CAPÍTULO 12 - EL HIJO DEL HAMBRE
ALEX
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Dos meses no son nada. Pero en Umbrafort, pueden parecer una eternidad.
Los días pasan como cuchillas lentas. Y las noches…
duelen. No por lo que sueñas. Sino por lo que ya no está.
La arena de los iniciados sigue allí. Los muros siguen firmes.
Las llamas, contenidas. Pero hay cosas que no se reparan con runas ni con rituales.
Como las miradas. Como el silencio. Como el hueco que dejó Rui.
Yo no sabía si estaba vivo. Solo sabía que no estaba.
Y eso me estaba matando más que cualquier herida.
Los entrenamientos continuaron como si nada.
La vida también. Aunque ninguno de nosotros volvió a ser el mismo desde aquel dia.
Cass llevaba marcas en los brazos que aún olían a ceniza.
Sonie no hablaba de ello. Pero no dejaba que Cass se alejara de su lado ni un metro.
Roco no había vuelto a dirigirnos la palabra. Annia… Annia era otra.
Y Aitor…Aitor se convirtió en una orden de búsqueda. En un rostro tachado en los pasillos. En un grito que no dejaba de repetirse en mi cabeza.
—¿Otra vez desde el principio? —pregunté, con la respiración entrecortada. Helena de Valdombra me miró desde el otro lado del círculo de entrenamiento. Su silueta era como una estatua de agua y viento: elegante, impasible, brillante.
—Desde el principio, Álex —dijo con suavidad—. La Bruma tendrá que esperar. Primero quiero que domines aquello que Arnau ya ha despertado en ti. Sin una base sólida, la Bruma nunca te obedecerá.
Suspiré. Cerré los ojos.
La sala estaba llena de objetos: piedras de distintos tamaños, tablillas de madera, pequeños fragmentos de metal, jarrones de barro y varias velas apagadas repartidas por el suelo.
Inspiré hondo. Pronuncie en la lengua de las madres.
La magia brotó de mi pecho como un impulso cálido.
Primero se elevó una piedra. Después otra.
Una tercera. Sin detenerme, hice ascender las tablillas de madera, los trozos de metal y los jarrones.
Poco a poco, la estancia entera comenzó a llenarse de objetos suspendidos en el aire.
Notaba cada uno de ellos. Su peso, su posición, su equilibrio.
Moví la mano lentamente. Todos giraron al mismo tiempo, describiendo un amplio círculo alrededor de mí con una precisión que habría sido incapaz de imaginar apenas un mes atrás.
Una piedra descendió. Otra ocupó exactamente su lugar.
Las tablillas comenzaron a cruzarse entre sí sin llegar a rozarse.
Los fragmentos de metal giraban alrededor de mi cabeza mientras los jarrones pasaban entre ellos como si formasen parte de una misma danza perfectamente sincronizada.
No había caos. Solo control. Abrí los ojos.
Todo seguía orbitando a mi alrededor. Helena sonrió.
—Mucho mejor, Brusc.
Con un gesto cerré el puño. Todos los objetos descendieron lentamente hasta regresar al suelo, uno tras otro, sin producir más ruido que un leve golpeteo. Y en ese instante, me permití respirar.
—Gracias, maestra —susurré.
Helena apoyó ambas manos sobre su bastón, alzando una ceja con una sonrisa suave, casi burlona.
—¿Recuerdas cuando decías que no servías para esto? Que eras “un error mágico” o algo así…
—No hace falta que lo repitas —bufé, bajando la cabeza con una sonrisa avergonzada.
—Y mírate ahora —siguió, caminando despacio hacia mí—.
Dominas la magia menor, controlas tus emociones, y has logrado mover varios objetos sin que exploten.
Toda una hazaña para el “inútil” de hace dos semanas.
Solté una carcajada breve. Pequeña, pero real.
Fue como una grieta de luz en medio de la sombra.
Helena se detuvo a pocos metros de mí, el bastón apoyado con suavidad en el suelo. Me observó en silencio, como si me viera de verdad.
—Has hecho suficiente por hoy —dijo por fin.
—¿Me estás echando? —bromeé, aún con el pulso acelerado por la magia.
Sus labios se curvaron en una media sonrisa.
—Te estoy salvando. Si te quedas aquí, me veré obligada a darte otra charla sobre el control, la canalización y las consecuencias de quemarse por dentro.
—Otra más y me convierto en ceniza —dije, levantando las manos en señal de rendición.
Ella soltó una breve risa, clara como una campana de viento.
—Además —añadió, estirando los brazos hacia arriba con teatralidad—, necesito respirar. Este lugar está demasiado lleno de piedra, sudor y egos inflamados. ¿No te pasa a ti también, Álex?
—Todo el rato —asentí.
—Entonces, venga. Vamos a la superficie. El sol me está esperando, y tú también necesitas que te dé el aire.
Se giró con su capa ondeando suavemente detrás, como si fuera parte del viento mismo. La seguí sin pensar.
Salimos de Umbrafort, el sol ya no quemaba.
Era esa hora en que la luz se vuelve más suave, más dorada.
Caminábamos por el cauce del Turia, entre los árboles que crecían torcidos buscando el cielo, con las ruinas de antiguos puentes a lo lejos y el murmullo lejano de la ciudad respirando por encima.
Helena caminaba a mi lado sin prisa, dejando que las hojas rozaran su capa, como si fueran viejas amigas. Su bastón apenas hacía ruido al tocar el suelo.
—¿Sabes? —dijo al cabo de un rato, sin mirarme—. Cuando era pequeña, pensaba que este río seguía bajo tierra. Que fluía escondido, esperando su momento para volver a brotar.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que hay cosas que nunca vuelven… pero también otras que se transforman. Que encuentran nuevas formas de ser río.
—¿Por eso construisteis Umbrafort aquí?
Helena sonrió, sin detenerse.
—La magia es energía. Y como toda energía, fluye. Es más fuerte cerca de corrientes naturales: ríos, cuevas, raíces antiguas. Este cauce fue un canal de poder durante siglos. Cuando la Orden lo eligió como sede, no fue casualidad.
Me fijé en las ramas torcidas, en los árboles que resistían creciendo hacia la luz.
—Pero entonces la Ciudad de las Artes no existía…
—No —asintió—. Fue construida más tarde, por orden nuestra. Arquitectura moderna para ocultar un corazón antiguo. Mientras el mundo miraba hacia arriba, nosotros crecíamos hacia abajo.
—¿La impulsó la propia Orden?
—Décadas atrás. Cuando el río fue desviado tras la riada, Umbrafort quedó vulnerable. Alguien podía excavar, construir, encontrar lo que no debía. Así que decidimos actuar. Plantamos ideas. Inspiramos diseños. Movimos hilos en la sombra.
—¿Quieres decir que… lo planearon todo?
—Digamos que… empujamos. A veces solo hace falta una chispa. Calatrava soñó con líneas imposibles. Las instituciones lo financiaron. Y nosotros sonreímos desde abajo.
Se giró hacia mí y añadió, con una seriedad que me puso la piel de gallina:
—Nadie imagina que, bajo una ciudad dedicada a la luz, la ciencia y el arte… duerme una fortaleza de sombra.
Me quedé en silencio, intentando imaginar a los templarios dando órdenes a arquitectos, camuflando Umbrafort bajo los pies de Valencia.
—Así es como siempre hemos sobrevivido —añadió ella—. Transformándonos. Como el río. Como tú.
Asentí en silencio. Entendía demasiado bien de qué hablaba.
—Estás más callado de lo normal, Álex.
—Estoy pensando —dije.
—¿En Rui?
La pregunta cayó como una piedra en medio del agua. Sin juicio. Sin presión. Solo verdad.
—No lo he dejado de hacer desde que se fue —confesé.
Helena se detuvo. Se volvió hacia mí, con la brisa moviéndole un mechón plateado del pelo.
—Lo viste en su peor momento. Y aun así… no le tienes miedo.
—No. —Mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. Me da más miedo perderlo.
—Entonces ha llegado el momento —dijo con suavidad—. Es hora de que sepas quién es realmente Rui. Y por qué la sangre… por qué tu sangre lo consume. ¿Sabes por qué los vampiros no deben beber sangre de brujo?
Negué con la cabeza.
—Porque no sobreviven a ella.
—¿Los mata?
—No —dijo, con una sonrisa extraña—. Los rompe.
Apoyo su mano en mi hombro. Sus ojos, tan grisáceos que parecían hechos de hielo antiguo, se volvieron lejanos.
—La sangre de un brujo está viva. Canta.
Recuerda. Contiene siglos de magia dormida, linajes enteros.
Para un mestizo como Rui… esa sangre no es un alimento.
Es una maldición dulce. Una adicción. El primer sorbo te da poder.
El segundo, sed. El tercero, locura. Después…
no queda nada más que hambre. Un hambre que quema. Que arrasa. Que grita.
Sentí un escalofrío recorriéndome la nuca.
—¿Y Rui…?
—Hace muchas decadas… se oyeron rumores —empezó, con voz grave—.
En Italia, en los valles del sur. Aldeas enteras amanecían vacías.
Casas abiertas. Comidas aún humeantes. Sin rastro de lucha.
Sin cuerpos. Nada más que un silencio espeso…
y cenizas. Nadie sabía explicarlo. Sonaba a peste.
A maldición. A fábula. Pero entre los cazadores se empezó a repetir un nombre.
Una advertencia que cruzaba fronteras: El Hijo del Hambre.
Un monstruo. Un depredador. Un eco vivo del Dol que se desplazaba como la niebla.
Siempre hacia el norte. Siempre dejando tras de sí un reguero de vacío.
Se detuvo. Inspiró profundamente, como si las palabras fueran demasiado antiguas para ser pronunciadas sin respeto.
—Lo encontraron por fin en Calabria. Solo.
Desnudo. De pie entre las ruinas humeantes de un pueblo que ya no existía.
Ciento doce personas… reducidas a polvo.
Ni un grito. Ni un cadáver. Ni un solo nombre que enterrar.
Dicen que tenía los ojos en blanco. Que hablaba en sueños.
Que el Dol le susurraba al oído en una lengua que no era de este mundo y que lloraba mientras mataba.
Me estremecí. Sentía la historia más cerca de lo que quería admitir.
—Umbrafort envió comandos. También Arx Nox, Inferna, Constantis… Ninguno logró atraparlo. Lo seguían y él desaparecía. Como si fuera humo. Como si solo pudiera ser hallado si él lo permitía.