Llum i ombra CAPÍTULO 17 – ECOS DE SANGRE #5
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CAPÍTULO 17 – ECOS DE SANGRE #5

Annia avanza hasta el centro de la sala como si la gravedad hubiera decidido pesar solo en ella.

Se detiene junto al cuerpo de Román.

Le tiembla un segundo la mano antes de apoyarla sobre su pecho… justo en el lugar donde dormía su cabeza cuando se acurrucaba contra él. Annia respira hondo. Cuando habla, la sala entera se tensa.

—Román… —su voz se rompe, pero no cede—. Dijiste que nunca me dejarías sola.

Un suspiro colectivo se ahoga entre los asistentes.

Annia aprieta la mandíbula.

Los ojos se le llenan, pero no cae ni una lágrima.

—Me arrebataste lo que más quería —continúa, la voz ya temblando de rabia contenida—. Me robaste a la persona que elegí para caminar conmigo. Me quitaste al hombre que amaba.

La sala se queda muda.

—Pero no te conformaste con eso.

Levanta la vista.

Y ahora no habla para Román. Habla para él. Para Aitor.

—También has dejado huérfano a este hijo… —apoya una mano sobre su vientre, por primera vez en público—, este hijo que crece en mis entrañas y que nunca conocerá a su padre porque tú, Aitor, hermano mío… lo asesinaste.

Cass deja escapar un sollozo.

Sonie cubre su boca, temblando.

Clara se queda de piedra.

Eloi, detrás de mí, aprieta los puños hasta crujir los nudillos.

Annia sigue, sin bajar la voz:

—Esta Orden me enseñó a respetar la luz y a temer a la sombra.

Pero ahora sé que lo que merodea en la sombra no me da miedo.

Da un paso adelante.

—Lo que me da miedo es lo que la gente que amamos decide ser.

Un silencio absoluto, casi religioso.

La bruma del suelo se levanta a su alrededor como si respondiera a su ira.

—Aitor Claramunt —declara, mirando directamente a la cúpula—, te juro por la sangre que compartimos, por la que me quitaste, por este niño que jamás sabrá cómo sonreías… que voy a encontrarte.

La voz se vuelve un filo cortante.

—Y juro que haré arder el Dol contigo dentro.

La cúpula tiembla. Las antorchas chisporrotean.

Un murmullo de magia atraviesa Umbrafort entero.

Por un segundo, hasta el Dol escucha. Annia retira la mano del pecho de Román con una delicadeza mortal.

Esto no es una viuda llorando, esto es una madre convertida en sentencia.

El eco del juramento de Annia aún vibra en mis huesos cuando ella aparta la mano del pecho de Román.

En la Sala del Eco no cabe ni una inhalación más.

Todos la miran. Nadie parpadea.

La bruma se eleva a su alrededor como si la reconociera.

Como si la marcara.

Helena incline la cabeza, solemne; un gesto que pocas veces concede.

Nym no se mueve, pero su sombra parece crecer un centímetro.

Eloi traga saliva con un sonido seco.

Clara Montalt… exhala, le tiembla ligeramente el labio inferior.

Annia Claramunt acaba de convertirse en algo más que una cazadora. Más que una iniciada. Más que una superviviente. Acaba de convertirse en una amenaza para el Dol. Y el Dol lo sabe.

Un destello negro atraviesa la cúpula por un segundo.

Una vibración mínima, como una uña arañando el cristal del cielo. Solo yo doy un paso atrás. Porque la oigo antes de que nadie más la perciba.

«Sangre…»

La voz es un hilo, una caricia, una advertencia. Mi respiración se acelera. Miro a mi alrededor. Busco entre la multitud, entre las sombras del balcón donde antes creí ver a Rui. Pero no aparece. Ni él. Ni nadie. Eloi me roza el brazo sin querer. O queriendo.

—¿Estás bien? —murmura, sin dejar de mirar hacia adelante.

—Sí —miento.

Él frunce el ceño, y sé que no me cree, pero no insiste. No puede.

Edrian levanta la mano, imponiendo silencio —como si lo hiciera falta— y su voz resuena por la cúpula.

—El juramento de Annia ha sido oído por la Orden… y por algo más —dice, y su mirada se detiene sobre mí un segundo demasiado largo—. Que la luz proteja nuestro camino. Que la sombra no nos reclame.

La ceremonia termina, pero nada termina de verdad.

Las puertas se abren. El murmullo regresa.

El peso cae. Después del funeral La gente se dispersa como si temiera respirar demasiado cerca del dolor.

Clara se adelanta para hablar con Edrian; su postura rígida es puro acero, pero sus ojos están húmedos.

Nym la observa desde atrás con expresión ilegible.

Helena se acerca a Annia y le pone una mano en el hombro. Yo me quedo quieto en medio del patio.

La noche ha caído del todo.

El aire está lleno de ese silencio especial que sigue a las tragedias grandes, ese que parece decir: el mundo tiene miedo de moverse por si rompe algo más.

Eloi aparece a mi lado sin hacer ruido.

—Tengo ganas de matar algo —dice.

—Tienes ganas de encontrar a Aitor —respondo.

—Eso también.

Se frota la frente. Sus manos tiemblan. Él, que nunca tiembla.

—No puedo perder a otra persona —murmura—. No otra vez.

Lo dice pensando en Annia, en Román, en el comando entero. Y hay algo más. Algo que pesa detrás de sus palabras y que no sé si estoy preparado para ver.

Me giro hacia él.

—No lo harás —le digo.

Él me mira entonces. Directamente. No las miradas rápidas de siempre. Es una mirada larga, fija, como si quisiera memorizarme. Como si no supiera si mañana voy a seguir vivo.

—Quédate cerca de mí —dice, apenas audible.

La frase me golpea más de lo que debería.

—Lo intento —respondo—, pero tú corres demasiado rápido.

—Pues corre conmigo —susurra.

Y por un instante, infinitamente breve, siento que podría hacerlo.

Que podría seguirlo a cualquier parte. Que podría dejar de pensar, de dudar, de huir.

Pero entonces. Un estremecimiento recorre el patio.

Otra vez esa sensación.  Una sombra larga se desliza por una columna.

Otra vez ese olor. El olor a sangre vieja.

A tabaco. A tierra mojada. Otra vez el.  Rui.

No lo veo. Pero lo siento. Tan cerca que me eriza la piel.

—¿Lo has notado? —pregunto en voz baja.

Eloi se tensa.

—¿Qué cosa?

—Nada. Olvídalo.

Pero no puedo olvidarlo.

Ni ignorarlo.

Me doy la vuelta de golpe.

En lo alto de uno de los arcos, durante un suspiro, una figura aparece recortada contra la luna. Cabello oscuro. Chaqueta negra. Mirada que quema incluso desde la distancia.

Parpadeo.

La figura se desvanece, otra vez. Eloi me mira raro. Yo bajo la vista.

Mi corazón va demasiado rápido. Rui no ha venido al funeral. Pero su sombra sí. Y está vigilándome.

Clara Montalt nos llama.

—Todos al pasillo oeste —ordena, con esa voz que atraviesa piel y hueso—. Ahora.

Cass y Sonie se acercan corriendo.

Annia llega también, distinta. No rota. Transformada.

Clara nos mira uno por uno.

—El Consejo se reunirá mañana  —dice, sin rodeos—. Sea cual sea la decisión, recordad esto: no os dejaré solos. No pienso permitir que nadie vuelva a morir por culpa del Dol. Ni uno más.

Su voz no tiembla. En ese momento la odio un poco menos. Y la admiro un poco más.

—Id a descansar —añade.

Nadie se mueve. Entonces, algo extraño ocurre. Helena aparece a nuestro lado, silenciosa como una sombra luminosa. Su mirada se clava en mí.

—Tú no —dice—. Ven conmigo.