CAPÍTULO 12 - EL HIJO DEL HAMBRE #3
Sonie no contestó. Pero su silencio lo dijo todo.
Cuando llegamos ante la gran puerta, supe que no era un acceso cualquiera.
Era alta, tallada en madera negra veteada con filamentos dorados.
El símbolo de la Orden brillaba grabado en el centro, flanqueado por dos runas antiguas que no reconocí.
No había pomo, ni cerradura. Solo… una figura.
Nym la Silente estaba allí. De pie. Inmóvil.
Como si hubiera estado esperándonos. Su túnica ondeaba levemente, como si una corriente invisible pasara por el pasillo.
El rostro oculto por una capucha. No dijo nada.
No necesitó hacerlo. Cass se inclinó levemente.
Yo también. Nym alzó una mano. Despacio, con una elegancia imposible de fingir, tocó el centro de la puerta.
La madera respiró. Literalmente. Se hinchó y se contrajo, como si despertara de un letargo de siglos.
Y entonces, se abrió. La sala de reliquias no era una cámara.
Era una catedral enterrada. El techo se perdía en la oscuridad, abovedado y lleno de frescos desgastados que parecían moverse si los mirabas demasiado.
Las columnas se alzaban como árboles antiguos, entrelazadas por raíces de piedra, y cada una tenía grabada una historia distinta.
Estanterías altísimas bordeaban las paredes, repletas de libros, códices, frascos, objetos sellados con cadenas y amuletos que centelleaban con luz propia.
Había vitrinas flotantes, pergaminos suspendidos por hechizos, y artefactos cuya forma desafiaba la lógica.
Todo exhalaba un aire antiguo, cargado, casi vivo.
El suelo, de mármol negro veteado, reflejaba las luces suspendidas en el aire: pequeñas esferas flotantes que parpadeaban al ritmo de una magia que parecía observarnos.
—Esto es increíble… —murmuró Cass.
—Bienvenidos a la memoria de Umbrafort —susurró Sonie, avanzando—. Aquí todo lo que se guarda tiene un precio. Pero también una voz. Solo hay que saber escucharla.
—¿Y por dónde empezamos? —pregunté, caminando tras ella, abrumado.
—Por los nombres olvidados —dijo Sonie, con la seguridad de quien ya había estado allí—. Si tu madre estuvo aquí… este lugar la recordará.
No dije nada. Pero mientras caminaba entre estanterías que parecían murmurar a nuestro paso, supe que tenía razón. Que este lugar estaba vivo. Y que el pasado no se había ido. Solo estaba esperando que alguien lo tocara.
Estuvimos buscando durante horas entre archivos y reliquias.
Cass hojeaba un códice antiguo, encuadernado en piel curtida.
Las letras, desvaídas por el tiempo, se alzaban como susurros entre los pliegues del papel.
—Aquí hay algo raro… Mira esto —susurró, llamando a Sonie con la mano.
Sonie se acercó. —¿Qué has encontrado? Cass señaló un fragmento que ocupaba solo media página, rodeado de márgenes tachados y manchas de cera seca.
—“Del Reino de la Llama Serena”. Sur de Italia. Un reino libre. Un asentamiento de seres mágicos: brujos, sensitivos, criaturas del umbral. Vivían sin esconderse, protegidos por un pacto ancestral.
Pasó el dedo por una ilustración de líneas finas. Una torre circular, rodeada de viñas, bajo una luna negra.
—Aquí está: “Rui, rey sin corona. Gobernó junto a Silvanna la dadora de vida. Ambos instauraron el último refugio del equilibrio. Ella sanaba. Él protegía. Se decía que sus voces calmaban el Dol.”
Los ojos de Sonie se agrandaron. Dio un paso atrás, casi sin darse cuenta.
—¿Rui…? ¿De verdad?
Cass asintió, pero se quedó mirando el códice con una expresión que no era la suya. Como si por primera vez, no supiera si quería seguir leyendo.
—Silvanna, la dadora de vida. Dicen que hacía brotar ríos con una palabra. Que al tocar la tierra, nacían árboles. Que su magia era fértil, luminosa.
Pasó el dedo por la línea siguiente.
—“Podía dar vida a todo… salvo a un hijo.”
El silencio que siguió fue espeso. Sonie apenas respiraba.
Sus labios se entreabrieron, como si quisiera decir algo…
pero no lo hizo. Cass tragó saliva, y leyó más despacio: —“Tras su muerte, el rey sin corona enloqueció. Cerró los portones. Quemó los árboles. Y devoró a su pueblo, no con dientes, sino con hambre.”
—¿Es él? —susurró Sonie, con la voz quebrada—. ¿Es nuestro Rui?. Me acerqué en ese momento, con el ceño fruncido.
—¿Esperad… qué? —dije, acercándome. Las palabras se me cayeron de la boca, torpes y rápidas—. ¿Rui fue… rey? ¿Quién es Silvanna? ¿Su reina? No entiendo nada.
Cass se volvió hacia mí con una mezcla de exasperación y ternura. —Cariño… ¿en serio eso es lo único con lo que te has quedado? ¿No te asusta más la parte en la que devoró a todo su pueblo?
—Rui no haría eso —solté, más alto de lo que pretendía—. Le conozco.
—Álex… —murmuró Sonie, con una mezcla de lástima y firmeza—. Siento ser tan directa, pero todos vimos lo que pasó. Vimos cómo te mordió. Vimos cómo perdió el control.
—No sabéis cómo ha sido conmigo. Me ha salvado la vida más veces de las que recuerdo. Nunca ha querido hacerme daño. Nunca.
Cass cerró el códice con suavidad. —Álex…
Me crucé de brazos, sintiendo que todo mi cuerpo se tensaba.
—Mira, Álex —dijo Cass, con esa voz suya que suena dulce incluso cuando suelta verdades como cuchillas—. De verdad que te quiero mucho, pero a veces vives en tu mundo.
—Yo también creía conocer a Rui —añadió Sonie, encogiéndose de hombros—. Pero nunca había escuchado nada del Hijo del Hambre… y la verdad, acojona.
Me pasé una mano por el pelo, dando un paso hacia atrás, como si así pudiera alejarme de sus palabras.
—¿Tú? ¿Acojonada? —dijo Cass, mirándola con una sonrisa ladeada—. Creía que no le tenías miedo a nada.
Sonie se rió por lo bajo y le dio un leve empujón con el hombro.
—Bueno, yo también tengo derecho a dormir por las noches.
—Pensaba que no dormías —susurró Cass, con una mirada que casi quemaba.
Las dos rieron, juntas, en su mundo de chispas contenidas. Y en otro momento habría sonreído también, de verdad. Pero no ahora.
—Genial. Sois absolutamente adorables —solté, dejando que el sarcasmo me cubriera como una armadura—. Pero Rui no es como creéis, ¿vale?
Mi voz tembló al final, solo un poco. Lo suficiente para saber que no era solo rabia.
Era miedo. Miedo de que tuvieran razón. Porque por dentro…
por dentro había algo que me estaba arañando el pecho.
Una parte de mí quería creer que todo era mentira.
Que Rui no había hecho nada de eso. Que ese monstruo del códice no era el mismo que me había mirado como si llevara siglos esperando que existiera. Pero… ¿y si sí lo era?
Apreté los dientes, girándome de golpe para alejarme.
Y tropecé. No con un libro. No con una estantería.
Con algo más sólido, más… personal. Me choqué de lleno contra una vitrina baja, cubierta por una tela oscura que cayó al suelo al tocarla.
Y entonces lo vi. Un objeto solitario, distinto a los demás.
No brillaba. No tenía cadenas ni runas. Era un relicario de plata envejecida, en forma de lágrima.
Y en su base, grabado con letras diminutas, leí un nombre que me dejó sin aliento: Mónica.
Mi madre. Sentí que el tiempo se detenía.
Me incliné. El relicario no tenía runas visibles ni sellos mágicos.
Solo una cadena rota y una superficie lisa, arañada por el tiempo.
Lo toqué. Y el mundo se rompió. No de forma violenta, sino como si el aire cambiara de densidad y color, volviéndose agua.
Todo tembló, y una bruma suave cubrió mis sentidos.
Cerré los ojos y vi un claro rodeado de árboles altos.
Atardecer. La luz dorada atravesaba las hojas como una promesa.
En el centro, una mujer de espaldas, arrodillada junto a un pequeño lago.
Cabello oscuro, rizado. Hombros rectos. Vestía una túnica de tela áspera, manchada de barro y sangre seca. —¿Mamá? —susurré.
La mujer se giró. Era ella. Tenía el rostro más joven de lo que recordaba en las fotos, pero los mismos ojos.
La misma melancolía. La misma fuerza. En sus manos sostenía el mismo relicario.
—Si alguna vez encuentras esto —dijo—, significa que ya sabes demasiado.
Que ya has sentido lo que late bajo la ciudad.
Que el Dol te ha tocado. Miró a un punto más allá de mí.
A alguien. Y entonces apareció Rui. Más humano que nunca.
Con la mirada oscura, contenida. Como si ya entonces luchara por mantenerse en pie.
Mónica se acercó a él. Muy despacio. Levantó la mano y le rozó la mejilla.
Rui cerró los ojos. Y sonrió. No era la sonrisa de un monstruo.
Era la de alguien que había sido amado. Que había prometido algo más grande que él mismo.
—Rui… si alguna vez vuelves a tener hambre, juro por todo lo que soy que esta vez te detendré yo. Protege a Alex. Protege a mi niño.
Su voz albergaba dolor. Amor roto. De alguien que se aferra a lo que aún queda.
—Álex —susurró entonces. Y en ese momento me miró. A mí. A través del tiempo—. Perdóname por dejarte solo. No fue elección. Fue promesa. Fue necesario.
La visión se disolvió. Me desplomé hacia atrás, jadeando.
—¡Álex! —gritó Cass, sujetándome.
Sonie se agachó a mi lado.
—¿Qué ha pasado?
El relicario cayó al suelo, pero no se rompió. Mis rodillas también. Me dejé caer, sin poder respirar. Me dolía el pecho. Como si lo que acababa de ver no solo fuera real… sino también mío.
—Mi madre... conocía a Rui...
Apenas reconocí mi propia voz.
—No... No era eso. Ella... lo quería. Y Rui... Rui le prometió que me protegería.
Levanté la cabeza completamente desorientado.
—¿Qué demonios está pasando? ¿Quién era realmente mi madre?
Cass y Sonie intercambiaron una mirada breve, incómoda.
—No lo sé, Álex —dijo Cass, con voz suave—. Pero si tu madre era parte de la Orden… es posible que conociera muchas más cosas de las que imaginamos. Tal vez incluso sabía lo que Rui era de verdad.
—¿Y aún así confió en él? —mi voz salió rota.