Llum i ombra CAPÍTULO 13 – LA PRIMERA MISIÓN #4
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CAPÍTULO 13 – LA PRIMERA MISIÓN #4

—¡Deja a Álex Brusc! —gritó Olivia desde el otro lado de la sala—. ¡Lo necesitamos con vida! ¡Coge la lanza!

Aitor se rió.

—Aparta, Bruma.

Y me empujó con un tajo certero. El filo de su espada me abrió el hombro, y el dolor me hizo tambalearme. Caí de rodillas, apretando los dientes.

Aitor se giró hacia la vitrina.

La Lanza de Corvian.

Estaba justo ahí.

Sin pensarlo, rompió el cristal con un tajo y agarró la lanza con ambas manos.

El aire tembló.

Las sombras gritaron.

Aitor se alzó con la Lanza de Corvian en alto. El aire chisporroteó a su alrededor, como si el metal conociera el Dol que lo reclamaba.

—Lo tengo. —Su voz retumbó entre las columnas.

En mitad de la batalla, Olivia la original apareció a su lado, envuelta en humo negro. Las réplicas aún peleaban, pero ella estaba intacta, imponente, sonriendo con los labios manchados de sombra.

—Nos vamos. —dijo, sin mirar a nadie. Su voz era como un susurro que dolía.

—¡Aitor! —gritó Annia desde el otro lado de la sala, la voz rota, las espadas colgando de sus brazos temblorosos—. ¡Eres mi hermano! ¡Vuelve! ¡Por favor… vuelve!

Él se giró un segundo.

Sus ojos brillaron de duda.

Pero Olivia le apoyó una mano en el hombro. Le susurró algo que nadie oyó, y todo atisbo de humanidad se desvaneció de su rostro.

Cass, con el arco en mano, alzó la barbilla hacia ella, desafiante.

Pero Olivia sonrió. Le lanzó un beso lento, con sorna, como una actriz que se despide del escenario.

—Magnífico disparo antes, pelirroja. —dijo, con ese veneno dulce en la voz.

Cass frunció el ceño. Tensó la cuerda del arco.

Pero era tarde.

—¡NOOO! —gritó Clara Montalt, al ver el portal abrirse de nuevo detrás de ellos.

Con un movimiento perfecto, recogió una daga del suelo, la giró entre los dedos y la lanzó con precisión quirúrgica hacia el portal.

—¡Nos volveremos a ver, fulana traidora!

La daga rozó la sombra de Olivia justo cuando ella desaparecía con Aitor entre el vórtice.

Y el portal se cerró con un chasquido seco. Como si la realidad volviera a cerrarse sobre sí misma.

El silencio cayó como un manto tras la tormenta.

Solo quedaban cenizas de sombra desvaneciéndose en el mármol y ese olor denso a pólvora, magia y algo podrido. Mis oídos zumbaban. Mis piernas temblaban. El corazón me latía en el corte del costado, allí donde la espada de Aitor me había alcanzado.

Aitor.

Seguía sin creerlo. Su voz. Su mirada. El portal. El Dol tragándoselo todo.

—¡Annia! —gritó alguien.

Me giré justo a tiempo para verla desplomarse de rodillas.

Sus espadas cayeron con un sonido hueco, y ella…

simplemente… se rompió. Como si se hubiera contenido todo el combate solo para no llorar.

Román llegó hasta ella y la rodeó con los brazos sin decir una palabra.

Se quedaron así, en silencio, como si el mundo no tuviera permiso para tocarlos.

—Lo he perdido… —susurró ella, con la voz hecha polvo—. Mi hermano…

—Todavía no —murmuró Román, sujetándola más fuerte—. Vamos a traerlo de vuelta. Lo prometo.

Tragué saliva. Notaba algo atascado en la garganta. Un nudo espeso. Aitor había sido… uno de los nuestros. Uno de los primeros que me habló en Umbrafort. No era justo.

A mi lado, Sonie llegó envuelta aún en brasas. Sus ojos resplandecían. Fuego puro.

—¿Estás bien? —preguntó, con voz más suave de lo que esperaba.

Asentí, aunque no estaba seguro de que fuera verdad. Seguía viendo su cara. Aitor. Tan cambiado. Tan roto. Y entonces, sin pensarlo, lo solté:

—Aitor dijo que servía al Mártir Rojo.

Un silencio denso se instaló. Incluso las chispas de Sonie se apagaron.

Clara Montalt giró la cabeza como si alguien hubiera activado un resorte en su nuca. Me miró. Fija. Inmóvil.

—¿Cómo has dicho, niño?

—Que… lo dijo. Él… habló de su señor. Del Mártir Rojo. Y de… otros arcontes. Dijo que iban a venir. Que el mundo volvería a ser suyo…

—Mierda santa — exclamo Clara Montalt, con el ceño fruncido—. Tenemos que informar al Consejo. Ya.

Clara no decía nada. Caminó entre los restos de sombra con paso templado, como una general cruzando un campo de guerra. Se detuvo justo en el centro de la sala, con la espada aún en la mano.

—Esto es más grande de lo que pensábamos —dijo, sin girarse—. Vámonos, niños. Y por cierto, hoy lo hiciste bien, Cass. Estoy orgullosa. Pero no te acostumbres.

Cass se quedó congelada. Literalmente.

—¿Me acaba de llamar por mi nombre?

Se giró hacia mí como si le hubieran concedido un milagro.

—Me acaba de llamar por mi nombre.

—¡Y tu estuviste maravillosa! —dijo Cass, aún con el arco en la mano, girándose hacia Clara con los ojos brillantes de emoción—. O sea, no he visto a nadie hacer nada igual. Esa voltereta, ese mortal, esa puntería… eres increíble. Increíble de verdad.

Clara ni siquiera se giró.

—Lo sé —respondió, mientras guardaba la pistola con elegancia—. Cierra la mandíbula, niña.

Me reí. No pude evitarlo. Sonó raro, medio roto. Pero lo necesitaba.

Eloi, con la camisa rasgada y manchas de sombra en el rostro, se llevó dos dedos al pinganillo.

—Inés, soy Beltrán.

Prioridad máxima.

Portal hostil confirmado.

Olivia sigue con vida; ya no es de los nuestros.

Aitor Claramunt, corrompido por el Dol.

La Lanza está perdida. Enviad al equipo de limpieza. Ya.

Pausa.

—Y preparad al consejo. Esta ciudad acaba de volverse aún más peligrosa.