CAPÍTULO 13 – LA PRIMERA MISIÓN #3
—¡Por Umbrafort, maldita sea! —rugió, lanzando llamaradas a las copias.
Varias Olivias saltaron por el aire. Algunas esquivaban. Otras eran alcanzadas y explotaban en humo negro. Pero por cada una que caía, otra aparecía.
—¡Sonie, a la izquierda! —gritó Eloi, lanzando una runa que explotó en destellos de luz cegadora.
—¡Cubridme! —gritó Cass, disparando una flecha encantada que impactó directamente en una de las Olivias, clavándola al suelo con fuerza.
—¡Estoy cubriendo! —respondí, girándome hacia Cass, intentando proteger su flanco.
Pero entonces, Aitor se adelantó. Caminando con paso firme. Desenfundó una espada larga, envuelta en un brillo sombrío.
—Al final sí que tendremos ese duelo de espadas, Bruma —dijo con voz grave.
—Genial. Estaba listo, Claramunt. —Metí la mano en mi bolsillo, cerrando los dedos alrededor del pequeño lápiz metálico.
Lo saqué.
Y al instante, el hechizo se activó: la tinta mágica trazó un círculo en el aire y, en una ráfaga de luz azul, el lápiz se desplegó como un origami arcano, transformándose en mi espada doble con agarre circular. Dios. Bruno es un maldito genio.
—Bonita espada —gruñó Aitor, avanzando con una sonrisa retorcida.
—Es que tengo buen gusto —respondí, alzando el arma.
Las réplicas nos rodeaban. Y entonces todo explotó. Llamas. Sombras. Runas. Acero. La batalla había comenzado.
—¡No dejéis que cojan la Lanza de Corvian! — rugió Eloi por el canal—. Repito: que NADIE toque la lanza.
Y entonces, como si su voz activara un resorte en el aire, estalló el caos.
Clara Montalt fue la primera en lanzarse.
Aterrizó con una voltereta perfecta entre dos réplicas de Olivia, rodó sobre el suelo de mármol, y disparó con precisión quirúrgica una pistola estilizada, negra y plateada, con grabados templarios en el cañón.
Dos disparos. Dos cráneos de sombra reventados.
—Ha llegado la caballería, brujas —masculló, mientras desenvainaba una espada templaria de su espalda.
Sus movimientos eran impecables. Cada paso, una estrategia. Cada giro, una amenaza.
Una de las Olivias se deslizó entre las sombras, rápida como un látigo, y se abalanzó sobre Cass, que no tuvo tiempo de reaccionar. La daga ya iba camino de su cuello.
PUM.
Un disparo limpio. Preciso.
La réplica cayó a sus pies con un agujero en la sien.
—Nadie toca a mi zanahoria —espetó Clara, bajando el arma con calma.
Cass parpadeó, todavía sin aliento. Luego sonrió con incredulidad.
—Soy una zanahoria con suerte, supongo.
—Cállate y apunta mejor —respondió Clara, girando ya hacia la siguiente amenaza.
Se movía como si el cuerpo le pesara la mitad, veloz, letal, elegante.
Cada paso, una danza. Cada giro, un corte limpio.
Se impulsó sobre un banco de piedra y aterrizó con ambas piernas en el pecho de una Olivia, estrellándola contra una vitrina.
Sin dejar de moverse, hizo una voltereta lateral y atravesó a otra de las réplicas por el estómago.
Román y Annia peleaban espalda contra espalda, un torbellino de acero y rabia. Él giraba sus dos hachas como si fueran parte de su cuerpo, derribando a cada Olivia que se acercaba. Ella, con sus dos espadas, cortaba el aire con una precisión feroz, defendiéndolo cuando quedaba expuesto.
—¡Cúbreme el flanco izquierdo! —gritó Annia.
—¡Ya lo tengo! —respondió Román, lanzando un hachazo que abrió a una réplica en dos.
Una tras otra caían a sus pies. Sangre oscura salpicaba las paredes del museo. El mármol temblaba bajo sus pasos.
Sonie avanzaba envuelta en llamas, una antorcha humana desatada. Luchaba codo con codo con Cass, que disparaba flechas encantadas con una puntería letal. Pero la Olivia original las estaba superando.
—¿Quién coño es Olivia? —gritó Cass, esquivando una bomba oscura que estalló contra un pilar.
—¡Una antigua bruja de la orden! —confirmó Eloi entre dientes—. Y no está al nivel de antes.
—¡Ya, ya lo veo! —soltó Sonie, cubriéndose con una muralla de fuego. El calor era abrasador, pero Olivia se lanzaba de frente, sonriendo con crueldad.
Desde la altura, una de sus bombas explotó sobre ellas y ambas salieron despedidas. Cass rodó por el suelo, su arco chirriando. Sonie se levantó de inmediato, con los ojos ardiendo.
—No he terminado contigo, guarra de humo…
Eloi se lanzó como una flecha al centro del caos.
Con un rápido movimiento, separó el bastón de hierro que llevaba a la espalda y desenvainó la espada templaria oculta en su interior.
Giraba sobre sí mismo, golpeando con una furia calculada, fulminando a cada copia de Olivia con una mezcla de fuerza y magia.
—¡Ya llevo diez! —dijo con un jadeo triunfal.
—¡Trece, Beltrán! —bufó Clara por el canal, decapitando a otra de un tajo—. A ver si vas sumando como adulto.
—La calidad importa más que la cantidad, Montalt.
—Claro. Como tus excusas —replicó, disparando a una que intentaba colarse por detrás de Román—.
Chúpate esa, Beltrán: catorce… —disparó de nuevo, certera.
Una réplica más se abalanzó sobre ella. Clara giró sobre sí misma y le cercenó la cabeza de un tajo limpio con su espada templaria—. …y dieciséis.
Se estaban cubriendo mutuamente sin mirarse, como dos campeones de guerra acostumbrados a luchar juntos desde siempre.
Pero no paraban de aparecer.
—¡No dejéis que se acerquen a la lanza! —volvió a gritar Eloi.
Y justo entonces, desde el centro del caos, Olivia alzó los brazos. Un anillo oscuro comenzó a expandirse bajo sus pies. Sonrió con los ojos brillando como carbones encendidos.
—¿Doble ración de mí? Qué generosos.
Y creó más.
Más réplicas. Más dagas. Más muerte.
La batalla ardía a mi alrededor como una sinfonía de fuego, sombras y acero. Clones de Olivia surgían sin parar, dagas en mano, y cada miembro del comando se abría paso como podía. Volteretas. Hachas girando. Llamaradas. Disparos. Magia. Gritos.
Pero yo ya no escuchaba nada. Porque Aitor Claramunt estaba justo frente a mí.
Sus ojos oscuros ardían con una rabia que no tenía nada que ver con el chico que un día compartió comedor conmigo.
Iba vestido con ropas negras, cubiertas de símbolos oscuros y fragmentos de runas deformadas.
No quedaba rastro del iniciado de Umbrafort. Solo una figura marcada por el Dol.
Aitor sonrió con los labios torcidos.
No hizo falta más.
Nos lanzamos el uno contra el otro con un grito sordo en el pecho.
Choque de acero. Chispa de magia. Rabia contenida.
Éramos dos planetas colisionando en mitad del caos.
Mi respiración se aceleró. Él atacaba con furia descontrolada, como si quisiera matarme, y quizá lo deseaba.
Pero yo… yo solo quería que despertara. Que dejara de ser esa cosa oscura en la que el Dol lo había convertido.
—¡¿Por qué, Aitor?! —grité entre espadazos—. ¡Eras uno de nosotros!
—¡Yo sigo siéndolo! ¡Vosotros sois los que no entendéis nada! —rugió, girando sobre sí mismo y cortando el aire a milímetros de mi garganta.
Las espadas chirriaron. Retrocedimos un segundo, jadeando.
Su mirada era una tormenta. Y la mía… un incendio contenido.
—Estáis tan equivocados… —susurró Aitor, con la voz quebrada y la espada temblando en su mano.
—Vuelve con nosotros —dije, jadeando—. Con tu hermana. Con tu familia. ¡Abre los ojos, Aitor, vamos!
Las espadas chocaron de nuevo, y las chispas nos salpicaron la cara. Él arremetió con fuerza, furioso. Yo esquivé de puro milagro, girando con torpeza, sin técnica ni ritmo. Solo instinto.
—¡Protegéis los sellos! ¡Pero ellos van a venir! —rugió—. ¡Y el mundo volverá a ser nuestro!
—¿Ellos quién…? —dije, entrecortado, resistiendo el filo de su espada con la mía.
—Mi señor. El Mártir Rojo. —Escupió las palabras como un juramento.
Tragué saliva.
—¿El… Mártir Rojo?
—Uno de los arcontes del Dol. El fuego que juzga. El castigo de los puros. —Sonrió, y sus ojos brillaron con locura.
Las palabras me arañaron el estómago.
—Ya no está tu vampirito para protegerte, ¿eh? —añadió, venenoso—. ¿Se ha cansado de ti? ¿Te ha dejado tirado como a un trapo sucio?
—Ni se te ocurra mencionar a Rui. —Mi voz tembló, no de miedo, sino de furia—. O te juro que…
—¿Qué vas a hacerme tú, Bruma? ¿Eh? ¿Con tu espadita bonita y tus manos temblorosas?
Y se lanzó sobre mí.
Golpes. Gritos. Sudor. Espada contra espada, una danza de rabia.
No podía seguirle el ritmo. No con su fuerza, ni con su locura.
Tenía que usar la magia. Vamos Alex. Tú puedes.
Sentí algo dentro de mí. Un estallido en el pecho.
Como si mi alma ardiera. Un latido de niebla.
Una ráfaga de Bruma surgió de mis manos —no como un hechizo, sino como una reacción— y empujó a Aitor varios metros hacia atrás, chocando contra una columna con un gruñido sordo.
Yo jadeaba, confuso. Mis dedos aún chispeaban. Y entonces, del caos, una réplica de Olivia apareció corriendo por un lateral, dagas en mano, directa hacia mi pecho.
Vi el destello del acero.
Demasiado rápido.
Demasiado cerca.
Un disparo limpio atravesó la sien de la réplica de Olivia.
Clara aterrizó a mi lado con su pistola aún humeando. Me miró de reojo.
—¿Necesitas ayuda, Brusc?
—No me vendría mal —contesté, aún aturdido.
—Perfecto. Vamos a hacer ensalada de sombras.
Nos lanzamos codo con codo contra un grupo de Olivias.
Clara giró sobre sí misma, disparando con una elegancia letal; yo barrí con mi espada doble, la Bruma deslizándose como humo por mi filo.
Una tras otra, las réplicas caían. Clara rodó por el suelo, se incorporó con una voltereta impecable y decapitó a una sin perder el aliento.
—¿Esto lo enseñan en los templarios? —le solté, esquivando una daga.
—No. Esto lo enseñan los años —contestó, cortando el cuello de otra.
Pero entonces, Olivia original alzó ambas manos. Una explosión de oscuridad estalló entre nosotros. Clara reaccionó al instante: voltereta hacia atrás, dos giros en el aire, y se perdió entre los vitrales rotos y el caos de sombras.
Yo quedé solo.
Y Aitor volvió a cargar.