CAPÍTULO 10 - LA ARENA DE LOS INICIADOS #2
Valerio gritó algo ininteligible, y se lanzó contra el falso Kaelan con su lanza en alto.
El enemigo lo recibió como un maestro: giró, atrapó la lanza con el látigo y la arrancó de sus manos con un chasquido seco. Valerio cayó de espaldas.
—¡Estamos muy jodidos! —grité—. ¡Cass, estás bien?
—¡No! —respondió entre dientes—. ¡Pero me voy a mover igual!
Apoyó la rodilla herida y alzó una mano. Una barrera de luz, tenue pero firme, surgió frente a nosotros. Era pequeña. Inestable. Pero suficiente.
—Cass cada dia dominas mejor tu don—empecé.
—Clara —masculló ella—. Me enseñó a canalizar mejor. Poco. Pero lo intento cuando no hay más remedio. Me obliga a entrenar después de las clases durante horas.
La barrera detuvo el siguiente latigazo de fuego. Cass cayó de nuevo, pero el escudo resistió. Yo aproveché para lanzarme contra el león.
Salté, giré la espada, y corté en diagonal. El león rugió. No sangraba, pero retrocedió. Valerio se levantó, sangrando de la ceja, y recogió su lanza.
—¡No lo pienses! ¡Clava y rueda! —gritó Eloi por el auricular.
—¡Ruedo tu ego si no paras de gritarme! —le respondí, girando para cortar otra araña.
—Mi ego está más afilado que tu espada, chulito. Usa magia menor y lanzale la espada a distancia… Antes de que Eloi acabe la frase capto lo que dice y me dispongo a hacerlo (que haga el ataque de manera epica)
—Mi ego está más afilado que tu espada, chulito. Usa magia menor... y lánzale la espada a distancia.
No le dejó terminar la frase. Lo entendí al instante. Extendí la mano y use magia menor.
La espada abandonó mis dedos envuelta en un destello blanquecino y salió disparada como una flecha. Giró sobre sí misma a toda velocidad, silbando en el aire antes de atravesar de lado a lado al león. El impacto lo lanzó varios metros hacia atrás.
Cass volvió a alzar el arco. Sus piernas temblaban. Pero disparó una flecha encantada directamente al ojo del león. La cabeza de la criatura estalló en luz. Se desvaneció con un rugido ilusorio.
—¡Uno menos! —grité.
—¡Valerio, ahora! —gritó Cass.
Los tres nos lanzamos a la vez. Yo por la izquierda. Valerio por la derecha. Cass cubriendo con escudos fugaces y flechas mágicas.
El falso Kaelan chasqueó el látigo con furia.
Una llamarada me alcanzó el brazo, pero seguí.
Valerio clavó su lanza en el estómago de la ilusión.
Yo corté en cruz desde el pecho. Cass lanzó una última flecha directa al corazón de fuego.
Y entonces… el fuego se detuvo. El túnel vibró.
El cuerpo del falso Kaelan se desintegró en una lluvia de ceniza.
Las arañas se deshicieron en polvo. Y el túnel…
se abrió. Respiré. Mis brazos dolían. Cass estaba en el suelo, con la pierna quemada, jadeando.
Valerio sangraba, pero sonreía como si acabara de salir de una obra de teatro absurda.
—¿Estamos…? —empecé.
—Fuera —dijo Cass, cerrando los ojos—. Por fin.
Silencio. Solo nuestras respiraciones. Y la certeza de que algo había cambiado entre nosotros. Habíamos luchado. Y sobrevivido. Juntos La salida era una grieta de luz al fondo del túnel. La cruzamos como si dejáramos atrás una pesadilla compartida. La adrenalina todavía me latía en las sienes.
Cass cojeaba, con la pierna quemada, pero no soltaba el arco. Valerio caminaba delante, la lanza apoyada en el hombro, con esa expresión entre arrogante y cansada que no lograba descifrar.
Y entonces lo vimos.
Aitor. Estaba de pie, a unos metros, con la espalda girada hacia nosotros. Completamente inmóvil. Las luces mágicas de la arena iluminaban su figura entre sombras y tierra removida.
—¡Aitor! —grité, levantando el brazo.
Cass también lo llamó:
—¡Eh! ¿Estás bien? ¡Hemos salido!
Pero no respondió. Simplemente siguió caminando hacia el siguiente tramo del circuito. Sus pasos eran firmes, lentos, como si no escuchara nada. O como si estuviera escuchando algo muy distinto. Cass y yo intercambiamos una mirada de alarma. Valerio chasqueó la lengua.
—Genial. Se le ha ido la olla.
Yo di un paso hacia él, pero Cass me sujetó del brazo. —Déjalo. No va a escuchar.
—¿Y si está…? —empecé.
—No es nuestro problema ahora. No podemos con más.
Un hilo de tensión me apretó el cuello. El aire sabía a óxido y sudor. Me giré hacia Valerio y le tendí la mano.
—Gracias por lo de antes. Lo hemos hecho bien. Creo que… —me detuve— creo que funcionamos bien como equipo.
Por un segundo, sus ojos se clavaron en los míos. Y vi algo. Duda, tal vez. ¿Alivio? ¿Reconocimiento? Pero entonces un leve pitido sonó en su oído. El auricular. Giró la cabeza, como si escuchara una orden. Y en un gesto rápido, aparto mi mano.
—No te flipes —masculló, y me empujó ligeramente con el hombro al pasar por mi lado.
Me quedé quieto, con la mano aún en el aire.
Cass me miró, bufo —Dejalo Alex, no vale la pena.
Cass apoyó un hombro en el mío y seguimos avanzando.
Yo cerré el puño, tragándome la pregunta que me ardía en la lengua.
¿Qué había escuchado? ¿De quién? Kaelan, obvio.
Por un momento, había sentido que éramos un equipo.
Pero ahora… no puedes relajarte nunca en Umbrafort.
Miré a Aitor, caminando como un espectro. Miré a Valerio, que se había deshecho de mí como si fuera un estorbo.
Y entonces lo solté, en voz alta, para que todos me escuchen en la arena, en todos los canales:
—Empiezo a estar hasta los cojones de la Orden. Sinceramente.
La respuesta de Eloi no tardó ni dos segundos:
—Cuida esa lengua, chulito. O voy a tener que cerrarte la boca yo mismo.
Parpadeé. ¿Eloi acababa de decir lo que yo creía que acababa de decir?
—Mmm… ¿acabas de decir lo que creo que acabas de decir? —murmuré, aún con el pulso alterado.
—Seguramente has oído mal. Venga, céntrate.
—Eres tú quien me está lanzando indirectas, mi comandante.
—Sigue soñando, renacuajo. La prueba aún no ha terminado.
Su tono no era severo. Ni frío. Era justo ese punto exacto entre advertencia y burla.
Como si, en el fondo, me entendiera y supiese que ese comentario era justo lo que necesitaba para no volverme loco y perder los estribos.
Avanzamos por el sendero irregular que se abría ante nosotros, la gente nos observaba desde arriba en las gradas y me sentía como un gladiador en un coliseo, luchando por mi vida, pero sirviendo de espectáculo a las masas.
—¿Dónde coño estamos ahora? —preguntó Cass, cojeando ligeramente, pero sin perder la mirada afilada—. Esto parece el decorado de un videoclip postapocalíptico.
—No bajéis la guardia —intervino Eloi por el pinganillo, su voz más seria—.
Estáis cerca. El artefacto está protegido por una fosca.
Esta la conoces Brusc, la trajimos a Umbrafort el día que conociste al comando.
No os enfrentéis solos. Repite conmigo, Álex: no me voy a lanzar de cabeza como un imbécil.
—No me voy a lanzar de cabeza como un imbécil —murmuré.
—¿Lo dices en serio?
—Ni de coña —le respondí.
Cass resopló, divertida.
—Te pones rojo y muy chulito cuando hablas con Eloi, ¿lo sabes?
—Por favor no —dije yo justo cuando Valerio soltó un bufido.
—No sois tan graciosos como creéis. Centraos.
Aitor caminaba delante, con pasos erráticos y pesados. Su espalda tensa, el cuerpo rígido. Como si no nos oyera.
—¿Aitor? —dijo Cass con voz más suave—. ¿Sabes que es una prueba de grupo? ¿Todo bien?
Él se giró de golpe, con los ojos muy abiertos y un temblor en la mandíbula.
—¿¡Qué pasa!? —espetó—. ¿Qué queréis ahora? ¡Dejadme en paz!
Cass dio un paso atrás sin querer, y yo levanté una mano con calma.
—Eh, tranquilo. Solo queríamos asegurarnos de que—
—¡He dicho que me dejéis! —gritó. Y siguió caminando, como una sombra maldita.
—Ese tío me está empezando a dar mal rollo —murmuró Cass.
—No eres la única —contesté en voz baja.
—Renacuajo —intervino Eloi, usando mi mote—. Si reacciona así en medio de una misión real, será una carga. Mantén las distancias pero no lo pierdas de vista. Algo no va bien en él.
—Lo sé. Pero no pienso dejar sola a Cass si las cosas se ponen feas.
—Lo sé —dijo Eloi, más bajo.
Nos acercábamos a una zona abierta. Un altar de piedra resquebrajado brillaba al fondo, y flotando sobre él... un objeto redondo, envuelto en una bruma azulada.
—¿Ese es el artefacto? —pregunté.
—Confirmado —dijo Eloi—. No lo toquéis todavía. Primero tendréis que derrotar a su guardián. A la fosca.
Cass chasqueó la lengua.
—No me jodas.
Y entonces la oímos. Un gruñido húmedo, como ramas quebrándose bajo agua podrida.
Una figura se alzó detrás del altar. No era una fosca como las demás.
Su cuerpo era más sólido, más... consciente.
Como si algo de ella entendiera el miedo.
Una máscara alargada cubría su rostro, y unos ojos blanquecinos se abrieron como faros apagados.
Supongo que la orden la había modificado con magia para esta prueba. Son tan retorcidos.
—¡En guardia! —grité.
Valerio ya giraba su lanza con movimientos expertos. Cass tensó el arco, aunque le temblaba la pierna herida. Yo tomé el mango de la espada doble.
—Venga, Orden, demostradnos para qué nos estáis jodiendo vivos —masculló Cass.
Y sonreí. Porque, por primera vez en toda la prueba…
no sentía que fuésemos débiles. El impacto sacudió la arena como un latido de guerra.
Todo temblaba. La fosca se arrastraba por el techo, dejando un rastro negro que parecía deshacer la piedra.
Aitor respiraba con furia, con los nudillos blancos aferrando su espada, y de pronto gritó algo confuso y se lanzó de nuevo, por su cuenta.
—¡Aitor, espera! —gritó Cass.
Pero él ya estaba cortando el aire, sin escuchar.
Yo corrí junto a Cass y Valerio, que se mantenía más cerca esta vez. El pitido del pinganillo se activó.
—Rodeadla por la izquierda —ordenó Eloi—. Cass, mantente detrás de Álex. No vayas de heroína.
—¿Heroína yo? —resopló ella—. ¿Tú sabes con quién estás hablando?
—Beltrán, no distraigas a mi iniciada —le reprendió Montalt.
—Esto se pone interesante... —soltó Kaelan entre risas.