unos brazaletes negros que debían ponerse en las muñecas para retener ese poder hasta que aprendieran a controlarlo.
Un poder descontrolado era peligroso.
Los siguientes niveles estaban repletos de legados corrientes, seguidos por los más importantes.
En la parte superior, seis palcos rodeaban la arena.
Alzó la vista y su mirada de inmediato se cruzó con la de Theon .
Parecía el frío heredero de los finales que estaba destinado a ser en todos los sentidos.
El fin de algo había sido, eso seguro.
Pero sus manos descansaban en la barandilla y estaba tenso; no quedaba rastro de la relajada y distante indiferencia de la que normalmente se jactaba. Asintió hacia ella con Luka a un lado y su padre al otro. Cressida estaba allí y Axel también había vuelto.
¿Dónde estaba Kat ? ¿No había ido Axel a asegurarse de que estuviera…? Bueno, bien tampoco, porque eso les importaba una mierda, pero ¿no había ido a asegurarse de que estuviera a salvo de los otros reinos?
No le dio tiempo a seguir dándole vueltas. El espectáculo que suponía la emersión de los poderes de las fuentes empezó con Sasha , a la que llevaron con bombo y platillo hasta el centro de la arena.
Tessa la observó emerger con aire. A Jasper también, mientras que Maxson manifestó agua. A Dade le rodearon arena y hojas, confirmando que su elemento era el previsto: tierra. Gatlan , cómo no, produjo fuego, tal y como su ama. Nadie esperaba menos.
No hasta que llegó su turno.
Toda la arena se sumió en el silencio cuando la acompañaron al centro de la plataforma y se quitó las sandalias antes de subirse a ella.
El vestido negro se le arremolinó en torno a los tobillos; notó el material ligero y frío contra la piel acalorada.
Al echar un pequeño vistazo arriba, vio a Axel dar unos pasitos hacia la salida.
Porque se suponía que debía protegerla. Vio a Valter inclinado hacia delante, impaciente, con los ojos entrecerrados.
Vio a Luka en una postura defensiva, la misma que llevaba toda la semana obligándola a mantener durante horas.
Y vio a Theon , la mezcla de anticipación e inquietud en su rostro. Notó el hilo en su pecho llamarle en busca de consuelo, pero notó la cosa en su alma hacer lo mismo, buscando algo mucho más oscuro.
La sacerdotisa dio un paso al frente y Tessa empezó a levantar el brazo.
Sin embargo, el sonido de varios gritos ahogados hizo que tanto ella como la sacerdotisa se giraran.
Las demás sacerdotisas, que se encontraban de pie alrededor de la arena, estaban haciendo una reverencia con la cabeza.
Los centinelas estaban en guardia y una figura encapuchada se dirigía hacia ella.
Dos grandes lobos la flanqueaban. Uno era gris oscuro.
El otro era de un gris tan claro que casi parecía plateado.
A ese fue al que reconoció cuando sus ojos brillantes se posaron en ella.
Era el mismo lobo que había salido de entre los árboles justo antes de que las hijas de la noche la atacaran.
—Su excelencia —dijo la sacerdotisa cuando la figura se acercó—. No se me había informado de que asistiría a la ceremonia de esta noche.
La figura no dijo nada, solo alzó un brazo.
Hasta la mano quedaba oculta bajo la manga larga de la capa.
La sacerdotisa le tendió el vástago. Cuando la figura lo cogió, ella hizo otra reverencia antes de bajarse de la plataforma, uniéndose a las demás sacerdotisas y dejando a Tessa a solas con ella.
La figura se acercó más y ella dio un paso hacia atrás. Sus ojos se desviaron hacia Theon , que estaba agarrando la barandilla y observando la escena, sorprendido. ¿Acaso sabía quién era?
Entonces, su mirada se clavó en Dex , que se encontraba en la planta justo encima de la de la arena. Tenía una expresión oscura en el rostro y observó con los ojos entrecerrados a la figura detenerse delante de ella.
La capucha de la figura era profunda y se la había bajado tanto que no había forma de verle la cara.
Estaba completamente oculta en la oscuridad.
Extendió el brazo y una mano enguantada apareció por la manga.
No era pequeña y delicada, lo que la llevó a pensar que fue un hombre quien le agarró con cuidado el antebrazo.
No dijo nada mientras parecía estudiarle el brazo largo y tendido antes de girárselo levemente para contemplar la marca en el dorso de su mano.
—Qué necios —murmuró, y la voz, sin duda, pertenecía a un hombre. No sabía por qué, pero le resultaba familiar.
No abrió la boca cuando le colocó la punta del vástago contra el antebrazo y empezó a trazarle una marca. Fascinada, le observó dibujar un triángulo invertido.
Y la cosa en su interior se enderezó, entusiasmada.
Estirándose.
Bostezando.
Buscando.
Entonces, comenzó a dibujar una estrella debajo del triángulo y la piel le empezó a hormiguear con una energía que necesitaba salir.
Tenía calor y frío a la vez, y todo el cuerpo le vibraba mientras se obligaba a estarse quieta.
¿Se suponía que debía sentir eso? Nadie se lo había dicho.
Nadie la había preparado. Se esperaba que supiera tantas putas cosas y no sabía nada.
El hombre no pareció percatarse cuando empezó a removerse, cambiando el peso de un pie al otro. Estaba casi segura de que ninguna de las demás fuentes había tardado tanto.
Le estaba trazando una segunda estrella en la piel cuando dijo:
—¿Sabes por qué me gustan las tormentas?
La pregunta era tan aleatoria que la distrajo de lo que fuera que estuviera pasándole en el alma. Pero no sabía si debía responder. Ninguno de los otros fae había hablado durante su rito.
No pareció importarle que respondiera o no cuando pasó a hacer una tercera estrella.
—Porque nos recuerdan que hasta el caos necesita gritar a veces. Que incluso con toda la magia y el poder entre los reinos y las estrellas, incluso con la tecnología y todas las herramientas que tenemos a nuestra disposición, algunas cosas son, en efecto, incontrolables.
Dioses, su voz. ¿Dónde la había oído antes?
Los lobos que se encontraban a ambos lados de él empezaron a gimotear y se acercaron más a ella. Una vez más, al hombre pareció no importarle.
Le estaba dibujando la última línea de la tercera estrella cuando alzó la cabeza. Podía notar su mirada desde debajo de la capucha mientras decía:
—Se avecina una tormenta.
Y, cuando le levantó el vástago de la piel, una luz resplandeció. Una luz deslumbrante emanó de ella, brillando como la luz del sol. Pero lo que alborotó a toda la arena no fue eso.
Fue la luz que le chisporroteó en las puntas de los dedos, que se expandió y creó grietas en la plataforma en la que se encontraba; los relámpagos que cayeron en los balcones y provocaron que trozos de mármol se desmoronaran y se precipitaran.
Fue el agua que caía de arriba y que desencadenó un auténtico diluvio dentro del Panteón.
Fueron los dos lobos que aullaron y la rodearon mientras el hombre encapuchado desaparecía entre la multitud.
Fue su magia.
Impulsiva, como sus ataques, que crearon otra grieta a su paso.
Insensata como la lluvia que le azotaba la piel.
Rebelde como el aire que atravesaba la arena, imitando los vientos de una tempestad.