Llum i ombra CAPÍTULO 20 – LO QUE ESCONDE LA BRUMA
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CAPÍTULO 20 – LO QUE ESCONDE LA BRUMA

Annia claramunt

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Nunca pensé que la rabia pudiera tener sabor, pero esta noche la mastico. Me araña la lengua, me quema el pecho, me sube a la cabeza cada vez que parpadeo y veo, otra vez, el cuerpo de Román sobre la piedra fría. La sábana. La sangre. Su cara quieta. Y Aitor. Siempre Aitor.

Umbrafort entero se mueve a mi alrededor como si el edificio tuviera un ataque de pánico. Cazadores, brujos, templarios, todos corriendo por los pasillos; runas que se encienden en las paredes; la bruma subiendo por las escaleras, inquieta, como si supiera algo que nosotros no.

Yo solo quiero una cosa:

salir a matar.

—Annia, conmigo.

La voz de Clara me alcanza desde el centro del patio. Recta, cortante, como siempre. Hoy lleva la armadura ligera ajustada sobre la ropa, brazales reforzados con placas metálicas nuevas, la capa más corta para poder moverse más rápido. Cada día parece menos capitana de manual y más guerrera.

La sigo.

En el patio ya están casi todos. Edrian en el centro, con la túnica de mando abierta por la base, listo para pelear si hace falta.

A su espalda, el Consejo: Helena, Nym, Bruno Montalt, Inés Garau.

A un lado está Eloi, con la correa del pecho mal abrochada y los ojos demasiado oscuros; al otro, Cass y Sonie, con las armas colgando a medio preparar.

Y Álex.

Tiene la chaqueta mal cerrada y una expresión como si el suelo se abriera bajo sus pies y él estuviera fingiendo que no se da cuenta.

En el centro del patio, donde hace unas horas había una Encantada, solo queda un círculo de bruma más densa, manchada con motas de espuma brillante.

El hueco que deja un cuerpo se ve más que el cuerpo.

Edrian levanta la voz.

—Habéis oído lo que ha dicho antes la encantada —dice—. La Albufera ha caído. El Mártir Rojo...

Un murmullo ahogado recorre la sala. El Mártir Rojo. El Purificador. El fuego que camina.

—Si el Mártir actúa aquí —continúa Edrian—, quiere abrir el segundo sello.

Helena da un paso adelante. Hoy lleva una armadura blanca, discreta, que nunca le había visto ponerse fuera de los entrenamientos. Algo en mí se encoge. Si Helena se viste para la guerra, no es por gusto.

—Aradia ya no es solo un susurro —dice—. La Olvidada está tocando el mundo físico. Cada ataque, cada muerte, cada grieta en nuestra defensa la acerca a este lado del sello.

La bruma se estremece. Siento un tirón en el estómago.

—Si el Mártir abre camino —añade Helena—, Aradia saldrá detrás. Y cuando salga, no irá a por templarios. Ni a por cazadores.

Mira a los brujos como si nos clavara agujas.

—Irá a por nosotros.

Edrian retoma.

—Los comandos de Montalt y Beltran saldrán conmigo hacia la Albufera —dicta—. Quiero a los mejores allí en menos de media hora. Cass, Sonie, Román…

Se detiene.

El nombre se queda flotando como una sombra que nadie quiere tocar. Noto una gran Tensión en la mandíbula.

—      Yo también voy —digo.

La palabra se me cae de la boca antes de poder morderla.

Todos se giran.

Edrian me mira como si no supiera de dónde he salido.

—No —dice.

Mi rabia pega un latigazo.

—No me has oído —respondo, dando un paso adelante—. He dicho que voy. Soy cazadora. Estoy formada. Conozco la Albufera.

—Precisamente por eso —replica Edrian—. Estás demasiado implicada.

—Lo que estoy es preparada —escupo.

Clara se adelanta un poco.

—Edrian, Annia ha demostrado—

—No —repite él, cortándola también a ella—. No voy a llevar a alguien que acaba de perder a su compañero y que tiene sed de venganza a un campo donde el Dol ya está jugando con nuestras emociones. No pienso perder a otro cazador.

La palabra “perder” me golpea el esternón. Si entendiera que ya no me pertenezco solo a mí, que llevo dentro algo que Román nunca sabrá… quizá aún así diría lo mismo. Pero dolería menos.

—No me puedes atar a una silla —murmuro.

—Puedo prohibirte salir de Umbrafort —responde.

Su voz es tranquila, pero no le tiembla ni una sílaba.

—La Orden no es solo tu dolor, Claramunt —añade, usando mi apellido como golpe—. Es toda una ciudad. Y esta noche, tu sitio está aquí.

Quiero matar a algo.

A él.

A Aitor.

A mí misma.

La decisión está tomada.

—Eloi, Clara —dice Edrian—. Preparad a vuestros comandos. Salimos en cuanto esté listo el portal. Inés, activa el protocolo de emergencia en las defensas. Helena, con Nym en la sala táctica. Bruno…

Todos se dispersan. Umbrafort se pone en marcha.

Yo me quedo quieta en el centro del patio.

Otra vez. Como cuando era niña y Aitor corría delante, y a mí me tocaba quedarme recogiendo lo que él dejaba tirado.

Como cuando Román se marchó en aquella misión sin mí.

Como ahora, que van a por mi hermano y yo me quedo mirando.

Me muerdo la lengua tan fuerte que noto el sabor a hierro.

No sé cuánto rato me quedo allí plantada.

La bruma se arremolina a mis pies, inquieta.

Va y viene, como si quisiera tirar de mí hacia el pasillo oeste. Hacia las armas. Hacia la salida.

—No puedo —le susurro, como si la bruma me entendiera—. Me han atado al maldito patio.

Responde con un pequeño remolino en torno a mis tobillos, como un gato que no se rinde. La habría odiado, si no fuera porque esa terquedad se parece demasiado a la mía.

Entonces oigo ruido.

No el bullicio del patio. Algo más contenido. Un golpe seco contra piedra. Un gemido ahogado. Un susurro.

Me giro hacia el corredor norte.

La bruma está más densa allí.

Camino en silencio, con una mano ya en la empuñadura de una de mis hachas. Paso bajo el arco. El sonido se hace más claro: respiraciones rápidas, el roce de tela contra pared, un ruido sordo de espalda chocando con piedra.

—No vuelvas a dejarme tirado —escucho.

La voz es de Álex.

Se me encoge el estómago.

Me pego a la esquina. Desde mi ángulo solo veo sombras. Dos. Una pegada a la pared. Otra delante, más alta, más oscura. No distingo caras, pero el cuerpo de Álex se reconoce incluso en sombra: esa forma tensa de apoyarse, como si el mundo fuera a venirse encima en cualquier momento.

—No vuelvas a sangrar delante de mí y así no perderé el control —responde otra voz.

Más grave. Más rota. Antiguo cansancio, hambre y algo parecido a… culpa. No la reconozco, pero me da escalofríos.

Un silencio pegajoso.

Luego, el ruido inconfundible de dos bocas chocando. No un beso lento. Un golpe. Dientes. Aliento. El tipo de beso que te rompe el labio y te arregla la rabia durante dos minutos.

Aprieto más la mano en mi hacha, sin saber por qué. No es asunto mío. Pero me duele verlo, aunque no vea nada.

—Te odio —escupe Álex.

—Mientes —responde la otra voz, ronca—. Me deseas tanto como yo a ti.

Otro golpe contra la pared.

Otro beso.

Me arde la cara. No por pudor. Por la sensación de estar mirando algo que no debería estar pasando, en un sitio donde no debería pasar, la noche en que vamos a luchar contra el Dol.

—No vuelvas a dejarme solo —dice Álex, esta vez más bajo.

La otra risa es un ruido sin humor.

—No vuelvas a ofrecerme tu sangre —susurra—. No sé si podré parar otra vez.

¿Es Rui?

La bruma se arremolina más fuerte. Estoy a punto de dar media vuelta y largarme cuando escucho pasos al otro lado del pasillo.

—¿Álex? —la voz de Eloi, acercándose.

Las sombras se separan de golpe. Una se desliza hacia atrás, desapareciendo en la oscuridad como si nunca hubiera estado allí. La otra se queda pegada a la pared.

Me asomo lo justo para ver a Eloi entrar en escena.

Ve a Álex, con el labio hinchado, respirando mal, la espalda contra la piedra. Lo agarra automáticamente del brazo, como si fuera a caer.

—¿Qué ha pasado? —pregunta, la voz ya cargada de rabia.

—Nada —responde Álex, demasiado rápido.

Los ojos de Eloi se estrechan.

—¿Quién ha estado aquí? ¿otra vez Rui?

Silencio.

Y entonces, detrás de Álex, la sombra se mueve.

No veo a nadie. Pero la luz de la antorcha más cercana se deforma, como si algo la hubiera rozado. Una silueta imposible, como la forma de un cuerpo cortado en humo.

Eloi lo nota.

Saca el cuchillo.

—¡Aléjate de él! —gruñe, mirando al vacío.

Y ataca.

Lo siguiente ocurre muy rápido.

El cuchillo de Eloi corta el aire. La sombra se aparta. Hay un zumbido raro, como si algo hubiera chocado con metal en lugar de con piedra. Oigo un gruñido bajo, inhumano, como de animal herido que intenta no hacer ruido.

Álex se mueve para interponerse.

—¡No! ¡Parad!

Lo agarra por la muñeca.

—¡Eloi, no!

Eloi respira como si estuviera luchando de verdad, pero desde donde estoy parece que estuviera peleando con nada. Es como ver a alguien partirse contra su propia imaginación.

La otra voz —la de antes— murmura algo que no entiendo. Un insulto. Una provocación. Un “no puedes protegerlo de mí” dicho demasiado bajo.

Álex se coloca entre ambos. Entre Eloi y la sombra.

—Ya me protegeré yo —dice, con un hilo de voz.

Se oye un golpe más. Luego, nada.

Cuando me atrevo a asomarme de nuevo, lo único que veo es a Eloi sujetando a Álex por los hombros y buscando heridas con las manos. La sombra ya no está.

No sé qué acaba de pasar ahí. Pero sé que no ha sido normal, algo dentro de mí se tensa un poco más. No tengo tiempo de procesarlo.

—Annia.

Una voz detrás de mí me hace girar con el hacha en alto.

Mael está de pie al final del pasillo, con las manos levantadas en gesto de paz.

Lleva una túnica azul oscuro, atravesada por esas costuras plateadas que parecen telas de araña.

Sus ojos, negros, más hundidos de lo normal.

Hoy hay algo en él… raro. Como si la cara le pesara.

—Tranquila —dice—. No vengo a por ti.

Bajo un poco el arma, pero no demasiado.

—No estoy de humor para bromas —respondo.

Mael sonríe, triste.

—Nadie lo está —admite—. Te buscaba. Pensé que estarías con el resto.

La palabra “resto” me pincha.

—El resto se va a la Albufera —digo—. Yo me quedo de niñera de las piedras.

—Edrian no es idiota —responde Mael, con calma—. No quiere perderte también.

Me dan ganas de romperle la cara. No a él, al mundo.

—Has estado con el cuerpo de la Encantada, ¿no? —pregunto, para cambiar de tema—. En la cámara.

Sus ojos se entornan.