CAPÍTULO 20 – LO QUE ESCONDE LA BRUMA #2
—Sí —dice—. Un rato.
—¿Y?
El no responde.
—Hay algo que no me cuadra. Si la Encantada estaba muriéndose, si iba tan herida... ¿cómo consiguió llegar hasta aquí?
Mael guardó silencio.
—Y hay otra cosa. Si cruzó media ciudad en ese estado... ¿cómo es que nadie la vio?
Vi cómo la mandíbula se le tensaba. Su respiración empezó a acelerarse.
—¿No te parece raro, Mael?
Él se adelanta un par de pasos.
—Ven —dice—. No deberías estar sola. Ven a la galería vieja. Si quieres gritarle algo a la noche, es buen sitio.
Suena a intento de consuelo raro. Pero su mirada está clara. Y, a diferencia de otros aquí, no me ha dicho aún que me siente y me calle.
Asiento una vez.
Lo sigo.
La galería vieja da a un patio interior con una fuente en el centro. El agua está quieta, sin viento que la mueva. Las columnas de piedra se alzan alrededor como huesos de gigante.
Me acerco al borde de la fuente.
El reflejo me devuelve mi cara, más dura, más vieja. Un mechón se me ha soltado de la trenza y cae sobre mi frente. No lo aparto.
Mael se coloca a mi lado.
—Tú le querías —dice, sin rodeos.
Podría mentir. Podría hacerme la fuerte, pero no lo hago.
—Sí.
—Y él a ti.
Trago saliva.
—Sí.
Mael asiente como si estuviera comprobando una teoría.
—La Encantada habló de fuego en el agua —dice—. De hermanas ardiendo bajo la superficie. ¿Lo recuerdas?
—Sí —respondo—. También dijo que el Dol no venía solo.
—Y que “arriben per tu” —añade Mael, mirándome de reojo—. Que vienen por la llave.
Me pincha el pecho.
—¿Por qué lo dices como si lo hubieras oído allí so tu no estabas? —pregunto.
Se encoge de hombros.
—Porque acabo de oírlo otra vez —responde.
—¿Dónde?
—En mi cabeza.
Lo dice con naturalidad, pero se me erizan los pelos de la nuca.
—Mael…
Algo en su cara se mueve.
Un gesto mínimo.
Como un tic.
Pero en el reflejo del agua no se mueve lo mismo.
Mi corazón da un vuelco.
En la superficie de la fuente, su rostro se deforma. Por un segundo, ya no es Mael. Es la Encantada. Cabello largo pegado a la cara. Ojos abiertos de par en par. Boca llena de espuma y sangre negra.
Parpadeo.
En la realidad, a mi lado, Mael sigue con la misma expresión.
En el agua, la Encantada me mira.
—No —susurro.
Mael gira la cabeza, curioso.
—¿Qué has dicho?
Subo la mirada de golpe.
—Eras tú —escupo—. En el patio. En sus ojos. No era ella.
Mael me observa, silencioso.
Una gota cae desde arriba en la fuente. El reflejo tiembla.
Su voz cambia al hablar.
—No siempre se puede elegir qué cara se lleva puesta —dice—. Sobre todo, cuando la tuya ya no sirve para lo que quieres.
Da un paso hacia mí.
Mi mano se cierra alrededor del mango de una de las hachas.
—¿Qué has hecho Mael? —pregunto.
Su piel parece más pálida. Las venas del cuello se marcan, oscuras, como líneas de tinta.
—La Encantada —continúa—, la verdadera, murió mucho antes de llegar aquí. La que cruzó nuestras puertas era… una carcasa tejida.
Me duelen los dientes de apretar la mandíbula.
Mael alza la vista.
— Mi señora va a venir.
— ¿Quién?
Durante un segundo, juro que el cielo sobre la galería se oscurece un punto.
—Ella —susurra—. La que no olvida las traiciones. La que está harta de los brujos. La que fue hermana vuestra y ahora prefiere veros arder.
Aradia.
La palabra no la pronuncia, pero se cuela entre sus dientes.
—Me ofreció algo —añade—. No ser olvidado. No ser otro nombre en una lista de caídos. Ser… útil.
—Te ofreció convertirte en herramienta del Dol —escupo.
—Me ofreció dejar de sentir que todo lo que hacemos es retrasar lo inevitable —responde—. Tú no sabes lo que es ver los hilos del futuro y que todos acaben en sangre, Annia.
Otro paso.
Ya lo tengo demasiado cerca.
—Y aun así —continúa—, estoy siendo generoso. He venido a avisarte.
—¿A avisarme de qué?
Su sonrisa se vuelve afilada.
—De que lo que está pasando en la Albufera no es una batalla —dice—. Es un escenario. Y vuestros comandantes acaban de entrar en él sin saber que son la decoración.
El estómago se me cae.
—¿Qué has hecho? —susurro.
—Yo, nada —responde—. Pero el Mártir… y la Olvidada… están muy agradecidos de que les hayamos mandado a la llave servida en bandeja de plata.
El sonríe.
—Supongo que ya has entendido que lo del patio no era un aviso —murmura—. Era una invitación.
—¿Una invitación a qué? —pregunto, con la mano ya en el hacha.
—A un… despertar —susurra—. Los sellos no caen solos, Annia. Alguien tiene que llamar desde este lado. Alguien tiene que… abrir.
Da un pequeño toque con el dedo a la superficie del agua.
Una gota negra se expande en ondas.
—Y para abrir algo, ya sabes… —sus ojos brillan—.
Hace falta una llave.
Mi estómago se hunde.
—¿Álex? —pregunto.
Él ladea la cabeza, como si saboreara mi miedo.
—Nunca has sido tan rápida deduciendo —dice, suave—.
Pero sí. Donde la Llave sangra, los velos se abren.
—¿Por eso quieren llevarlo a la Albufera? —mi voz tiembla sin que pueda evitarlo.
—La Albufera no —murmura, acercándose un paso—.
Ese lugar de la Albufera. El sitio donde el agua recuerda. Donde se durmió el segundo sello. La bruma se arremolina entre sus pies.
—Pero la sangre sola no basta —añade casi con ternura—.
Siempre hace falta algo más viejo. Más… personal.
—¿Qué algo? —susurro.
Mael no responde con palabras.
Solo alza una ceja.
Y entonces lo sé.
Lo sé sin que me lo diga.
Lo sé porque el Dol siempre escoge lo que más duele.
—Aitor… —mi voz se rompe.
Él sonríe, como si hubiera estado esperando que lo dijera.
—Qué bonito es cuando las piezas encajan, ¿verdad?
El linaje adecuado. El momento adecuado. La persona adecuada.