Llum i ombra CAPÍTULO 20 – LO QUE ESCONDE LA BRUMA #3
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CAPÍTULO 20 – LO QUE ESCONDE LA BRUMA #3

—No —digo, negando con la cabeza—. Él no va a ayudaros. Él nunca…

—Oh, Annia —me interrumpe, suave, casi compasivo—.

No necesitamos que quiera. Solo que esté allí.

Mis manos tiemblan.

—¿Y la lanza? —pregunto sin pensarlo, sin saber por qué esa palabra me sube a la boca.

Mael parpadea, lento, como sorprendido de que haya llegado tan lejos.

—Veo que tienes memoria de cazadora —murmura—.

Sí. Toda llave necesita una cerradura. Y toda cerradura… un filo adecuado. No dice “la Lanza de Corvian”. Pero no hace falta. Yo lo sé. Él lo sabe. Y la bruma lo confirma moviéndose inquieta.

—Esto no va a pasar —digo, temblando de rabia—.

No vais a ponerle una mano encima.

Me dedica una sonrisa triste.

—El Dol no toca.

El Dol… ofrece.

Da un paso más.

—Y cuando la Llave abra aunque sea una grieta —susurra, rozando el agua—,

ella cruzará.

Intento moverme.

Él es más rápido.

Su mano me agarra la muñeca libre con una fuerza que no parece suya. Siento algo frío treparme por el brazo, como si hilos invisibles me cosieran a su agarre.

—No te voy a dejar que arruines esto —dice, y sus ojos… ya no están solo negros. Tienen vetas de rojo apagado, como brasas casi muertas.

Tiro de mí misma. Le lanzo la otra hacha al cuello. Él suelta mi muñeca justo a tiempo para desviarla. El filo le roza el hombro.

La sangre que salta no es del todo normal. Es demasiado oscura. Casi violeta.

Mael sisea.

—Siempre fuiste buena guerrera —admite—. Roco estaría orgulloso.

—Roco te va a partir en dos cuando se entere —respondo, jadeando—. Si no lo hago yo antes.

Me lanza un golpe con la palma. No veo de dónde sale, pero me da de lleno en el costado. Se me corta la respiración. Siento un pinchazo cerca del vientre. Instintivamente, me giro para protegerlo, más que a mí.

No.

No ahora.

No te atrevas.

La rabia me sostienen de pie. La bruma en el patio empieza a subir por las columnas.

Mael levanta la mano buena, la que no sangra.

—Te matare—murmura—. Sería un gesto amable. Te ahorrarías lo que viene.

—Tendrás que correr más rápido —digo, y me lanzo.

Mi hacha corta el aire. Él intenta fundirse con la sombra de la columna, pero no llega a tiempo. El filo le abre el costado. Esta vez la sangre sale a borbotones normales, rojos, mezclados con esa otra cosa más oscura.

Grita.

Por un segundo, su cara cambia otra vez.

Ya no es Mael.

Ni la Encantada.

Es una mezcla de ambas cosas.

Como si alguien hubiera intentado pegar dos almas con cola barata.

Sus ojos me miran con odio y con un rastro minúsculo de súplica.

—Díselo —escupe—. Corre y díselo. No vas a llegar a tiempo.

Y se deja caer hacia atrás.

La bruma lo envuelve. No como suele hacerlo con los brujos. No sube, no se arremolina. Lo traga. Y cuando se despeja, sólo quedan unas gotas de sangre en la piedra.

Me quedo sola en la galería. La fuente, el agua quieta, mi reflejo respirando a bocanadas. Cada inspiración me duele en el costado. Me toco. Los dedos salen manchados de rojo. No es profundo. No es letal.

No hoy.

No voy a morir hoy y mi hijo no morirá hoy. Apoyo la mano sobre el vientre, un segundo. Muy breve.

—No te pienso perder también —susurro.

Luego echo a correr.

El camino hasta la sala táctica se me hace eterno.

El pasillo está más vacío de lo que debería. Todos ya se han ido a sus puestos. Mis botas golpean la piedra con un ritmo que se mezcla con el latido acelerado de mi corazón.

Giro la última esquina.

—¡Clara! —grito—. ¡Helena! ¡Edrian!

Entro en la sala.

Está casi vacía.

Inés Garau está frente a los mapas, con los ojos fijos en las líneas de luz que representan el perímetro de la Albufera. Un portal todavía chispea en el suelo, con bruma azul dispersándose poco a poco. Bruno Montalt ajusta su espada antes de desaparecer por la puerta opuesta.

—¡Se han ido ya! —dice Inés, al verme—. El primer grupo ha cruzado hace un minuto. El segundo en breves.

—Tenéis que traerlos de vuelta —jadeo—. Mael… era él. Era él en su cara, en el agua. ¡Es una trampa! ¡Les están esperando!

Bruno frunce el ceño.

—¿Qué quieres decir con que era él?

—Que la Encantada no lo era —respondo—. Que el Dol ha usado su cuerpo para colarse aquí. Que Aradia le ha metido hilos en la cabeza. ¡Que el Mártir y ella les han montado un escenario y les hemos mandado a nuestros mejores soldados como ofrenda! ¡Quieren a Alex!

Inés blanquea.

—Eso es… eso es una acusación muy grave, Annia.

—¿Grave? —me río, sin humor—. Grave es que os lo diga mientras todavía podéis hacer algo y os quedéis mirando.

El portal parpadea. Su luz se hace más intensa un momento. Luego se contrae. Una onda de bruma recorre el suelo, pasando por encima de mis botas. Inés mira el círculo, pálida.

—Han cruzado —susurra.

El aire de la sala cambia. Aprieto los puños.

Si el Dol quería que me quedara atrás, esta vez lo ha conseguido. Pero no pienso quedarme quieta.

—Pues corred —escupo—. Haced algo. Porque si no volvemos a verlos… no me va a quedar nada que perder. Las runas de la pared vibran. La bruma se pega a la piedra. Y en algún lugar, más allá del agua, más allá del fuego, el Mártir Rojo sonríe. Mientras la Olvidada se acerca un paso más.