Llum i ombra CAPÍTULO 22 –
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CAPÍTULO 22 –

LA BATALLA DEL ALBUFERA

ALEX

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El aire sabe a hierro.

A humo.

A final.

Mis pies se hunden en el barro de la orilla mientras intento mantenerme en pie. La Albufera escupe vapor negro, como si estuviera respirando. Como si algo enorme estuviera a punto de despertar bajo mis pies.

—¡Álex, a mi lado! —grita Eloi.

Intento moverme hacia él, pero una fosca se me lanza encima. La esquivo por puro instinto, clavo la mano en el suelo y la empalo con mi arma improvisada. No siento el brazo. No siento nada.

Excepto que algo me llama desde el agua. Como si mi nombre estuviera escrito en las corrientes. Como si el fondo quisiera arrastrarme.

«Ven a mi…»

Cierro los ojos un segundo para estabilizarme.

Los abro cuando escucho un rugido.

Un rugido que hace temblar el lago entero.

El Drac de l’Aigua emerge del agua como una pesadilla hecha carne. Trozos de su piel caen como algas quemadas. Sus ojos vacíos buscan presa.

Cass grita. Sonie lanza una llamarada azul. El dragón la ignora como si fuera viento.

—¡¿Por qué siempre hay dragones malditos?! —oigo a Cass ladrar desde la barca medio hundida.

Quiero reír. No puedo. Porque el agua vuelve a pulsar bajo mis pies.

«Ven a mi…» «Ven a mi…»

—¡No lo escuches! —me grita Eloi—. ¡Mírame a mí! ¡A mí, Álex!

Lo intento. Pero entonces lo veo. Al fondo del caos. Caminando por la orilla como si todo esto fuera una jodida alfombra roja de Dol.

Aitor.

Su cuerpo está cubierto de marcas negras que palpitan como venas vivas. Sus ojos no reflejan luz. Su sonrisa… no es suya.

En su mano, brillando con un resplandor enfermizo, la Lanza de Corvian.

—¿Vienes a por mí? —pregunto, con la voz rota.

Aitor sonríe.

—Por supuesto que vengo a por ti, Brusc.

Avanza. Avanza hacia mí.

La tierra se ennegrece bajo sus pasos.

—No sabes cuánto tiempo llevo esperando esto —dice.

Levanta la lanza.

Y el agua detrás de él vibra, como si respondiera a su voz.

Eloi corre hacia mí, pero tres foscas lo tiran al suelo.

—¡Eloi! —grito.

—¡No te acerques al agua, por lo que mas quieras! —me ruge él desde el barro.

Pero es tarde.

Aitor ya está encima de mí.

Me ataca. La lanza corta el aire, pasa rozando mi mejilla. Siento el filo atravesar mi piel.

Me tambaleo.

—Siempre fuiste un error —dice Aitor mientras me golpea con el mango y caigo al barro—. Un accidente. Una llave perdida. Y yo… voy a usarte. Me pisa el pecho. Mi respiración se corta.

—Hermano de Annia —digo entre dientes—. No serás tú quien—

Él ríe.

—Annia no puede salvarte.

Nadie puede.

La lanza asciende.

Voy a morir.

De verdad voy a morir.

Aitor me lanza la lanza directa al pecho.

No tengo tiempo. No tengo nada. Solo un destello oscuro moviéndose más rápido que mi respiración.

Rui.

Se interpone.

El filo se hunde en su costado, desgarrando carne y sombra a la vez. El sonido que hace al caer me rompe por dentro.

—¡Rui! —grito, lanzándome hacia él, arrastrándolo entre mis brazos.

Él aprieta los dientes, sangre oscura resbalándole por la comisura de los labios.

Su piel cambia, se oscurece y vuelve, como si no supiera qué forma mantener.

—Joder… —jadea—.

Siempre salvándote el puto culo, llumeta.

—Cállate —murmuro, con un nudo en la garganta que casi me impide hablar—. Cállate ya, Rui.

Él sonríe, pero es una sonrisa rota, sincera, sin máscaras.

—¿Estas… preocupado?

—dice en un susurro ronco, casi burlón.

—Claro que estoy preocupado —respondo sin pensar—.

Eres un idiota.

Pero eres… mi idiota.

Sus pupilas se dilatan como si esa frase fuera más peligrosa que la lanza.

—No digas esas cosas ahora —susurra—. Me das motivos para quedarme.

Lo acerco más, apretando la herida con la mano.

—Entonces quédate —digo.

No sé si suplicando o exigiendo. Él me mira como si quisiera decir algo enorme que lleva meses reteniendo, pero un temblor recorre el aire y ambos miramos hacia la orilla. El Mártir Rojo avanza. Y con él… muerte.

—Álex —dice Rui, agarrándome la muñeca con fuerza débil—

Escúchame… yo…

—¡Alex, aparta! —grita una voz a nuestra derecha.

Helena. Llega como una tormenta de luz y bruma. Su pelo ondea, sus manos brillan, su expresión es de pura concentración. Golpea a dos foscas, corta una tercera con un látigo de luz blanca, y se planta delante de nosotros como un muro.

—Tú, Brusc, atrás —ordena sin mirarme directamente—.

Él está malherido. No puede seguir aquí.

—No me lo quites —digo con voz quebrada.

—No te lo quito —responde Helena mientras crea una barrera circular a nuestro alrededor.

—Lo estoy salvando. A él… y a ti.

Rui intenta incorporarse. Helena lo empuja suavemente.

—Quieto. Si te mueves, la herida se abre más.

Rui gruñe.

—Odio… que me hablen como si fuera… frágil.

Helena ni parpadea.

—No eres frágil. Solo eres idiota.

Rui suelta una risa débil.

—¿Ves? —me dice sin mirarla—. Todos coincidís.

Su mano busca la mía. Yo la aprieto. Por un segundo, el caos desaparece. Solo soy yo, Rui sangrando en mis brazos, y el eco de algo que podría ser amor o destino o destrucción mutua.

—Vuelve —le susurro.

—Vuelve a mí cuando esto acabe.

Él cierra los ojos.

—Si me lo pides así, Brusc… me será difícil decir que no.

La barrera de Helena parpadea.Ella me mira por fin.

—Álex. Tienes que ir.

Yo niego. No lo dejo. No tienes elección. Él no morirá aquí. Pero tú sí, si no te mueves. Un estruendo hace vibrar el suelo. El Mártir Rojo acaba de matar a alguien. Helena agarra a Rui por los hombros.

—Confía en mí —dice.

Él me suelta la mano despacio. Como quien apaga una vela. Y Helena se lo lleva entre la bruma, protegiéndolo, alejándolo de la zona..

Yo me incorporo.

Miro hacia el agua.

Hacia Aitor.

Hacia la lanza.

Hacia Olivia.

Y todo…

todo se rompe.

Helena desaparece entre la bruma con Rui medio inconsciente.

Quiero ir detrás.

Mi cuerpo intenta seguirlos.

Pero el suelo tiembla. Como si algo debajo del agua estuviera llamando a mi sangre.

Y entonces escucho un golpe seco.

Un rugido humano.

Un choque de hueso contra hueso.

Me giro.

Eloi y Aitor se están matando. Eloi está cubierto de sangre, la mayoría ajena. Respira de lado, agotado, pero no deja de golpear. Cada vez que su espada choca con la lanza de Aitor, saltan chispas negras.

Aitor sonríe.

Una sonrisa torcida.

Corrompida.

Mortífera.

—¿Eso es todo lo que tienes, templario? —escupe.

Eloi le lanza un corte que Aitor esquiva por milímetros.

—No vas a tocarlo —gruñe Eloi—. No mientras yo respire.

Aitor ríe, oscuro.

—Tú no eres quien lo guarda. Ni quien decide su muerte.

Me mira y ese instante me atraviesa el pecho como una hoja afilada.

—La Llave le pertenece —dice Aitor, y su voz está deformada por el Dol—.

El sello me quiere a mí. A mí.

Eloi pierde los nervios. Un rugido nace en su pecho. Se lanza con toda la fuerza que tiene.

Pero Aitor no retrocede. Le planta la lanza en el esternón y lo empuja hacia atrás.

—¡Eloi! —chillo.

Eloi cae al agua de espaldas. Se hunde un segundo. La lanza está a punto de atravesarlo. Me muevo sin pensar. Aitor me ve venir. Me golpea con el mango de la lanza en las costillas. El mundo se me parte en dos. Caigo de rodillas. Aitor me pone la lanza en la garganta.

—Siempre fuiste débil, Brusc —susurra—. Y aun así, eres la Llave. Qué ironía más hermosa.

La lanza brilla con luz verde-oscura. El agua a nuestros pies se ilumina. El sello está respondiendo. Yo estoy respondiendo.

El aire se enfría de golpe.

El Mártir Rojo se acerca con paso lento, solemne, casi… ritual. No ataca. No detiene a nadie. Solo observa. Como un sacerdote ante un altar. Su fuego no ilumina. Oscurece. Y cada vez que respira, el agua hierve.

—El sacrificio se acerca —dice, su voz no humana, profunda—. La Llave está preparada.

Mi corazón late tan fuerte que me duele.

El Mártir Rojo levanta una mano. Y las foscas retroceden.

Toda la batalla se congela. El mundo se detiene.

Menos Aitor. Menos Olivia. Ella aparece a la espalda de Aitor, moviéndose como un susurro.

Su piel brilla. Sus ojos dorados arden. Sus labios tienen el color del pecado.

Aitor es un monstruo… pero cuando ella toca su cuello, su expresión cambia.

Por un instante veo al chico que reía con Annia en los entrenamientos.

—Olivia… —dice él, casi dulce—. Ya casi está. Puedo—Ella lo interrumpe con un dedo en los labios.—Shh, cariño. Has hecho un trabajo precioso.

Él sonríe.

Ella sonríe más.

Y lo besa.

Un beso largo.

Profundo.

Oscuro.

El Dol se mueve bajo su piel. Aitor abre los ojos, confundido.

—Olivia… me… duele…

Ella lo abraza por la cintura.

—Lo sé —susurra, hundiendo la nariz en su cuello—. El Dol siempre duele.

Y antes de que Eloi pueda levantarse, antes de que Annia llegue corriendo por la orilla, antes de que yo pueda respirar, Olivia le corta la garganta. La sangre brota como un chorro rojo-negro. Aitor cae de rodillas. Después al agua. Después al fondo. El mundo se rompe en el grito de Annia:

—¡¡NOOOOOOOOOO!!

La lanza cae de la mano de Aitor, girando, vibrando, viva.

Golpea el suelo.

Rebota.

Y el filo me abre el antebrazo antes de que pueda apartarme.

No es un corte normal. El metal quema. La magia duele. Mi sangre cae al agua.

Una gota.

Dos.

Tres.

Y entonces

El lago late. Como un corazón antiguo despertando. La luz se vuelve negra. La bruma asciende. El cielo se arruga. El suelo se arquea. Y yo siento algo entrar en mí. Una voz. Una presencia. Un susurro que es canto y lamento a la vez.

«Ya has llegado…»

No puedo gritar.

No puedo respirar.

Me estoy separando.

Me estoy rompiendo.

Me estoy abriendo.

Como si el Dol me reclamara. El lago se ilumina desde abajo con un resplandor negro, como si se hubiera abierto un cielo al revés. La tierra tiembla. El aire se pliega sobre sí mismo. La bruma se levanta en espirales, buscando un centro invisible.

Y entonces lo veo:

Una grieta.

Una grieta de luz oscura abriéndose en el fondo del agua, como un ojo inmenso despertando después de siglos.

Las foscas dejan de atacar. Retroceden. Tiñen la orilla con su retirada temblorosa, como animales que han visto a su depredador.

El Drac de l’Aigua se sumerge de golpe, sin rugido.

Como si supiera que ya no tiene derecho a existir en presencia de lo que está llegando.

El Mártir Rojo se detiene. Deja de arder.

Inclina la cabeza. No ante nosotros. No ante el Dol.

Sino ante ella. La grieta se abre del todo.

Y emerge una figura. Alta. Fina. Desnuda de luz.

Cubierta de sombras que se arremolinan como si quisieran tocarla sin atreverse.

Cabello flotando como humo blanco en un vacío sin viento.

Pies que no tocan el agua, pero la rompen igual.

Ojos dorados, antiguos, demasiado humanos para ser de un monstruo, demasiado monstruosos para ser de un humano.

Su mera presencia hace que el fuego de Sonie se ahogue. Hace que mis rodillas fallen.

Aradia.

La Olvidada.

La segunda arconte.

La que odia a los brujos.

La que odia a la Orden.

La que lleva siglos esperando este momento.

Ella no habla. Pero su silencio pesa tanto como una montaña. Las foscas se arrodillan. Los brujos corrompidos se derrumban. Incluso el Mártir Rojo retrocede un paso, como si ella fuera su reina. Su verdugo. O ambas cosas.

La guerra se detiene.

Todo el mundo la contempla.

Y yo…

yo estoy de rodillas.

La herida del brazo arde. Mi cuerpo no me pertenece. Mi respiración es un hilo.

El agua me reclama como si yo fuera parte de su pacto.

Mi visión se ennegrece por los bordes.

Me mareo.

Oigo latidos que no son míos.

Palabras que no entiendo.

Voces que no callan.

Aradia eleva el rostro.

La bruma se abre como una cortina reverente.

Y entonces, por fin, habla.

No grita.

No ruge.

No canta.

Su voz cae sobre el mundo como un eclipse:

—Ahora… nunca olvidaréis mi nombre.

La oscuridad se desploma sobre mí.

Caigo.

Y el mundo cae conmigo.

FIN.