CAPÍTULO 17 – ECOS DE SANGRE
ALEX
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—Joder, Román… —repitió Eloi, como si al decirlo más bajo pudiera hacer que la realidad cambiase.
Sentí un nudo en el estómago.
—No puede haberse ido solo —dije, intentando convencerme a mí mismo más que a él—. Sabe lo que hay ahí fuera.
Eloi me miró, y vi cómo se tensaban los músculos de su mandíbula.
—¡Claro que lo sabe! —soltó, alzando la voz con una mezcla de rabia y preocupación—. ¡Por eso me jode todavía más!
El eco de su grito rebotó en las paredes desnudas. Afuera, un portazo resonó por el pasillo. No era un portazo real, sino ese sonido seco y hueco que provoca la piedra de Umbrafort cuando la magia se agita.
La puerta se abrió y entraron Sonie y Cass. Llevaban ropa de entrenamiento y respiraban entrecortado, como si hubieran venido corriendo.
—¿Por qué estabas gritando? —preguntó Sonie, con esa mezcla de alerta y enfado que usaba cuando intuía problemas.
—No he gritado —replicó Eloi, pero su tono no ayudaba a disimular.
—Pues medio pasillo te ha oído —añadió Cass, y luego me miró directamente—. ¿Qué pasa?
Me humedecí los labios. No quería decirlo. Decirlo era admitir que algo iba mal de verdad.
—Román se ha ido.
Sonie frunció el ceño.
—¿Cómo que se ha ido?
—Ha cogido todo lo que teníamos sobre Olivia y Aitor. Mapas, apuntes... Hasta mis notas. No me dijo adónde iba, pero... —tragó saliva y bajó la mirada—. Tengo el presentimiento de que está en peligro.
El silencio que siguió fue espeso, apenas roto por el zumbido de la lámpara.
Fue Cass quien lo rompió.
—No puede salir de Umbrafort sin autorización. Lo sabes.
—Exacto —dijo una voz fría desde la puerta.
Me giré. Allí estaba Clara Montalt, con la armadura negra ajustada y el pelo recogido en una trenza impecable. A su lado, Annia, que parecía tan confusa como enfadada.
—¿Dónde está mi hermano? —preguntó Annia, sin rodeos.
Eloi dudó. Yo sentí el peso de sus ojos sobre mí.
—No lo sabemos —dije al final—.
Annia me fulminó con la mirada.
—Eso es mentira.
—No es mentira —repuse, pero la voz me tembló.
Clara avanzó hasta ponerse entre Eloi y yo.
—Si Román ha salido, ha roto las reglas. Y si está tras Olivia y Aitor, lo está haciendo sin respaldo de la Orden. Eso significa que ahora mismo no solo está en peligro… —me miró como si estuviera evaluando si yo entendía la gravedad— …también puede poner en riesgo a todos los que estamos aquí.
—Entonces habrá que ir a por él —dijo Sonie, cruzándose de brazos.
—No hay misión aprobada —replicó Clara—. Nadie sale de Umbrafort sin la orden de Edrian.
Eloi abrió la boca, pero Annia se adelantó un paso.
—Si vosotros no vais, yo sí.
La tensión en la sala subió de golpe. Clara volvió la cabeza hacia ella, incrédula.
—No tienes ni idea de dónde está.
—Y vosotros tampoco —le devolvió Annia—. Pero no me voy a quedar aquí esperando a que vuelva en una bolsa de cadáveres.
Por primera vez vi a Clara dudar.
Cass, que hasta ese momento había permanecido apoyada contra la pared, se enderezó.
—Yo sé cómo encontrarlo.
Todos la miramos a la vez.
—Un hechizo de rastreo —aclaró, como si fuera lo más obvio del mundo—. De los buenos, no de esos que te llevan a un callejón cualquiera.
—¿Cómo? ¿Tú sabes hacer eso? —pregunté, incapaz de ocultar mi sorpresa—. No nos han enseñado a…
—Hay cosas que he aprendido por mi cuenta, Álex —me cortó Cass, con un gesto de impaciencia—. Pero no tengo tiempo de explicarlo ahora.
—Según tengo entendido, eso requiere un vínculo fuerte —intervino Eloi, frunciendo el ceño—. Sangre, algo personal… algo que le pertenezca, ¿no?
Cass asintió.
—Exacto. Con su sangre sería lo ideal. O cualquier cosa que lleve su esencia.
Yo estaba flipando. Mi amiga parecía la mismita enciclopedia mágica, así, de repente.
Un silencio espeso nos envolvió. Nadie parecía tener lo que Cass pedía, hasta que Annia dio un paso adelante. Tenía las manos apretadas y la mirada baja, como si pronunciar aquellas palabras le costara más que pelear contra una fosca.
—No hemos aprobado ninguna misión todavía —intervino Clara, rompiendo el silencio—. Dejadme que hable con el Consejo. Seguro que…
—Yo tengo su sangre —la interrumpió Annia.
—¿Cómo? —preguntó Sonie, frunciendo el ceño.
Annia alzó la vista, directa a nosotros. No había temblor en su voz, pero sí un filo afilado de vulnerabilidad.
—Porque estoy embarazada de Román.
El aire se volvió más denso. Podía oír mi propio pulso en los oídos.
Clara parpadeó una vez, lenta, como si intentara procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó, sin el tono cortante habitual.
—Hace una semana —respondió Annia—. Íbamos a… en fin, no importa. Tenemos que encontrarlo. A él y a mi hermano.
Sonie soltó un bufido, más de frustración que de enfado. Eloi se pasó la mano por la cara, y yo… yo solo podía pensar en cómo había dejado que Román saliera de Umbrafort solo, como si no pasara nada.
—Muy bien —dijo Clara al fin, enderezándose—. Si tenemos su sangre, podemos encontrarlo, ¿no? Está bien, iremos. No pienso permitir que ese niño se críe sin un padre.
Eloi abrió la boca para replicar, pero Clara ya se había girado sobre sus talones.
—Y no me mires así —añadió, con un deje de ironía—. No quiero un niño correteando por Umbrafort… —lo dijo como si así disfrazara la súbita decisión.
—¿Y el Consejo? —preguntó Sonie.
—Soy Clara Montalt, líder de los templarios —replicó ella, sin titubear—. Asumiré la responsabilidad de la operación.
—Tú no estás al mando… —empezó Eloi.
Clara se volvió hacia él con media sonrisa peligrosa.
—Mira, guapito, si alguien tiene que enfrentarse al Consejo, seré yo. Así que, desde este momento, asumo el liderazgo de la operación y no se hable más.
—Cass, prepara lo que necesites para el hechizo. Annia, vienes conmigo. Álex, tú también.
—¿Yo? —pregunté, desconcertado.
—Sí. Vamos a la armería a coger todo lo necesario.
—Daos prisa —intervino Eloi—. No sabemos cuánto tiempo lleva fuera, y el tiempo apremia.
Sentí un nudo cerrándose en mi garganta. El peso de la culpa me aplastaba el pecho, y no había hechizo que pudiera aligerarlo.
Cuando regresamos a la sala, las armas colgaban de nosotros como si nos preparásemos para una guerra. Me acerqué a Cass y le tendí su arco elegante, de madera oscura, con inscripciones plateadas que parecían brillar desde dentro.
—Te he traído tu arco.
Cass sonrió de lado, acariciando la cuerda como si saludara a un viejo amigo.
—Gracias, amigo mío.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír.
La sala había cambiado por completo. Las luces estaban apagadas y decenas de velas dibujaban un círculo de luz dorada en torno a un mapa de Valencia extendido sobre el suelo como un tapiz sagrado. El pergamino, antiguo y ennegrecido en los bordes, parecía respirar con cada parpadeo de las llamas.
Cass se arrodilló junto a él, con una daga curva en la mano. El metal, frío y antiguo, captaba el temblor de las velas.
—Necesito tu sangre —le dijo a Annia.
Ella asintió sin vacilar. Cass le hizo un corte rápido en la palma y dejó que la sangre cayera sobre el mapa, tiñendo Umbrafort de un rojo vivo. En el instante en que la primera gota tocó el pergamino, una ráfaga de viento irrumpió en la sala.
Cass comenzó a recitar en la lengua de las madres, su voz firme a pesar del caos:
— Sangor vocyr. Lumena ducae. Umbrae pathe.
Las velas parpadearon; algunas se apagaron. Las puertas se cerraron de golpe, y papeles y pergaminos salieron disparados de las mesas, girando en espirales sobre nuestras cabezas. El aire vibraba con un zumbido bajo, como si toda la magia de Umbrafort se hubiera concentrado allí.
Cass me miró de reojo.
—Sonie, ven aquí. Álex, tu también. Repetid conmigo.
—¿Estás segura…? —grité, intentando que me oyera sobre el rugido del viento.
—¡Confíad en mí!
Nos arrodillamos junto a ella. Cass tomó mi mano y la presionó contra la mancha roja. Su voz se entrelazó con la mía cuando repetí el verso. En cuanto lo hice, la sangre empezó a moverse sola sobre el mapa, deslizándose como un río carmesí que buscara su destino.
El viento arreció. Sentí presión en los oídos, como si estuviéramos bajo el agua. El rastro zigzagueó por calles y avenidas hasta detenerse en un punto marcado con un símbolo antiguo. Entonces, el viento se detuvo de golpe, como si toda la sala hubiera exhalado al unísono.
La sangre señaló el lugar.
—Hotel Imperio —anunció Cass.
Clara se inclinó, reconociendo el sitio.
—Perfecto… el hotel más lujoso de toda Valencia. Lleno de turistas.
Eloi se enderezó, su voz cortante.
—Entonces no perdamos más tiempo.
El eco de nuestros pasos se perdía entre los pasillos en penumbra de Umbrafort.
Íbamos en fila, pegados a la pared, como si cada sombra pudiera delatarnos.
Sonie abría la marcha, extendiendo una mano para fundir con un chasquido de magia las runas de las cámaras de vigilancia; las luces verdes parpadeaban antes de apagarse por completo.
Cass iba detrás, el arco colgado a la espalda, revisando cada esquina con la precisión de un francotirador. Eloi caminaba junto a mí, cuchillos en mano, mientras Clara nos guiaba sin una sola vacilación, su silueta recortada contra la luz mortecina de los faroles mágicos.
El aire estaba cargado, como si la propia fortaleza supiera que estábamos desobedeciendo.
—A la señal, bajamos al vestíbulo —susurró Clara, mirando por encima del hombro—. Nadie se separa.
Desactivamos la última cámara, y la puerta principal apareció al final del pasillo como una salida hacia el mundo prohibido. Pero no estábamos solos.
Inés Garau nos esperaba en la puerta, flanqueada por dos cazadores con ballestas de acero oscuro. La penumbra del vestíbulo la envolvía como una sombra más, pero sus ojos brillaban con la fría determinación de quien cree tener la ley de su lado.
—No vais a ninguna parte —dijo, sin alzar la voz. Su tono era un filo limpio y letal—. El Consejo ha sido claro: nadie sale sin autorización.
Clara no frenó. Su paso resonó en el mármol hasta quedar a menos de un metro de ella, la barbilla erguida, la mirada fija como un reto.
—No tenemos tiempo para autorizaciones.