Llum i ombra CAPÍTULO 12 - EL HIJO DEL HAMBRE #2
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CAPÍTULO 12 - EL HIJO DEL HAMBRE #2

—Tardaron años en capturarlo —continuó Helena, su voz apenas un susurro contra el viento del cauce—.

Y cuando por fin lo hicieron… no celebraron su victoria.

Porque lo que habían apresado no era un brujo, ni un vampiro, ni siquiera un hombre.

Era el primer mestizo. El original. Una anomalía nacida de una unión prohibida, imposible, destinada a romper el equilibrio.

Lo encadenaron bajo tierra, en una celda sin nombre, construida con runas olvidadas y silencio arcano.

Le pusieron títulos. Lo estudiaron. Lo odiaron. Pero nunca lo comprendieron.

Se giró al fin hacia mí, y sus ojos parecían brillar con algo más que conocimiento. Con miedo. Con reverencia.

—Porque Rui no nació del hambre. Rui es el hambre.

Las palabras de Helena flotaron sobre el aire como si la propia ciudad se hubiese detenido a escucharlas.

Caminamos en silencio hasta un punto donde el cauce se ensancha y el cemento se agrieta bajo la hiedra.

Allí, entre dos cipreses torcidos por el viento y una escultura oxidada que parecía olvidada por el tiempo, nos sentamos.

La luz del atardecer se colaba entre las ramas, tiñendo de ámbar el suelo cuarteado.

A lo lejos, se oía el rumor de unos patinadores, una bicicleta que pasaba.

Y, más cerca, el murmullo del agua en una fuente rota.

Aquel rincón del antiguo lecho del Turia parecía aislado del resto del mundo.

Como si solo existiéramos nosotros dos… y la verdad.

Yo no podía moverme. No por el miedo. Ni siquiera por la sorpresa. Sino por algo más profundo. Algo que temblaba dentro de mí, como si acabaran de romper un espejo que llevaba años agrietado sin que yo lo supiera.

Rui…

¿El monstruo de las historias? ¿El devorador de pueblos?

¿El niño perdido entre susurros y sangre?

Volví a ver su mirada antes de huir. Sus labios manchados.

El temblor en su voz al decirme te quiero.

El modo en que me sostuvo como si no pudiera soportar soltarme.

Te amo desde antes de que nacieras. Me lo dijo con los ojos llenos de horror. Y de verdad. Y yo no lo entendí.

—¿Cómo puede quererme si soy la razón por la que pierde el control? —murmuré, más para mí que para ella.

Helena no respondió enseguida. Se agachó y recogió un puñado de tierra entre los dedos. Luego, dejó que se deslizara despacio, como si soltara tiempo.

—Porque el amor que nace del hambre… es el más peligroso —susurró al fin.

—¿Porque destruye?

—No. Porque se cree necesario. Y cuando algo se vuelve necesario, deja de ser amor. Se convierte en obsesión. En condena.

Una brisa fresca agitó los sauces cercanos. Por un instante, las hojas bailaron como si también recordaran algo. Como si el propio Turia susurrara viejos secretos.

—¿Por eso huyó? —pregunté—. ¿Por miedo a matarme?

Helena bajó la mirada.

—Por miedo a drenarte, a querer mas y más de ti.

El silencio volvió. Solo interrumpido por el zumbido de una libélula y el susurro de mis propias emociones, tan enredadas como la Bruma en mis venas.

—¿Y tú… cómo sabes todo esto?

Helena me miró entonces. No como una mentora. Ni como una guerrera. Sino como alguien que ha visto cosas que ningún humano debería haber visto.

—Porque tu madre también lo supo —dijo—. Y aun así, lo protegió.

La mención a Mónica me atravesó. Noté cómo se me tensaban los músculos de la espalda, como si un recuerdo antiguo intentara abrirse paso entre la niebla.

¿Mi madre? La miré sin comprender. No...

no podía haber dicho eso. ¿Cómo demonios Helena conocía a mi madre?

¿y Rui? Un escalofrío me recorrió la espalda.

¿Qué estaba pasando? ¿Cuántas personas de la Orden habían conocido a mi madre?

¿Qué había sido realmente Mónica Brusc? ¿Por qué nadie me había contado nada?

—¿Mónica conocía a Rui? —fue lo único que acerté a preguntar.

—Más de lo que nadie ha querido admitir.

Se levantó con calma. Dejó que una brisa encantada recogiera las hojas a su alrededor y las convirtiera en polvo de luz. Ese polvo giró en torno a nosotros como si celebrara un ritual secreto.

—Hay amores que no se pueden evitar, Álex. Ni comprender. Pero dejan marcas. Y las tuyas… apenas empiezan a arder.

—¿Y Rui?

—Rui es una herida antigua. Pero también una promesa.

—¿De qué?

—De que incluso el hambre… puede aprender a sentir.

Empezó a caminar despacio hacia el sendero de piedra que serpenteaba por el antiguo cauce, donde el sol comenzaba a esconderse tras las copas de los árboles.

—Vámonos. El día se apaga. Y las sombras de Rui… siempre han sido más largas al anochecer.

Salir del cauce fue como salir de otro mundo.

El aire en Umbrafort pesaba más que allá fuera.

Como si cada piedra de la sede guardara secretos que no querían ser contados.

Caminé sin rumbo fijo, cruzando pasillos tallados en roca viva, donde las antorchas mágicas temblaban al ritmo de mis pensamientos.

No sabía qué hacer con todo lo que acababa de escuchar.

Mónica. ¿Qué tenía que ver mi madre con todo aquello?

¿Ella también había sido una bruja? No lograba comprender la conexión entre ella y Rui.

Ni quién era realmente Rui. Ni qué tenía que ver todo aquello conmigo.

Te amo desde antes de que nacieras. Las palabras se repetían en mi cabeza como un hechizo maldito.

¿Cómo se puede amar a alguien antes de que exista?

Pasé junto a una sala donde unos templarios entrenaban en silencio.

Uno de ellos me miró con desdén, susurró algo a su compañero.

Ya me había acostumbrado. Desde el duelo, desde lo que había pasado con Rui, era como si llevara un cartel invisible en la frente.

Culpa. Temor. Murmullos. Y ausencia. Suspiré.

Sabía que solo había una persona capaz de devolverme un poco de luz.

Giré por el pasillo de las estancias y empujé la puerta sin llamar.

—¿Cass?

La habitación estaba a media luz, envuelta en el brillo cálido de una lámpara flotante.

Al principio no la vi. Luego, escuché una risa baja.

Y entonces las vi: Cass sentada en su cama, con Sonie a su lado.

Las dos vestían ropa de descanso, cómodas, con los pies descalzos sobre la alfombra y una taza de algo humeante entre las manos.

Sonie apoyaba la cabeza en el hombro de Cass.

Y Cass le acariciaba la mano, como si aquel gesto pudiera arreglar el mundo.

Me quedé en el umbral, sin saber si interrumpía.

—Oh —murmuré—. Perdón. No quería… Cass alzó la vista y sonrió al verme.

De esas sonrisas que curan. —Tú nunca interrumpes. Pasa.

Sonie se incorporó un poco y me lanzó una mirada entre cansada y burlona.

—Mira quién ha vuelto de hablar con las nubes.

—No eran nubes —repliqué, entrando—. Era Helena. Y ahora tengo mil cosas en la cabeza.

—Perfecto —dijo Cass, dándome palmaditas en el colchón a su lado—. Porque nosotras tenemos chocolate caliente y tiempo.

Me senté entre ellas sin pensarlo. Solo entonces me di cuenta de lo mucho que necesitaba eso. Estar allí. Escuchar sus voces. No tener que demostrar nada a nadie.

—¿Qué tal te ha ido hoy? —preguntó Cass, en voz baja.

Me pasé una mano por el rostro. No sabía por dónde empezar.

—Rui… —empecé—. Es peor de lo que pensábamos. O… más antiguo. Más roto. No sé.

Ellas no hablaron. Me dejaron respirar. Entonces, sin darme cuenta, lo dije: —Creo que Helena y Rui conocían a mi madre.

Cass y Sonie intercambiaron una mirada.

—¿Cómo que a tu madre? —susurró Cass, frunciendo el ceño—. ¿Estás seguro?

—Helena lo dijo. Y no solo eso. Dijo que mi madre lo protegió. Que… que fue la única que lo miró sin miedo.

El silencio se llenó de un significado extraño. Cass se inclinó hacia mí y me agarró la mano.

—Entonces tenemos que saber más.

—Sí —dije—. Quiero ir a la sala de reliquias. Algo dentro de mí me dice que allí habría información de Mónica, mi madre y también de Rui.

—Te acompañamos. Pero antes, bebe esto. No puedes buscar verdades con el alma en carne viva.

Tomó la taza entre sus manos. Murmuró algo que no entendí, y una brasa suave se encendió en su palma. El calor recorrió la cerámica en segundos, haciendo que el vapor ascendiera de nuevo con un aroma dulce.

—Listo —dijo, tendiéndomela—. Canela y magia de la buena.

La recibí con las manos algo temblorosas. Estaba caliente. Reconfortante. Sabía a hogar.

—¿Vamos? —preguntó Cass, levantándose.

Asentí. Me bebí el resto de un trago, dejé la taza sobre la mesilla y las seguí.

No hicimos ruido. Caminamos como si supiéramos, instintivamente, que lo que íbamos a hacer no era cualquier cosa.

Los pasillos descendían como venas antiguas, serpenteando bajo Umbrafort, cada vez más silenciosos, más densos, más ajenos al presente.

No nos cruzamos con nadie. Solo el eco de nuestros pasos, como si incluso el aire tuviera miedo de perturbar lo que se guardaba allí abajo.

La piedra cambiaba de color conforme bajábamos.

El gris pálido se tornó oscuro, casi azulado, y las antorchas mágicas que colgaban de las paredes brillaban con un fulgor leve, como brasas a punto de extinguirse.

Cass iba delante, decidida. Sonie caminaba a mi lado, en silencio, como si intuyera que estábamos a punto de entrar en un lugar que no aceptaba voces humanas.

—¿Estás seguro de que buscas aquí? —preguntó en voz baja.

Asentí.

—Helena me habló de mi madre. Dijo que fue la única que miró a Rui sin miedo. Que lo salvó.

—Y eso no te basta.

—Quiero saber por qué. Quiero saber quién era ella… de verdad. Yo no llegue a conocerla. Ella murió al darme a luz.

Hice una pausa.

—¿Tú crees que fue parte de la Orden?