Capítulo 37 #3
—No hagas eso si me vas a pedir que pare —rugió y la ayudó a deshacerse de lo que le quedaba de ropa.
—Ya he sacrificado mi dignidad y te lo he pedido por favor, Theon . Más te vale que merezca la pena —dijo con desdén e inclinó la cabeza hacia atrás cuando sus labios volvieron a atacarle la garganta.
—¿Las cosas siempre van a ser así contigo, pequeña tormenta? ¿Una pelea continua? —le preguntó mientras le bajaba las braguitas por las piernas.
—Sí —dijo con voz ronca cuando volvió a rozarle los muslos con los dedos.
—Así me gusta —respondió antes de por fin hundir dos dedos en su interior. No había nada lento ni tierno en el asunto, ni entre ellos. Nunca lo había habido. Todo había sido una lucha incesante desde el momento en que le arrebató el trozo de chocolate en ese recoveco.
—Dioses —jadeó ella.
Echó los hombros hacia adelante y dejó caer la frente contra su hombro. Las piernas le fallaron, pero él ya tenía un muslo entre ellas para sostenerla en pie. Theon supo entonces que esa siempre sería su forma preferida de verla: retorciéndose y necesitada de él y de nadie más. Y necesitaba más.
Le presionó el pulgar contra el clítoris hinchado y la notó apretarse en torno a sus dedos mientras los movía dentro y fuera. Su respiración se había visto reducida a bocanadas bruscas y entrecortadas, y sus caderas se movían con cada embestida de sus dedos.
—Tus ojos, Tessa . Quiero verlos —exigió y ella alzó la cabeza de golpe. Tenía los ojos grises vidriosos del placer y el deseo y, joder, no había hecho más que empezar con ella—. Pídemelo —le ordenó.
—Por favor, Theon —chilló, frustrada, sin dejar de mover las caderas en busca del placer que le proporcionaban sus dedos.
—Por favor, ¿qué? —insistió y volvió a presionar el pulgar contra su centro.
—¡Joder!
—Pronto, Tessa . Eso te lo puedo asegurar —respondió y le colocó una mano en la cadera para obligarla a estarse quieta.
El gimoteo que se le escapó hizo que una carcajada maliciosa brotara de su pecho.
— Theon , por favor.
—Por favor, ¿qué?
—Por favor, deja que me corra.
Le estaba suplicando.
Y le afectó mucho más de lo que esperaba.
Movió los dedos dentro y fuera una vez. Tan tortuosamente lento que soltó un gritito de angustia.
—Dime que eres mía, Tessa . Dime eso y haré que te corras. Ahora. Después. Siempre que quieras.
—No —soltó con los dientes apretados e intentó volver a mover las caderas.
Sus manos se detuvieron; tenía los dedos enterrados en su centro empapado.
—¿Eres capaz de mentirme en todo menos eso?
Ella giró la cabeza hacia un lado, rompiendo el contacto visual, pero la cosa no iba a quedarse así. En la vida había querido saber tanto una respuesta.
—Dime por qué, Tessa —dijo y le acunó la mejilla para obligarla a volver a mirarlo.
—No.
— Tessa …
—No —le interrumpió—. No soy tuya, pero voy a usarte, igual que tú me vas a usar a mí.
—No voy a usarte.
—¿Quién es el que miente ahora? —Estaba removiéndose contra su mano otra vez, haciendo todo lo posible por menear las caderas, y él le deslizó levemente el pulgar por el clítoris—. Puedes decir que soy tuya, pero eso no hará que sea verdad —jadeó.
Él presionó con más fuerza y le trazó un círculo prieto con el pulgar. Tessa soltó un grito cuando lo apartó con la misma rapidez.
—Preciosa, tú siempre serás mía. Que te niegues a aceptarlo no hace que sea mentira.
—Pero ¡tú nunca serás mío!
Inclinó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados y supo por la expresión de su rostro que no había querido decir eso. Que se le había escapado porque estaba hecha un desastre de deseo y negación.
— Tessa …
—Dioses, Theon —estalló y volvió a abrir los ojos, que le brillaron, intensos, con destellos violetas—. Fóllame y danos lo que ambos queremos o deja que me vaya. Por favor.
Él se quedó mirándola un buen rato mientras el eco de sus palabras angustiadas se repetía en sus oídos antes de retirar los dedos de su interior. Vio la decepción en su cara antes de que se convirtiera en aceptación. Entonces, la cogió en brazos y la sacó corriendo del vestidor.
— Theon …
Pero se vio interrumpida cuando la lanzó sin ningún cuidado sobre la cama.
Había estado en lo cierto. Todo había cambiado cuando habían llegado a casa, pero no de la forma que esperaba.
No cuando bajó la vista hacia ella y la vio desnuda, con el pelo formando un halo en la cama y los ojos llenos de recelo, pero aún un poco vidriosos por la necesidad sin saciar.
Se colocó encima de ella, sosteniéndose con una mano mientras con la otra le agarraba la barbilla.
—La próxima vez que hagamos esto, me dirás que eres mía, Tessa .
—No habrá una próxima vez —escupió. Sus caderas ya estaban alzándose, buscándole.
Él siseó cuando notó su coño húmedo deslizarse por su longitud.
—La habrá, Tessa , pero no hasta que creas que esto es más que un vínculo. No hasta que te entre en la cabeza que eres mía.
—Entonces, jamás habrá una próxima vez —repitió.
—Ya veremos. —Fue todo lo que dijo antes de agarrarle los muslos para tirar de ella hasta el borde de la cama. Se los separó y, por fin, se hundió en ella.