CAPÍTULO 14 – EL CONSEJO #3
Cass parpadeó. El escudo titiló, y luego estalló en un destello suave que se deshizo en partículas de luz.
—¡Alex! —dijo, llevándose la mano al pecho—. Me has asustado. ¿Desde cuándo estabas ahí?
—No mucho —mentí, aún fascinado—. Eso que estabas haciendo… ¿era un escudo?
—Una variante, sí. Maite me enseñó a reforzarlos con intención emocional. Las clases con ella de magia del ferro me estan ayudando mucho. Es una gran maestra. Cuanto más fuerte es el motivo por el que quieres proteger… más aguanta.
Me miró, y su sonrisa fue pequeña, pero real.
—¿Vienes a distraerme o vienes a desahogarte? —preguntó, bajando las manos, aún cubiertas de brillos azules.
¿Así recibes siempre a las visitas? —bromeé, cruzando los brazos como si viniera a regañarla—. Vengo en son de paz. Sin hechizos. Bueno, sin hechizos potentes.
Cass sonrió, ladeando la cabeza.
—Eres tonto.
—Lo sé. Pero ahora también soy un poco más brujo que ayer, ¿te lo puedes creer?
—¿Ah, sí? ¿Qué tal hoy con Helena? —preguntó, alzando una ceja con escepticismo teatral—. ¿Y qué gran proeza mágica has conseguido hoy, oh joven aprendiz de la Bruma?
—He luchado contra una planta carnívora. Bueno… una maceta. Pero casi me devora. Helena la usó como látigo. No me juzgues.
Cass soltó una carcajada, de esas que alivian el pecho.
—Eres un tontorrón. Pero me alegra verte así.
—¿Así cómo?
—Con algo de vida en la mirada.
Nos quedamos callados unos segundos. Un silencio distinto, cómodo, como si por un momento el mundo dejara de gritar.
—Cass... —dije, sentándome en el suelo, junto a su cama. Me dejé caer con las piernas cruzadas y apoyé la espalda contra el colchón—. ¿Tú también crees que hablaban de mí en el Consejo? Si de verdad soy una Llave... ¿qué se supone que abro?
Cass permaneció en silencio. No respondió enseguida. Solo me miró, como si supiera que aún no había terminado. Bajé la vista hacia mis manos.
—Hay algo que no te he contado.
Tragué saliva.
—Hace dos meses me encontré con el Mártir Rojo. Bueno... más bien él me encontró a mí.
Levanté la cabeza.
—Me dijo que sangraría. He tenido varias visiones. Sueños. Recuerdos que no son míos. Y todos terminan igual.
Hice una pausa.
—Siempre hay sangre.
Mis manos comenzaron a temblar.
—Todos hablan de la Llave.
La miré a los ojos. Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y si todo esto empezó por mi culpa
Ella no respondió al instante. Se sentó en el borde de la cama, despacio, como si no quisiera romper algo frágil. Las runas azules aún danzaban en su piel, como un eco de todo lo que habíamos vivido.
Sin decir nada, llevó una mano a mi pelo y empezó a enredar los dedos con suavidad entre los mechones.
—Sí creo que hablaban de ti—murmuró al cabo de un rato—. Pero no eres solo la llave, Álex. Eres tú. Con todas tus rarezas, tus preguntas, tus tonterías. Y eres fuerte, aunque aún no lo veas. Y eres mi amigo. Lo averiguaremos juntos.
—No lo soy. No soy fuerte. Solo finjo bien. —Apoyé el mentón en las rodillas, sintiendo cómo el calor de su mano en mi pelo me anclaba al presente—. Desde que Rui se fue… siento como si algo dentro de mí estuviera roto. Y encima, todo esto… los arcontes, el sello, el Monarca. Monica…
—Eh. —Me acarició la cabeza con un gesto protector, casi maternal—. No tienes que tener todas las respuestas hoy. ¿vale? No tienes que llevar esta carga tu solo. Me tienes aquí. Solo no desaparezcas.
—¿Lo dices por la batalla contra la maceta? Te juro que lo tengo controlado.
Cass soltó una carcajada, de esas que alivian el pecho.
—Me haces reír Alex Brusc. —Y siguió acariciándome el pelo, como si ese gesto fuera la única magia que aún podía salvarnos.
—Prométeme que si el mundo se rompe… seguiremos siendo nosotros —dije, sin moverme.
—Prometido. —Su voz fue casi un susurro.
—Solo si tú tampoco desapareces.
—Nunca. Aunque tenga que protegerte del mundo entero.
—Bueno, basta de hablar de mí —dije alzando la cabeza para mirarla—. Me vas a contar ya lo que traes con Sonie, ¿o tengo que arrancártelo con un hechizo de la Casa del Cotilleo?
Cass resopló, pero no pudo evitar sonreír. Se le encendieron los ojos de golpe, como si solo esperara permiso para contarlo.
—Eres idiota —dijo, dándome un pequeño empujón en la frente con dos dedos.
—Y tú estás enamorada —canturreé con una voz burlona—. ¡Ay, Sonie, Sonie, mi guerrera de fuegooo!
Cass se echó a reír, y el sonido fue tan cálido que por un momento se me olvidó todo lo demás.
—No estoy enamorada… —empezó, pero ya tenía la sonrisa de quien no puede ocultarlo—. Pero me gusta. Me gusta de verdad, Álex. Es tan intensa y brillante que cuando está cerca siento que el mundo se enciende un poco. ¿Sabes lo que quiero decir?
—Perfectamente. —Asentí, sin necesidad de fingir.
—Y no me mira como si yo tuviera que ser alguien que no soy. Me mira como si ya lo supiera todo de mí… y aún así eso le gustara.
—Entonces, Cass… —me incorporé y le tendí el meñique—. Prométeme que, cuando todo esto acabe, me dejarás ser el padrino de vuestra boda.
—Calla, pesado —rió—. Pero vale. Solo si tú llevas un traje horrible y das un discurso cursi que me haga llorar.
—Trato hecho.
Y durante ese instante, los dos reímos como si el mundo aún no se estuviera cayendo a pedazos. Nos quedamos en silencio unos segundos, cómodos. Pero entonces su expresión cambió un poco. Se puso de perfil, como si dudara antes de decirlo.
—Hablando de cotilleos… he visto a Román y a Annia.
—¿Juntos?
—Muy juntos. No sé si hay algo, pero me haría mucha ilusión. Más parejas en Umbrafort, más amor en medio de tanto apocalipsis —dijo con gesto dramático—. Ya sabes que soy una romántica empedernida.
—Lo sé —asentí, sonriendo.
—Y menos mal, la verdad. Porque Annia… está distinta. Lleva días entrenando como una loca. No habla con nadie, se encierra en la sala de armas, y no sabes cómo suenan los impactos cuando entrena sola. Como si estuviera peleando con sus demonios.
La imagen me dejó un regusto amargo. Aitor. Todo lo que había perdido.
—¿Y Román?
—Ese también está raro. Lo he visto salir de zonas restringidas. A veces se va solo. Me da mala espina.
Me incorporé un poco, dejando que mis piernas tocaran el suelo.
—¿A dónde?
—No lo sé, Álex. Pero si alguien puede sonsacarle algo… eres tú que eres su amigo.
Me volví hacia ella y sonreí.
—Pues voy a hacer de detective. A lo mejor descubro que está enamorado de mí también.
—¡Idiota! —rió ella—. Anda, vete ya antes de que me dé por lanzarte un hechizo en la frente.
Salí de la habitación con una sonrisa suave, pero la inquietud se me quedó pegada al pecho. Algo en lo que había dicho me rondaba con fuerza. Annia entrenando como si el mundo se acabara. Román entrando en zonas restringidas.
Los pasillos de Umbrafort estaban en silencio. Giré hacia el ala de archivos debía pasar por ahí para poder llegar a la habitación de Román. Fue entonces cuando vi una luz encendida al fondo. Una puerta entreabierta. Me acerqué en silencio.
Dentro, Román estaba solo, inclinado sobre una mesa llena de mapas, hojas sueltas y documentos marcados con tinta roja. No me vio llegar. Sus ojos se movían rápido, de una nota a otra, con una concentración casi febril.
—¿Sabes que tienes alma de espía? —dije desde la oscuridad del pasillo.
Román alzó la cabeza de golpe, visiblemente tenso. Durante un segundo pareció buscar excusas, pero luego resopló, como si se rindiera.
—Soy un cazador y tu no deberías estar aquí, Álex.
Entré igual, cerrando la puerta tras de mí.
—Tampoco tú, por lo que veo.
No respondió. Solo se quedó en silencio, como si estuviera decidiendo si confiar en mí o no.
—¿Qué estás investigando? —pregunté, más serio esta vez.
Román bajó la mirada hacia una hoja donde se repetía el mismo nombre: Olivia Vessant.