Llum i ombra CAPÍTULO 14 – EL CONSEJO
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CAPÍTULO 14 – EL CONSEJO

ALEX

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Estaba en la cama, con los nudillos aún marcados por la tensión del combate, solo podía pensar en las palabras de Aitor, en la sonrisa de Olivia al desaparecer por el portal, y en la forma en que Annia gritó su nombre como si algo se hubiera roto para siempre.

Fuera, Umbrafort respiraba con una calma falsa. Como si el aire hubiera cambiado, más espeso, más denso, más lleno de presagios. La sede parecía la misma, pero no lo era. Algo se había fracturado. Y todos lo sabíamos.

Me enteré a primera hora: Edrian había convocado una sesión de urgencia del Consejo. Solo los líderes podían entrar. El resto debíamos esperar… o espiar desde las sombras, como hacía Cass con una habilidad casi mágica.

—Están todos dentro —me dijo, apoyada en el pasillo con el cabello aún húmedo por la ducha—. Tu amiga la templaria ha entrado echando humo. Y la Ancestra lleva ya media hora en silencio, como si el silencio diera más miedo que sus palabras.

Yo asentí, pero mi mente estaba lejos. En la batalla. En el Dol. En Román mirando a Annia con preocupación. En Rui.

Sobre todo, en Rui.

Llevaba demasiado tiempo sin dar señales. Como si el mordisco lo hubiera arrastrado a un lugar donde ni yo podía alcanzarlo.

Cass y yo nos sentamos en el rellano contiguo, justo frente a las puertas del salón del Consejo.

Eran gruesas, de madera negra vetada con plata, talladas con runas que no conseguía entender.

Una grieta minúscula recorría la piedra lateral del marco.

Nos habíamos agachado allí más de una vez para escuchar conversaciones a escondidas. Pero esta vez no era un juego.

Dentro, las voces fluctuaban con el ritmo de la tensión. Silencios densos. Golpes secos. Gritos amortiguados.

—Hemos encontrado a Olivia —dijo Eloi, su tono seco, sin dramatismos innecesarios. Pero el silencio que siguió lo hizo retumbar como un trueno.

—Más bien ella nos ha encontrado a nosotros —corrigió Clara Montalt, y su voz tenía filo de daga.

—¿Olivia? —intervino Gabriel Valls desde el fondo de la sala—. ¿Estáis seguros? Creíamos que había sido asesinada por el Purificador en Lisboa.

—No —dijo Eloi—. Más bien creo que se ha unido a él. Pero no era la misma. No era esa bruja del agua que conocimos.

No era Olivia.

—Pienso cortarle la cabeza en cuanto encuentre a esa traidora —espetó Clara, sin pestañear.

Acto seguido, golpeó la mesa con fuerza.

—¡Y además lo dijo con claridad! —rugió—. Servía al Mártir Rojo. No es una suposición. No es una amenaza vacía. Es una declaración de guerra.

El nombre flotó durante unos segundos entre los muros, como si su sola presencia invocara algo antiguo. Algo que no debía ser nombrado.

—¿El Mártir Rojo? —preguntó una voz pausada, elegante, con un deje inquietante Gabriel Valls, líder de los cazadores.

—No es posible —respondió Edrian, grave, imponente—. Lleva siglos enjaulado por los sellos.

—¿Y si ha cruzado? ¿Ysi el primer sello se ha roto? —saltó Eloi—. ¿Y si el Purificador y el Mártir Rojo son el mismo? La Orden lleva meses siguiéndole la pista al purificador. Cuerpos calcinados. Runas de sangre. Siempre llegamos tarde.

—Los cuerpos calcinados... —añadió Gabriel, más para sí mismo que para los demás—. El Dol ha ido creciendo. Expandiéndose. Propagándose. Está más fuerte que nunca...

Hubo un revuelo de murmullos, opiniones cruzadas, miedo contenido.

Entonces, una voz clara se alzó como un faro entre la confusión.

—Mis compañeros —dijo Helena de Valdombra—. Tenéis razón todos. El Purificador… y el Mártir Rojo son uno. Aquel al que disteis nombre de asesino no es nada menos que el ejecutor de la llama del Dol. El primer sello ha sido fracturado.

Un murmullo se extinguió como una vela.

—La hermana Helena tuvo una visión —añadió la Ancestra, con esa calma que parecía venir desde otro tiempo—. Esperábamos detenerla. Llegar antes de que se cumpliera.

—He contactado con otras Hermanas —continuó Helena—. He recorrido textos que no deberían existir, sellos en manuscritos de Noreldur, mapas calcinados de Inferna. Pero nuestro trabajo… no ha llegado a tiempo.

—Y la profecía es clara:

—La llave está sangrando.

El chico está despertando.

Y con él… su poder.

Los cuatro sellos se resquebrajan.

Uno ya se ha roto.

Uno ya ha cruzado.

El Monarca cruzará.

Y antes… sus arcontes cruzarán el velo.

Caminarán los Cuatro.

Y la oscuridad consumirá el mundo.

El silencio que siguió fue tan espeso que apenas me atrevía a respirar.

—El Mártir Rojo ha cruzado. Por ello el eco del Dol es más fuerte. —concluyó la Ancestra—. El primer sello se abrió cuando…

Una voz al otro lado del pasillo —Cass— se levantó de pronto:

—¿Has oído eso?

—¿Qué? —pregunté, alarmado.

—Nada… —murmuró—. Un susurro, o un eco. Como si alguien más nos escuchara a nosotros.

Volvimos a quedarnos quietos. Dentro, Helena continuaba.

—Álex Brusc es la llave. Y mi presagio es claro.

El suelo pareció temblar bajo mis pies.

—Si el segundo sello se rompe —dijo la Ancestra— ella cruzará. Ella es la mas peligrosa de los arcontes.

—Y el mundo no será el mismo.

Edrian alzó la voz, y por un instante, todo volvió a ser Orden:

—Debemos avisar a las otras sedes. No podemos permitir que el Dol avance. Umbrafort será el centro de contención. Nadie entra. Nadie sale. A partir de hoy… empieza la guerra.

Bajamos las escaleras en silencio, con pasos más lentos de lo normal.

Ni siquiera Cass dijo nada al principio, y eso era raro.

En los pasillos de Umbrafort, las paredes parecían haber encogido.

La piedra, más fría. El aire, más denso.

Todo el mundo caminaba deprisa, como si algo invisible los persiguiera.

Cazadores de la Orden subían armados hacia los portones.

Un grupo de templarios bajaba corriendo hacia el ala este.

En sus ojos brillaba algo que no había visto antes.

No solo miedo. Era preparación. Determinación.

Como si supieran que la guerra había comenzado y ya no hubiera vuelta atrás.

—¿Crees que lo que han dicho es tan peligroso? —preguntó Cass por fin, bajando la voz.

Asentí, sin saber exactamente qué de todo.

Ella se frotó los brazos, incómoda.

—¿Y si lo que ha cruzado no es solo un enemigo, sino… el puto final boss de los brujos ¿Y si el Dol se lleva también lo que somos?

—Cass…

—No pasa nada —respondió enseguida, forzando una sonrisa—. Olvídalo. Solo… prométeme que no te vas a dejar romper. Ni por él, ni por lo que venga.

—Lo intentaré.

Nos quedamos un segundo en ese pasillo, en medio del caos silencioso, mirándonos. Luego, las puertas del ala sur se abrieron con un susurro de piedra antigua.

—Brusc, entra —dijo una voz firme al otro lado.

Era Helena de Valdombra. De pie junto a una lámpara de fuego azul, su túnica se movía como si la brisa la obedeciera. No llevaba joyas, solo una runa tallada en la palma. Sus ojos me escrutaban como si ya supiera lo que había oído, lo que había sentido, lo que aún no sabía que iba a pasar.

—Tenemos entrenamiento —añadió.

Me giré una última vez hacia Cass. Asintió con la cabeza, como si dijera ve. Y entré.

La sala estaba en penumbra, iluminada solo por unas antorchas de fuego azul que no ardía, sino que palpitaba. A veces parecía que sus llamas respiraban. En el centro, una alfombra de seda raída mostraba símbolos antiguos, tejidos en hilos plateados. No reconocía ninguno.

Helena me indicó que me sentara frente a ella. No cruzó las piernas como otras veces, ni preparó objetos rituales. Solo se quedó quieta, con la espalda recta y las manos apoyadas sobre las rodillas, mirándome.

—Respira —dijo—. Que el miedo no te nuble la voz interior.

Lo intenté. Pero todo en mí era ruido. Las palabras del Consejo. El nombre del Mártir Rojo. Rui. Aitor. La lanza. El Dol. Mi pecho estaba lleno de algo que no sabía si era magia… o mis heridas creciendo.

—Maestra —dije al fin, rompiendo el silencio con torpeza—, hay muchas cosas que aún no entiendo sobre la magia.

Helena arqueó una ceja, y una pequeña risa —casi una exhalación— se escapó de sus labios.

—Eso es lo más sensato que me han dicho esta semana.

—Es solo que… no entiendo por qué los brujos de la Bruma estamos casi extintos. Y qué tipo de magia podemos dominar. Qué nos hace tan especiales, realmente.

Se inclinó apenas hacia adelante, sus ojos como espejos tranquilos.

—Mi pequeño brujo… —empezó, con esa cadencia suya, como si cada palabra llevara siglos esperando ser dicha—.

La magia no es una ciencia. No se mide ni se pesa.

Es todo… y es nada. Es lo que canta el viento entre los árboles.

Lo que susurran los huesos de los antiguos.

Lo que arde en el alma cuando lloras en silencio.

La magia fluye a través de nosotros como el agua a través del cántaro, pero nunca es el cántaro…

—Genial —murmuré para mí mismo—. Va a soltarme otro de sus sermones crípticos y voy a seguir sin entender nada…

—¿Perdón? —frunció el ceño con severidad.

—Siento ser tan osado, maestra —me apresuré a decir—, pero… ¿podemos ir al grano? Solo por esta vez.

Helena me sostuvo la mirada durante un largo segundo. Luego suspiró, como si se apiadara de mi impaciencia.

—Está bien, Brusc. Escucha con atención. Cualquier brujo, sea de la casa que sea, puede dominar la magia menor: mover objetos, lanzar hechizos de combate, realizar rituales menores. Pero… los nacidos de la Bruma… sois otra cosa.

Calló un momento. El fuego azul tembló a su alrededor, proyectando su sombra como una silueta antigua, casi espectral.

—La casa de la Bruma antaño fue la más enigmática.

La más temida y reverenciada. Los brujos de la Bruma podéis alterar la materia.

Caminar entre mundos. Escuchar a los muertos.

Tocar lo invisible. Canalizar lo astral.

Manipular el tiempo… si sobrevivís a ello.

Sois los brujos de lo etéreo. Los guardianes del velo.

Me quedé en silencio, sintiendo cómo esas palabras me atravesaban como una verdad antigua que ya conocía, pero que había olvidado.