CAPÍTULO 11 - SEGUNDO ASALTO
ALEX
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El suelo crujía bajo mis botas. Cada paso era una sentencia.
Cada respiración, una cuenta atrás. A lo lejos, la arena volvía a desplegarse como una cicatriz de piedra en medio de Umbrafort.
El mismo campo que minutos antes nos había destrozado física y emocionalmente, ahora nos esperaba…
como si no hubiera pasado nada. Como si no se hubiera quemado Cass, como si no hubiéramos visto criaturas nacidas del pánico, como si la Orden no estuviera llena de secretos que sangran.
Pero esta vez era distinto. Ya no éramos un equipo.
No habría nadie a mi lado. Y en frente… estaría él.
Pasaban iniciados por los pasillos, algunos ya heridos, otros.
minutos antes nos había destrozado física y emocionalmente, ahora nos esperaba…
como si no hubiera pasado nada. Como si no se hubiera quemado Cass, como si no hubiéramos visto criaturas nacidas del pánico, como si la Orden no estuviera llena de secretos que sangran.
Pero esta vez era distinto. Ya no éramos un equipo.
No habría nadie a mi lado. Y en frente… estaría él.
Pasaban iniciados por los pasillos, algunos ya heridos, otros cubiertos de sudor y barro. Yo caminaba en silencio. Hasta que escuché su voz irritante: —Mira quién vuelve al ruedo —dijo Kaelan, con esa media sonrisa que parecía siempre al borde del desprecio—. El héroe del momento.
Valerio soltó una risa breve, casi automática. Angélica, que caminaba junto a ellos, ladeó la cabeza sin frenar el paso.
—No mueras, Bruma —dijo con sorna—. Sería una pena que Rui se quedara sin su juguete favorito.
Sentí el calor subirme a la cara, pero no respondí. Solo apreté los dientes y seguí caminando. Cuando llegué al borde del campo, vi a Aitor de espaldas. Estaba solo. Inmóvil. Con los hombros tensos y la mirada perdida en el centro de la arena.
Me acerqué despacio. —Ey… amigo. Vamos a luchar con honor, ¿vale?
Como tú me enseñaste. Le tendí la mano. Un gesto limpio.
Honesto. Una última llamada a quien creí conocer.
Aitor giró la cara. Su mirada ya no era la misma.
Había algo oscuro allí. Algo denso. No dijo nada.
No me miró más de un segundo. Y sin tocar mi mano, se giró bruscamente y se dirigió hacia el campo como un lobo enjaulado que acaba de oler sangre. Me quedé con la mano en el aire.
Otra vez. A lo lejos, la voz profunda de Edrian rompió el silencio.
—Segundo Asalto. Álex Brusc de la casa Bruma contra Aitor Claramunt de los cazadores.
Y entonces lo sentí. Todo el mundo miraba.
Todos los iniciados. Todos los maestres.
Todos los comandantes. Clara, Eloi, Arnau, la Ancestra, Nym… Y Rui.
Rui estaba ahí. De pie en una de las galerías superiores, con los brazos cruzados y los ojos fijos en mí.
Mi corazón dio un vuelco. No sabía si por el miedo, por la rabia…
o por él. El suelo vibró. Una energía mágica rodeó el círculo central de la arena.
Edrian alzó el brazo. —Solo uno quedará en pie.
Y entonces bajó la mano. El duelo había comenzado.
El primer golpe llegó sin aviso. Ni saludo, ni postura de inicio.
Solo un zarpazo directo, seco, que silbó por el aire y me obligó a lanzar el cuerpo hacia un lado.
La espada templaria de Aitor chocó con el suelo y levantó una lluvia de polvo.
—¿Estás loco? —alcancé a decir. Pero Aitor no respondió.
Ya venía de nuevo. Otro golpe. Luego otro.
Directos, certeros. Casi no podía seguirle el ritmo.
Sus pies se movían con la precisión de un cazador entrenado, pero sus ojos…
sus ojos estaban vacíos. Intenté bloquearlo con mi arma circular, pero la potencia me hizo retroceder dos pasos. Sentí el temblor en los antebrazos.
—Aitor… soy yo —murmuré, jadeando.
Nada. Silencio. Solo el sonido metálico de nuestras armas y la respiración salvaje de alguien que parecía no reconocerme.
Una estocada rozó mi costado. Me lancé al suelo, rodé, volví a levantarme con la cara manchada de polvo.
No había piedad en sus movimientos. No había el más mínimo control. Solo rabia.
—¡¿Qué coño te han hecho?! —grité. El pinganillo chispeó.
—Ese no es el Aitor que tú conocías —dijo Eloi, su voz áspera, contenida—.
Espabila, Bruma. Defiéndete ya. O te vas a llevar algo más que un susto.
Tragué saliva. No había tiempo para pensar.
Aitor venía de nuevo. Un giro, un tajo en diagonal.
Lo esquivé por poco. Mi respiración era un tambor en el pecho.
Mi mente, una niebla espesa. Pero algo dentro de mí empezó a hervir.
No solo miedo. No solo desconcierto. Furia.
No iba a dejarme ganar así. No iba a rendirme.
—Muy bien, amiguito… —espeté entre dientes, ajustando el agarre del arma circular—.
¿Quieres bailar? Pues bailemos. Eloi soltó algo que sonó a una carcajada contenida en el pinganillo.
Y esta vez, fui yo quien dio el primer paso.
Esta vez no esperé. Me lancé hacia él, rápido, más rápido de lo que esperaba mi propio cuerpo.
No tenía su fuerza, ni su brutalidad, pero tenía algo que él parecía haber perdido: claridad.
Aitor levantó la espada, intentando un tajo diagonal.
Lo esquivé por milímetros, rodé bajo su brazo y me impulsé desde el suelo para quedar detrás de él.
—¿Qué pasa, Claramunt? ¿Creías que me ibas a ganar tan facil?
—le solté con una media sonrisa, intentando que mi voz sonara más segura de lo que me sentía.
Giró de golpe, pero yo ya no estaba ahí.
Una finta. Otro giro. Y entonces vi el hueco.
Ataqué en diagonal, trazando un arco limpio con mi arma circular.
No iba a matar, solo marcar. Mi filo cortó su brazo, justo por debajo del hombro.
No muy profundo. Pero lo suficiente para que se detuviera.
La sangre brotó como una línea roja sobre la piel tensa.
Se quedó quieto. Por fin. Nos miramos. El aire entre los dos temblaba.
—¿Qué te pasa? —le grité—. ¡Lucha conmigo, no contra mí!
Durante un segundo, pensé que no iba a responder.
Pero entonces, Aitor alzó la vista. Y por fin habló.
—Calla. Solo eres un error —dijo con una rabia que no parecía suya—.
Un puto error que nunca debería haber entrado aquí.
Sentí algo quebrarse por dentro. Un eco que retumbó en mi pecho.
Me paralicé. Solo por un segundo. Y en ese instante, Aitor se abalanzó sobre mí con una fuerza que no parecía humana.
No me dio tiempo a pensar. Solo a reaccionar.
Nuestras espadas chocaron con un estruendo seco, el acero vibrando con cada impulso.
Cara a cara. Hoja contra hoja. Cuerpo contra cuerpo.
Él empujaba con una furia ciega, gruñendo como una bestia acorralada.
Su rostro desfigurado por la rabia. Por algo más que rabia.
—¡Aitor, joder! ¡Somos amigos! —le grité con la cara a escasos centímetros de la suya—. ¡Tú no eres así! ¡No me jodas! Sus ojos, aunque oscuros, dudaron. Solo un instante.
—¡Aitor! —La voz de Annia rompió el silencio como un relámpago—. ¡Eres un Claramunt! ¡Lucha con honor, por favor!
Su grito desgarrado resonó desde las gradas.
Y de repente, vi a Aitor temblar. Sus brazos seguían empujando, pero su pulso ya no era el mismo.
La batalla seguía. Pero algo dentro de él…
también empezaba a quebrarse. Por un segundo, pensé que había funcionado.
Que Annia lo había alcanzado. Pero entonces Aitor cerró los ojos…
y algo cambió. Su cuerpo se tensó, y un estremecimiento recorrió su espalda como si una energía oscura se deslizara por su columna.
Cuando abrió los ojos de nuevo, ya no eran los mismos. Había sombra en ellos. Un rastro púrpura bajo las pupilas, como si la oscuridad le susurrara desde dentro. Como si no fuera solo él. Sus venas comenzaron a ennegrecerse.
—No… —susurré.
Una ráfaga de aire denso me golpeó en el pecho. El aura que lo rodeaba se volvió más pesada. Asfixiante. La arena empezó a vibrar bajo nuestros pies.
Aitor rugió y arremetió con una fuerza descomunal. Me lanzó contra el suelo de un golpe. Sentí el impacto recorrerme la columna. Tosí, me incorporé a duras penas, pero no me dio respiro.
—¡Bruma, espabila! —gritó Eloi por el pinganillo—. ¡Ese no es tu amigo! ¡Es el Dol dentro de él! ¡Defiéndete o te parte en dos!
Rodé justo a tiempo para esquivar un corte que habría abierto mi pecho de lado a lado.
Los murmullos del público crecían. Clara Montalt se había puesto de pie. Vi su mano en el pomo de su espada. Incluso la Arcana fruncía el ceño.
—¿Qué coño…? —jadeé. Otro ataque. Otro impacto. Y esta vez me alcanzó. Un tajo en el costado. El dolor me nubló la vista. La sangre empezó a empapar mi ropa.
—¡Que alguien pare esto!… —gritó Eloi desde las gradas.
Aitor se alzó sobre mí, con el rostro desencajado. Con la espada levantada. Iba a matarme.
Y entonces… Un latido. Pero no del corazón. No del mío, al menos. Fue como si algo en el aire se plegara hacia mí. Una fuerza invisible, densa, casi líquida, que brotó de lo más profundo de mi pecho y se expandió como una exhalación antigua.
Grité.
No fue un grito de miedo, ni de rabia. Fue otra cosa.
Instintivo. Primitivo. Un rugido nacido de algo que no entendía, pero que estaba ahí desde siempre.
Y, al instante, la Bruma me envolvió. Una ráfaga de niebla verdosa, cargada de energía, explotó a mi alrededor.
Fluyó desde mi cuerpo como si hubiera estado esperando este momento.
Como si hubiera reconocido el peligro antes que yo.
La hoja de Aitor se detuvo a centímetros de mi cara. No porque él quisiera. Sino porque la magia la había frenado en seco. Como si el aire entre los dos se hubiera solidificado, formando una barrera invisible que lo obligó a retroceder un paso.