CAPÍTULO 17 – ECOS DE SANGRE #3
Cass sacó el mapa a medias, lo justo para comprobar el punto de sangre. El brillo era más intenso, casi pulsando.
—Está aquí —confirmó, con voz rota—. Muy cerca.
—Formación cerrada —ordenó Eloi, cuchillos en mano—. Sonie, conmigo. Álex, detrás de mí. Annia, aún no.
—Intenta pararme —murmuró ella.
Avanzamos.
Cada paso era un golpe en el pecho. Podía oír mi propia respiración rebotando en las paredes acolchadas del hotel, mezclada con el zumbido bajo de los fluorescentes.
La puerta 2801 estaba entreabierta.
Un hilo de humo salía por la rendija, dibujando formas imposibles en el aire.
Eloi levantó una mano, deteniendo al grupo. Cerró los ojos un segundo, como si escuchara algo que los demás no.
—No hay foscas —murmuró—. Solo… restos.
No sonaba tranquilizado. Sonaba derrotado.
Clara sujetó la empuñadura de su espada bajo la chaqueta.
—Entro yo primero. Sonie, a mi lado. Si hay algo vivo que no sea Román, lo paráis. Álex, prepara lo que tengas. Cass, cubre desde la puerta. Annia…
—Ni se te ocurra decir “espera aquí” —escupió ella.
Clara la miró un instante, y en sus ojos pasó algo que no era solo mando; era comprensión.
—Entonces mantente detrás de mí. Pase lo que pase, no corras hacia la primera sombra que veas. ¿Trato?
Annia tragó saliva.
—Trato.
Clara empujó la puerta.
El salón parecía una fotografía distorsionada de lujo: sofás blancos manchados de gris, cortinas chamuscadas, cristales en el suelo como hielo roto. Algunas lámparas seguían encendidas, otras colgaban torcidas, chisporroteando.
Y había cuerpos.
Humanos desperdigados por la alfombra, como muñecos abandonados después de una pesadilla. Ojos entornados, piel marcada por zonas rojizas que parecían quemaduras interiores. Algunos aún soltaban un suspiro mínimo, un gemido, pero ninguno reaccionó al vernos.
—Tienen las venas negras —susurró Cass, bajando el arco, horrorizada.
—Los han hechizado —añadió Sonie—. El Dol los ha doblegado.
Yo apenas escuchaba.
Porque en el centro de la estancia, más allá de la terraza abierta y del olor a metal, había una mancha de sangre tan grande que partía la habitación en dos.
Y en medio de aquella mancha, Román.
Lo habían colocado de rodillas, con la cabeza inclinada hacia el suelo y las manos unidas sobre el pecho, como si estuviera rezando.
Pero le faltaba un brazo.
El miembro amputado descansaba frente a él, apoyado sobre la palma de la otra mano, como una ofrenda entregada por voluntad propia.
Alrededor del cuerpo, la sangre había sido arrastrada con los dedos formando un círculo imperfecto, salpicado de símbolos caóticos que parecían escritos por un demente.
No era una ejecución.
Era una ceremonia.
—Román… —susurré.
Su pecho no subía.
Su piel tenía ese tono pálido que no es sueño ni desmayo. Es otra cosa. Una que conoces aunque no la hayas visto nunca de cerca.
Eloi se arrodilló al otro lado.
Alzó la vista hacia Clara.
—No —la voz de Annia salió rota, más animal que humana.
Intentó avanzar, pero Sonie la sujetó por detrás, rodeándole los hombros con un agarre de hierro. Annia se debatió, pataleó, clavó las uñas en los brazos de Sonie. Sus ojos se quedaron fijos en Román.
—Suéltame —sollozó—. ¡Suéltame! ¡Déjame ir con él!
—Annia, no… —Cass dejó caer el arco para ayudar a sujetarla—. No así.
Clara se mantuvo de pie, rígida. Una fisura invisible cruzó su rostro, pero no se permitió temblar. Dio un paso hacia nosotros y se inclinó apenas, como quien se arrodillaría si se lo permitiera el cargo.
—Román —dijo en voz baja, formal, casi ceremonial—. La Orden de Llum i Ombra te recibe en su memoria. Ningún cazador cae en vano. Caminamos separados pero bajo la misma luz, que tus pasos no encuentren sombra.
Eloi apretó los ojos con fuerza. Cuando los abrió, había algo roto en ellos que no le había visto jamás.
—Lo siento, hermano —susurró—. Tenías que haberme esperado.
Yo no podía hablar.
Había demasiadas cosas dentro: culpa, rabia, un miedo helado que se quedaba pegado a las costillas. Quise hacer algo, cualquier cosa. Y entonces vi una de las hachas, a pocos centímetros de mi rodilla.
La hoja estaba manchada de sangre seca.
Mi mano se movió sola.
La toqué.
Solo un segundo.
Y el mundo se rompió.
No como cuando toqué el relicario de mi madre; esto fue más brusco. Un latigazo, un fogonazo rojo que me estalló detrás de los ojos.
Vi la recepción desde otra perspectiva: la respiración pesada, el dolor mordiéndole el costado, el fuego reflejado en los cristales. Olivia riendo al fondo. Aitor de perfil, la sombra del Dol reptando por sus runas negras.
No debía haber venido solo, pensó Román.
Y después, otra imagen, más intensa: Annia, sonriendo de lado en la cafetería, con un vaso de café entre las manos.
Cuídamela, le lanzó su mente al vacío justo antes de que el fuego le atravesara.
El recuerdo se cortó.
Volví de golpe al salón, con la mano aún apoyada en el metal frío. El estómago se me revolvió. Tragué aire como si hubiera estado bajo el agua demasiado tiempo.
—Álex —Eloi me miraba fijamente—. ¿Qué has hecho?
Aparté la mano del hacha, temblando.
—He… he visto lo último que recordó. He visto como murio.
Clara frunció el ceño.
—¿Qué?
Tragué saliva.
Miré a Annia. Ella seguía llorando en silencio, la frente apoyada contra el hombro de Sonie, ajena a todo menos al cuerpo en el suelo.
—A ella —susurré—. Pensaba en Annia.
—Román murió luchando —dije sin apartar la vista de su cuerpo—. Intentó escapar. Llegó hasta la recepción... pero allí fue una carnicería.
Cass frunció el ceño.
—Entonces... ¿por qué está aquí?
Tragué saliva.
—Porque Olivia y Aitor limpiaron todo el hotel y movieron el cuerpo solo para que lo encontráramos así. Esto no es solo un crimen... es un mensaje.
Sonie negó con la cabeza, incapaz de apartar la vista de Román.
—Esto es demasiado retorcido... Yo no puedo...
La voz se le quebró antes de romper a llorar.
Annia se quedó inmóvil, con la mirada clavada en Román y los
puños cerrados hasta hacerse daño.
—Olivia... te juro que me las vas a pagar.
El hotel seguía ahí fuera, con sus pasillos de moqueta y sus huéspedes dormidos. La ciudad seguía respirando.
Pero en la suite 2801, con las botas manchando un río de sangre que aún no se había secado del todo, supe que algo había cambiado para siempre.
Román estaba muerto.
Y el Dol acababa de escribir su primer epitafio con uno de los nuestros.
CAPÍTULO 18 – EL FUNERAL
ALEX
✦
El silencio de Umbrafort pesa más cuando traes un cadáver.
No hay alarmas. No hay gritos. Solo el eco de nuestras botas contra la piedra y el sonido sordo de la camilla al rodar por el pasillo.
La sábana que cubre el cuerpo de Román es blanca.
Demasiado blanca. El rojo que asoma por los bordes parece más oscuro de lo que debería. Como si el Dol hubiera dejado su firma.
Annia camina a mi lado, los ojos clavados en un punto fijo de la tela. No parpadea. No habla. Ni siquiera llora. Tiene las manos cerradas en puños tan apretados que los nudillos han perdido el color.
Sonie le sostiene el codo, como si temiera que de un momento a otro se desplomase. Cass viene detrás de mí, tan pálida que parece una de las estatuas de la sala de reliquias.
Delante, Eloi y Clara abren camino.
Eloi anda como si cada paso le costara el doble.
No mira atrás. La mandíbula le tiembla, pero mantiene la espalda recta, los hombros tensos, el gesto del líder que no puede permitirse caer.
Clara, a su lado, parece hecha de hierro templado.
El recogido impecable, la armadura oscura sin una sola mancha visible, la expresión tan controlada que casi da miedo.
Solo sus ojos la delatan cuando los fija en la sábana.
Nadie sale a nuestro encuentro. Pero sé que nos miran. Siento las miradas desde las puertas entreabiertas, desde las sombras de los arcos, desde las escaleras superiores. Umbrafort entero se ha enterado ya.
Un cazador ha muerto.
Uno de los nuestros.
Mi garganta arde.
Al llegar a la bifurcación que lleva a la Sala del Eco, el portón de piedra se abre con un gemido antiguo. Las runas de los marcos brillan un segundo, como si reconocieran el peso que llevamos.
Clara se detiene.
—Dejad el cuerpo en la antesala —dice, sin alzar la voz—. Primero, el Consejo.
Eloi asiente, con un movimiento brusco.
—Yo lo llevo —gruñe.
Annia da un paso adelante automáticamente, pero Sonie la retiene.
—Es solo un momento —murmura Sonie—. Te prometo que no se va a mover.
Annia la mira como si estuviera a punto de arrancarle la mano, pero no habla.
Solo respira hondo, una vez, dos, y al final se queda donde está.
Sonie con un cuidado casi doloroso, desengancha las dos hachas del cinturón de Román.
Las observa un instante, como si despedirse de ellas fuera despedirse también de él.
Después se acerca a Annia y se las coloca entre las manos.
—Son tuyas.
Annia baja la vista hacia las hachas. Sus dedos se cierran alrededor de los mangos con tanta fuerza que los nudillos se le vuelven blancos.
No dice nada.
Cuando la puerta se cierra tras Román, algo dentro de mí se cierra también.
Edrian nos espera al fondo de la Sala de los Juicios.
No lleva armadura ni capa ceremonial. Solo una camisa negra y un pantalón oscuro, como si acabaran de arrancarlo de otra discusión.
Aun así, tiene ese aire de estatua viva que siempre impone.
A su lado está Nym, silenciosa, con el rostro medio cubierto por la capucha.
Helena de Valdombra ocupa el otro extremo, apoyada en su bastón de madera clara, la mirada seria.
Somos nosotros contra ellos. El comando entero alineado frente al Consejo.
Genial. Justo lo que necesitaba hoy.
—He recibido vuestro informe preliminar —empieza Edrian, sin preámbulos—. Y he recibido también la llamada del director del Imperio. Un hotel de lujo lleno de civiles con heridas inexplicables. Cámaras que han dejado de grabar. Un piso entero precintado.
Su voz no se eleva, pero corta igual.
—La situación estaba fuera de control cuando llegamos —responde Clara—. Si no hubiéramos intervenido…