Llum i ombra CAPÍTULO 15 - LA INVESTIGACIÓN #2
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CAPÍTULO 15 - LA INVESTIGACIÓN #2

— In Lumena Vetrae, in Sangor Verae.

Qui audyr, tacea. Qui juryr, servae.

Per Noctae, per Flammae, per Filiae Brumae...

Con un movimiento preciso, Nym deslizó el cuchillo sobre mi piel. No fue profundo, pero bastó para que la sangre brotara, caliente, roja y viva.

—Con este corte sellamos tu silencio —dijo Helena—. Con tu sangre, te unes al Consejo de la Luz. No de la Orden. No del mundo. De lo que fue antes de ambos.

La sangre cayó al suelo… pero no tocó la piedra.

Se suspendió en el aire, flotando, girando sobre sí misma como una gota atrapada en un conjuro.

Entonces, sin decir nada, Helena extendió su propio brazo.

Nym hizo lo mismo. Nym fue quien se cortó primero, con un movimiento preciso, casi ceremonial.

Helena repitió el gesto con una elegancia ancestral.

Las gotas de sangre de ambas se elevaron al instante, como si el aire las reclamara. Y entonces ocurrió: mi sangre se entrelazó con la suya en el aire, formando una espiral lenta y perfecta. Una rama trenzada de rojo vivo, suspendida sobre nuestras cabezas.

Las dos comenzaron a recitar en voz baja. No entendí ni una sola palabra. El aire se volvió más denso. La luz titiló. Y entonces Helena alzó una mano, con la palma hacia la sangre flotante, y pronunció con voz clara:

— Ligara per Lumena. Ardyr Pactae.

Las gotas comenzaron a arder.

Sin consumirse.

El fuego era blanco. Silencioso. Vivo.

La rama de sangre flotante se convirtió en una línea de luz que descendió lentamente, tocando mi brazo.

Nym acercó dos dedos encendidos en fuego y trazó una runa sobre la herida. La sangre se fundió con el símbolo. Ardió, brilló, y luego se apagó como si hubiera sido absorbida por la piel.

—Nadie podrá arrancarte lo que aquí se diga —susurró Helena—. Pero si lo traicionas… La runa te lo recordará.

Me miró con una expresión grave, pero no había rabia en su voz. Solo la pena de quien ya ha perdido antes.

—Ahora formas parte de algo que nadie recuerda.

Nym me rozó la frente con sus dedos en silencio, y sentí una chispa. No de dolor. De despertar.

Helena bajó la mirada hacia mi brazo, ahora marcado con un símbolo que no conocía, pero que sentía mío.

—Esto te protegerá, Álex —dijo, más suave esta vez—. No de los monstruos del exterior… sino de los que intentarán corromperte por dentro.

Sus ojos se oscurecieron un segundo. Como si recordara algo terrible.

—Eres más valioso de lo que imaginas. Y ahora que tus poderes crecen… intentarán alcanzarte. Tentarte. Atraerte al Dol.

Nym alzó la cabeza. Me observaba sin moverse, como si viera algo en mí que ni yo conocía aún.

—No confíes en nadie —susurró Helena—. Ni siquiera dentro de Umbrafort.

Me quedé helado.

—¿Qué queréis decir con…?

Helena negó con la cabeza, cortándome antes de terminar.

—No preguntes. Aún no. Solo escucha.

Se acercó. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro que parecía atravesar la esfera mágica.

—No pudimos proteger a tu madre, Álex. A Mónica.

Un nudo se me cerró en el pecho. No sabía si era por el nombre, por el tono… o porque una parte de mí llevaba años necesitando oírla en boca de alguien más.

—Pero te juro que daremos la vida, si es necesario, por protegerte a ti. Óyeme bien, niño —dijo, con la voz temblando levemente—. No estás solo. Y aunque aún no lo comprendas del todo…

Se volvió hacia Nym.

—Eres uno de los nuestros.

No explicó más. No hacía falta.

El aire temblaba. La runa ardía bajo mi piel.

Helena se giró hacia Nym. El silencio entre ambas era como un hilo invisible, tenso y antiguo.

—Ha llegado el momento —susurró Helena—. Tiene que escuchar.

Nym asintió despacio, como si ya supiera lo que vendría. Se colocaron una frente a la otra y alzaron las manos. Las runas del suelo parpadearon, como si despertaran. El aire se espesó, la luz tembló. Una energía ancestral cubrió la sala como una capa invisible.

—Solo así… —murmuró Helena—

—…quizá podamos evitar su fatal desenlace —completó Nym.

Sus ojos se tornaron blancos. Una corriente invisible los envolvió. Y entonces, como si una única voz surgiera de sus dos gargantas, comenzaron a hablar. No recitaban, profetizaban. Y el mundo pareció contener la respiración.

Cuando el fuego dance en el templo del arte,

y la lanza cambie de manos bajo una luna roja,

la ciudad caerá dos veces:

una por traición,

otra por olvido.

Las torres blancas serán profanadas por el Dol,

y la casa de la luz será devorada desde dentro.

La sangre de los fieles empapará el hierro,

y un nombre sagrado será borrado del aire.

La llave se romperá sin romperse.

La llama será dividida.

Uno sin rostro tomará el cetro,

y su corona será de sombra.

Una hermana de agua perderá su voz.

Una hija del fuego perderá su mano.

La arquera quedará sin un ojo.

Y el que todo recuerda… olvidará.

El mártir portará una cruz de carne,

y la hilandera atará con hilos de deseo.

La Orden arderá.

Las espadas caerán.

Y Umbrafort será ceniza.

Vendrán tres, nacidos en tierras dormidas,

cargan en la sangre el hielo, la luna y el vacío.

No nacidos de templo ni juramento,

mas tocados por la llama,

serán grieta… y umbral. Caída… y redención.

Lo que yacía en la sombra abrirá los ojos.

Y los que alzaron la espada por la luz,

serán llamados traidores bajo cielos quebrados.

Sus nombres serán ceniza, sus rostros perseguidos.

Herejes de la vieja llama… portadores de la última esperanza.

Pero aún no todo estará perdido.

Si la bruma canta su nombre

en la lengua de las madres,

si el traidor elige la luz

antes de morir en la orilla,

si el hambre recuerda lo que amó,

y la llave sangra por amor…

…el Abisme no reinará del todo.

Mas cuidado, niño de la herencia rota:

no toda oscuridad viene de fuera,

y no todo lo que arde… quiere ser salvado.

Ella lo llamará por su nombre verdadero.

Le ofrecerá un trono de eco y ceniza.

Si no aparta la mirada de sus ojos antiguos,

la llave se abrirá… desde dentro.

El silencio que siguió fue tan profundo que sentí el peso del aire en los pulmones. Como si el mundo entero hubiera dejado de girar por un instante. Las runas del suelo se apagaron poco a poco, una a una, hasta que solo quedó la tenue luz del círculo.

Nym fue la primera en bajar las manos. Sus ojos recuperaron el color, pero su rostro seguía tenso, como si aún escuchara voces que yo no podía oír. Helena respiró hondo, tambaleándose levemente.

—¿Qué… —intenté preguntar, pero la garganta se me cerró— ¿Qué significa todo eso?

Ninguna respondió al momento. Nym se apartó hacia la penumbra de la sala y se quedó inmóvil, como una estatua viviente. Helena se giró hacia mí con lentitud.

—Aún no lo sabes… pero todo lo que eres, todo lo que has sido, ya estaba escrito en las grietas de esta ciudad.

Sus dedos rozaron el símbolo en mi brazo, que seguía ardiendo bajo la piel.

—Tú eres la llave, Álex.

—¿La llave… de qué? —pregunté en un susurro. Por favor decídmelo de una puta vez.

Helena sostuvo mi mirada. Por un instante, pareció que iba a decírmelo todo. A soltar por fin esa verdad que me rozaba desde que crucé las puertas de Umbrafort. Pero entonces negó con la cabeza.

—No puedo responderte aún. No completamente. Si lo hiciera…

Me aparté un paso, como si sus palabras hubieran tenido peso físico.

—¿Y entonces por qué mostrarme esa profecía? ¿Por qué sellar mi brazo? ¿Por qué ahora?

—Porque tu magia está creciendo —dijo Helena—. Porque ya no eres un iniciado. Porque todo se ha precipitado.

Nym se giró entonces desde la sombra. Su voz era suave, pero cargada de gravedad:

—El Dol ya te ha mirado, Álex.

La profecía aún resonaba en mi mente. Palabras imposibles. Imágenes que aún no comprendía.

El Dol. El traidor. El hambre. La llave.Yo.

—¿Y ahora qué? —logré murmurar.

Helena me colocó una mano sobre el hombro, cálida y firme.

—Ahora… una última advertencia.

—Y cuando llegue el momento —añadió Nym desde la penumbra—, recuerda estas palabras.

Helena se volvió hacia las sombras, la mirada perdida en un punto donde el mundo parecía deshacerse.

— Si el lamento del hierro despierta…

no estés junto al hombre grande.

Su batalla no es la tuya. Y caerá.

Debe caer solo.

Porque si el que lidera cae con él,

la tierra se abrirá antes de tiempo.

Solo un cuerpo puede regresar al polvo.

Si dos lo hacen… el mundo se ahogará en sombra.

El aire pareció helarse. Las runas del suelo parpadearon.

—Aún hay esperanza —susurró Nym, como un eco de otro tiempo—.

Si la dama del corazón roto elige la luz…

si no vuelve el rostro cuando llegue la noche…

el final podrá escribirse de nuevo.

Me quedé quieto, con el corazón desbocado.

Y en el centro del pecho, sentí algo moverse.

Un susurro. Un latido. Una advertencia.

El principio del fin… había comenzado.

Helena y Nym alzaron las manos una última vez. Las runas del suelo se apagaron lentamente, como brasas tras el fuego.

La esfera mágica que nos envolvía se resquebrajó sin romperse: se deshizo en hilos de luz que flotaron en el aire antes de desaparecer, como polvo de estrella.

No dijeron nada más.

Ni una palabra.

Ni una mirada.

Helena se giró con su túnica aún flotando levemente, como si la gravedad no pudiera tocarla del todo. Nym la siguió en silencio, deslizándose entre las sombras como un eco antiguo.

Y así, sin despedida, salieron de la estancia. Me quedé allí. Solo.

Había algo en mí que se había abierto. Algo que ya no volvería a cerrarse. Y entonces, en voz baja, no pude evitar murmurar:

—Vaya manera tienen de despertarte en Umbrafort…

Las palabras de Helena y Nym seguían girando en mi mente como hojas atrapadas en un torbellino.

La llave se abrirá desde dentro.

El hombre grande caerá.

El hambre recordará lo que amó.

Me dejé caer sobre la cama exhausto. Me quedé mirando el techo, sin verlo. El silencio era espeso. No sabía si quería gritar, dormir o desaparecer un rato. Pero no podía quedarme quieto. Me levanté con desgana, me quité la ropa sucia que me había puesto antes  y agarré una toalla.