Llum i ombra CAPÍTULO 11 - SEGUNDO ASALTO #2
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CAPÍTULO 11 - SEGUNDO ASALTO #2

—¿Pero qué…? —murmuró él, jadeando, tambaleándose.

Vi la confusión cruzar fugazmente por su rostro. Por un segundo, volvió a ser humano. Por un segundo, fue Aitor.

En las gradas, Nym se puso en pie con los ojos muy abiertos. Rui también. Sus ojos me buscaban con una mezcla de sorpresa, miedo… y orgullo.

—¿Qué cojones ha sido eso…? —susurró Eloi por el pinganillo, más serio de lo que le había oído nunca.

Mi pecho subía y bajaba a un ritmo frenético.

No entendía nada. Pero no tenía tiempo para pensarlo.

El campo no había terminado con nosotros.

Y yo… tampoco había terminado con Aitor.

Me incorporé de un salto, la Bruma aun danzando en mis brazos, como si me protegiera.

—Vale —murmuré, entre dientes—. Ya no me pillas por sorpresa. Y me lancé a por él.

Aitor giró sobre sí mismo, alzando la espada con una precisión mecánica, sin una gota de duda en la mirada. Nos cruzamos en medio del campo, cuerpo a cuerpo, golpe por golpe. Pero ya no era solo fuerza. Ya no era solo rabia.

Una energía oscura empezó a vibrar en el filo de su espada. Un siseo apenas audible. Como si la hoja gimiera.

—¿Eloi qué le pasa a su espada? —musité, frenando un segundo. Y entonces lo vi.

Aitor deslizó la mano izquierda por el antebrazo y activó algo: una runa oscura, grabada en su piel como una cicatriz. El símbolo brilló con un resplandor violáceo y antinatural, y una ola de poder pútrido brotó de su cuerpo. —¡No…! —grité, retrocediendo instintivamente.

El cielo pareció oscurecerse por un instante. Aitor alzó la espada por encima de su cabeza, los ojos inyectados en sombra, la runa brillando con intensidad. —¡MUERE! —rugió, lanzándose hacia mí con todo su peso.

Todo ocurrió en un segundo. Un estruendo de viento estalló en el campo. Un vendaval mágico, denso como una muralla, lanzó a Aitor varios metros hacia atrás, haciéndolo rodar por la arena.

—¡BASTA! —tronó la voz de la Arcana desde las gradas, sus ojos ardiendo de poder, su capa ondeando como una bandera de tormenta. El campo enmudeció. Edrian se irguió con furia desde el estrado, su voz como un trueno:

—¡APRESADLO!

Pero antes de que nadie pudiera moverse, una pared de piedra surgió del suelo, alta y sólida, separando a Aitor del resto. Roco había bajado al campo, con el rostro descompuesto.

—¡Leonora, es mi hijo! —gritó, con una voz que no era la suya, como si algo dentro de él se hubiera roto.

—¡Ese ya no es tu hijo! —replicó la Ancestra, avanzando. Pero Roco no se movió. Entonces Ania bajó corriendo de las gradas, empujando a dos cazadores que intentaban cortarle el paso.

—¡No! ¡No le hagáis daño! ¡No sabéis lo que le han hecho! ¡No sabéis nada! —gritó entre lágrimas, poniéndose frente a su hermano.

—¡Annia, apártate! —ordenó Clara Montalt desde la grada.

—¡No pienso hacerlo! ¡Es mi hermano!

Y en el caos, entre las órdenes cruzadas, los gritos y la arena vibrando de tensión, Aitor aprovechó. Se incorporó, herido, con la mirada ensombrecida. Se giró una última vez hacia mí. O hacia lo que quedaba de sí mismo. Después huyó entre las sombras, más rápido de lo que parecía posible.

—¡AITOR! —rugió Annia, rompiéndose al verlo desaparecer.

La tensión se apoderó del campo. Pero no hubo tiempo para más. Porque entonces, el dolor me alcanzó.

Una punzada caliente en el cuello.

Miré a mi lado.

Rui.

Estaba allí. Con la mirada desencajada, los colmillos fuera, las manos clavadas en mis brazos.

Y su boca…

—Rui… —susurré, con la voz temblorosa.

Él no podía parar. Me sujetaba como si le fuera la vida en ello. Sus ojos se habían vuelto completamente rojos. Un rojo de hambre. De necesidad. Mi sangre chorreaba por su boca.

—¡RUÍ! —gritó Eloi, corriendo hacia nosotros.

Clara Montalt, la Ancestra, los brujos… todos se levantaron al mismo tiempo. Se activaron escudos, hechizos. Un pánico colectivo estalló como una explosión.

Rui me soltó de golpe, con la boca manchada de sangre.

Retrocedió.

Temblando.

—Yo… no quería… escúchame bien yo no quería  —murmuró, su voz rota.

Me miró. Y lo que vi en sus ojos no fue odio. Ni rabia. Fue amor. Fue terror. Fue deseo contenido y culpa envenenada.

—Si me quedo —dijo, respirando como si se ahogara—. Si me quedo… te mato, Álex.

—Rui…

—Te juro que no quería. Pero no puedo controlarlo. No contigo.

Y entonces lo dijo. Con la voz más desgarrada que le había escuchado nunca:

—Te quiero. Por eso me voy.

Te amé antes de que supieras quién eras.

Te he amado en silencio desde antes de que nacieras.

Y ahora… si me quedo, me convertiré en lo que más temes.

Y tú serás lo primero que destruya.

Y entonces echó a correr.

Saltó el muro de la arena como si no existiera. Se perdió entre las sombras de Umbrafort. Y yo me quedé allí. Sangrando. Solo. Con el corazón hecho pedazos y la garganta rota de silencio.

Y entonces todo se llenó de gritos. Órdenes cruzadas. Pasos desbocados por la arena.

—¡Que nadie salga de Umbrafort!

—¡Encuentren a Claramunt!

—¡Rui ha huido hacia la sala de reliquias!

Todo era ruido y confusión. Un torbellino de voces, armas alzadas, cazadores moviéndose como sombras por los flancos. Clara Montalt gritaba órdenes desde las gradas. La Ancestra descendía al campo envuelta en un aura de viento. Alguien convocaba refuerzos. Nym ya no estaba en su asiento.

Y entonces sentí unos brazos fuertes rodearme. El olor a cuero, a humo. El calor.

Eloi.

Me sostenía como si se le fuera la vida en ello.

—Ya estás a salvo, renacuajo.

Aguanta, ¿me oyes? Aguanta, joder. No te atrevas a…

Pero no podía hablar. No podía respirar. El mundo se deshacía en luz y sombra. En dolor y vértigo. Y entonces, exhalando mi último aliento antes de caer solo pude decir: —Rui… no te vayas. Y el mundo se apagó.