CAPÍTULO 10 - LA ARENA DE LOS INICIADOS #4
El pasadizo volvió a iluminarse con el resplandor turquesa del umbral mágico. Como una herida que se abría para devorar a los siguientes.
—Entrad con honor. O no volváis.
El silencio de Umbrafort pesaba más que cualquier oscuridad.
Había pasado más de una hora desde la prueba.
Una sanadora me habia curado los moratones más graves, aunque la ceja seguía doliendo y tenía un ematoma en el costado vendado con magia fría que aún quemaba.
No podía descansar. Ni estar en la habitación. Ni mirar a nadie a los ojos.
Así que caminé. Bajé las escaleras de piedra hasta el pasillo de los vitrales, donde la luz de la luna atravesaba los cristales de colores y teñía el suelo con figuras imposibles. Era un lugar silencioso, apartado, casi secreto. Y, al parecer… no era el único que lo conocía.
Rui estaba allí. Apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, envuelto en sombras. Sus ojos brillaban como brasas bajo la penumbra. —No deberías estar aquí —murmuró sin mirarme—. Se supone que los iniciados descansan después de una prueba así.
—No puedo dormir.
—Normal. Has casi muerto… tres veces. —Se giró, y entonces me vio la herida de la ceja—. ¿Eso te lo han curado o solo lo estás ignorando?
—Un poco de ambas. Me acerqué, y me sorprendió no encontrar burla en sus ojos. Solo algo más... profundo. Como si hubiera estado pensando demasiado.
—¿Qué haces aquí tú? —pregunté.
Rui tardó en responder. Se pasó una mano por el pelo, inquieto.
—A veces… Umbrafort me asfixia. Demasiados recuerdos. Demasiadas miradas. Necesito lugares donde no me sienta… observado.
—¿Y aquí no te sientes observado?
—Solo por ti.
Me quedé quieto. Esa respuesta me desarmó.
—¿Y te molesta?
—No. —Bajó la mirada un segundo—. Me gusta cómo me miras.
Tragué saliva. Mi pecho empezó a doler de una forma que no tenía que ver con heridas.
—Hoy pensé que no saldríamos vivos —dije, para romper el silencio.
—Yo también. —Su voz bajó un tono—. Pero lo hicisteis bien. Tú… lo hiciste bien.
—No lo sé. Valerio y Cass lo hicieron mejor.
—Ellos no se lanzaron a romper un núcleo de espinas con una espada doble mientras sangraban por la cara.
—Una decisión muy inteligente, ¿verdad?
—Una decisión muy tú.
Nos quedamos en silencio. Afuera, el viento rozaba los vitrales como si quisiera colarse en la conversación. Rui me observaba como si quisiera decir algo más, pero no se atrevía. Hasta que finalmente dio un paso hacia mí. Apenas medio metro.
—Álex…
Mi nombre en su boca era un roce. Una herida abierta. No llumeta ni bruixet, Alex.
—¿Sí?
—Si algún día… pasa algo. Si la Orden decide… separarnos, o mandarme a otra sede, o lo que sea que hagan cuando no les gusta lo que sienten…
—¿Qué estás diciendo?
—Solo… —apartó la mirada, furioso consigo mismo—. Solo quería decir que en la primera prueba cuando te vi… Que hoy, cuando te vi caer…
Mis pulmones olvidaron funcionar. Rui no me miraba, como si decirlo ya le hubiese costado demasiado.
—No lo digas —susurré.
—¿El qué?
—Eso. Si no vas a quedarte, no me lo digas. Porque si lo dices… me va a doler más.
Entonces sí me miró. Y sus ojos no tenían rabia, ni miedo, ni arrogancia. Solo verdad.
—No sé si puedo quedarme, Álex. Pero juro que no quiero irme. Pero tu no lo entiendes…
Y en ese instante, su mano rozó la mía.
No me besó. No me abrazó. Solo ese gesto. Un dedo contra otro, como una promesa rota antes de empezar.
Y luego se apartó. Sin una palabra más. Desapareció entre sombras, dejándome en el pasillo teñido de luz de luna, con el corazón latiendo tan fuerte… que me costaba recordar quién era.
El silencio volvió a pesar sobre mis hombros, como si todo lo vivido en esa batalla, en esa mirada, en ese roce, se condensara ahora en un único punto bajo mi esternón.
Me acerqué al ventanal más cercano, buscando el frescor de la noche. A lo lejos, las luces de Umbrafort parecían parpadear como si también ellas contuvieran el aliento.
Y entonces, una voz. No alta, no clara. Distinta. Me giré instintivamente y caminé en silencio hacia el pasillo de piedra que conectaba con el nivel superior. Desde allí se escuchaban murmullos. Me detuve justo antes del arco tallado y asomé apenas medio rostro, lo justo para no ser visto.
Tres figuras. Una era la Ancestra, vestida de sombras como si fueran seda líquida. La otra, de espaldas, llevaba una capa gris humo que no reconocí. La tercera era inconfundible: Nym, la Silente, aunque hablaba como pocas veces.
—Anda… Helena de Valdombra. No te esperábamos tan pronto. El nombre me recorrió como un escalofrío. ¿Quién…?
—Siempre eres bienvenida, hermana —dijo la Ancestra con voz grave, casi solemne. La visitante se bajó la capucha. Era una mujer de unos treinta años, de piel pálida, ojos de un verde antiguo y una melena marrón trenzada como en espiral.
—Lo siento, hermana —dijo Helena—. Pero mi visita ha llegado antes de lo que pensaba.
Traigo malas profecías. Un silencio pesó como una lápida.
Nym no dijo nada. La Ancestra tampoco. Así que Helena prosiguió: —La llave está sangrando.
El chico está despertando. Y con él su poder.
Los cuatro sellos se resquebrajan. Uno ya se ha roto.
Uno ya ha cruzado El Monarca cruzará. Y antes…
sus arcontes cruzaran el velo. Caminarán los Cuatro.
Y la oscuridad consumirá el mundo. Sentí que se me helaba la espalda.
Un sudor frío bajó por mi nuca. ¿La Llave? ¿El chico? ¿Sellos? ¿El Monarca…?
—¡Alex! —La voz de Cass me sacudió como un latigazo.
Me giré de golpe. Ella bajaba las escaleras con una toalla al hombro, cojeando todavía.
—¿Estás bien? Te he estado buscando.
Parpadeé, mirando aún hacia la sala. Pero cuando volví a asomarme, las tres figuras ya no estaban.
Solo quedaba el eco de aquella voz. Y una frase clavada como un cuchillo en mi mente: La llave está sangrando.
Ya había escuchado esa frase antes. Demasiadas veces.
Hablaban de mí, yo soy esa supuesta llave.
Y ahora, escuchaba la misma frase dicha en voz alta por una desconocida que parecía venir del fin del mundo.
No podía ser casualidad. No lo era. Tenía que averiguar porque soy una puta llave y que coño quiere decir eso.
Si soy una llave ¿Que puerta abro exactamente?
¿y como que estoy sangrando? ¿Hay más llaves como yo?
No entiendo nada. Pero ahora… Ahora tengo que volver a ponerme las botas y salir a la arena.
Dios, qué coñazo. ¿Es que en esta maldita Orden hay que estar todo el puto día luchando?