CAPÍTULO 15 - LA INVESTIGACIÓN #4
Ella avanzó con paso decidido y se sentó a mi lado en el suelo, dejando que su hombro rozara el mío, como si supiera que el contacto era lo único que me mantenía aún anclado a este mundo.
—Creo —dijo, tras un breve silencio— que todos tenemos el corazón hecho mierda últimamente. Pero no todos lo llevamos tan mal como tú.
Sonreí por primera vez en horas. Fue una mueca torpe, dolorida. Pero salió.
—Gracias, supongo —dije.
—No era un cumplido —replicó con una media sonrisa—. Pero se acepta.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Las luces de la sala temblaban un poco, proyectando sombras suaves sobre las paredes. Afuera, alguien gritó una orden. Aquí dentro, todo era silencio.
—Yo también estoy colgando de un hilo —añadió ella de repente, con la voz más baja—. Solo que el mío… tiene nombre.
La miré de reojo. Annia no me devolvió la mirada. Seguía con los ojos fijos en sus propias manos.
—Román —dije. No era una pregunta.
Ella asintió, apenas un gesto leve.
—Nos hemos acostado varias veces. —Lo soltó sin rodeos, como quitándose un peso—. Al principio fue solo eso, ¿sabes? Instinto, rabia, necesidad de no sentirme tan sola. Pero luego…
Se interrumpió. Respiró hondo.
—Es muy grande —dijo entonces, como si eso lo explicara todo—. Cuando me abraza… siento calor. Del que no quema. Del que sostiene. Conozco a Román desde hace muchos años y justo ahora…
Qué jodidamente bonito y devastador sonaba eso.
—Es como si… —Annia buscó las palabras— como si en medio de todo este dolor, él fuera el único sitio donde puedo respirar. Aunque sea por unos segundos.
No supe qué decir. Me mordí el labio. Pensé en la investigación que Román me había enseñado. En los papeles. En los nombres. En lo que eso podía significar para ella. Pero no se lo dije.
No ahora.
No fui capaz.
—Me alegro por ti —murmuré, sin mirarla.
Ella sí me miró a mí. Con esa intensidad templada que siempre parecía llevar por dentro, como un volcán que no se apaga pero tampoco explota.
—Y tú, Álex… —susurró— ¿estás bien?
Negué con la cabeza.
—No. Pero estoy intentando no romperme del todo.
Ella asintió.
—Entonces ya estás haciendo más de lo que crees.
Nos quedamos así, en silencio, con los hombros tocándose. Por un instante, no fuimos iniciados. Ni soldados. Ni brujos ni cazadores. Solo dos personas rotas intentando no ahogarse.
Y ese momento bastó para que, sin decirlo, nos entendiéramos un poco más.
El resto del día pasó casi sin darme cuenta. Entrené con Annia. El entrenamiento con ella fue… jodidamente intenso, pero extrañamente terapéutico, bajamos a comer algo al comedor, y después vinieron las sesiones con Arnau y Gabriel.
Magia, meditación, combate, más magia. Cuando quise darme cuenta, la noche ya había caído sobre Umbrafort.
Y el nombre de Román no había dejado de dar vueltas en mi cabeza desde entonces.
Habíamos quedado en vernos. Me dijo que lo encontraría en la misma sala de la última vez.
Así que fui. Crucé pasillos en silencio, bajé escaleras de piedra y empujé la puerta. La sala estaba vacía, salvo por él. Román, inclinado sobre la mesa central, con los hombros tensos, rodeado de mapas y pantallas. No me oyó entrar.
—¿Román? —dije, cerrando con suavidad tras de mí.
Alzó la mirada un segundo.
Sus ojos tenían algo que no le había visto nunca: ¿urgencia?
—He encontrado algo —murmuró—. Sé dónde se esconden Aitor y Olivia.
Di un paso hacia él, sorprendido.
—¿En serio?
Asintió.
—Y no solo eso. Creo que he descubierto algo importante sobre el Mártir Rojo. No puedo explicártelo ahora… pero si tengo razón, sé cómo ayudar a Aitor.
Me quedé helado.
—Román, eso es increíble. Tenemos que contárselo a Eloi. Él podrá organizar la misión, plantearlo al consejo…
Román negó con suavidad, sin apartar la mirada de la pantalla.
—No. Esto es cosa mía.
—¿Cómo que cosa tuya? —fruncí el ceño—. Sabes que no podemos salir sin permiso. El consejo fue claro. Pero si se lo explicamos a Eloi, él podrá…
—Álex —me interrumpió con calma—. Está bien. Ve a buscarlo. Dile que venga.
—Vale. Vuelvo enseguida.
Salí de la sala sin mirar atrás. Fui corriendo hacia la habitación de Eloi.
Abrí la puerta sin llamar.
—Eloi, tenemos que…
Me quedé en seco.
Literalmente en seco.
Eloi estaba de espaldas, completamente desnudo, sacando algo de un cajón bajo su cama.
Y cuando digo completamente, es completamente.
Mi mirada descendió sola, traicionera, como si tuviera voluntad propia.
Madre. De. La. Magia.
Me apoyé en el marco, paralizado. El corazón se me disparó tan rápido que dolía.
No podía dejar de mirar.
Eloi se giró al oír mi voz. Tardó una fracción de segundo en reaccionar.
Y entonces se tapó con una mano. Solo una.
—¿Qué pasa, Brusc? —dijo con esa sonrisa torcida, sin vergüenza pero sin provocación—. ¿Vienes a terminar lo de esta mañana?
Me quede tieso.
Tenía calor en la cara. En el pecho. Entre las piernas.
Y joder…
Vale Álex centrate.
Joder. Una sola mano no le bastaba para taparse
No era una metáfora. No era una ilusión.
Era una maldita amenaza.
—Yo… eh… no. Sí. O sea… no por eso. Vengo por otra cosa.
Él arqueó una ceja, sin prisa
—¿Seguro? Porque desde aquí parece que vienes a entregarte, no a hablar —dijo, con ese tono entre juego y verdad.
Tragué saliva. Otra vez.
Iba a morir por congestión de sangre, lo veía venir.
—Vale… wow —solté, sin pensar—. O sea… tremenda anaconda, tío. Qué coño comen los templarios.
Eloi se echó a reír.
Una carcajada real, grave, de esas que parecen sacudirle hasta los hombros.
—Te juro que no era mi intención intimidarte —dijo, mientras se agachaba a por unos calzoncillos, aún sonriendo—. Aunque bueno, si lo consigo sin esfuerzo…
—Cállate ya —dije, medio riéndome también, tapándome la cara con una mano—. Iba a decirte algo importante, pero ahora tengo la sangre donde no debería.
—¿Otra vez? —bromeó él, poniéndose los pantalones—. Tendremos que entrenar eso también.
—Es por Román —dije al fin, más serio—.
—Vale, vístete. Te lo cuento por el camino —dije, apartando la mirada como si eso fuese a salvarme de lo que acababa de ver—. Aunque si prefieres ir sin camiseta… adelante, no voy a quejarme.
Eloi sonrió mientras se abrochaba el pantalón.
—Brusc, te juro que eres una maldita pesadilla.
—Y tú un jodido espectáculo —gruñí, saliendo de la habitación con el pulso aún en la garganta.
Fuimos por los pasillos en silencio unos segundos. El mármol bajo los pies, la penumbra dorada de las lámparas mágicas. A cada paso, el deseo se disolvía en preocupación.
—Antes hablé con Román —empecé—. Me dijo que había descubierto algo importante. Que sabía dónde están Olivia y Aitor. Que incluso creía saber cómo ayudarle. Pero no quiso darme detalles. Me dijo que fuera a buscarte… que tú organizarías la misión.
Llegamos a la sala donde habíamos investigado aquella otra vez. La misma mesa. La misma lámpara. Pero esta vez…
Vacía. Ni rastro de Román. Eloi dio un paso al interior. Miró a su alrededor con el ceño fruncido. Se agachó, abrió uno de los cajones. Nada.
—¿Dónde está Román? —preguntó al fin, sin ocultar la tensión en la voz.
Tragué saliva.
—Se ha ido —dije—. Se ha llevado todo. Los apuntes. Los mapas. Las notas. Hasta las hojas que yo había escrito.
Eloi se giró hacia mí.
—¿Sabes dónde está?
—No me lo dijo. Solo me habló de que tenía una pista… pero no dijo a dónde iría.
Eloi se pasó una mano por la mandíbula. Respiró hondo. Luego murmuró, como para sí:
—Joder, Román.