CAPÍTULO 13 – LA PRIMERA MISIÓN
ALEX
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Golpes secos en la puerta.
—¡Álex! ¡Despierta! ¡Arriba, va, que hay faena! —La voz de Eloi atravesó la madera como una ráfaga de orden.
Me incorporé a medias, con el corazón desbocado.
Tardé un par de segundos en recordar dónde estaba.
Y otros dos en acordarme de todo lo que sentía.
La noche anterior no había dormido bien.
O no había dormido en absoluto. Las imágenes seguían allí, pegadas a mi pecho como un recuerdo húmedo: el relicario, mi madre, Rui…
y ese maldito beso de despedida lanzado por Angélica en mitad del pasillo.
Suspiré. No estaba preparado para nada. Pero eso nunca había detenido a la Orden.
Me vestí a toda prisa, enfundándome el uniforme como si pudiera esconderme dentro. Mientras me ataba las botas, Eloi volvió a golpear.
—¡Te estoy oyendo respirar como un moribundo! ¡Muévete, Bruma, que no vamos a esperar a que conectes con tus chakras!
—¡Ya va, hostia! —respondí, con voz ronca.
Abrí la puerta y me lo encontré allí, con la chaqueta medio abrochada, cara de café sin azúcar y una tableta en la mano donde ya se proyectaban mapas y esquemas.
—Por fin. Te espero en la sala de operaciones. No vengas sin tomarte un café antes, que hoy hay trabajo de verdad.
Y sin más, se giró y se alejó pasillo abajo.
Me quedé un segundo en la puerta, intentando respirar hondo. Pero lo único que conseguí fue tragarme el peso de una certeza: hoy, algo iba a cambiar.
La sala de operaciones parecía un cruce entre una agencia de inteligencia y un templo de guerra. Pantallas flotantes, mapas holográficos, informes proyectados en aire y un leve zumbido que daba la sensación de que el propio espacio pensaba.
Cass ya estaba allí. Me lanzó una sonrisa pequeña cuando entré, pero sus ojos reflejaban lo mismo que los míos: falta de sueño, demasiadas preguntas.
A su lado, Sonie revisaba una tabla con símbolos arcanos.
Román estaba de pie junto a una de las pantallas, con los brazos cruzados sosteniendo dos cafés..
Annia Claramunt estaba sentada al borde de la mesa, con una tablet entre las manos y la mirada cargada de plomo.
Las líneas de su ceño hablaban más que cualquier palabra.
Llevaba el cabello trenzado con precisión militar, pero justo en ese momento, como si algo dentro de ella se resquebrajara o se activara, deshizo la trenza con los dedos y se recogió el pelo en una coleta alta, firme, perfecta.
Como si dijera: “No hay tiempo para sentir. Solo para sobrevivir”.
Román se le acercó desde el fondo de la sala con dos cafés. Sus pasos eran silenciosos, pero su presencia no. La miró como si pudiera ver las grietas bajo el acero.
—¿Cómo estás? —le preguntó en voz baja—. No hemos hablado mucho estos dos meses, como estas con lo de Aitor, quiero decir…
Annia no contestó enseguida. Bajó la tablet sin prisas, como si le pesara más de lo que aparentaba. Se quedaron en silencio. Ella, mirando al vacío. Él, esperando sin exigir respuesta.
—Estoy bien —dijo al fin, aunque su voz sonaba más a trinchera que a certeza—. Ya sabes… cosas de familia.
Se apartó un mechón rebelde con un gesto tenso. Román no insistió. Solo le tendió uno de los cafés, sin decir nada más.
Ella lo aceptó. Y entonces ocurrió.
Una sonrisa. Breve. Dolorosa. Verdadera.
—Gracias —murmuró.
Yo los observé desde la distancia, sin querer interrumpir… pero sin poder dejar de mirar.
Aitor.
Su nombre aún me quemaba por dentro. No sabía dónde estaba. Si seguía vivo. Si seguía siendo él mismo… o si el Dol ya lo había devorado por completo.
No fuimos amigos cercanos. No nos dio tiempo, Pero me había acogido cuando llegue a Umbrafort. Me había mirado con esa clase de dignidad que te hace sentir humano otra vez. Y ahora estaba desaparecido. Corrompido. Solo.
Volví a mirar a Annia. No le había dicho nada.
Ni una palabra desde aquel día. No le había preguntado si necesitaba hablar.
Si quería romper algo. Si quería romperse ella.
Que mierda de amigo que soy. Eso me hizo sentir como una sombra de mí mismo.
Tragué saliva. Aparté la mirada. Justo cuando la puerta se abrió.
Eloi. Se plantó frente al grupo con su aura de comandante natural y carraspeó para hacerse oír.
—Tenemos misión —anunció—. Nivel medio-alto. Operación encubierta.
A su lado apareció Inés Garau, la coordinadora de operaciones, con su chaqueta de cuero, su moño tirante y su eterno gesto de no tengo tiempo para tonterías.
—Esta mañana hemos recibido una alerta mágica desde el Museo de Bellas Artes. Un objeto vinculado al Dol, la Lanza de Corvian, ha reaparecido. Estaba bajo custodia de Inferna. Alguien la ha hecho llegar hasta Valencia. No sabemos si ha sido por accidente o por provocación.
En una de las pantallas se proyectó la imagen de una lanza negra, ornamentada, con runas antiguas en espiral.
—No podemos permitir que quede expuesta —continuó Inés—. Habrá una exposición de reliquias medievales esta tarde. Nuestra misión es entrar, localizar el objeto, sustituirlo por una réplica y salir sin levantar sospechas. Sencillo.
Edrian Albinyana, el líder supremo, apareció desde el fondo de la sala. Su sola presencia bastó para que todos se enderezaran.
—Irá el comando eclipse liderado por Eloi Beltrán —dijo, sin rodeos—. Son los más preparados para moverse sin dejar huella.
Eloi asintió, pero añadió:
—Solicito que venga Cass Beltrán con nosotros. Somos uno menos desde la última prueba, y Cass ya ha demostrado estar lista. Es bruja, su don puede ser útil.
Un silencio tenso.
Desde un rincón de la sala, Clara Montalt levantó la cabeza con el ceño fruncido.
—No pienso dejar que mi iniciada quede bajo la protección exclusiva de tu comando, Beltrán.
—No necesitamos ni tu permiso ni tu supervisión, Montalt. —replicó Eloi, sin perder la calma.
—No voy a discutir esto —zanjó Clara, con una voz que cortaba—. Iré yo también. Y no se hable más.
Un murmullo recorrió la sala. Edrian entrecerró los ojos, valorando.
—Irás —dijo al fin, con tono firme—. Pero dejarás el mando táctico a Eloi. Esta es su operación.
Clara no respondió, pero su mandíbula se tensó.
Bruno Montalt, apoyado en una consola, resopló por lo bajo:
—Uy, tensión familiar en la sala…
Inés lo fulminó con la mirada.
—¿Algo que aportar, Bruno?
—Nada, señora. Feliz de estar aquí.
Edrian retomó la palabra:
—La operación será esta tarde. Preparaos. Esto debe parecer un accidente. Si alguien nota nuestra presencia, abortamos. El Dol no puede olernos.
Y con eso, la reunión terminó para nosotros.
Edrian retomó la palabra:
—La búsqueda de Aitor Claramunt continúa. Necesitamos encontrarlo y averiguar su conexión con el Dol cuanto antes.
Un murmullo de preocupación se extendió por la sala, como un eco contenido.
—El comando de Camila Hernández se encargará de esa misión —añadió—. Su escuadrón cuenta con miembros con sensibilidad suficiente para detectar rastros de Dol incluso bajo tierra.
Annia, que hasta entonces no había dicho nada, dio un paso al frente.
—Déjame ir con ellos. Déjame buscar a mi hermano.
Su voz sonaba más firme que nunca, pero había grietas en su mirada, como si hablara con todo lo que no podía permitirse sentir.
Roco Claramunt alzó la voz desde el lateral de la sala.
—A mí también, Edrian. Quiero ir. Es mi hijo.
El silencio se volvió espeso.
Edrian alzó la mano con calma.
—Orden.
La sala obedeció como si su voz tuviera el peso de una sentencia.
Miró primero a Roco, luego a Annia. Hubo un segundo de duda en su gesto, de cálculo silencioso.
—Roco, irás con Camila. Vuestra experiencia puede ser clave. Pero esta operación requiere discreción, no emoción desbordada. La comandante Camila tiene el mando.
Roco asintió sin rechistar.
—Annia… Si quieres ponerte a trabajar, lo harás. Pero no buscando a tu hermano. Te unirás al comando de Eloi.
Una pausa. Una decisión irreversible.
—Y no se hable más.
Annia tragó saliva, pero asintió. Firme. Inquebrantable. Una Claramunt, al fin y al cabo.
Edrian avanzó un paso.
—Y por último… hay algo más.
El ambiente se tensó. Algunos dejaron de respirar.
—Han aparecido señales de corrupción en el norte. En Aragón. Una pequeña comunidad mágica ha sido atacada, y uno de los nuestros logró enviar una alerta antes de desaparecer. El Dol no se concentra solo aquí.
—Comando Furia del Alba —continuó—, iréis vosotros. Kaelan, resolvedlo cuanto antes.
—Sí, señor —respondió Kaelan, seco y preciso como siempre.
Desde el fondo, Valerio —el iniciado de Kaelan— se giró hacia Cass y hacia mí. Tenía esa media sonrisa suya, que no sabía si era cordialidad o advertencia.
—Supongo que esta vez no nos tocará cruzar espadas —dijo, con un tono casi amable—. Me voy con mi comandante. Es mi primera misión real.
Cass alzó una ceja, sorprendida.
—¿Ahora eres simpático? ¿En serio?
—En serio. —Bajó la mirada un instante—. Y… siento lo de… El duelo, el enfrentamiento, todo. Estaba demasiado en “modo Kaelan”.
—¿Modo gilipollas? —solté, sin poder frenarme.
Cass disimuló una carcajada.
Valerio se rió también, aunque fue más una exhalación que una risa real.
—Sí. Ese modo.
Me tendió la mano. Dudé un segundo… pero se la estreché.
—No os muráis en esta misión —añadió, mirándonos a los dos—. Me daría rabia no poder medirme otra vez con vosotros.
Y con eso, se giró y desapareció por uno de los corredores laterales, en dirección a los portales de salida.
No entendí del todo cuál era la misión que les había tocado. Solo que era fuera. Lejos de Valencia. Lejos de Umbrafort. Lejos de todo. Y algo me decía que no todos regresarían igual.
Pero bueno, por una parte, no ver a Kaelan unos días era un regalo. Siempre tan insoportable. Y lo mismo con Angélica Prust, aunque me daba miedo tenerla cerca… en el fondo, me atrapaba.
Y Valerio… ese chico. Nunca entendía si tenía buen fondo o si simplemente era igual de gilipollas que Kaelan. Solo que con mejor cara.
—Álex —la voz de Eloi sonó a mi espalda—. Mueve el culo. Tenemos que prepararnos.