Llum i ombra CAPÍTULO 10 - LA ARENA DE LOS INICIADOS
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CAPÍTULO 10 - LA ARENA DE LOS INICIADOS

ALEX

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La grieta de luz se abrió por completo. El portón se levantó con un rugido metálico, dejando al descubierto la arena.

Pero no era una simple explanada.

Frente a nosotros se desplegaba un campo fragmentado: un terreno de combate diseñado para quebrarnos o forjarnos.

Había zonas de roca y polvo seco, torres en ruinas cubiertas de hiedra encantada, árboles retorcidos que emergían como dedos de piedra, y pasarelas colgantes de madera vieja suspendidas sobre un pequeño abismo central, del que subía una estela azulada.

Todo era hermoso y brutal. Las dimensiones de esta especie de coliseo eran abismales.

Dimos los primeros pasos en formación. Los cuatro.

Cass a mi izquierda, con el arco ya listo entre los dedos. Aitor a mi derecha, adelantado, espada en mano como si no pensara esperar órdenes. Valerio en diagonal, con su lanza girando sin pausa, como si estuviera calentando para un espectáculo privado.

Entonces escuché la voz en mi oído.

—Brusc respira —dijo Eloi, directo—. Mide el terreno. Observa las alturas. No te lances sin cobertura.

—Buenos días para ti también —murmuré, apenas moviendo los labios.

—Si estás hablando, no estás respirando bien. Y si no respiras bien, mueres. ¿Te lo explico con dibujos?

—Dame un boli, a ver si me haces un croquis.

Eloi suspiró. Pero sonaba… divertido. O, al menos, entretenido.

Avanzamos entre los restos de una estructura de piedra medio derruida. El sol golpeaba las losas, pero no calentaba. Todo estaba lleno de una tensión suspendida, como si el aire se hubiera contenido a la espera del primer fallo.

—Altura a la izquierda —dijo Eloi de pronto—. ¿La ves?

Giré la cabeza. Una torre semiderruida. Buena cobertura. Buena línea de visión para Cass.

—Lo veo. ¿Quieres que me suba o que le pida matrimonio?

—Solo no te mueras, Brusc

Pausa. —Y no dejes que nadie te toque antes que yo.

Me detuve.

—¿Perdón?

—He dicho: no dejes que nadie te toque . Concéntrate.

—Eres peor que Rui.

—Rui no sabría guiar ni a un gato fuera de una caja. Sigue moviéndote.

Cass me miró de reojo, arqueando una ceja. Aitor ya se había separado ligeramente, escaneando el perímetro con movimientos bruscos. Valerio caminaba como si bailara, siempre un paso más cerca del peligro de lo necesario.

—Nos están observando desde arriba —añadió Eloi, más serio—. No lo olvides. Esto no es solo una prueba. También una criba. Aunque a simple vista creáis que estáis frente a una carrera de obstáculos, os están analizando. Esta fase es para desgastaros, para que os confiéis.

El terreno no nos daba tregua.

Pasamos por una pasarela colgante cubierta de musgo resbaladizo, saltamos entre bloques de piedra semienterrados, esquivamos pinchos encantados que emergían del suelo sin previo aviso. Las runas grabadas brillaban al paso, activando trampas que respondían al movimiento.

—Atento a las runas del suelo, algunas responden a presión emocional —me advirtió Eloi por el auricular—. Si estás cagado, explotan. Literalmente.

—Genial. ¿También reaccionan a sarcasmo?

—Eso lo descubriremos pronto.

Valerio iba por delante.

Se movía rápido, pero sin avisar. Saltó a una estructura derruida, y cuando pasé detrás de él, sin mirar, me empujó con el codo para apartarme.

—Cuidado, princesa —dijo con media sonrisa—. No te vayas a caer.

Le clavé la mirada.

—Empújame otra vez y comprobarás de que soy capaz.

—De hacer magia seguro que no —dijo con sarna.

—Chicos —murmuró Cass entre dientes—. No es momento.

Aitor no dijo nada. Pero en su expresión había algo encendido. Como si vernos discutir alimentara su rabia. Como si llevara una pelea dentro… y solo necesitara alguien que se acercara demasiado.

Seguimos avanzando hasta una zona de plataformas de piedra flotante suspendidas sobre un cauce seco.

Había que saltar. Y calcular bien.

Aitor ya había cruzado. Cass cruzó la siguiente, ágil. Luego fui yo. La piedra vibraba levemente bajo mis pies.

Valerio se lanzó después y, al aterrizar, volvió a girarse bruscamente, lanzándome una mirada por encima del hombro.

—No todos vais a llegar al final. Sería... poco creíble.

—Y tú estás desesperado por ser el que destaque —le solté.

—No —dijo, girando su lanza entre los dedos—. Solo el que quede en pie.

Justo entonces, una de las piedras empezó a hundirse.

—¡Salta! —gritó Cass desde la siguiente plataforma.

Lo hice. Sentí el vacío bajo los pies. Por un segundo, no hubo suelo. Solo impulso y vértigo.

Cass me agarró de la muñeca justo cuando caía. Me sostuvo. Me alzó. Me salvó.

—Gracias —susurré, jadeando.

—No me des las gracias. Aún queda camino.

Y no exageraba.

Frente a nosotros se alzaba una muralla de raíces vivas, con espinas móviles y vapores que emergían de ella. Un muro natural. Y con una sola abertura en el centro.

—Es un pasadizo hechizado, ves el vapor, es magia ilusoria, altera la percepción de la realidad —dijo Eloi por el auricular—. No veréis lo mismo. Tendréis que avanzar igual, sincronizados. Si uno se pierde… no sale.

—¿Y si uno decide ir por libre? —pregunté, inquieto.

—Entonces muere solo.

Nos miramos los cuatro.

Valerio afiló la sonrisa, pero no se movió. Cass tragó saliva y asintió.

Yo respiré hondo.

Aitor dio un paso atrás.

—No me meto en eso. Voy por arriba.

—Aitor, no. ¡No vas a aguantar la presión mágica ahí arriba! —le gritó Cass.

—Pruébame —escupió.

Se desvió sin mirar atrás, trepando por una raíz como si no escuchara nada.

—¡Aitor! —grité.

Pero ya estaba desapareciendo entre el ramaje.

—¿Qué hacemos? —Cass me miró, confundida—. Se supone que teníamos que hacer esto en equipo.

—Seguimos. O nos quedamos aquí eternamente.

Valerio ya se había adelantado. Cass y yo intercambiamos una mirada. Y entramos tras él. La ilusión empezó al primer paso.

Y nada volvió a tener forma.

Entramos.

Al primer paso, todo cambió.

El pasadizo no era real. Las raíces se cerraron a nuestras espaldas, y la luz se volvió líquida. El suelo desapareció. El aire se espesó como si respirásemos a través de un recuerdo mal construido.

—No os separeis —susurró Cass.

—¿Véis lo mismo que yo? —pregunté, pero no obtuve respuesta.

Frente a mí, las paredes empezaron a moverse. Se retorcieron. Y entonces las vi.

Arañas. Decenas. Cayendo del techo, saliendo del suelo, arrastrándose con esas patas imposibles que parecían de hueso y sombra. Algunas tan grandes como un perro. Otras tan rápidas que no podía seguirlas.

—¡Mierda! —grité—. ¡No, no, no!

Empecé a golpear con la espada como un poseso. El filo giraba, cortaba, brillaba, pero por cada una que caía, aparecían tres más.

—¿¡En serio, Álex!? —gritó Cass—. ¿Arañas?

—¡Me dan asco! ¡Son horribles!

—¡Hay demasiadas! —gritó Cass, retrocediendo mientras disparaba una flecha encantada que atravesó tres al mismo tiempo. El arco brillaba como si respondiera a su nerviosismo.

Entonces, detrás de ella, apareció un rugido seco.

Me giré.

Y vi un león. Gigante. Blanco. Desproporcionado. Con los ojos negros y la melena ardiendo como si fuera fuego encantado.

—¿¡Un león!? —grité—. ¿En serio, Cass?

—¡Lo siento! ¡Me aterran desde pequeña, vale!? ¡Pesadillas, circos, documentales! ¡No me juzguéis!

—Entonces... nuestras fobias aquí dentro se hacen realidad.

—Valerio, rápido. ¿Cuál es tu mayor miedo? Por favor, que sea un lindo gatito... —dijo Cass.

Valerio apretó la mandíbula.

El león rugió. Yo casi grité. Cass disparó otra flecha, pero el león se lanzó sobre nosotros Tuvimos que rodar en el suelo para esquivarlo, mientras las arañas seguían cayendo a nuestro alrededor.

—¡Tenemos que acabar con esto! —grité—. ¡Rápido, antes de que—!

Y entonces, apareció él.

Desde un lateral de la niebla, entre las raíces, surgió Kaelan. Pero no el real. Una ilusión. Una versión más alta, más cruel, con los ojos llenos de fuego y un látigo encendido en llamas vivas. Lo hizo crujir en el aire, y la energía quemó una de las arañas en el acto.

Cass y yo nos detuvimos.

—¿¡Es broma!? —dije.

Kaelan dio un paso hacia nosotros, rodeado de llamas.

—¿En serio, Valerio? —exclamamos Cass y yo al unísono.

—¿¡Tu mayor miedo es tu propio comandante!? —jadeó ella, incapaz de creérselo.

—Tiene sentido, ¿no? —Valerio contestó, un poco rojo, pero alzando la lanza—. Tiene un látigo de fuego y puede matarme con una mirada. No lo llamaría “relación saludable”.

—Bravo —mascullé—. Estamos jodidos.

El falso Kaelan alzó el látigo. Las arañas seguían viniendo. El león rugía detrás.

Y por primera vez, los tres nos posicionamos como un equipo. Yo al frente con la espada girando como una hélice. Cass cubriendo desde atrás. Valerio, girando la lanza con fuerza.

Y esta vez… ninguno retrocedió.

El falso Kaelan alzó el látigo de fuego. Lo hizo crujir en el aire con un estallido que me hizo retroceder sin pensarlo. El calor que emanaba era real. El miedo, también.

A mi alrededor, las arañas seguían cayendo del techo, arrastrándose entre los pies, lanzándose contra nuestras armas. Cass disparaba flechas una tras otra, pero ya se le notaba el temblor en los dedos. El león rugía de nuevo, embistiendo contra las ilusiones y a punto de alcanzarnos.

Y entonces escuché a Eloi por el auricular.

—Organizaos. Estáis yendo como pollos sin cabeza. Álex, Lidera. Tu a la izquierda. Cass, retaguardia. Valerio, distrae al cabrón del látigo. ¡Vamos!

—¡Eres encantador! —bufé, girando la espada entre las manos mientras me lanzaba contra las arañas—. ¡Cass, cúbrenos! ¡Valerio, ocúpate del cabrón del látigo! ¡Yo voy por la izquierda! ¡Vamos!

—Y tú sigues vivo, así que algo estaré haciendo bien.

El falso Kaelan giró sobre sí mismo, y lanzó el látigo en espiral. La llamarada barrió el suelo. Valerio se agacho justo a tiempo, pero el fuego rozó a Cass.

—¡Cass! —grité.

Las arañas se abalanzaban sobre ella. Extendí las manos y, usando la poca magia menor que podía, las fui apartando una a una mientras me abría paso hasta ella.

Cass gritó, cayendo de rodillas. El fuego le había alcanzado la pierna derecha.

La tela se chamuscó, y el humo subió como una señal de alarma.

Jadeó, los ojos cerrados un segundo, pero no soltó el arco.