EPÍLOGO I — ARADIA
La olvidada
La noche no recuerda haber sido tan silenciosa.
La Albufera yace abierta como una herida nueva,
el agua temblando todavía por el eco del sello roto.
La tierra exhala un humo frío.
La bruma serpentea por la orilla, temblorosa,
como si también supiera que algo antiguo acaba de reclamar el mundo.
Y Aradia avanza.
No pisa el suelo.
No lo necesita.
El agua se curva bajo ella como si temiera romperse.
Cada cosa viva que toca su sombra
se apaga.
Una luciérnaga se vuelve negra y cae.
Una fosca, que un instante antes rugía al cielo,
se arrodilla y gime como un animal golpeado.
El Drac de l’Aigua huye hacia el fondo,
sin querer mirar a su reina.
Aradia no los nota.
No los necesita.
Sus ojos dorados están fijos en Valencia.
La ciudad respira.
No por elección:
por miedo.
La bruma se arremolina en torno a sus pies, obediente.
Solo entonces, Aradia habla.
No es voz.
Es un recuerdo arrancado de un sueño.
Una frase que las estrellas no quieren escuchar.
—Ahora… nunca olvidaréis mi nombre.
Hace una pausa.
Sus ojos se vuelven aún más dorados,
como si mirara a alguien que no está presente en el mundo físico.
—Nekhra, Hermana…
tú eres la siguiente en despertar.
La tierra tiembla.
Las foscas se aplastan contra el barro, gimiendo.
Aradia sonríe apenas,
—Valencia arderá.
Una grieta oscura se abre bajo ella.
La arconte se sumerge en la bruma
como quien cruza un umbral familiar.
Y la noche,
que nunca tuvo voz,
parece llorar por lo que se acerca.