Llum i ombra CAPÍTULO 19 – LA ENCANTADA QUE SANGRA
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CAPÍTULO 19 – LA ENCANTADA QUE SANGRA

ALEX

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Eloi gira la cabeza justo antes de desaparecer por el pasillo. Su mirada se engancha con la mía un segundo. No dice nada, pero su gesto lo dice todo: Si te pierdes, te sigo. Pide socorro y rompo paredes. Asiento muy leve.

Sigo a Helena. Subimos una escalera estrecha donde la piedra respira como un animal viejo. La sala a la que me lleva no estaba en ningún mapa interior. El techo, circular, deja entrar la luz de la luna filtrada por un cristal que parece hecho de agua congelada.

En el centro, un círculo de bruma palpitante.

Helena se quita la túnica, bajo ella viste una armadura ligera de cuero blanco, suave y flexible, marcada con líneas plateadas. En el pecho, la runa de la Casa de Valdombra brilla como si estuviera viva.

No suelo fijarme en su ropa, pero hoy… hoy parece alguien que ha venido preparada para enfrentar verdades, no estudiantes.

—Hoy no haremos un entrenamiento sencillo —dice—.

La piel de la espalda se me eriza.

—¿No podíamos hacerlo mañana? —susurro—. Mi cabeza ya tiene suficientes problemas por hoy. Acaba de ser el funeral de mi amigo.

—Por eso mismo —responde Helena—. Si esperas, será peor.

Me indica que me acerque al centro.

La bruma se separa como si yo tuviera un imán en el pecho.

—Tu aura está distinta. Tensa. Abierta. Como si algo hubiera llamado a tu puerta… y tú hubieras respondido sin darte cuenta.

Intento bromear.

—He estado ocupado enterrando a Román. No he tenido tiempo de contestar llamadas de arcontes.

Pero ella no sonríe.

—Álex —dice, seria—. ¿Has escuchado voces? ¿Has tenido alguna visión? O ¿Algún susurro?

«Ven a mi…»

Trago saliva

—Escucho… algo —admito—. No sé… igual me estoy volviendo loco.

—No estás loco —responde—. Estás siendo observado.

La habitación se vuelve más fría.

Nym aparece sin hacer ruido. Su túnica negra cae como sombra viva.

—Lo ha oído —dice, sin saludar—. No nos queda mucho tiempo.

—¿la voz? —pregunto.

Nym me mira como si me estuviera leyendo desde el hueso. La bruma se ondula a su alrededor como si la siguiera.

Helena apoya el bastón en el suelo.

—Álex —dice—. Aradia, La Olvidada no necesita cruzar para encontrarte. Solo necesita una grieta en tu mente. Y tú… —señala mi pecho— llevas una desde que naciste.

No entiendo por qué, pero noto que esa frase lleva dolor antiguo detrás. Dolor de ella. Dolor de alguien más.

—Has  visto a tu madre —dice Helena de pronto.

Mi respiración se corta.

—No he tocado el relicario —digo.

—Eso no importa —responde—. La Bruma respondió a tu duelo. A tu miedo. A la promesa de Annia. A la muerte de Román. Y cuando la Bruma llora, los recuerdos que contiene buscan salida.

—¿Mónica… me buscó?

—No —dice Helena, pero duda. Y esa duda es nueva—. O sí. O quizá siempre ha estado ahí, esperando que fueras capaz de sostenerla.

La bruma tiembla. Yo también.

Nym se acerca. Sus dedos fríos tocan mi frente.

—Cierra los ojos —ordena.

La bruma sube hasta mis rodillas. Huele a lluvia antigua, a libros cerrados, a niebla prendida de recuerdos.

—Quiero que pienses en tu nombre —dice.

—Álex.

—No —corrige—. El otro.

—No tengo otro.

—Entonces elígelo —dice Nym—. Una palabra que nadie pueda robarte. Que no hayas dicho nunca. Que te ate al mundo cuando todo intente deshacerte.

Vuelvo a escuchar esa voz.

«Sangre…»

La ignoro. Ahora ya se quien eres. Busco algo mío, algo antes de Umbrafort. Antes del Dol. Antes de Rui. Antes de todo. Veo a mi abuela sirviéndome café en la cocina. La mesa de madera. La radio vieja. Mi adolescencia sin monstruos. Casa. La palabra se enciende dentro de mí como un faro.

—Listo —dice Nym—. Ya tienes un ancla.

Retira la mano.

La puerta se abre sin ruido.

—¿Me echabas de menos llumeta? —dice una voz que me derrite y me rompe a la vez.

Rui.

Apoyado en el marco, chaqueta negra abierta, la piel húmeda como si hubiera salido de un río.

En su muñeca veo una runa quemada, una nueva, que antes no tenía.

Si Rui está aquí entonces no me estaba volviendo loco, sí que era él.

Estuvo en el funeral. Helena no se sorprende. Nym tampoco. Eso me inquieta más.

—Vienes en mal momento —dice Helena sin mirarlo.

—Siempre vengo en mal momento —responde Rui—. Es mi encanto.

Sus ojos se clavan en los míos. Brillan demasiado rojos. Demasiado hambrientos.

—¿Por qué estás aquí? —pregunto.

—Porque me necesitas —dice Rui.

La bruma se mueve hacia él como si lo reconociera. O lo temiera.

Helena mira a Rui, en su mirada hay resentimiento mezclado con pena. Una emoción que solo se tiene por alguien del pasado.

—No le hables —dice Helena.

—No es decisión tuya —responde Rui.

—Mientras esté bajo mi protección, sí lo es.

Rui sonríe sin humor.

—Helena, Helena, Helena… siempre creyendo que sigues pudiendo protegerlo de todo.

Helena aprieta el bastón. La bruma se estremece a sus pies.

No entiendo esto… pero ellos sí. Los dos. Como si llevaran siglos discutiendo la misma guerra. Rui se acerca a mí. No a Helena. A mí.

—Necesitaba ver si estabas bien llumeta —dice—. Eso es todo.

—Lo estoy.

—De momento.

Nos quedamos uno frente al otro. Su ropa está rasgada en los costados. La chaqueta tiene cortes. La camisa deja ver una línea roja en el pecho, una herida que ya debería haber cerrado.

—¿Qué te ha hecho eso? —pregunto.

—Es una larga historia—responde.

Mi corazón falla un latido.

Se aproxima más, casi rozándome.

—Basta —interrumpe Helena—. Álex, baja al patio. Ahora mismo.

—¿Y él? —pregunto, mirando a Rui.

—Él ya sabe salir solo —responde Helena.

Rui levanta una ceja.

—Siempre tan cordial.

Helena ignora la provocación.

Nym se inclina hacia mí.

—Recuerda tu ancla—murmura—. Y no respondas cuando ella te busque.

Bajo las escaleras casi corriendo. El aire se vuelve cada vez más denso.

La piedra vibra. Las antorchas se encienden solas.

La bruma corre hacia el patio como si tuviera prisa.

Cuando salgo… Gritos. Carreras. Arcos que se tensan.

Runas que se iluminan. Entran dos cazadores cargando a una figura envuelta en espuma brillante.

Es una Encantada escucho.

La dejan en el suelo. Sangra agua oscura. El cabello pegado al rostro como algas arrancadas. Los ojos enormes, llenos de un terror antiguo.

—L’Albufera… —susurra—. El foc… El… Mártir Rojo.

Helena llega detrás de mí.

Clara también.

Eloi aparece a mi izquierda, respirando rápido.

La Encantada me ve a mí.

—La… llave… —llora.

Me arrodillo sin saber por qué. Ella me agarra con dedos helados.

—Arriben… —susurra, sangrando negro—.

—Arriben per tu.

Su cuerpo cae hacia atrás.

Muerta.

Helena cierra los ojos.

Clara se pone rígida.

Eloi jura en voz baja.

Y yo siento que la noche me tragó un pie.

Clara alza la voz.

—¡La Albufera ha caído!

El cuerpo de la Encantada aún está tibio en mis brazos cuando explotaron las alarmas en Umbrafort. Las luces de las runas se encienden a lo largo de las paredes como una columna vertebral despertando de golpe.

—¡Retiraos! —grita Clara—. ¡Dadle espacio!

La Encantada ya no respira, pero su mirada sigue clavada en mí, dos ojos de agua rota que parecen decir corre.

Me aparto despacio.

Nym se arrodilla a su lado. Le pasa dos dedos por la frente.

—Esto no és normal —murmura Nym.

Helena escucha, en silencio.

Eloi se acerca a mí. No me toca, pero su presencia es un ancla. Su respiración es rápida, irregular. Las manos tensas, listas para luchar.

—¿Estás bien? —pregunta.

No lo estoy. Y aun así, cuando me mira así… casi podría mentir.

—Estoy… —no termino la frase.

Porque lo siento antes de verlo. Una sombra se desliza por los balcones superiores. Rápida. Demasiado rápida para ser humana. Mis dedos se tensan. Rui. Lo sé antes de que su figura se recorte un segundo contra la luz de una antorcha. Eloi sigue mi línea de visión.

—¿Qué miras? —pregunta.

—Nada —miento.

Eloi frunce el ceño, como si notara algo que no entiende.

La Encantada vuelve a convulsionar.

Helena se acerca de inmediato.

—Aigua… —susurra ella, agonizante—. Negra… tot és foc… tot és dolor…

Se gira hacia Helena con una fuerza que no debería tener.

—Vosaltres… heu fallat.

Helena baja la mirada. La Encantada jadea, y su voz baja más aún. Y entonces ocurre.

Los rasgos de la Encantada tiemblan. Un parpadeo.

Como si su piel fuera… agua deformando un reflejo.

Por un segundo. Un solo segundo su cara cambia.

No es la Encantada. Es un rostro masculino que no veo claro.

Con cicatrices cruzando la mandíbula. Con ojos hundidos.

Creo que es unn rostro que conozco. Parpadeo.

El rostro vuelve a ser el de la Encantada.

Como si nada hubiera ocurrido. Me tambaleo.

—¿La habéis visto? —pregunto.

Todos me miran. Nadie dice que sí. Eloi da un paso hacia mí, preocupado.

—Álex… ¿qué has visto?

Me humedezco los labios.

—No sé. Creo…

Helena me escruta con una intensidad que corta.

—¿Qué has visto Alex? —pregunta con urgencia.

—No lo sé… estoy confuso. Alguien que… —trago saliva

Helena y Nym se intercambian una mirada. No cualquiera. Una de esas que dicen ya ha empezado. La Encantada suelta un último aliento. Y lo último que susurra es para mí.

—La… Llave…

—¡Llevad el cuerpo a la Cámara de Análisis! —ordena Clara—. ¡Y avisad al Consejo!

Eloi me agarra del antebrazo sin pedir permiso.

—Ven conmigo.

Su tono no admite discusión. Lo sigo hacia un corredor lateral. Está temblando.

—No vuelvas a mentirme cuando oigas voces —dice, apretando la mandíbula—. No vuelvas a hacerlo renacuajo. Joder, Álex.

Me quedo quieto. Él se acerca más. Su proximidad es cálida, protectora… y peligrosa de otra forma.

—Eloi —susurro—. No he querido preocuparos.

—Pero lo haces igual —dice él—. Me preocupas tú. No el Dol. No los arcontes. Tú.

Sus ojos buscan los míos y me encuentro de golpe atrapado ahí. No hay magia. No hay profecía. Solo él. Y la forma en que parece que podría romperse si yo digo una frase equivocada. Sus dedos suben por mi antebrazo, despacio, como si tuviera miedo de que me deshiciera bajo su tacto.

—Si te pasa algo… —su voz se quiebra un centímetro—, no sé qué haría.

Me arde el pecho. Sus labios están demasiado cerca.

—Eloi… —empiezo.

Y entonces siento un tirón. No físico. No real. Algo… mental. Un hilo de sombra que me roza por dentro.

«Ven a mi…»

Retrocedo de golpe.

Eloi se pone rígido.

—¿Otra vez?

—Sí. No… no sé. Creo que sí.

Él me sujeta por los hombros.

—Mírame. No escuches nada que no sea mi voz. ¿Entendido?

Y durante un segundo, casi lo consigo. Su voz me ancla. Su respiración me calma. Su cuerpo me sostiene. Pero entonces… Una mano invisible me roza la nuca. Fuerte. Fría. Conocida. Me giro instintivamente.

Rui.

Su presencia apaga todo. Todo suena menos fuerte. Todo duele más y menos a la vez.

—Vaya interrupción tan oportuna —dice Rui, con una sonrisa torcida.

Eloi lo mira con odio puro.

—¿Qué coño haces aquí? —escupe.

—Velar por tu chico —responde Rui—. Alguien tiene que hacerlo cuando tú estás demasiado ocupado hablando bonito.

Eloi da un paso adelante.

Rui también.

La bruma se agita. El aire tiembla. Yo no respiro.

—Basta —digo.

Pero ninguno escucha.

—No te acerques a él —gruñe Eloi.

—Te repito lo mismo —responde Rui—, pero más en serio.

Rui me mira. Y sus ojos… son un desastre. Peligro. Hambre. Deseo y Culpa.

—Álex no debería estar oyendo voces —dice Rui—. Y tú no puedes protegerlo de eso. Yo sí.

Eloi aprieta los puños.

—Ni siquiera puedes protegerte a ti mismo.

—No necesito protegerme —responde Rui—. Necesito protegerlo a él.

Mi estómago cae. Porque ambos tienen razón y ambos están equivocados. Y yo estoy en medio.

Helena aparece en el pasillo como una sentencia.

—Los dos, fuera —dice—. Ya.

Rui sonríe con sorna.

Eloi no lo hace.

—Álex —continúa Helena—. Ven conmigo.

Eloi me suelta despacio. Sus dedos rozan los míos en el último instante. Un roce que me deja sin aire. Rui se aparta, pero sus ojos siguen sobre mí. Y en voz muy baja, para mí solo:

—No dejes que te elijan por ti, llumeta.

Helena me guía de nuevo al centro del patio.

Todo Umbrafort está reunido. Todos hablan de la encantada. El aire pesa. Edrian alza la voz.

—Nos enfrentamos a una gran amenaza.

Un murmullo recorre la sala. Eloi me mira desde el otro lado. Rui me mira desde la sombra de un arco. Y siento, que lo que me arrastra no es solo profecía. Es elección. Es deseo. Es peligro. Es amor y destrucción en dos formas distintas.