CAPÍTULO 10 - LA ARENA DE LOS INICIADOS #3
Saltamos por unas rocas, esquivamos un proyectil de sombra que la fosca lanzó en espiral.
Fue entonces cuando Cass alzó la mano instintivamente, como tantas otras veces…
pero esta vez algo cambió. Sus manos empezaron a emitir una luz grisácea, se empezaron a dibujar unas runas en sus palmas y de repente, círculo perfecto, hecho de líneas brillantes y runas flotantes, surgió delante de ella, envolviéndola en un escudo vivo que latía como un corazón blindado.
Las rocas empezaron a alinearse y formar una muralla que nos cubrió por completo.
Los ataques rebotaron con una vibración sonora. Yo me giré, boquiabierto.
—¿Cass… eso lo has hecho tú?
Ella se quedó un segundo sin moverse, mirando sus manos abiertas. Jadeaba.
—Yo… sí. Lo he hecho yo. ¡He usado mi don y la magia del ferro! ¡¡Las dos cosas a la vez!!
—¿Un escudo envolvente y un muro de rocas? —preguntó Valerio, incrédulo—. ¿Desde cuándo sabes hacer eso?
—¡No lo sabía! —gritó Cass, temblando—. Hasta ahora solo usaba mi don y magia menos, como impulsos. Pero esto… esto lo he controlado. Lo he sentido. ¡Clara tenía razón! Y Arnau también….
Yo apenas podía respirar. El escudo seguía vibrando, absorbiendo los golpes oscuros. Y en medio de ese caos, una punzada me atravesó el pecho. ¿Y yo? ¿Dónde está mi don? ¿Por qué apenas puedo usar magia menor? No lo dije en voz alta. Pero lo pensé con tanta fuerza que Eloi debió notarlo.
—Brusc. Concéntrate. Ya empiezas a dominar la magia menor.
Pero ¿sabes qué sí dominas? Luchar. Hazlo como te he enseñado.
Lúcete —susurró por el pinganillo con un tono firme.
Cass giró hacia mí. —Vamos, Álex. Ya sabes quién soy.
Ahora necesito saber quién eres tú. Y corrimos juntos, directo al corazón del combate.
—¿Qué es eso? —preguntó Cass, con el arco preparado.
—No lo sé —respondí—. Pero no me gusta nada.
De repente, del suelo emergieron criaturas formadas por roca y sombras, como gólems fracturados que se recomponían al caer.
Uno de ellos se lanzó directo hacia Cass.
Ella tensó la cuerda del arco, disparó. Un impacto limpio al torso.
La criatura se tambaleó… y siguió avanzando.
La criatura dio un paso, y el suelo tembló como si el mundo entero contuviera la respiración.
Medía más de tres metros. Su cuerpo era una masa de roca incandescente, con líneas de lava brillando entre las grietas.
En el centro del pecho tenía un núcleo rojo, palpitante.
Cada movimiento suyo generaba un rugido sordo, como el de un volcán al despertar.
—¿Ideas? —pregunté, sin dejar de observarla.
—Romperle el núcleo —dijo Valerio, ya en posición—. Es lo único que vibra con magia.
—Nos va a matar antes de llegar a él —bufó Cass, preparando otra flecha.
—Entonces tendrás que confiar en nosotros, arquera —dijo Eloi por el pinganillo—. Y no me falles, que empiezo a cogerle cariño a tu estilo.
—Beltrán. Segundo aviso. Deja a la pelirroja en paz —sentenció Montalt. Cass sonrió de lado. Y se lanzó de nuevo.
Cass usaba su don a su antojo. Su nueva armadura mágica relucía en cada movimiento.
Esta vez no era solo una barrera: era una extensión de su cuerpo.
Protegía, amortiguaba, pero también golpeaba.
Cuando el golem trató de aplastarla con un brazo, ella levantó ambos antebrazos y el impacto se dispersó como si hubiera chocado contra una pared de acero invisible. Retrocedió medio metro, pero resistió.
—¡Ahora, Alex! ¡Ya! —gritó ella.
Corrí. Salté entre los restos de las rocas, deslicé la espada entre las placas de piedra del brazo de la criatura. No fue suficiente. Me lanzó por los aires como si fuera de papel. Caí mal. Sentí el impacto contra una roca. Pero no me detuve. Volví a incorporarme. Sangraba por la ceja.
—¡No puedes ir solo! —gritó Cass—. ¡Esto es trabajo en equipo!
—¿No es lo que estamos haciendo? —Valerio apareció junto a mí, girando su lanza con precisión quirúrgica—. Distracción y ataque lateral.
Cass volvió a disparar una flecha que reventó contra el hombro de la criatura. La hizo girarse. Aproveché. Corrí de nuevo, deslicé la espada por su pierna derecha. El núcleo del pecho empezó a brillar más fuerte.
—Nos está sintiendo —dijo Cass, jadeando—. Sabe que vamos a por él.
—Que venga entonces —murmuró Valerio.
El golem rugió. De sus manos brotó un latigazo de espinas que lanzó a Cass por los aires. Cayó mal. Muy mal. Su pierna herida sangraba sin cesar. Aulló de dolor.
—¡Cass! —grité.
—¡Estoy bien! ¡Estoy bien! ¡Solo necesito… un segundo…!
Pero no lo tenía. La criatura levantó el brazo para rematarla. Y yo… corrí. Sin pensar. Sin plan. Solo con la espada y el impulso.
Justo cuando el brazo caía, Cass levantó las manos. Su escudo estalló como una esfera que absorbió el golpe. Se partió en mil fragmentos dorados.
—¡No me vas a matar tan fácil! —escupió, con los ojos encendidos.
—Eres una puta leyenda — grité.
—Lo sé —jadeó—. Creo que puedo hacer algo más… si consigo concentrarme.
La criatura retrocedió un paso. Por un instante, pareció dudar.
Y en ese momento, algo en Cass cambió. Sus pies se clavaron al suelo.
Sus manos se alzaron. Cass volvió a usar su magia, devolviéndole el látigo de espinas a la criatura, la mantuvo estatica.
La criatura rugió, tambaleándose. El núcleo chispeaba.
—¡Remate, Alex! ¡Ahora o nunca! —gritó Eloi.
Corrí. Con todo lo que me quedaba. Cada paso retumbaba en la arena.
Salté, aferré la espada con las dos manos y giré sobre mí mismo en el aire.
La hoja descendió como un rayo. Atravesó el corazón de piedra del golem.
Durante una fracción de segundo, el mundo quedó en silencio.
Entonces el núcleo estalló. Una onda de calor y luz me lanzó hacia atrás.
Caí de rodillas sobre la arena mientras el gólem se resquebrajaba de arriba abajo.
Grietas incandescentes recorrieron todo su cuerpo antes de que se desmoronara por completo.
Enormes bloques de roca comenzaron a caer a mi alrededor con estruendos secos, levantando nubes de polvo.
Uno se estrelló a escasos centímetros de mí.
Otro rodó frente a mis rodillas. Cuando el eco del último impacto se apagó, solo quedaban restos de piedra humeante esparcidos por la arena.
—¿Lo hemos conseguido? —preguntó Cass, aún con el arco en alto.
Yo jadeaba, las manos temblándome. El polvo aún no se había asentado del todo. Valerio bajó la lanza. Cass se dejó caer de rodillas.
—¿Está… muerto del todo? —añadí, mirando los restos que chispeaban y se evaporaban.
Y entonces, un sonido rasgó el aire. Como un susurro entre dientes podridos. El gruñido húmedo volvió. No venía del gólem.
—La fosca —dije en voz baja—. No ha desaparecido. Solo estaba esperando…
Un chillido agudo atravesó la estancia. Desde la bóveda, la criatura se lanzó en picado, más veloz que antes, con los brazos abiertos como cuchillas líquidas. Aitor ya caminaba hacia el altar, directo al artefacto flotante.
—¡Aitor, para! —grité.
Demasiado tarde. La fosca se precipitó desde el techo, con la máscara brillando como una luna rota. Aitor alzó la vista justo a tiempo, gruñó y me empujó con fuerza hacia un lado.
Caí rodando, golpeándome el hombro contra una roca. Desde el suelo, vi cómo la fosca se abalanzaba sobre él, pero Aitor giró la espada con una fuerza brutal y detuvo el primer ataque.
Cass se incorporó como pudo.
—¡Cúbrelo! ¡Alex, al centro!
—¡Vamos! —grité, corriendo de nuevo.
Cass alzó las manos. El escudo volvió a aparecer, una esfera incompleta que frenó parte del siguiente embiste. Valerio se colocó en el flanco izquierdo.
—Si le cortamos las piernas —dijo—, la forzamos a caer. ¡Ahora!
Salté. Mi espada se deslizó por una de las extremidades de la fosca, generando una grieta negra en su carne líquida.
La criatura chilló. Aitor giró su hoja y clavó la punta en el torso.
Cass disparó al ojo blanco de la máscara.
El proyectil se partió, pero la fosca gritó como si fuera una herida mortal.
—¡Dale ya, Valerio! —bramó Cass.
Y Valerio lo hizo. Su lanza se incrustó por debajo de lo que parecía ser la mandíbula de la criatura, que se agitó como un pez destripado.
Por un momento, todos sus movimientos se volvieron caóticos, frenéticos.
Luego, se disolvió en una marea negra que resbaló por el altar y desapareció entre las grietas.
Silencio. Solo se oían nuestras respiraciones, desiguales, feroces.
Aitor se giró sin decir nada, caminó hacia el artefacto.
Esta vez nadie lo detuvo. Extendió la mano, atravesó la bruma azulada…
y lo sostuvo. Era una esfera de cristal, oscura por dentro, que vibraba con algo parecido a una respiración contenida.
El pinganillo se activó con un chasquido.
—Felicidades —dijo Eloi—. Prueba superada.
Me dejé caer de espaldas, exhausto.
—¡Buen trabajo! —añadió Clara Montalt, en tono seco pero firme—. Mejor de lo que esperaba.
—Confiaba en vosotros —dijo Nym, con su tono etéreo y suave—. Aunque no me imaginaba que sobreviviríais los cuatro.
Una carcajada suave estalló en nuestros oídos. Edrian.
—Habéis demostrado que no todo está perdido con esta generación. Descansad. El resto de los iniciados aún tiene su turno. Vosotros os lo habéis ganado.
Una pausa.
—Y, por cierto —añadió Kaelan, con voz afilada—. Me alegra ver que Valerio ha sido útil. Aunque... habrá que revisar ciertos impulsos emocionales.
Valerio no contestó. Solo guardó su lanza y se alejó hacia las sombras del templo.
Cass, aún sentada en el suelo, se apoyó en mí.
—¿Lo hemos hecho?
—Lo hemos hecho —asentí.
La voz de Edrian se impuso en la arena con su gravedad implacable: —El siguiente grupo, que avance al campo de pruebas. Pausa breve. Un eco ritual. —Annia Claramunt. Iván Delgado. Lua Nereida. Irina Solovyev.