CAPÍTULO 14 – EL CONSEJO #2
—Por eso casi os extinguieron —añadió Helena, apenas en un susurro—. Porque no podían controlaros. Porque ni siquiera la Orden podía entenderos del todo. Porque en cada uno de vosotros, Brusc… duerme una grieta del mundo.
—Bueno… y podemos manipular la bruma, ¿no? —pregunté, con una media sonrisa, intentando encontrar algo más concreto a lo que aferrarme.
Helena soltó una risa suave, casi maternal.
—Sí, Álex. Entre otras muchas cosas, domináis el viento, la bruma…
y, como te he dicho, el tiempo. ¿Querías ir al grano?
Muy bien —dijo Helena, poniéndose de pie.
Se acercó a una esquina de la sala, donde el polvo formaba una leve capa sobre las piedras—.
Entonces prepárate para escuchar lo que no suena.
La seguí. El fuego seguía palpitando a nuestras espaldas.
—Esta sala fue usada durante siglos por los iniciados de la Casa de la Bruma —explicó—. Aquí se sellaron pactos. Se hicieron confesiones. Se murieron algunos secretos. ¿Y sabes qué ocurre cuando algo poderoso se repite lo suficiente en un lugar?
Negué con la cabeza.
—La Bruma lo recuerda.
Extendió su mano hacia el aire vacío. Cerró los ojos.
Y entonces lo vi: la niebla comenzó a filtrarse desde las grietas del suelo, suave, como vapor antiguo que despertaba.
No tenía color, pero sí textura: densa y brillante, como si flotara entre dos realidades.
Rodeó a Helena en espirales lentas, danzando al ritmo de su respiración.
— Bruma dormae, Bruma saphir,
ostera l'ecor vivens en petrae.
Susurró las palabras con voz firme. Y la sala cambió.
Una figura translúcida apareció junto al muro: una mujer encapuchada, hablando en voz baja con otra sombra.
No se les oía, pero sus gestos eran intensos, casi desesperados.
En el centro de la sala, dos iniciados cruzaban las manos como si juraran algo.
Un brujo más viejo alzaba una copa. El ambiente olía a incienso, a lluvia, a un momento que ya no existía.
Yo contuve el aliento. Todo desapareció en unos segundos.
Helena me miró de reojo.
—La memoria está aquí. En cada lugar, en cada persona y en cada objeto. Solo debes aprender a verla.
—Hace unos días tuve una visión del pasado al tocar un viejo relicario. Estaba convencido de que había encontrado mi don único.
—No, Álex. Era la Bruma. Tu magia está despertando. Pronto podrás dominarla.
—¿Puedo intentarlo? —pregunté. Sentía la piel vibrarme de pura expectación.
Ella asintió. Me arrodillé. Puse la mano sobre el suelo frío.
—Respira con el lugar —me dijo—. No impongas tu magia, deja que fluya. Y no busques lo que quieres ver. La Bruma enseña lo que quiere enseñarte.
Intenté imitarla. Respiré. Cerré los ojos. Pensé en la piedra, en el polvo, en todas las cosas que esa sala había visto y yo no. Murmuré el mismo verso, sintiéndome estúpido al principio:
— Bruma dormae… Bruma saphir…
ostera l'ecor vivens en petrae.
El suelo se enfrió. Una vibración me recorrió los brazos. Vi algo, solo por un instante: una figura sentada en el rincón, con una pluma temblorosa entre los dedos. Era una mujer, y lloraba mientras escribía. Sobre el papel… reconocí un nombre. Mónica Brusc.
Abrí los ojos de golpe. Helena me observaba en silencio. No dijo nada. Caminó despacio hasta mí, con esa calma que siempre parecía estar cargada de algo más profundo. Se arrodilló a mi lado.
—¿Lo has visto? —preguntó en voz baja.
Asentí, aún sin atreverme a decir lo que había reconocido.
Ella alzó una ceja, satisfecha.
—No has necesitado un conjuro como yo. Ni catalizador. Ni mi ayuda. No has llamado a la Bruma… la Bruma te ha respondido a ti.
La miré, sin comprender del todo.
—Tu magia Brusc. Crece incluso mas rápido de lo que creía.
Puedes ver lo que otros han olvidado. Leer el tiempo impreso en la piedra, en un objeto, en un gesto. Con el tiempo, si aprendes a dominarlo, no sólo verás el pasado. También sabrás cuándo se rompió algo. Qué lo marcó. Y tal vez… llegues a ver lo que aún no ha sucedido.
Tragué saliva.
—¿Eso es… ver el futuro?
—Es algo más complejo —respondió con una sonrisa leve—. El futuro no está escrito… pero la Bruma lo sueña. Y tú puedes aprender a escuchar sus sueños.
—Maestra… —dije al fin, mientras la visión se deshacía como humo en el aire—. Quiero aprender a dominarlo. Quiero entenderlo. Usarlo.
Helena me observó durante unos segundos. En sus ojos no había impaciencia, solo una tristeza serena, como si supiera lo que vendría antes de que ocurriera.
—Todo a su debido tiempo, Brusc. Todo a su debido tiempo.
—Pero…
—Ahora no necesito a un clarividente. Necesito a un guerrero. —Se incorporó—. Quiero que uses la Bruma para combatir. No solo para ver. No solo para recordar. Necesito que sepas atacar.
Fruncí el ceño.
—Pero Arnau ya nos da clase de magia menor.
—No hablo de hechizos básicos—me cortó—. Hablo de esto —alzó un dedo al cielo, y la luz de la sala se quebró. De una de las macetas que decoraban la estancia brotaron raíces negras, como serpientes de tierra húmeda—.
Las raíces se retorcieron y se alzaron en el aire, como si obedecieran su respiración.
—Brusc, los de la Bruma tenéis un vínculo con el mundo que no se enseña. Se escucha. Se siente. No puedes empuñar la Bruma como si fuera un látigo… a menos que te permitas dejarte llevar por ella.
Se apartó, dejando el centro de la sala vacío, y murmuró:
—Venthar, pulsae.
Nebrae, armae.
Tempor, retrava.
La Bruma se arremolinó a su alrededor, envolviendo su brazo como una cinta gris y viva. Luego, con un gesto seco, la lanzó hacia mí.
Me agaché justo a tiempo. El impacto estalló contra el muro, dejando un corte de escarcha en la piedra.
—Ahora tú.
—¿Qué? ¿Así, sin más?
Helena alzó una ceja.
—La Bruma ya te ha elegido, Brusc. Lo que falta… es que tú la elijas a ella, confío en ti mi joven brujo
Inspiré. Cerré los ojos. Busqué esa presión detrás del esternón, esa niebla tibia que siempre parecía latir como una criatura dormida.
—Venthar, pulsae.
Nebrae, armae…
La sentí. Se movió en mis venas. Como un escalofrío.
Extendí el brazo, y la Bruma emergió. Torpe. Titubeante. Pero real.
Un hilo de niebla se alzó desde mi palma, temblando como un animal asustado.
— Tempor, retrava.
Entonces Helena contraatacó. Las raíces volvieron a agitarse, buscando atraparme.
Moví el brazo con brusquedad, y el látigo de bruma cortó el aire. Un latigazo. Uno real. Rompió las raíces en el aire, y me dejó jadeando.
Ella sonrió.
—Vas entendiendo.
—¿Lo has hecho a propósito? ¿Lo de las raíces?
—¿Qué crees?
—Que disfrutas dándome sustos.
—Y tú, Brusc… disfrutas sorprendiéndome.
Helena dejó caer la mano y las raíces se deshicieron en un suspiro de tierra. La Bruma se disipó entre nosotros como una cortina que se desvanece al final del acto.
—Brusc —dijo entonces, ajustándose el abrigo con la calma de quien siempre tiene la mente en otro lugar—. Tengo que irme. Hay asuntos más urgentes que requieren mi presencia.
Sus ojos, tan antiguos como el propio Umbrafort, me sostuvieron un segundo más.
—Espero que sigas entrenando aquí hasta la próxima sesión. No bajes la guardia. No con lo que se avecina.
Asentí en silencio. Sabía a qué se refería. Lo había escuchado en el Consejo. Lo había visto con mis propios ojos. En Olivia. En Aitor. El Dol seguía creciendo. Y con él, una guerra se acercaba.
Ella se giró, y antes de cruzar el umbral, añadió sin volver la vista:
—La Bruma ya te responde. Ahora haz que te respete.
Cuando la puerta se cerró tras ella, la sala quedó sumida en un silencio espeso, cargado de la energía que aún vibraba en el aire.
Apreté los puños. Estaba avanzando. Mi magia crecía.
Cada día controlaba mejor la magia menor y la Bruma empezaba, por fin, a responder a mi llamada.
Pero una punzada de frustración me golpeó de repente.
Mierda. No había hablado con Helena. Todas las preguntas seguían atrapadas en mi cabeza.
¿Quién había sido realmente mi madre? ¿Cómo era posible que conociera a Rui?
¿Por qué Rui me había protegido desde el principio?
¿Y qué demonios era yo para estar en el centro de todo aquello?
Había tenido a la única persona que parecía conocer las respuestas delante de mí...
Y la había dejado marchar sin hacer una sola pregunta.
Recogí la toalla del respaldo del banco, me sequé el sudor que chorreaba por todas partes y salí en busca de Cass. Necesitaba hablar con ella. Y, aunque no lo admitiría en voz alta, necesitaba verla. Su voz. Su risa. Su forma de ver el mundo como si aún quedara esperanza.
Caminé sin pensar, con el pecho apretado y la mente dando vueltas a cada palabra que había escuchado en el consejo. Umbrafort ya no se sentía como refugio. No esa noche. Todo parecía envuelto en una calma forzada, como la que precede a las tormentas.
Avancé por los pasillos de Umbrafort sin rumbo fijo, dejando que mis pasos decidieran por mí. La voz de Helena seguía resonando en mi cabeza: “El Monarca cruzará. Y antes… sus arcontes.”
Una parte de mí quería gritar, otra solo necesitaba… no estar solo.
Subí las escaleras hacia la zona de iniciados. Las luces tenues parpadeaban con ese temblor eléctrico que Umbrafort mostraba cuando algo se alteraba. Como si los nervios del edificio estuvieran al descubierto.
Me detuve frente a la puerta. Dudé. Pero el silencio era peor que cualquier rechazo. Toqué dos veces. Nada. Esperé unos segundos y empujé la puerta con cuidado.
—¿Cass?
El sonido fue lo primero. Un zumbido tenue, como un susurro que vibraba en el aire. Luego, la luz. Azul. Cálida y brillante. Como un dibujo en movimiento.
Cass estaba en el centro de la habitación, con los ojos entrecerrados y las manos alzadas.
Frente a ella, un escudo de energía etérea flotaba, girando lentamente sobre sí mismo como una constelación viva.
Líneas arcanas se dibujaban y se deshacían con cada respiración suya.
Era hermoso. Como si el aire se hubiera convertido en cristal líquido.
No quería interrumpirla, pero al dar un paso, el suelo crujió.