Llum i ombra CAPÍTULO 16 - RÍO DE SANGRE
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CAPÍTULO 16 - RÍO DE SANGRE

Román

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El aire olía a metal y ceniza. Las botas me pesaban más que nunca, aunque la mochila iba casi vacía. La noche era densa. Una de esas que no escuchan cuando las atraviesas.

No debía haberme ido.

Pero lo hice igual.

La misión era mía.

El error también.

Habían sido días de seguir rastros: un nombre murmurado en el puerto, un contacto que me juró haber visto a Aitor, una dirección escrita con prisa en el dorso de una factura. Todo apuntaba aquí. Y si había una mínima posibilidad de encontrarles, no iba a esperar la autorización de nadie.

El hall del hotel olía a perfume caro y piedra fría. Una lámpara del tamaño de mi cuarto colgaba del techo como una jaula dorada.

El recepcionista me miró como si pudiera oler la calle en mi ropa. Fingí seguridad, dejé una tarjeta robada sobre el mármol y me limité a sonreír.

—Suite 2801 —dije.

Él asintió demasiado rápido. Como si ya supiera a dónde iba. Raro. Extremadamente raro.

Atravesé la moqueta roja, sintiendo miradas en la nuca. Dos empleados cruzaron el pasillo empujando un carrito de champán y se apartaron justo cuando pasé. Uno de ellos murmuró algo y no supe si había oído mi nombre.

El ascensor subía lento, reflejando mi cara decenas de veces en sus paredes doradas.

En el piso veinte se abrió, pero nadie entró. Solo un corredor vacío y el eco de unos pasos que no eran míos.

Cuando las puertas se cerraron, supe que no estaba solo.

La alfombra del último piso era más gruesa que mi colchón en Umbrafort. El silencio del pasillo pesaba como si supiera que lo que estaba a punto de pasar no debía oírse. Ni recordarse.

Pisé el mármol pulido con la espalda empapada en sudor. Había cruzado la ciudad entera a pie, entre sombras y magia, para llegar hasta aquí. El hotel más caro de Valencia. Una torre de cristal que tocaba el cielo.

La suite 2801. Último piso. Vistas a la ciudad. Doble jacuzzi. Cama de emperador. Y oscuridad hasta el techo.

La tarjeta que había robado tembló entre mis dedos mientras la deslizaba por el lector. Un pitido verde. La cerradura cedió. Y el infierno olía a incienso caro.

La puerta se abrió con un clic suave, demasiado suave para un hotel que debería chirriar con el peso del lujo.

Dentro, la luz era baja, dorada, filtrándose desde lámparas de cristal que no iluminaban del todo las esquinas. El aire estaba cargado con un perfume dulce y denso, el tipo de aroma que se pega a la piel y al recuerdo.

Dejé la mochila en el suelo, despacio.

Ni un murmullo. Ni un televisor encendido. Ni la vibración de un teléfono olvidado en una mesa.

Avancé un paso.

La moqueta hundía mis botas como si quisiera tragarlas. Sobre la mesa central había dos copas de vino llenas hasta el borde. El cristal tembló apenas al pasar junto a ellas.

Una cortina ondeaba junto a la ventana, aunque juraría que estaba cerrada cuando entre.

No había signos de lucha. Ni de huida.

Todo estaba… dispuesto.

Me acerqué al dormitorio principal. La cama estaba intacta, salvo por una sola rosa negra sobre la almohada.

No vi nada más, pero tenía que asegurarme de que no estaba acompañado. Giré sobre mis talones y vi, al fondo del salón, una puerta entreabierta. De detrás de ella se filtraba un hilo de luz y un murmullo bajo, como si alguien cantara en otra habitación.

No estaba solo.

Seguí la voz.

Atravesé un pasillo estrecho que parecía más largo de lo que era. Cada paso apagaba un poco más el eco de mis botas, hasta que solo quedó el latido en mis oídos.

La puerta se abrió del todo antes de que la tocara.

Dentro, el salón era otro. No el que había visto antes: ahora estaba en penumbra, con cortinas cerradas y el aire más espeso, cargado de algo que no era solo perfume.

En el centro, un sofá blanco.

Sobre él, sentada como si estuviera posando para un retrato, Olivia. Vestía de negro, la tela bordada con hilos dorados que atrapaban la luz como llamas. Sus trenzas caían sobre un hombro y sus labios formaban una sonrisa sin prisa.

—Has tardado —dijo, como si llevara toda la noche esperándome.

A su lado, de pie, Aitor. No llevaba armadura ni uniforme, solo una camisa oscura arremangada hasta los codos, revelando runas negras marcadas en la piel. No parecía sorprendido. Ni amenazado.

—Sabíamos que vendrías —añadió él, sin apartar los ojos de los míos.

No pregunté cómo.

No pregunté por qué.

Aunque parte de mí ya sabía la respuesta: llevaba días siguiendo rastros, oyendo rumores, encontrando puertas abiertas que no deberían estarlo. Y todo me había traído aquí.

Olivia se inclinó hacia delante, con el brillo de alguien que está a punto de contar un secreto y quiere saborearlo.

—Queremos que veas algo, Román. Algo… divertido.

Se levantó, y Aitor le tendió una mano para ayudarla.

Juntos se apartaron hacia un lado.

Detrás de ellos, la cristalera de la suite dejaba ver la terraza, iluminada por farolas de la ciudad y… por fuego.

Un fuego que no quemaba madera, sino piel.

Allí, en el suelo, un grupo de humanos retorciéndose, con los ojos completamente negros.

—Disfruta del espectáculo —susurró Olivia.

—¿Por qué estáis haciendo esto? —mi voz salió más grave de lo que esperaba, como si quisiera imponerse al fuego y al hedor de carne quemada.

Olivia se echó hacia atrás y soltó una carcajada aguda, rota, como cristal quebrándose. Esa risa no tenía prisa; se contorsionaba en el aire como una cuerda tensada a punto de romperse.

—Cariño… podríamos matarte aquí mismo —susurró, casi con ternura, ladeando la cabeza como si estuviera hablando con un niño que no entiende el juego.

Aitor dio un paso al frente, su sombra cubriendo parte de la luz.

—Y tardaríamos segundos en hacerlo —dijo sin apartar la vista de mí, como si estuviera calculando cuántos exactamente.

Se miraron.

Y entonces, rieron. Juntos.

Esa risa fue un veneno lento que se me coló por las costillas.

Olivia alargó una mano, tocando el antebrazo de Aitor como si fuera un gesto íntimo en una fiesta, no en una escena de guerra.

—Pero no tendría ningún tipo de deleite con eso, mi vida.

Aitor sonrió de medio lado, sus dientes brillando como un filo.

—Así es más entretenido.

Fruncí el ceño, sin poder ocultar mi desconcierto.

—No entiendo…

—Hombretón… —Olivia me cortó con una voz afilada como una navaja— hoy vas a caer.

Aitor, con calma absoluta:

—Eres solo el peón que cae para que caiga el rey.

Olivia se giró, cogiendo la mano de Aitor con un movimiento lento, elegante, como si fueran a desfilar por una alfombra roja.

—Chaitooo —entonó cantando, antes de soltar otra carcajada aguda, casi demencial.

Salieron de la suite cogidos de la mano, sin mirar atrás, como si supieran que la escena final ya estaba escrita.

Y entonces, los humanos empezaron a moverse.

Ojos negros. Boca abierta. El fuego reflejándose en su piel sudorosa.

El primero saltó hacia mí.

Empezaron a entrar humanos endemoniados por la puerta.

No caminaban: se arrastraban a tirones, como si algo invisible les manejara las articulaciones. Pupilas dilatadas hasta tragarse el iris. El incienso caro que había dejado Olivia se mezclaba con un hedor ácido, sudor y sangre seca.

Conté al menos una docena.

Vecinos. Turistas. Camareros del hotel. Gente que esta mañana estaba desayunando tostadas… y que ahora venía a matarme.

—Perfecto —mascullé entre dientes mientras levantaba las hachas—. Me han tendido una trampa… y he caído como un estúpido.

El primero me embistió. Lo esquivé y lo estampé contra la pared. Intentaba contenerme, golpear solo lo justo para dejarlos fuera de combate, pero las manos me agarraban de todas partes.

Un codazo en el costado. Un puñetazo al hombro.

Respiré hondo, aguantando. El mango del hacha chocó contra una mandíbula; sentí el crujido, oí el grito.

—Si no salgo de esta —jadeé, girando sobre mí mismo para abrirme espacio—… espero que Clara Montalt le dé pal pelo a esa fulana.

No se detuvieron.

Ni un paso atrás. Ni un respiro.

La primera sangre cayó al mármol, oscura y espesa. La mía.

Y supe que me quedaba poco para dejar de contenerme.

Un tipo enorme me agarró por detrás, inmovilizándome los brazos. Otro, más ágil, se lanzó hacia mi pierna izquierda y, antes de que pudiera apartarlo, hundió los dientes en mi gemelo.

El dolor me atravesó como un hierro candente.

Grité, no por miedo… sino por rabia.

Sentí la carne desgarrarse y la sangre correr, caliente, por la bota.

—Lo siento, turistas —escupí, con una carcajada seca—, pero voy a empezar a repartir hostias como panes.

Me giré de un tirón, usando mi propio peso para estrellar al grandullón contra la mesa. El cristal estalló bajo su espalda. Un tajo limpio al que me mordió, partiendo su cuello como si fuera de papel.

De ahí en adelante, dejé de contar. Las hachas silbaban en el aire, arrancando miembros, partiendo cráneos. El mármol blanco de la suite se volvió un lienzo rojo. Uno me atacó con un cuchillo robado de la cocina; lo agarré de la muñeca, se la partí y usé su propia hoja para atravesarle la garganta.

Otro intentó derribarme por el costado, pero un giro de cadera y un hachazo bastaron para dejarlo inmóvil.

Era un torbellino. Un matadero.

Respiraba como un animal salvaje, y cada golpe me acercaba un poco más a la calma.

Cuando el último cayó, la suite estaba en silencio.

Solo se oía mi respiración, ronca y acelerada, y el goteo constante de la sangre sobre el mármol.

Me apoyé en la pared, con la pierna ardiendo, y me obligué a ponerme en pie.

Tenía que salir de allí.

Y rezaba para que en el pasillo no hubiera más esperándome.

Abrí la puerta y di un paso al pasillo.

Error.

Una sombra se me echó encima desde la izquierda.

Era… una maldita limpiadora. Uniforme azul, cofia blanca… y los ojos negros como alquitrán.

No venía sola: otra detrás, con la fregona todavía chorreando agua sucia, y una tercera —una cocinera— con un cuchillo de carnicero tan grande que parecía un machete.

La cocinera no dudó.

Me embistió de frente y sentí el filo atravesar carne y hueso.

El mundo se me volvió blanco de dolor.

Un golpe seco.

Y el brazo derecho dejó de existir.

Grité, pero no de agonía: de furia pura.

—¡Joder…! —escupí, con la sangre empapándome el costado—. ¡Acabáis de cabrear al cazador equivocado!

Me lancé contra la primera limpiadora. El hacha en mi mano izquierda describió un arco perfecto y le abrió la cabeza en dos. La segunda intentó clavarme la fregona en la cara, pero le arranqué el palo y se lo devolví atravesándole el cuello.

La cocinera aún intentaba retirar su cuchillo de lo que quedaba de mi hombro. La sujeté con la mano que me quedaba y la estampé contra la pared hasta que dejó de moverse.

El pasillo olía a lejía, grasa… y sangre. Mucha sangre.

La mía formaba un reguero caliente detrás de mí.

No paré. No podía.

Avancé tambaleándome, el hacha resbalándome en la mano izquierda, la vista nublada, pero con la única certeza de que si me detenía, no volvería a ponerme en pie. Fui por el pasillo hacia el ascensor

El ascensor se cerró con un gemido metálico.

Mi reflejo en el espejo del interior era un cuadro: sangre desde el cuello hasta las botas, un brazo menos, la pierna convertida en un charco que goteaba.

Ni siquiera pulsé el botón. Lo hice con el mango del hacha.

La bajada fue eterna. Podía escuchar el zumbido de la maquinaria y mi propia respiración, cada vez más irregular.

Las puertas se abrieron en el hall.

Y allí estaban.

Olivia, sentada como si estuviera en un trono improvisado, las piernas cruzadas, el vestido oscuro impecable a pesar del caos.

Aitor, a su lado, con ese gesto de templario caído que me ponía enfermo.

A nuestro alrededor, unas veinte almas condenadas, ojos negros, sonrisas torcidas.

—Gané —dijo Olivia, con esa voz dulce que te hiela los huesos.

—No es justo —replicó Aitor, sin apartar la mirada de mí.

—Te dije que llegaría hasta abajo —susurró ella, acariciándole la rodilla como si estuvieran en un salón de té y no rodeados de cadáveres en potencia.

—Bueno, pero solo ha llegado la mitad. Eso es empate.

Olivia soltó una carcajada quebrada, de esas que rebotan en las paredes y no suenan humanas.

—Juro que os romperé el cráneo —gruñí, escupiendo sangre al suelo.

Ni se molestaron en contestar.

Olivia chasqueó los dedos, y la marea de cuerpos se me vino encima.

El primero me lanzó un puñetazo; le hundí el hacha en el esternón.

La segunda, una anciana con bata de hotel, intentó morderme; le partí el cuello de un giro seco.

Uno tras otro, hasta que el suelo fue una alfombra de miembros y sangre.

Cuando el último cayó, yo ya estaba de rodillas, jadeando.

Un cuchillo oxidado me sobresalía del costado izquierdo, clavado hasta el fondo.

Miré hacia el sillón.

Vacío.

—Cobardes… —murmuré, antes de que el dolor me hiciera doblarme hacia adelante.

El aire se volvió denso.

La sangre me zumbaba en los oídos y las luces del hall empezaban a bailar como luciérnagas enfermas.

Intenté ponerme en pie, pero las piernas no respondieron.

El hacha resbaló de mi mano, manchando de rojo el mármol blanco.

Caí de lado. La visión se me llenó de manchas negras.

Escuché unos pasos lentos, elegantes, acercándose por detrás.

—No lo has hecho mal, grandullón… —la voz de Olivia me acarició la nuca como una hoja afilada—. Pero se acabó la partida.

Se agachó a mi lado.

Sentí sus dedos fríos rodeando el mango del cuchillo que me atravesaba el costado. Lo movió apenas un milímetro y un gemido se me escapó sin querer.

Su aliento, dulce y podrido a la vez, me rozó la oreja.

Me dio un beso en la mejilla. Un beso que no era cariño, sino sentencia.

—Chaito… —susurró.

Y entonces tiró del cuchillo y lo arrastró hacia arriba, lento, cruel, desde mi costado hasta la yugular.

El calor de mi propia sangre me cubrió antes de que la oscuridad lo hiciera.

Antes de que todo se apagara, vi el rostro de Annia.

No como la cazadora que luchaba a mi lado, sino como la niña que conocí en el patio de otra casa, con los dientes llenos de churro y azúcar, antes de que supiéramos lo que era la guerra.

Nuestros padres eran amigos, y crecimos juntos sin que yo tuviera el valor de decirle lo impresionante que era… hasta hace poco.

Ojalá hubiera tenido tiempo para…

Nada.

Solo negro.