CAPÍTULO 12 - EL HIJO DEL HAMBRE #4
Sonie se agachó también, más seria de lo que la había visto nunca.
—Quizá no era el monstruo que es ahora. Quizá… lo intentó.
La idea me atravesó como una llama lenta.
¿Y si yo era esa promesa? Me llevé una mano al pecho.
No tenía pruebas. No tenía nada. Pero algo dentro de mí...
lo sabía. Y entonces apareció otra duda.
Mucho peor. ¿Y si todo había empezado por eso?
¿Y si Rui nunca me había buscado por mí?
¿Y si todas las veces que me había salvado, que se había interpuesto entre la muerte y yo, que había permanecido a mi lado...
solo habían sido el precio de una promesa hecha años atrás?
Recordé cada mirada. Cada discusión. Cada vez que me había protegido.
Cada vez que había arriesgado la vida por mí.
Sentí un vacío en el estómago. ¿Había sido real?
¿O solo estaba cumpliendo la última voluntad de mi madre?
Negué con la cabeza. No. Había visto a Rui.
Había visto cómo me miraba. Nadie podía fingir algo así.
—No entiendo nada —dije, y la rabia se coló entre mis palabras—.
No sé quién era mi madre, ni qué le prometieron.
No sé por qué Rui me ha salvado tantas veces... pero sí sé que no me haría daño
Cass me miró como si le doliera hacerlo.
—Álex… —empezó con dulzura. —No —interrumpí, con la voz más baja—.
No quiero oírlo. Me levanté, aún con el corazón desbocado.
—Sé que parece una locura, pero Rui me ha cuidado.
Me ha mirado como si… como si todo su mundo estuviera en mis manos. No sé por qué, pero lo ha hecho.
Las dos guardaron silencio. No había nada más que decir. Cass fue la primera en romperlo. —¿Qué vas a hacer?
—Voy a buscar a alguien que sí sepa qué está pasando —respondí, recogiendo el relicario con manos temblorosas—.
Voy a hablar con Helena de Valdombra. Salí de la sala de reliquias sin mirar atrás. El relicario pesaba en mi mano como si arrastrara toda una vida que no recordaba. Caminaba deprisa, demasiado, como si pudiera huir del dolor al mover las piernas. Cass y Sonie me seguían, intentando alcanzarme.
—Álex, espera —decía Cass, sin aliento—. No hace falta que corras.
Pero sí hacía falta. Porque si me detenía, si me permitía pensar con calma, me rompería.
¿Por qué mi madre hablaba como si supiera que no llegaría a conocerme?
Mi madre conocía a Rui. Le acarició la cara como si lo quisiera.
Le hizo una promesa que aún vibraba dentro de mí.
Y Rui… ¿Rui quién era? ¿El monstruo del códice?
¿El vampiro que me mordió sin control? ¿O el chico que me protegió tantas veces que ya había perdido la cuenta?
¿El que me miraba como si ver mi rostro bastara para no rendirse?
¿El que me abrazó toda la noche cuando no podía dormir, como si nada más importara?
¿El que me miró a los ojos y, sin decir palabra, desnudó mi alma?
No puede ser el mismo. Y sin embargo, todo lo que había visto decía que sí.
Me dolía el pecho. No por la visión. Por el vacío.
—Álex —insistió Sonie, más seria esta vez—. No hace falta que lo enfrentes solo.
No respondí. No podía. La luz azulada de las lámparas mágicas del pasillo bailaba sobre el suelo pulido de Umbrafort, como si reflejara justo lo que sentía: frío, duda, belleza rota.
Echo de menos a Rui. A mi Rui. Pero… ¿y si nunca fue mío?
¿Y si solo fui una promesa rota? ¿Un eco de algo que no entiendo?
Giré una esquina y me detuve en seco. Escucho voces. —…otro brujo calcinado. Tercero esta semana —decía una voz grave, con un deje de burla elegante.
—Qué espectáculo. Se ve que el Dol está de rebajas —añadió otra, más aguda y juguetona.
Cass frenó tras de mí. Sonie la alcanzó justo después.
—Es el comando de Kaelan —susurró—. Genial.
Y efectivamente. A unos pasos, en medio del pasillo, estaban Kaelan, Valerio y, apoyada con una pose perfecta contra la pared, Angélica Prust. Llevaba unas gafas de sol aunque no hiciera falta, el abrigo a medio caer por un hombro, y en los labios una sonrisa peligrosa.
—Oh —dijo, al vernos—. Mirad quién aparece.
La estrella caída y sus dos fieles constelaciones.
Kaelan se giró lentamente hacia mí. Su sonrisa no tenía calidez.
—¿No deberías estar en tu celda emocional o algo así?
Angélica soltó una carcajada encantadora.
—¿Qué? ¿Todavía llorando por tu dientes de sable? Tranquilo, seguro que está por ahí… devorando con estilo.
Mi cuerpo se tensó. Y por dentro, todo volvió a doler.
—Ay, pero stop drama, bebé —añadió Angélica, apartándose con gracia de la pared—. Solo fueron unos mordisquitos… ojalá me hubiera hincado a mí el diente.
Se acarició el pelo con un gesto calculado, y lanzó una sonrisa como quien lanza un cuchillo. Kaelan soltó una risa seca, sin apartar la vista de mí. —Qué lástima que ya no esté el vampirito —continuó Angélica—. Me gustaba tenerlo por aquí. Le daba a este sitio un toque de tragedia sexy.
Valerio pareció querer decir algo. Su mirada, por un segundo, se cruzó con la mía. Iba a hablar… pero no llegó a hacerlo.
Porque los dedos de Kaelan se encendieron en una llama azul, sin tocarlo, sin decir nada.
Solo una advertencia muda. Valerio bajó la vista.
—¡Parad ya! —estalló Cass. Y entonces Sonie dio un paso al frente.
Al ver el fuego en las manos de Kaelan, el suyo respondió.
No era azul. Era rojo. Vivo. Desatado. Se encendió como si llevara esperando este momento toda la vida. Frente a frente. Fuego contra fuego.
—Bueno, bueno, venga… —intervino Angélica Prust, abanicándose con la mano como si estuviera en una terraza de verano—. Que esto parecen las fallas valencianas. Qué calor de repente. Que intensitos.
Me lanzó un beso con dos dedos. —Nos vemos, Bruma —añadió, con voz melosa y venenosa—. No te derritas aún, que esto solo acaba de empezar.
Y con un giro teatral, se dio media vuelta.
Kaelan la siguió sin mirar atrás. Valerio fue el último en marcharse, y aunque su rostro era neutro, algo en su paso lento parecía…
tenso. Sonie apagó su fuego. Y yo… yo me obligué a respirar.
Pero el calor seguía ahí, en el pecho. Y no era fuego. Era vacío. Cass resopló.
—Son tan insoportables…
—Y sin embargo… lo que han dicho es importante —añadió Sonie, más seria—. Tercer brujo calcinado en una semana. Eso no es casualidad, tengo que hablar con Eloi. Hay algo ahí fuera que nos está cazando.
Me quedé en silencio. El relicario pesaba en mi bolsillo. Y también lo que había visto. Lo que había sentido.
—Tengo que hablar ya con Helena de Valdombra—dije al fin.
—¿Ahora? —preguntó Cass—. Álex, es tarde. Y estás agotado. Lo mejor será que lo hagas mañana.
Sonie asintió.
—Piensa bien qué vas a preguntarle. Y cómo. Esa mujer no regala respuestas, pero cuando habla… marca el alma.
Cass se giró hacia Sonie y, sin previo aviso, le tomó la mano. Hubo algo íntimo, eléctrico, entre ellas. Como si durante todo el día hubieran sido dos piezas buscando encajar.
—Gracias por estar conmigo —susurró Cass, con una sonrisa pequeña.
—Siempre —respondió Sonie, inclinándose apenas para rozarle los labios en la mejilla.
Cass se volvió hacia mí entonces. Sus ojos estaban cansados, pero llenos de esa luz que siempre me hacía sentir menos solo.
—Tú también. Gracias por aguantarme, incluso cuando no me aguanto ni yo.
Sonreí con ternura, algo roto por dentro.
—No digas eso. Eres lo mejor que tengo aquí dentro. Y te quiero, ¿vale?
Cass parpadeó, sorprendida. Luego me abrazó con fuerza.
—Y yo a ti, Alex. Ahora vete a descansar por favor. Prométemelo.
—Te lo prometo.
La dejé ir, aunque no quería soltarla. Se marchó con Sonie, las dos cogidas de la mano, en silencio.
Me quedé solo en el pasillo vacío, mirando la dirección por la que se habían ido.
Y entonces noté el relicario de mi madre todavía caliente en el bolsillo.
Fui a mi cuarto, sin encender la luz. Me tumbé en la cama sin quitarme la ropa.
Y me quedé mirando al techo. Porque si todo lo que creía de mi madre y de Rui era mentira…
¿Qué quedaba de mí?