CAPÍTULO 15 - LA INVESTIGACIÓN #3
Las duchas estaban vacías a esa hora. El agua caliente golpeó mi espalda y, por un segundo, conseguí relajarme. Me quedé ahí, apoyado contra la pared, dejando que el agua se llevara lo que pudiera. La tensión. El miedo. El fuego en el pecho.
Al salir, me vestí con la ropa de entrenamiento sin pensar. No sabía por qué, pero mis pasos no me llevaron a la biblioteca ni al comedor. Mis pies eligieron por mí. Y así, caminando sin rumbo claro, terminé ante las puertas entreabiertas de la sala de entrenamiento. Y allí estaba él.
Eloi. Solo en el centro de la sala, blandiendo una espada con movimientos precisos, casi ceremoniales.
Su cuerpo se movía como si danzara con el aire, como si la rabia se le escapara por los brazos con cada estocada.
Había algo contenido en él… algo que ardía en silencio.
Me quedé observándolo desde el pasillo, sin atreverme a interrumpir.
Parecía ajeno al mundo, como si fuera parte de la piedra, del metal, de Umbrafort misma.
Y, sin embargo, verlo allí me ancló. Como si mi cuerpo tan lleno de presagios y miedo hubiera buscado, sin saberlo, ese lugar exacto.
Como si él fuera una tregua en medio del caos.
Una constante. Una fuerza que no se rompía.
Había algo en Eloi que calmaba mis tormentas.
Quizá por eso mis pies me habían traído hasta él.
Porque cuando todo parecía incierto, estar cerca de él…
dolía menos. O tal vez solo me dolía distinto.
—¿Vas a quedarte ahí toda la noche… o vas a entrar de una vez renacuajo?
La voz de Eloi resonó en la sala con ese tono grave y seco que tenía cuando quería parecer indiferente… pero que siempre escondía algo. Algo contenido. Algo al borde.
Entré, sin contestar. Lo vi de espaldas, empapado en sudor, la camiseta pegada al cuerpo. Cada músculo de su espalda se marcaba bajo la tela, como si estuviera esculpido para resistir el fin del mundo.
—No quería interrumpir —murmuré, aunque sabía que era mentira.
—Entonces no lo hagas —replicó, aún sin girarse—. Coge una espada.
Me acerqué. Mis dedos rozaron el mango de madera y, por un instante, no supe si estaba más nervioso por la empuñadura o por estar tan cerca de él.
—¿Recuerdas lo básico? —preguntó, ahora sí, girándose hacia mí.
Tenía la camiseta arremangada, el cuello abierto. Su pecho subía y bajaba con el ritmo del entrenamiento. Había una gota de sudor que resbalaba por su clavícula, bajando con lentitud hacia el centro del pecho. La seguí con la mirada.
—¿Alex?
—Sí —parpadeé—. Sí, lo recuerdo.
—Entonces ataca.
Y lo hice.
Él detuvo el golpe sin esfuerzo, como si hubiera anticipado cada uno de mis movimientos. Nuestros brazos se cruzaron. Las espadas se bloquearon. Y durante un segundo… no hicimos nada. Solo respirar.
—Estás tenso —dijo, con los ojos fijos en mi boca—. Demasiado tenso.
—¿Y tú… no?
Eloi sonrió. Apenas. Una línea torcida y peligrosa.
—Yo… me contengo.
Volvimos a movernos.
Ataques suaves. Choques de madera. El ritmo se convirtió en una especie de coreografía sucia y hermosa.
Nuestros cuerpos se acercaban, se rozaban, se evitaban por un milímetro. Pero cada vez, ese milímetro era más delgado. Cada vez, la excusa era más débil. Él pasó tras de mí y puso su mano sobre mi cadera, guiándome con un gesto lento.
—Así no. Gira con el cuerpo entero.
Pero no era necesario tocarme así. No durante tanto. Y aun así, no se apartó.
—¿Así? —pregunté, girándome con el torso, de forma deliberada.
—Exacto —murmuró.
Su pecho chocó con mi espalda.
No fuerte. Lo justo. Lo suficiente para que lo notara… todo.
Me giré bruscamente, sin pensar. Y nuestras caras quedaron a un suspiro de distancia.
Él no se movió.
—¿Mi comandante… siempre entrenas así? —dije, con la voz entrecortada, intentando controlar el temblor en mis piernas.
Eloi me sostuvo la mirada, su pecho aún subiendo y bajando por el esfuerzo.
La punta de su lengua asomó un segundo entre sus labios antes de responder.
—Solo cuando el iniciado me gusta lo suficiente…
como para querer verlo rendirse… jadeando bajo mí.
El silencio que siguió fue puro fuego. Y entonces, sin pensarlo, avancé.
Lo empujé contra la pared con una fuerza que no sabía que tenía. Él rió por lo bajo… y me agarró de la cintura.
Su cuerpo contra el mío era piedra caliente.
Sus manos, firmes. Su mirada, hambre.
—¿Así entrenas ahora, Brusc? —murmuró, rozando mi oído—. ¿Con el corazón en llamas?
Mis dedos recorrieron su pecho, bajaron por su abdomen hasta encontrar el borde de su cinturón.
Sus manos subieron bajo mi camiseta, tocando mi piel.
Tocándome como si fuera suyo.
Nos besamos.
No fue un beso dulce.
Fue un asalto. Un incendio.
Dientes, lengua, respiraciones cortadas.
Yo me aferraba a él como si pudiera romperme.
Él me alzaba como si no pesara nada.
Me empotró contra el espejo.
Su boca bajó por mi cuello, por mi clavícula.
Mi espalda arqueada. Mi camisa cayendo.
Su aliento en mi piel me deshacía.
—Eloi… —jadeé.
—Calla —susurró él.
Nos miramos. Estábamos al borde. Tan al borde…
Y entonces, él se detuvo. Su frente se apoyó contra la mía. Su pecho subía y bajaba como si hubiera corrido kilómetros. Sus manos aún estaban en mi cintura. Las mías, en su pecho.
—No hagamos esto más difícil, Brusc.
Tragué saliva. Su voz no era dura. Estaba rota. Como si lo deseara tanto como yo… pero no pudiera permitírselo.
—Si cruzo esta línea… no podré parar. Soy tu mentor Álex,
Y tú… aún no has elegido con quién ardes de verdad.
Estábamos tan cerca que el aire entre nosotros parecía un hilo a punto de romperse.
Frente con frente.
Pecho con pecho.
Respiración contra respiración.
Sentía su aliento arderme en la boca.
Su piel pegada a la mía, el calor latiendo entre los dos. Nuestros cuerpos tensos, duros, palpitantes. El roce de su cintura contra la mía no dejaba dudas. Tampoco el nudo que se formaba entre mis piernas, ni el modo en que mi espalda se arqueaba hacia él como si lo buscara sin permiso.
Eloi me agarró de la nuca con una mano, firme, dominante, como si pudiera romperme y al mismo tiempo protegerme.
Su pulgar acarició mi garganta.
Y yo, sin pensar, entreabrí los labios.
Mis ojos debían de decirle todo.
Se mordió el labio inferior con una lentitud cruel, mientras sus dedos apretaban un poco más.
Y yo me relamí sin querer, tragando saliva, sintiendo que iba a explotar.
Mi respiración se cortó.
Sus labios bajaron, a un centímetro.
Lo sentí, el temblor de su decisión, el deseo retorciéndose en su pecho.
Lo vi cerrar los ojos.
Vi cómo se rendía.
Cómo se acercaba más, más…
Y entonces…
Sus labios rozaron mi mejilla.
Un solo beso. Ardiente. Preciso. Castigador.
Me quedé quieto, temblando.
La piel aún ardía.
La boca me sabía a él.
Eloi se apartó despacio. Apretando sus puños
Cogió su espada del suelo. Me miró una última vez.
—Entrena, Brusc —dijo—, porque no pienso volver a salvarte la vida si no sabes defenderte.
Y se fue.
Me quedé quieto, empotrado contra la pared.
El yeso frío en mi espalda. El sudor bajando lento por mi columna.
El corazón aún golpeando como si me hubiese lanzado al vacío y siguiera cayendo. Los músculos seguían tensos. La respiración, rota. Y entre mis piernas… seguía duro. Violento. Incómodo. Vivo.
Cerré los ojos, intentando calmarlo. Calmarme. Pero la imagen de Eloi seguía ahí.
Sus dedos contra mi cuello.
Su aliento cerca.
Su mirada devorándome como si yo fuera algo que no debía desear… y aun así lo hiciera.
—Una mierda voy a entrenar ahora… —murmuré, con la voz ronca, rota, más para mí que para nadie.
Mi frente chocó suavemente contra la pared.
Y entonces, poco a poco, me dejé caer. Las piernas me temblaban.
Me resbalé hasta quedar sentado en el suelo, con las rodillas abiertas, la cabeza echada hacia atrás.
Las luces tenues de la sala proyectaban sombras largas que se alargaban hasta mis pies, como si quisieran atraparme.
Me llevé una mano al pecho, otra al muslo, intentando respirar.
El calor no se iba. Seguía erecto, con una mezcla de rabia, vergüenza y deseo latiendo como una segunda sangre.
Cerré los ojos. Y por un instante… deseé que Eloi no se hubiese detenido.
Me odié por eso. Por querer algo que no debía.
Por sentirme vacío justo después de estar tan lleno de vida.
Pensé en Rui. En su silencio. En su ausencia. En cómo me rompía solo con no estar. Pensé en cómo me miraba, en cómo le temía… y en cómo yo le había entregado algo que ahora parecía haberse quedado flotando entre nosotros, como un recuerdo que dolía más que la herida. Y ahora… yo estaba aquí.
Temblando.
Por otro.
Por Eloi.
Por cómo me tocaba. Por cómo me apartaba. Por cómo se iba… justo cuando más deseaba que se quedara. ¿Qué coño me pasaba? ¿Desde cuándo me deshacía por una caricia? ¿Desde cuándo era mi cuerpo quien decidía a quién amar? ¿Desde cuándo traicionar se sentía tan parecido a necesitar?
Me incliné hacia un lado y me tumbé en el suelo, con los brazos extendidos y el pulso desbocado. No podía más. Ni con mi cabeza. Ni con mi cuerpo. Ni con todo lo que me estaba desgarrando desde dentro. Solo quería dejar de sentir este incendio en el pecho.
Rui… dónde estás.
Vuelve.
Arráncame los labios si hace falta.
Rómpeme, pero quédate.
Te odio por irte.
Por no darme respuestas.
Por tocarme como si yo fuera sagrado…
Y luego desaparecer como si no valiera nada.
Te odio por no elegir quedarte.
Pero te quiero.
Dios, te quiero.
Y a la vez… Eloi.
Eloi y su forma de mirarme como si me viera por dentro.
Como si yo pudiera salvarlo a él. O él a mí.
—Vaya pinta llevas, Brusc —dijo una voz firme detrás de mí—. ¿Te ha vuelto a morder un vampiro… o solo te han roto el corazón?
Levanté la cabeza lentamente.
Annia estaba en la entrada, con los brazos cruzados, la coleta despeinada y una camiseta negra empapada en sudor que dejaba ver que llevaba ya un rato entrenando en otro lugar.
—¿Tú qué crees? —murmuré, sin fuerzas para inventar una excusa.