CAPÍTULO 17 – ECOS DE SANGRE #4
—Si no hubierais intervenido sin autorización, quizá Román seguiría vivo —replica Edrian.
La frase cae como una piedra en mitad de la sala.
Cass da un respingo. Sonie aprieta más el brazo de Annia, porque la noto tensarse como una cuerda a punto de romperse. Yo me obligo a no mirar a Eloi.
Edrian sigue:
—Las órdenes existen para algo. Reglas, protocolos, cadenas de mando. No se trata solo de salvar vidas hoy, sino de que podamos seguir salvándolas mañana. Un cazador ha muerto porque se tomaron decisiones impulsivas. Eso no puede volver a ocurrir.
—Con todo el respeto, señor —dice Clara, y la palabra “respeto” suena como una espada bien afilada—, Román salió de Umbrafort antes de que supiéramos que se había ido. Él tomó la primera decisión impulsiva. Nosotros solo intentamos sacarlo de allí.
—Y fracasasteis.
La mandíbula de Eloi se endurece tanto que temo que se le rompa.
Doy un paso involuntario hacia él, como si pudiera contenerle con mi sola presencia. Casi rozo su hombro. Él lo nota; durante un segundo, sus dedos se cierran en torno a mi muñeca y la sueltan enseguida, como si se hubiera quemado.
—La responsabilidad es mía —dice Clara entonces.
El eco de sus palabras se expande por la sala.
—Fui yo quien autorizó la salida del furgón sin esperar la confirmación del Consejo. Fui yo quien decidió que entraríamos en el hotel aunque las señales de Dol fueran claras. Si buscáis a alguien a quien culpar, estoy aquí.
No tiembla. No vacila. No señala a nadie más.
Edrian la observa largo rato. Nym inclina apenas la cabeza, como si reconociera algo en ella. Helena entorna los ojos, midiendo.
—La responsabilidad será determinada por el Consejo —responde por fin Edrian—. Hoy no es el día. Hoy es día de funeral.
Sus palabras no suenan a consuelo.
—Mañana se convocará una sesión extraordinaria —añade—. Se decidirán sanciones y cambios en la estructura de mando. Hasta entonces, ninguno de vosotros sale de Umbrafort sin permiso directo.
—¿Eso incluye ir a mear? —murmura Sonie, en voz tan baja que apenas es un hilo.
Eloi resopla, sin rastro de sonrisa.
Edrian no responde a la broma. Da un paso a un lado, dejando ver la puerta lateral.
—Preparad el cuerpo —dice—. La Orden despedirá hoy al hermano Román.
Nos disuelven como si fuéramos humo.
Mientras seguimos a Clara hacia la antesala, siento un cosquilleo en la nuca. Como un soplo frío. Giro la cabeza.
En el balcón superior hay sombras. Figuras. Mi corazón da un vuelco cuando distingo una silueta apoyada en la barandilla, brazos cruzados, postura insolente.
Rui.
Parpadeo.
La barandilla está vacía.
Me quedo helado un segundo.
Te estás volviendo loco, me digo. O te estás rompiendo del todo.
O las dos cosas.
La antesala huele a hierro y a humo.
Han desvestido a Román de la armadura. Ahora lleva una túnica gris, sencilla, que le cae hasta los pies. A alguien se le ha ocurrido alisarle el cabello, colocarle las manos sobre el pecho. Parece más joven. Eso es lo peor. Que parece que podría abrir los ojos y soltar uno de sus comentarios secos.
Annia se acerca sin pedir permiso. Nadie se atreve a frenarla.
Va vestida con el uniforme de batalla, en su espalda lleva las dos hacas de Román.
Le acomoda el cuello de la túnica con manos sorprendentemente firmes, como si ordenar esos pliegues pudiera arreglar algo más profundo.
Luego saca algo del bolsillo: un hilo rojo, con un pequeño anillo metálico.
—Era de tu madre —murmura, más para Román que para nosotros—. Lo perdiste la primera vez que nos escapamos de umbrafort hace años. Te pasaste meses diciendo que no lo necesitabas.
Ata el hilo a la muñeca de Román con un nudo lento, cuidadoso.
Sonie se adelanta después. Coloca dos dedos en el pecho de Román, a la altura del esternón, y deja que una pequeña chispa de fuego nazca de su piel. No quema. Solo brilla, como una luciérnaga atrapada bajo la carne.
—Para que no se te apague la luz —susurra.
Cass se quita una cinta negra del pelo y se la ata a él alrededor de la muñeca, junto al hilo rojo.
—Para que sepas que no te dejamos solo —dice, con la voz quebrada.
Yo no tengo nada que darle. Nada físico, al menos. Solo una promesa que no sé si seré capaz de cumplir.
No voy a fallarte otra vez, pienso, mirándole el rostro quieto. Lo juro.
Me doy cuenta de que alguien más se ha acercado.
Mael el Tejedor entra en la sala con paso suave, casi felino. Lleva la túnica oficial de los encargados de los ritos, bordada en plata. Sus ojos, oscuros, recorren el cuerpo de Román con tristeza.
—Puedo ayudar con el traspaso —dice, mirando a Clara y a Helena, que acaba de entrar—. Conozco bien las viejas fórmulas. Román se merece algo más que un protocolo rápido.
Helena asiente despacio.
—Hazlo.
Mael se coloca al lado de la camilla, justo enfrente de mí. Extiende las manos, sin tocar todavía a Román. Sus labios se mueven en un murmullo apenas audible en la lengua de las madres. La bruma del suelo se arremolina, curiosa.
No debería fijarme en otra cosa que no sea Román. Pero algo en él me llama la atención.
Cuando Mael inclina la cabeza, su rostro queda reflejado en el espejo ovalado de la pared. Y ahí es donde lo veo.
Su reflejo no se mueve al mismo tiempo.
Durante un segundo absurdo, el Mael del espejo sigue con la cabeza erguida mientras el Mael real ya la ha bajado. Luego el reflejo lo alcanza, encajando de golpe, como si alguien hubiera corregido un error en la realidad.
Se me eriza la piel.
Parpadeo, pensando que ha sido cosa mía.
Pero entonces habla.
—Que la sombra no reclame tu nombre —dice Mael, y por un instante juro que escucho dos voces a la vez. La suya y otra más grave, desfasada medio segundo.
El estómago se me revuelve.
Mael alza la vista. Se encuentra con mi mirada.
Y sonríe.
No es una sonrisa amable. Es la sonrisa de quien sabe que lo has visto hacer algo que se supone que no debías ver.
Desvío la vista. No ahora. No hoy. No puedo sumar una paranoia más a la lista.
La Sala del Eco está llena.
No siempre ocurre. No todos los funerales convocan a toda la Orden. Pero Román era de los que nunca destacaban hasta que desaparecían, y ahora parece que Umbrafort entero ha aprendido a verlo.
Los cazadores ocupan el círculo exterior, armados, erguidos. Los templarios están en los balcones altos, con las armaduras brillando bajo la luz de las antorchas. Los brujos se reparten por las gradas intermedias
El cuerpo de Román, sobre una plataforma de piedra, descansa en el centro, justo bajo la cúpula que concentra todos los ecos del lugar.
Nosotros, el comando, estamos más cerca.
Annia a mi derecha. Eloi a mi izquierda. Sonie y Cass un poco detrás. Clara frente a todos, a la altura de Edrian.
La cúpula se oscurece un momento. Las luces se atenúan. Una corriente fría recorre mi nuca desde la base del cuello hasta la raíz del pelo.
No sé si es la magia.
O si es él.
Cierro los ojos un instante. Y lo huelo.
Tabaco. Tierra mojada.
Rui.
Abro los ojos de golpe. Mis pupilas recorren los arcos superiores.
Ahí, en el punto más alto del balcón de la derecha, hay una sombra apoyada contra el pilar. Una postura que reconocería, aunque me arrancasen la memoria. Brazos cruzados, cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera disfrutando de un espectáculo privado.
Mi corazón se dispara.
Rui.
No parpadees, Álex. No respires. No…
Un grupo de templarios pasa por delante y, cuando la vista se despeja, la sombra ya no está.
Me quedo helado. Segunda vez que lo veo o que creo verlo.
—Respira —susurra alguien a mi lado.
Me vuelvo.
Eloi ha dado medio paso hacia mí, lo justo para que su brazo roce el mío. No me está mirando, finge seguir atento al centro de la sala, pero tiene la mano apoyada en mi espalda. Es un contacto firme, cálido.
—Si te desmayas aquí, Montalt me mata —añade, casi sin mover los labios.
Una chispa ridícula de risa quiere salir, pero se ahoga en la garganta.
—No pienso desmayarme —respondo, igual de bajo.
—Entonces aguanta —murmura—. Respiramos juntos.
Inhalo cuando él inhala. Exhalo cuando él exhala. Es más fácil así, como si me prestara algo de su estabilidad.
La voz de Edrian se alza entonces, llenando la cúpula.
—Hoy despedimos a Román —dice—. Cazador de la Orden de Llum i Ombra. Hermano. Amigo. Protector de esta ciudad. Protector de este mundo.
Sus palabras resuenan en la piedra, en la bruma, en mi pecho.
—Cayó en misión, enfrentándose al Dol que amenaza nuestro mundo. Cayó porque decidió actuar, porque no supo quedarse quieto mientras el peligro crecía.
No sé si es un elogio o un reproche encubierto. Quizá las dos cosas.
—En nombre del Consejo, agradezco su servicio —concluye—. Y cedo la palabra a la comandante Clara Montalt, que encabezó el intento de rescate.
Clara da un paso adelante.
Hay un silencio distinto, más hondo. La gente la mira como si esperara frialdad. Un informe técnico. Una frase impecable.
Ella inspira, una sola vez. Luego fija la vista en el cuerpo de Román.
Cuando habla, su voz no suena a general ni a juez.
Suena a alguien que ha perdido a un soldado que quería.
—Román —dice, y el nombre, pronunciado así, parece una oración—. La Orden de Llum i Ombra te recibe en su memoria.
Los cazadores, al oír las palabras rituales, bajan la cabeza al unísono.
—Ningún cazador cae en vano —continúa Clara, el tono firme, sin temblar—. Caminamos separados, pero bajo la misma luz.
La bruma del suelo se ilumina unos segundos con destellos blancos, como si respondiera.
—Que tus pasos no encuentren sombra.
Un escalofrío recorre la sala.
Es la segunda vez que escucho la despedida oficial.
La primera vez que entiendo que no es una frase bonita, sino una promesa.
Mientras Clara la recita, no parece la “siesa estirada” que conocí al principio.
Parece exactamente lo que es: alguien que muerde a los suyos cuando hace falta… pero que nunca los deja solos.
Miro de reojo a Eloi.
Tiene los ojos enrojecidos.
Se los limpia de un gesto brusco, como si espantara una mosca.