Llum i ombra CAPÍTULO 13 – LA PRIMERA MISIÓN #2
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CAPÍTULO 13 – LA PRIMERA MISIÓN #2

Cass rodó los ojos. Yo apenas tuve tiempo de suspirar antes de seguirlos por el pasillo, con la mente todavía atrapada en lo que acababa de pasar. Roco y Annia separados. Kaelan fuera. El Dol expandiéndose más allá de Valencia.

Esto ya no era un juego de entrenamiento.

Esto era real. Nos dieron los detalles en un resumen rápido, demasiado rápido.

El objetivo: recuperar una reliquia mágica que había reaparecido de forma misteriosa en una exposición pública.

Una lanza perdida siglos atrás. Recuperada por la orden y custodiada por la sede italiana.

Pero si la Orden se movía con tanta urgencia…

era que no lo era. Ni pruebas. Ni entrenamientos.

Ni supervisión. Esta vez éramos nosotros en acción real.

Una hora más tarde, cruzábamos la entrada principal del Museo de Bellas Artes de Valencia como si no pasara nada.

El mármol blanco del vestíbulo brillaba bajo la luz tenue de las lámparas colgantes.

Todo parecía en calma. Visitantes dispersos, algún guía hablando en voz baja, turistas haciéndose selfies frente a cuadros barrocos. Nada fuera de lo normal.

Cass y yo cruzamos la puerta principal como dos civiles cualquiera.

—No pareces mucho de museos —murmuró, ajustándose la coleta.

—¿Y tú sí? —repliqué.

—Yo parezco buena en todo.

Sonreí de lado, intentando parecer relajado mientras el corazón me latía como un tambor. Llevábamos los pinganillos activados, unos comunicadores de última generación diseñados por Bruno Montalt, el genio tecnológico de la Orden.

—Equipo Uno, en posición —proyecté con calma.

—Confirmado —respondió al instante Eloi, con ese tono de comandante que se le daba tan bien—. No hagáis nada estúpido. Observad primero.

—Tranquilo, comandante Furia del Drama —repliqué sin poder evitarlo—. Estamos paseando. Quédate en tu torre de control.

—¿Puedes ser menos insoportable? —intervino Clara Montalt, tajante.

—Hola, Clara. También es un placer trabajar contigo —dije cargado de sarcasmo.

—Sala tres, ala este. Segunda vitrina a la izquierda. Centraos en la misión, iniciados —ordenó Clara, con voz firme.

—Recibido, señora —dijo Cass, marcando el tono.

Hubo una pausa helada.

—Zanahoria, como me vuelvas a llamar señora te vas a pasar dos meses limpiando las letrinas de Umbrafort —espetó Clara Montalt.

Un estallido de risas llenó el canal.

—Dale tregua, Clara —intervino Román con tono conciliador.

—Tú mejor calladito, musculitos —disparó ella.

Cass se giró hacia mí, susurrando:

—¿Me ha llamado zanahoria?

—Te tiene envidia. Tu pelo es precioso, amiga mía —dije sin apartar la vista del pasillo.

—¿Brusc? ¿Qué has dicho? —saltó Clara, afilada como siempre.

—¡Avanzad! —interrumpió Eloi, impaciente.

Caminamos entre cuadros de santos llorosos, ángeles musculosos y vírgenes con expresión de eterna resignación.

—Vale, pregunta seria —dijo Cass por el canal—. ¿Por qué las vírgenes están siempre tristes?

—Porque saben lo que les espera —respondió Román desde su posición de seguridad—. Hombres con espadas y cero empatía.

—Hablando de espadas… —añadió Annia con tono inocente—. Román, ¿esa que llevas enfundada es tan grande como parece o es compensación?

Silencio.

—Perdón —añadió Cass, riéndose en alto—. Pero eso se tenía que decir, y se dijo.

—Menuda grosería. ¿Estamos aquí para ligar o para salvar reliquias? Aunque si Román ve justo responder… Claramunt ha lanzado una pregunta —bufó Clara, irritada. Aunque sonaba más a “curiosa” que a “molesta”.

—¿Por qué no ambas cosas? —murmuré.

—Uy, Clara Montalt… No me esperaba este tono tuyo —añadió Annia, divertida.

Más risas contenidas por el canal.

—¡Silencio en el canal! —tronó Eloi, con toda su autoridad—. En cinco metros estaréis frente a la lanza. No hagáis ruido. No os acerquéis hasta que demos la señal.

—¿Y si la lanza me da la señal a mí? —pregunté.

—Álex…

—Vale, vale, tranquilo. Estoy contemplando el arte. Respira, jefe.

Cass se aguantó una risa mientras señalaba con la barbilla un cuadro donde un ángel musculoso descendía con una lanza de luz atravesando a un demonio.

—¿No te recuerda a alguien? —susurró por el canal—. Mismo aire de superioridad. Mismo ceño fruncido. Yo diría que es Eloi con alas.

—¿Yo? —respondió Eloi desde su puesto en remoto—. No tengo tiempo para ceños fruncidos. Estoy demasiado ocupado salvando vuestras vidas.

—Nada que ver —dije—. Eloi es más achuchable, créeme.

—Brusc… —advirtió Eloi, sin mucho convencimiento.

—¿Queréis dejar de flirtear por el canal? —intervino Sonie, divertida—. Me estáis poniendo nerviosa.

—No, Sonie, tú relájate, que no quiero verte envuelta en llamas. Mejor que se ponga nerviosa la lanza —repliqué.

—A ver si se va a poner nerviosa también la lanza —añadió Cass, entre risas.

—Mejor que se ponga nerviosa ahora y no cuando me la clave Eloi —murmuré, con todo el descaro posible.

Silencio. Una pausa contenida.

—Brusc… como me la claves tú primero, más te vale no fallar —dijo Eloi con ese tono frío que usaba cuando intentaba no reírse—. Pero céntrate, estamos muy cerca.

Un par de carcajadas se escaparon por el canal. Incluso Sonie dejó escapar un bufido divertido.

—Por favor, Brusc —bufó Clara—. Si hay alguna reliquia con suficiente carácter como para resistirse a ti, seguro que es esa.

Su tono no captaba ni la mitad del subtexto. Pero aún así, seguía clavando la daga con estilo.

—¿Eso ha sido una pulla o un cumplido? —pregunté.

—Depende. ¿Has hecho algo útil hoy?

—Estoy irradiando encanto. ¿No es suficiente?

—No.

—Me duele tu frialdad, Montalt —me lamenté dramáticamente.

—Duele más cuando haces el ridículo —remató Annia—. Aunque admito que tenéis talento para la comedia.

—Eso es porque llevamos días sin dormir y estamos al borde del colapso —añadió Román desde su puesto—. Y aún así, sigo teniendo mejor aspecto que vosotros.

—Román, deja de mirarte en los reflejos de los marcos dorados —le dijo Sonie—. Hay turistas que te han confundido con una escultura del Renacimiento.

—¿Y se han acercado a tocarme?

—Una señora te ha echado una moneda pidiendo un deseo —remató Cass, riéndose.

—Muy bien, equipo. Atención —cortó Eloi, con voz firme—. Tenéis la vitrina delante. No hagáis contacto aún. Esperad mi señal. Algo no me gusta.

Su tono cambió, sutil. Bastó para apagar todas las sonrisas.

La lanza seguía allí, quieta. Encerrada tras el cristal reforzado. Antigua. Perfecta.

Y, sin embargo, algo… vibraba.

Como si el arte hubiera dejado de ser arte.

Como si la historia nos estuviera mirando.

—Vale —pensé, tragando saliva—. Ahora sí empieza la parte chunga, ¿verdad?

—En principio debería ser coser y…

La voz de Eloi se cortó de golpe.

Justo delante de nosotros, en medio del pasillo, un punto negro apareció en el aire. Pequeño al principio. Apenas un temblor en la realidad.

Pero empezó a expandirse. A romperse.

Como una grieta.

—¿Eloi…? —dije, con un nudo en la garganta.

El punto se abrió como una herida en el espacio, desgarrando el aire. Un portal oscuro, ondulante, que parecía sangrar sombra por los bordes.

—¿Clara? —preguntó Cass, tensa—. ¿Estáis viendo eso?

—¡Es un portal! —gritó Eloi desde el canal—. ¡¡Sonie!!

—¡Ya lo veo! ¡Creando incendio! ¡Cubríos, necesitamos una cortina de humo!

—¡Román, Annia, desalojad la sala ya! —ordenó Eloi—. Sacad a los civiles. Que nadie vea esto.

—Recibido —respondió Román al instante, ya en movimiento.

—Cubrid los flancos. No sabemos si van a aparecer más —añadió Eloi con tensión—. Esto no es una visita. Es una emboscada.

El portal seguía creciendo, rugiendo en silencio, como si tragase la realidad centímetro a centímetro.

Algo iba a cruzarlo.

Un chasquido seco. El aire se volvió cálido. A un lado, Sonie alzó las manos y murmuró algo en voz baja. Las llamas estallaron al instante en un punto controlado del techo, activando los sistemas de emergencia. El olor a humo llenó la sala.

—¡Menudo desastre, Beltrán! ¡Menudo desastre! —bufó Clara—. Apagando todas las cámaras en 3… 2… 1…

Y entonces, del portal… algo se movió.

Una silueta emergió como si estuviera nadando entre sombras líquidas. Alta. Desfigurada. Su piel era una mancha oscura, como si el Dol le hubiera mordido directamente el alma.

—¿Me echabas de menos, Bruma? —dijo la figura.

La voz me golpeó en el pecho como una piedra.

—Es… Aitor —dije, sin aliento.

—Y no vengo solo —añadió con una sonrisa torcida.

Del portal emergió otra figura, aún más inquietante.

Una mujer. Su melena suelta caía como fuego apagado sobre los hombros. Su mirada era de una intensidad feroz, casi animal. Llevaba una capa oscura con detalles dorados, y algo en su presencia rompía las leyes de la normalidad. Había algo antiguo en ella. Algo que no estaba bien.

Mi estómago se revolvió.

Cass se tensó a mi lado.

—¿Quién coño es esa tía?

—…Olivia —murmuró Eloi, helado.

—¡Zanahoria, cuidadooo! —gritó Clara.

Pero ya era tarde.

Olivia sonrió.

Y el museo dejó de ser un lugar seguro.

—¡Hermano!  —gritó Annia, que acababa de desalojar a los últimos turistas, vio a su hermano y corrió hacia él.

Aitor ni se inmutó. Simplemente miró de reojo a Olivia.

Ella levantó una mano sin decir palabra y le lanzó una bomba de energía oscura que explotó en el aire como tinta viva. Annia voló hacia atrás y se estrelló contra una columna con un grito ahogado.

—¡Annia! —grité, avanzando instintivamente.

—Vale… ¿cuál es el puto don de esta tía? —bufé.

—Puede multiplicarse —respondió Clara, seria— Beltrán, ¡entramos ya!

Clara y Eloi cruzaron la galería al instante, túnicas agitadas por la corriente mágica. Todo el ambiente vibraba.

—Magnífico —soltó Cass con sarcasmo, tensando su arco—. Doble ración de fulana oscura.

—¿Doble? —repitió Olivia con voz aterciopelada.

Y sin previo aviso, empezó a dividirse.

Una, dos, cinco… ocho.

Réplicas de sí misma comenzaron a rodearnos, todas armadas con dagas encantadas, todas con la misma sonrisa cruel.

—¡Ah, genial! —murmuré.

Una llamarada pasó volando por encima de mi hombro. Sonie apareció envuelta en fuego, sus ojos encendidos de furia.