Llum i ombra CAPÍTULO 21 – LA HIJA DE LA RABIA
96%

CAPÍTULO 21 – LA HIJA DE LA RABIA

Annia claramunt

✦

El olor a humo es lo primero que me golpea.

Ni siquiera he llegado al borde de la Albufera y ya puedo sentirlo, la noche entera arde. El aire está espeso, caliente, lleno de ceniza que cae como nieve enferma.

Corro. No pienso. No siento el peso de las hachas ni el dolor en el costado donde Mael me golpeó. Solo siento el latido que me empuja hacia adelante, la voz interior que repite una y otra vez: Llega. Llega. Llega.

Cuando al fin cruzo la última línea de árboles, me encuentro el infierno.

El agua ennegrecida. Fuego avanzando por la superficie como si flotara. Brazas que no consumen nada y aun así arden. Foscas moviéndose en enjambres. Criaturas que no deberían existir. El Dol ha abierto una boca en la tierra y se está tragando la noche.

—Hijos de puta… —susurro, y aprieto las hachas.

No hay tiempo para más.

Una fosca se abalanza sobre mí.

La parto en dos sin frenar.

La segunda cae antes de que toque el suelo.

La tercera me muerde el brazo, pero la atravieso por la columna de sombra.

Se disuelve en un chillido.

Y sigo corriendo.

Porque en medio de toda esta locura hay algo peor. Algo que siento antes incluso de verlo. Álex. Y sangre.

El primer grito humano que oigo no es de dolor. Es de guerra.

—¡Annia! —es la voz de Cass, desde una barca medio hundida.

—¡¿Dónde está Álex?! —le respondo.

—¡Más adelante! ¡Eloi lo tiene! ¡Pero está pasando algo raro en el agua!

No me da tiempo a preguntar.

Una sombra enorme emerge del lago.

Y no es una fosca.

El Drac de l’Aigua.

O lo que queda de él.

Un lomo gigantesco cubierto de algas negras. Aletas rasgadas. Una boca que se abre en dos direcciones, goteando un líquido oscuro que mancha el agua. Cuando ruge, siento el sonido en las costillas.

—Perfecto —escupo—. Teníamos pocos problemas.

El Drac se lanza hacia Cass.

Yo salto por encima de un tronco quemado y clavo una de mis hachas en el costado del monstruo. Mi brazo entero vibra por el impacto. El bicho ruge y se revuelve.

Cass dispara una flecha que se clava entre dos placas óseas.

El Drac retrocede, furioso. No podemos matarlo. Pero podemos apartarlo.

—¡Cass, vete con Eloi! —le grito—. ¡Voy detrás!

—¡¿Y tú qué haces?!

—¡Mato mierda! —respondo, y me lanzo hacia la orilla.

Aitor aparece entre la bruma. No sé si grito su nombre o si mi corazón estalla por dentro.

Está cubierto de marcas negras. Mira a su alrededor como si no reconociera el mundo.

Olivia camina a su lado, tranquila, como si nada ocurriese, con la ropa impecable, con una sonrisa ligera en los labios.

Sé que es ella antes incluso de enfocar.

—¡Aitor! —grito, mientras mato otra fosca—. ¡No te fíes de ella!

Pero no me escucha.

O no puede.

Sus ojos están vacíos, como si alguien hubiera dado la orden desde dentro.

—¡Aitor! ¡Es una trampa! ¡Vete del agua! ¡VETE!

Olivia apoya una mano en su brazo.

Y él se calma.

Mi estómago cae.

Más adelante, en un claro de agua oscura, veo a Álex.

Está peleando contra dos brujos corrompidos.

Eloi está sangrando de la ceja, defendiéndolo con una furia que nunca le había visto.

Sonie lanza fuego contra una criatura que lleva tres bocas.

Nym sostiene una barrera que se deshace cada vez que un latigazo de Dol la golpea desde dentro del lago.

Y Rui…

no lo veo.

Pero siento su presencia moviéndose en círculos. Una sombra que protege a Álex, aunque él no quiera admitirlo. Todo está en ruinas. Y aún así, lo peor está por empezar.

—¡Álex! —grito mientras avanzo—. ¡Apartate del agua!

Mi voz se pierde entre rugidos, fuego, explosiones de magia. Las foscas salen del lago como si el agua hirviera pesadillas. El Drac vuelve a asomar detrás, rugiendo.

Álex me oye.

Gira la cabeza.

Su mirada se cruza con la mía.

Y sé que lo entiende.

Sé que entiende que tengo miedo.

Que lo que está a punto de ocurrir no tiene marcha atrás.

—¡Alejate! —repito.

Lo intento.

De verdad lo intento.

Pero justo cuando Álex retrocede…

Aitor da el primer paso hacia él.

Yo me lanzo. Corro tan rápido que siento la herida del costado abrirse más. Mis pulmones queman. Mis piernas duelen.

—¡Aitor, Para! —grito—. ¡Te va a matar! ¡Olivia te va a matar!

Y por un segundo… uno solo. Aitor gira la cabeza y me mira.  Sus labios tiemblan. Como si quisiera decir mi nombre.

Pero Olivia le toca la mejilla. Su dedo deja un rastro oscuro. Y Aitor vuelve a caminar hacia Álex. No llego. Sé que no voy a llegar.

El agua empieza a iluminarse desde el fondo.

Una luz oscura, rota, como un faro al revés.

El sello. El puto sello. Todo está preparado.

Todo está colocado. Todo está a punto. Y yo sigo corriendo, y matando foscas sin mirar, y gritando hasta romperme la voz, y el mundo se estrecha en un túnel donde solo existen:

Aitor. Olivia. Álex. La lanza. El agua. La profecía.

Y la certeza de que ya no estoy salvando a mi hermano.

Estoy llegando tarde a su muerte.

Aitor da un paso más.

Y otro.

Y otro.

Cada uno retumba como un golpe contra mi pecho. Siento que mis huesos se parten por dentro.

—Aitor… no —susurro.

Sé que no me oye. Sé que ya no está del todo ahí. Y aun así, corro hacia él. Pero alguien se me cruza. Una sombra rápida, elegante, silenciosa. Un perfume suave, floral, casi insultante en medio de la sangre y la ceniza.

Olivia.

Se gira hacia mí como si hubiera estado esperándome. Su sonrisa…

Dios.

Esa sonrisa es un arma.

—Buenas noches, Annia —dice, como si estuviéramos en una fiesta.

—Te juro —respondo jadeando mientras aprieto las hachas—

que esta noche te mato.

Ella ladea la cabeza, estudiándome.

—No creo —dice—. Pero te admiro por intentarlo.

Un bicho gigante de cuatro patas me salta por la espalda. Olivia ni se inmuta. La reviento con una patada hacia atrás sin apartar la mirada de la bruja.

—¿Admiras esto? —escupo, levantando el arma.

Ella sonríe más.

—Muchísimo

Olivia extiende la mano. Un látigo de oscuridad emerge de sus dedos, hecho de sombras líquidas, afilado como una cuchilla.

—Venga —dice ella—. Hazme sudar.

El látigo cae hacia mí como un rayo.

Lo esquivo rodando hacia un lado.

La tierra se abre donde ha golpeado, dejando una grieta negra que respira.

Respira.

—Fantástico —mascullo—. La noche está llena de regalos.

Me lanzo hacia ella.

Corto.

Ataco.

Golpeo.

Pero Olivia no es humana. No se mueve como una bruja normal. Baila alrededor de mis ataques como si conociera mis movimientos antes de hacerlos. Su pelo se mueve como si tuviera vida propia. Sus ojos brillan con un tono dorado que no le pertenece.

—Has mejorado —me dice—. Román estaría orgulloso.

Le gruño como un animal.

—No pronuncies su nombre.

Ataco de nuevo.

Esta vez, mi hacha sí le da.

O eso creo.

Porque cuando atraviesa su cuello,

la Olivia que tengo delante

se deshace como humo en un soplo del Dol.

—¿Pero qué…? —jadeo, retrocediendo.

Una carcajada suena detrás de mí.

—Ay, Annia… —murmura Olivia—.

¿De verdad pensabas que me matarías tan rápido?

Me giro.

Hay otra Olivia.

Y otra detrás.

Y otra, saliendo del agua como una flor de sombra.

Y otra, caminando con calma sobre la superficie negra.

Cinco.

Seis.

Siete.

Una hilera entera de sonrisas perfectas,

ojos dorados,

y piel marcada con venas negras como raíces.

—¿Te he dicho ya que odio tu cara? —gruño.

—Puedes odiarlas todas —responde una, inclinando la cabeza—.

Tengo suficientes.

Las siete se lanzan a la vez. Y yo no soy tan buena. Me cubro el costado.

Giro.

Corto una.

Esquivo otra.

Una tercera me agarra del brazo y me lanza contra una roca.

—Joder… —escupo sangre—. Así no hay manera.

Las Olivias se deslizan hacia mí como serpientes. Una levanta el látigo. Otra forma una lanza. Otra deja caer sombras de sus manos como garras líquidas. “Voy a morir aquí”, pienso. Pero entonces escucho un silbido metálico. Y un grito familiar

—¡Aparta, Claramunt, que ya está aquí la caballería!

Una figura cae del cielo.

Bueno, no del cielo. De un tronco. Pero el estilo es el mismo.

Clara Montalt.

Capa rasgada.

Dos espadas templarias cruzadas en la espalda.

Un arma de fuego en la mano derecha.

Un brillo rabioso en los ojos.

—¡Vamos a matar fulanas! —ruge mientras decapita a la primera Olivia que se acerca.

Yo me quedo mirando un segundo.

—¿Caballería? —pregunto—. ¿Tú?

—¿Quién si no? —responde Clara, dándome una patada para levantarme—.

Lo hacéis todo mal cuando no estoy.

Otra Olivia aparece a su izquierda.

Clara le dispara en la frente sin mirar.

—Gracias —murmuro.

—No me des las gracias —dice—.

Démosle gracias a esta hija de puta por multiplicarse: así hacemos cardio gratis.

—Eres insoportable —gruño mientras parto a otra copia por el pecho.

—Y tú lenta —responde Clara—.

Pero juntas hacemos un diez.

Tres Olivias más llegan por el agua.

Clara me mira.

—¿Lista?

—Nací lista.

—Perfecto. Porque voy a empezar por esa —señala a la más cercana—. La que va andando como si fuese modelo de pasarela. Esa me cae mal.

Me río, aunque no debería.

Y luchamos juntas.

Clara es una máquina.

Elegante.

Precisa.

Feroz.

Yo soy fuerza bruta.

Dolor convertido en arma.

Rabia pura.

Las Olivias vienen en oleadas.

Cada vez que matamos una,

dos más salen de la sombra.

—¡No se acaban! —grito.

—¡Es una diva! —responde Clara—. Le encanta tener público.

Una Olivia se lanza hacia Clara con una lanza de sombra.

—¡Cuidado! —grito.

Clara la esquiva haciendo una voltereta completamente innecesaria.

—¡Concéntrate!

—Estoy concentrada —gira la espada—. ¿Ves? Está muerta.

Le corta la cabeza.

Otra Olivia cae encima de mí.

Clara la patea. Yo la remato. El suelo se cubre de cuerpos que desaparecen en polvo negro. Pero siguen viniendo. Y, entre todo el caos, sigo viendo a Aitor caminar hacia Álex. Sigo viendo el agua iluminarse. Sigo viendo la lanza brillar.

—Clara —jadeo—. Tengo que irme.

—Ni de coña —responde ella, matando otra—.

Nos falta media docena de fulanas.

—Tengo que irme YA.

Clara me ve.

Ve mi cara.

Mi desesperación.

La bruma temblando alrededor del sello.

Y asiente.

Solo una vez.

—Ve —dice—.

Pero vuelve para rematar a esta bruja conmigo.

—Lo prometo.

Clara se lanza hacia tres Olivias a la vezç como si fuera a cobrarse todas las deudas del capítulo. Yo doy dos pasos para arrancar a correr… Y oigo a Clara gruñir:

—¡Joder! ¿Y dónde coño está la pelo zanahoria cuando la necesito?

—¿Perdona? ¿La qué? —resuena una voz ofendida detrás.

Cass aparece como un relámpago, empapada, llena de barro hasta las pestañas,

y con una flecha ya encajada en el arco.

—¿Alguien estaba llamando a la zanahoria?

Sonie aterriza a su lado envuelta en fuego azul, como una diosa cabreada.

—Clara —dice Sonie—. ¿Te acuerdas de quién te salvó el culo hace dos minutos?

Piénsalo antes de empezar con motes vegetales.

Clara mata a una Olivia sin mirar.

—Perfecto —dice, señalando con la espada—. La garduña pirómana y la zanahoria asesina. Ahora sí podemos empezar.

Cass arde de indignación.

—A ver, lista, ¿zanahoria dónde?ç ¿Dónde ves tú que yo—?

Una Olivia sale del agua y Cass le dispara en la cara sin girarse.

—…vale, no sé por qué te molesto con nada —masculla.

Sonie se ríe mientras lanza fuego a otra copia.

—¡Annia! ¡Vete! ¡Nosotras cubrimos a esta borde! —grita Sonie.

—¡No soy borde, soy eficiente! —protesta Clara, cortando otra cabeza.

Sonie y Cass se miran.

—Borde —dicen a la vez.

Clara resopla.

Yo sonrío por un segundo. Uno solo de volver a correr hacia mi hermano,

hacia Álex,

hacia el sello

y hacia el desastre inevitable.