Llum i ombra CAPÍTULO 17 – ECOS DE SANGRE #2
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CAPÍTULO 17 – ECOS DE SANGRE #2

—Entonces tenéis tiempo para una sanción —replicó Inés, cruzándose de brazos—. Si cruzáis esa puerta, iréis contra la Orden. Y me aseguraré de que el Consejo lo sepa… palabra por palabra. Incluyendo que tú estabas al mando.

Una chispa peligrosa cruzó los ojos de Clara. Dio un paso más, borrando cualquier distancia entre ellas.

—Hazlo. Pero cuando informes, el enemigo ya tendrá lo que busca. Y tú… —su voz bajó a un susurro que heló el aire— tendrás que explicar por qué fuiste la responsable de que llegáramos tarde. Por qué desautorizaste a Clara Montalt, líder de los templarios. Que no se te olvide, Garau.

Los cazadores intercambiaron una mirada incómoda. El aire se tensó como una cuerda a punto de romperse.

—No me amenaces, Montalt —Inés apretó la mandíbula.

—No te estoy amenazando —Clara sonrió, lenta, como quien afila una espada—. Te recuerdo tu rango… y la diferencia entre seguir órdenes y servir a la Orden. Yo doy la orden. Tú la acatas.

Uno de los cazadores tragó saliva. El otro miró de reojo a Sonie, que dejó que una llamarada rojiza danzara en su palma como advertencia muda.

—No estás por encima de todo, Montalt —espetó Inés—. Esto no va a quedar así.

—Apartaos —ordenó Clara, baja pero implacable—. O pasaré por encima de vosotros. Y créeme, Garau, no quieres ver cómo se las gasta la caballería.

—Esto es insubordinación.

—No —Clara inclinó apenas la cabeza—. Esto es liderazgo. Algo que no se aprende en los pasillos del Consejo. Apártate… o tu nombre será el primero cuando pregunten por qué fracasamos.

El silencio se hizo espeso, casi irrespirable. Finalmente, Inés se apartó un paso, como si el suelo la empujara, pero su mirada me atravesó como un juramento de venganza.

—El Consejo tomará medidas.

—Que lo hagan —Clara cruzó la puerta sin volver la vista atrás—. Pero que recuerden cómo Montalt no dio un paso atrás y protegió a la Orden con su vida.

La seguimos en fila cerrada. Nadie habló.

Ni siquiera Eloi, que se quedó perplejo: por lo que tenía entendido, Clara Montalt jamás se había saltado una norma…

por nada ni por nadie. Y sin embargo, allí estaba, abriendo la marcha con paso firme, dejando tras de sí una estela de confianza y un mensaje claro: si el mundo ardía, ella ardería antes en primera línea.

El aire frío de la noche nos golpeó en cuanto salimos de Umbrafort. Aún sentía el eco de la confrontación con Inés vibrando en los huesos, pero Clara ya caminaba como si nada, con ese paso seguro que hacía que hasta las sombras se apartaran.

—Clara, has estado increíble —soltó Cass, medio admirada, medio incrédula.

—Calla, zanahoria, y ponte a trabajar —replicó Clara, aunque el gesto leve en la comisura de sus labios delataba que el halago le había gustado.

Se giró hacia Eloi—. Consigue un Furgon.

—Sí, señora —contestó él con un tono de burla apenas disimulado, como si cada sílaba fuera una daga.

Clara se giró hacia Cass, como quien reparte órdenes en un campo de batalla.

—Vale, pelirroja. El grandullón sigue en el Hotel Imperio, ¿no?

Cass consultó el mapa encantado, el brillo tenue de la runa reflejándose en sus gafas.

—Sí. Su sangre sigue marcando el hotel.

—Perfecto. Iremos allí. Escuchadme bien —Clara se detuvo, mirándonos uno por uno—. Estáis bajo mi responsabilidad. Nadie hace nada sin mi autorización, ¿os ha quedado claro? ¿Señorita Claramunt?

—Sí, señora —respondió Annia, recta como una lanza.

—Objetivo: encontrar y recuperar a Román. Si nos topamos con Aitor y Dios sabe quién más, nadie mueve un dedo sin mi autorización.

—Pero… —empezó Annia.

Clara arqueó una ceja, lenta, como una amenaza silenciosa.

—Sí, señora —rectificó Annia al instante.

La voz de Eloi sonó por el pinganillo:

—Tengo el furgón. Venid rápido.

No hizo falta más. Salimos, las suelas golpeando el asfalto como un latido acelerado. En algún punto del cielo, la luna se asomaba entre nubes, como si quisiera ver qué demonios íbamos a hacer.

Estáis bajo mi responsabilidad.

Clara nos sostuvo la mirada unos segundos más, asegurándose de que sus palabras se quedaban clavadas.

—No hay héroes solitarios, ¿entendido? —añadió—. Vamos juntos. Volvemos juntos.

Annia apretó la mandíbula, los nudillos blancos alrededor de las correas de sus fundas.

—Mientras volvamos todos —susurró.

Eloi asintió, serio. Se alejó a zancadas por la calle oscura. Desde fuera, Umbrafort parecía solo otro edificio antiguo tragado por la ciudad, pero yo seguía sintiendo su peso bajo los pies, como si la piedra nos mirara marcharnos.

Cass consultaba el mapa encantado una y otra vez, como si temiera que el punto de sangre fuera a desvanecerse de pronto.

—Sigue allí —murmuró—. No se mueve.

No podía decidir si eso era bueno o malo.

Sonie se acercó a Annia, lo bastante como para que sus hombros casi se rozaran.

—Cuando lleguemos —dijo, baja—, tú no vas delante.

—Ni lo sueñes —replicó Annia, sin mirarla—. Si le ha pasado algo, quiero verlo yo la primera.

—Precisamente por eso —intervino Clara—. Lo veré yo. Luego Eloi. Tú entrarás cuando yo lo diga. ¿Estamos?

Annia la fulminó con la mirada, pero al final asintió una sola vez, seca.

El rugido de un motor rompió el silencio. Un furgón negro dobló la esquina y se detuvo frente a nosotros con un frenazo controlado. No llevaba logos ni matrícula visible, solo un brillo opaco donde debería estar el número.

Eloi se inclinó hacia la ventanilla abierta.

—Regalo de Nym —dijo—. Vehículo fantasma. A ojos de los mundanos, es solo una furgoneta de reparto más. A ojos de la Orden… no ha salido nunca del garaje.

—Qué poético —bufó Sonie—. Subid.

La puerta lateral se abrió sola. Dentro había dos bancos enfrentados, arneses en las paredes y el olor a cuero y metal de las misiones serias. Subimos sin hablar.

Me senté entre Cass y Annia. Pude sentir el temblor mínimo en las piernas de esta última, aunque su cara seguía siendo toda piedra.

El furgón arrancó.

Las luces de Valencia empezaron a desfilar al otro lado de las ventanas tintadas: farolas, semáforos, escaparates todavía abiertos. Gente que salía de cenar. Parejas riendo. Turistas haciendo fotos a cualquier cosa.

El mundo seguía.

Y nosotros íbamos a ver si Román también.

—Repasemos —dijo Eloi desde el asiento del copiloto, girándose un poco—. Entramos discretos. Clara y yo vamos en cabeza. Sonie, cobertura y contención si huele a Dol. Álex, ojos abierto y preparado. Cass, contigo quiero escudos y protección, cualquier cosa rara que veas, lo dices. Annia…

—Yo saco a Román de ahí —interrumpió ella.

Nadie discutió. Quizá porque sabíamos que no podíamos quitarle ese objetivo.

Clara se aclaró la garganta.

—Si la cosa se tuerce, prioridad absoluta: evacuar civiles. Luego Román. Después, pruebas del Dol. No quiero que el Imperio se convierta en otra escena de guerra abierta. ¿Queda claro?

Asentimos en silencio.

Sentía el corazón golpeando contra las costillas al ritmo irregular del motor. Cada bache me devolvía una imagen de Román. El furgón giró una última esquina y se detuvo.

La palabra IMPERIO se alzaba frente a nosotros en letras doradas, coronando una fachada de cristal y piedra pulida. Coches caros en la puerta. Un botones bostezando. Música de piano filtrándose desde dentro.

El tipo de lugar donde Román nunca encajaría.

El tipo de lugar donde ahora podía estar muriéndose.

—Recordad: somos nadie —dijo Clara, ajustándose la chaqueta—. Entramos como personal de seguridad privada. Tenemos cobertura mágica, pero no abuséis. Cass, guarda el mapa. Annia, contigo no discuto más: te quedas pegada a mí.

Nos repartió miradas rápidas, como un general en un tablero vivo.

—Vamos.

Bajamos del furgón.

El mármol de la entrada devolvió nuestro reflejo como si fuéramos un grupo perfectamente normal: un par de guardaespaldas, una ejecutiva, dos universitarios raros. Solo nosotros sabíamos lo que llevábamos encima.

Y lo que podíamos perder.

A un lado del vestíbulo, una mujer de la limpieza fregaba el suelo con una insistencia casi obsesiva. La fregona recorría el mismo rectángulo de mármol una y otra vez, como si no existiera nada más alrededor. Ni siquiera levantó la vista cuando pasamos junto a ella.

El recepcionista nos observó acercarnos con la sonrisa profesional clavada en la cara. Clara se adelantó, caminando como si el hotel le perteneciera desde antes de que lo construyeran.

—Buenas noches —dijo, apoyando una credencial de la orden—invisible para ojos humanos— sobre el mostrador—. Montalt, seguridad especial. Tenemos un aviso de emergencia sanitaria en la suite 2801. Permiso del ayuntamiento y del Ministerio.

El hombre parpadeó. La credencial brilló solo un segundo, suficiente para doblar su voluntad.

—P… por supuesto —balbuceó—. ¿Necesitan…?

—Necesitamos que no llames a nadie —cortó Clara—. Ni policía, ni ambulancias. Cierra las cámaras de ese pasillo durante quince minutos. Y olvida que hemos estado aquí.

Los ojos del recepcionista se nublaron un instante.

—Por supuesto —repitió, mecánico.

Sonie dejó escapar un silbido bajo al apartarse.

—Adoro cuando abusa de la autoridad.

—Luego nos caerá bronca igual —murmuró Eloi—. Arriba.

Clara alzó una mano para detenernos.

—Esperad.

Se agachó ligeramente sin apartar la vista del suelo.

—Hay sangre.

Una diminuta gota roja manchaba el mármol blanco.

Entramos en el ascensor. El espejo dorado nos devolvió caras tensas, ojos demasiado abiertos. Annia apretaba tanto las manos que los nudillos se le habían vuelto casi grises. Cass clavaba la mirada en los números luminosos que subían con una lentitud insultante.

El ascensor se detuvo con un ding demasiado amable para la mierda que intuía detrás.

Se abrió la puerta.

Y el olor nos golpeó de lleno.

No era solo humo. Ni solo sangre. Era algo más denso, casi dulce, que se pegaba a la garganta: Dol. Lo reconocía ya. Una mezcla de perfume caro y carne quemada, de misa antigua y incendio.

El pasillo estaba en penumbra. Algunas luces de emergencia parpadeaban. El suelo lucía marcas oscuras que no eran agua.

—Cass —susurró Clara.