Llum i ombra CAPÍTULO 15 - LA INVESTIGACIÓN
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CAPÍTULO 15 - LA INVESTIGACIÓN

ALEX

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—Hay cosas que no encajan Alex —empezó Román, con voz baja pero firme—.

Fechas borradas. Nombres desaparecidos. Expedientes incompletos.

He seguido el rastro de Olivia, y no soy el único que ha notado cosas raras.

Pero cada vez que pregunto, me dicen que confíe.

Que no pregunte demasiado. Me acerqué. Sobre la mesa, había un listado de iniciados antiguos.

Algunos con tachaduras. Otros con símbolos arcanos que reconocí vagamente: magia de borrado.

—Mira este nombre —dijo, señalando uno: Elias Q.

—¿Quién es?

—Debería decir quién fue. Era brujo. Prometedor. De los mejores. Un día desapareció. Dijeron que murió en misión. Pero no hay cuerpo. No hay acta. No hay rastro. Como él, hay otros tres.

—¿Y crees que…?

—Creo que alguien dentro de la Orden está permitiendo que el Dol se lleve a los suyos. O algo peor. Que lo está alimentando.

El frío que sentí entonces no venía del pasillo.

—¿Y qué se supone que vamos a hacer con esto?

Román se giró hacia mí. Su expresión se había endurecido, pero su voz fue suave.

—Si algún día no vuelvo… quiero que tú sigas con esto. No te fíes de todos, Brusc. Ni siquiera de los que más respetas.

Me acerqué un poco más. Mis ojos recorrían cada papel, cada nombre. Y entonces lo vi. En la esquina superior de uno de los documentos, a medio quemar.

—¿Qué hay de Olivia? —pregunté, señalando la ficha con cuidado, como si temiera que se deshiciera bajo mis dedos.

Román suspiró. Se notaba que llevaba tiempo esperando que alguien hiciera esa pregunta.

—La enviaron a Lisboa hace un año. Misión de bajo riesgo, según dijeron.

Su comando y ella estaban siguiendo el rastro de un pequeño clan de vampiros que estaba violando el Pacto de Equilibrio entre especies.

Habían empezado a alimentarse de sensibles a la magia y practicaban todo tipo de perversiones en las catacumbas de Alfama.

—¿Y?

—Y desaparecieron. Encontraron a su comando degollado en un edificio abandonado cerca del Tajo. Ni rastro de Olivia. Ninguna señal de lucha. Solo sangre…

Un escalofrío me recorrió la nuca. Guardé silencio, observando las marcas que decoraban el documento de Olivia. La tinta parecía haberse deformado, como si alguien hubiera intentado borrar su existencia del papel… y del recuerdo.

—¿Desde cuándo llevas con esto, Román?

—Desde antes de que el Dol entrara en nuestras vidas con tanta fuerza.

He seguido el rastro de más de diez miembros de la Orden que desaparecieron sin explicaciones claras.

Brujos, templarios, cazadores… Algunos iniciados, otros veteranos.

A todos les cubrieron con versiones oficiales.

Pero cuando Aitor se fue, cuando lo vi mirar con esos ojos vacíos, supe que algo más grande estaba ocurriendo.

Se incorporó y se apoyó en la mesa con los brazos tensos, como si contuviera un grito desde hacía meses.

—Conozco a Roco desde hace años y he entrenado con Aitor muchas veces antes de que entrara en la orden. Sé cómo piensa, cómo siente. El Dol nunca le había tentado. Nunca. Hasta que alguien —o algo— lo empujó desde dentro.

—¿Entonces estas seguro de que fue la Orden?

Román no respondió al instante. Su mandíbula se marcaba con fuerza. Después negó con la cabeza, pero no con certeza.

—No toda. Pero sí alguien que se esconde bajo su manto. Alguien que conoce los pasillos, los sellos, las cámaras donde guardamos lo que debería estar enterrado.

—¿Y qué vas a hacer?

Román alzó la vista y por primera vez vi una llama clara detrás de sus ojos. Determinación pura.

—Desde que Annia y yo estamos juntos, le juré que encontraría a su hermano. Y no pienso romper esa promesa. Por los cimientos de esta Orden, juro que encontraré a Aitor. Estoy cada vez más cerca. Solo necesito tiempo… y aliados que no miren hacia otro lado.

—Déjame ayudarte —dije al fin, sin pensarlo demasiado.

Román levantó la mirada de los papeles. Sus ojos, por un instante, dejaron de ser los de un cazador y fueron los de un amigo.

—Gracias, amigo —murmuró, antes de acercarse y abrazarme. No era un gesto grandilocuente, sino uno sincero, apretado, como si llevara semanas necesitando hacerlo—. Mañana, a la misma hora, aquí. Seguiremos con la investigación. Y si puedes… hazme un favor.

Me separé un poco, esperando.

—Habla con Annia. Le consolará saber que tiene más gente cerca. Desde que perdimos a Aitor se hace la dura, entrena como una condenada… pero está sufriendo. Tengo miedo de que el Dol aproveche ese dolor y entre en ella —Su voz se quebró apenas—. Descansa, amigo mío.

Asentí. Ya en el umbral, me giré una última vez.

—Sé cómo se siente —dije en voz baja—. Desde que se fue Rui… no hay día que no me despierte con ese vacío. Con el eco de todo lo que no dijimos.

Román no respondió, pero su mirada fue suficiente. Una comprensión sin palabras, rota y leal, como solo puede nacer entre dos que han perdido.

Caminé de vuelta a mi cuarto, con el corazón más agitado que cansado.

Sabía que no podía hacer mucho. No tenía respuestas, ni experiencia, ni el control de mi magia.

Pero sí tenía algo: la certeza de que iba a ayudar a Román.

Porque en medio de todo aquel caos, de las traiciones, los secretos y el Dol…

Él se estaba convirtiendo en el hermano mayor que nunca tuve.

Y yo no iba a fallarle. Me dormí con esa promesa clavada en el pecho. El sueño me venció sin pesadillas.

Y entonces, los golpes.

Dormía profundamente cuando los golpes sacudieron la puerta con una urgencia brutal.

—¿Es que hay alguna cláusula en Umbrafort que prohíbe dormir ocho horas seguidas?

Me levanté a trompicones, con los ojos pegados y el cuerpo aún atrapado en las sábanas. Abrí la puerta medio desnudo, en gallumbos y despeinado, esperando ver a Cass o a Román con alguna excusa estúpida.

Pero no.

Delante de mí estaba Helena de Valdombra.

Y detrás de ella, como una sombra que no se ve, pero se siente, Nym la Silente.

—Maestra… —balbuceé, con la voz ronca—. En serio, creo que no he dormido más de seis horas seguidas desde que llegué a Umbrafort. El entrenamiento es dentro de dos horas. ¿Ha pasado algo?

Helena me observó de arriba abajo con esa mezcla suya de juicio y ternura.

—Brusc, vístete.

Avanzó sin esperar respuesta, como si mi habitación también le perteneciera. Su capa acarició el suelo al pasar junto a mí. Y fue entonces, cuando el aire pareció tensarse.

—Claro, maestra, adelante —murmuré mientras buscaba a tientas mis pantalones—. No hay nada como empezar el día medio desnudo y con visitas ilustres.

Helena no respondió. Ni falta que hacía. Su silencio era peor que cualquier reproche. Me vestí a trompicones, intentando que mis manos funcionaran a la misma velocidad que mi cerebro.

Nym entró en silencio. Como un eclipse. Como un secreto. No dijo nada, pero bastó su mirada para despertarme del todo.

—¿Qué… qué pasa? —pregunté, poniéndome la camiseta más cercana.

Helena se detuvo frente a mi escritorio, donde aún quedaban restos del boceto de símbolos que había dibujado semanas atrás.

—El Consejo ha sido convocado.

Y tú, Álex Brusc… estás invitado.

—Pues qué honor —dije, aún con el sueño pegado a los párpados—. ¿Tenemos que ir ya? ¿Tengo que ponerme traje o…?

—Álex —la voz de Helena fue tan cortante como el filo de una daga—. No es ninguna broma.

Me enderecé de golpe, la camisa a medio abrochar, el corazón un poco encogido.

—Perdón, maestra. Son las horas… Me vuelvo más tonto de lo normal.

Nym seguía ahí, inmóvil. Como si su sola presencia bastara para vaciar el aire.

—El Consejo es aquí. Y ahora —dijo Helena sin levantar la voz, pero con un peso que pareció retumbar en las paredes.

Sin previo aviso, alzó una mano con los dedos extendidos. La puerta se cerró de golpe, como empujada por un viento invisible, y el pestillo se deslizó solo, sellando la habitación con un chasquido seco.

Helena inclinó apenas la cabeza hacia Nym.

—Hermana —murmuró.

Nym, sin pronunciar palabra, dio un paso más hacia el centro. Se colocaron frente a frente, y durante un breve instante, se miraron como si se reconocieran desde otro siglo.

Sus voces se unieron en un murmullo antiguo. Un cántico bajo, vibrante, que parecía resonar directamente en los huesos:

— Per umbrae, lumen manae. Per verae, silentor nascir.

Sus manos dibujaron arcos en el aire, como si tejieran con luz. Hilos dorados y azul oscuro emergieron de sus dedos, entrelazándose como una telaraña viva. Una esfera comenzó a tomar forma, primero translúcida, luego densa, palpitante. El aire cambió. Todo cambió.

A mi alrededor, el mundo se apagó… o se suspendió.

No había sonido más allá del latido de mi corazón. Ni el leve zumbido de las lámparas, ni el crujir de la madera, ni siquiera mi propia respiración. Todo se había silenciado.

Estábamos dentro de una caja mágica. Un santuario de quietud tallado en luz.

Helena me miró, y por primera vez, su voz sonó casi maternal:

—Ahora, nada ni nadie podrá oír lo que vamos a decir.

Nym alzó el mentón. En su silencio había algo solemne. Como si cada movimiento suyo fuera parte de un ritual olvidado.

—Esto no forma parte de tus entrenamientos, Álex. Ni de tus deberes como iniciado — dijo Helena.

Sus ojos brillaban con una intensidad extraña. Y por dentro, algo me decía que, al salir de esa burbuja mágica, ya no sería el mismo.

Helena me miró fijamente.

—Lo que vamos a decir no debe salir de aquí, Álex. Jurámelo. Ahora.

—Lo juro —respondí, sin dudar.

—No —dijo, acercándose un paso más—. No basta con palabras.

Nym alzó una mano. De entre sus ropajes oscuros extrajo un cuchillo pequeño, curvo, de hoja translúcida. No era acero. Parecía hecho de cristal vivo, y latía con un pulso propio, como si respirara.

—Extiende el brazo —ordenó Helena, sin apartar los ojos de los míos.

Tragué saliva. El corazón me golpeaba el pecho. Pero lo hice. Lento. Con miedo. Con la certeza de que estaba cruzando un punto de no retorno.

Helena alzó la otra mano sobre mi brazo extendido. Cerró los ojos y comenzó a recitar, despacio: