Llum i ombra CAPITULO 9 – LA SEGUNDA PRUEBA #4
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CAPITULO 9 – LA SEGUNDA PRUEBA #4

No supe qué contestar. Pero sus palabras se me quedaron grabadas con más fuerza que muchas otras. Joder me están preparando como si fuésemos a la guerra, no entiendo que coño va a pasar. Odio esta puta secta. Literal.

Cuando se fue, Eloi ocupó su lugar.

Lo vi acercarse con esa mezcla suya de seguridad y distancia. Llevaba las manos en los bolsillos, pero el gesto de la boca lo delataba: algo le rondaba por dentro.

Se detuvo a mi lado, sin mirarme.

—Mantente firme —dijo—. Y si algo sale mal, no intentes lucirte. Sobrevive. Eso es lo único que importa.

Tragué saliva. No pude más.

—¿Hasta cuándo vas a seguir molesto conmigo?

Eloi giró levemente la cabeza.

—¿Molesto?

—Sí. No lo entiendo. No sé qué te he hecho. Desde que llegué… a veces parece que me vas a romper de un empujón, y otras… que te gustaría evitar tener que hablarme.

Me sorprendió que no se girara del todo.

Pero su voz sí cambió. Fue más baja. Más humana.

—No estoy molesto contigo, Álex.

Pausa.

—Solo intento protegerte. Aunque no siempre sepa cómo hacerlo sin joderlo todo.

Su tono tenía algo crudo. Algo sincero.

Yo lo miré por fin.

Y por un segundo, deseé entenderle.

Deseé que no llevara esa barrera invisible entre nosotros.

Porque había algo en él que dolía sin mostrarse.

Y porque, aunque todo en mi cuerpo estuviera girando alrededor de Rui…

una parte pequeña, apenas un hilo, también temblaba cuando Eloi me miraba así.

Justo antes de  posicionarnos frente al portón, se produjo un movimiento controlado.

Uno a uno, los comandantes de cada comando se acercaron a sus iniciados.

Kaelan le colocó el auricular a Valerio con una sonrisa helada, ajustándolo como si fuera una pieza de armadura más.

Roco habló con Aitor en voz muy baja, casi paternal.

Le tocó el hombro un momento. Aitor no respondió.

Sólo asintió, pero con la mandíbula aún apretada.

Como si ya estuviera peleando por dentro.

Cass recibió el suyo de Clara Montalt, Cass cerró los ojos un segundo.

Inspiró. Y respiró como si contuviera algo más que miedo.

Eloi se detuvo frente a mí. Sacó el pequeño auricular negro de su bolsillo y me lo tendió. No dijo nada al principio. Lo tomé. Me lo coloqué en la oreja. Estaba más frío de lo que esperaba.

—¿Me vas a vigilar? —pregunté, en un intento de romper el silencio

Eloi alzó una ceja. —Voy a guiarte —dijo al fin—. No es lo mismo.

Sus ojos eran duros, pero no había hostilidad. Sólo un tipo de cuidado que no sabía mostrarse bien.

—Entonces dime qué oyes —le respondí.

—¿Ahora? —preguntó. Asentí. Eloi me miró directamente.

—Tu respiración. Y está yendo muy rápido. Así que cálmate. Y no hagas tonterías, renacuajo. Hay dos canales de comunicación. Uno para comunicarte directamente conmigo y otro grupal.

Su tono era seco, pero algo en mi pecho se aflojó. Como si, a pesar de todo, esa conexión significara algo. Aunque él nunca lo dijera. Entonces nos pidieron que nos colocáramos. Y el portón nos reclamó.

El murmullo cesó.

Todos nos agrupamos frente al portón.

La piedra de la explanada ardía bajo los pies, pero no por el sol. Era la tensión. El peso de los cuerpos. Las armas temblando por primera vez al contacto con la intención.

Mi mano apretaba la empuñadura de la espada doble.

El aro central encajaba con precisión en mi palma, pero podía sentir su filo al menor movimiento.

Ligera. Peligrosa. Viva. Mierda ¿Por qué he cogido un arma tan pesada?

Me cuesta hasta sostenerla, eso me pasa por ir de chulo.

Bien Alex tu siempre tomando malas decisiones.

A mi izquierda, Cass tensaba los dedos sobre su arco encantado. Su mirada iba del portón al cielo y luego… a mí. Me sostuvo la mirada por un instante. No sonrió. No podía. Pero algo en su expresión me pidió que no la dejara sola.

A mi derecha, Aitor hacía girar su espada templaria como si ya estuviera en combate.

Demasiado agresivo. Demasiado rápido. Sus ojos eran una tormenta contenida, y su mandíbula no dejaba de apretarse.

Había algo fuera de lugar en su forma de respirar.

Como si se estuviera peleando con un monstruo invisible dentro de sí.

Valerio, al otro extremo, giraba su lanza con una elegancia casi burlona. Su sonrisa era cortante. No nos miraba: nos evaluaba. Y cuando sus ojos se cruzaron con los míos, ladeó la cabeza… como si ya supiera cómo iba a matarme.

Todos teníamos claro algo: ya no se trataba solo de superar una prueba. Era sobrevivir… y demostrar que merecías estar allí.

El portón era una muralla de acero y runas grabadas. Nos separaba de la arena. De la caza. De lo desconocido.

Edrian avanzó por la pasarela superior. Su capa se agitaba como una bandera negra en medio del silencio. Cuando habló, su voz se escuchó por todo Umbrafort, profunda, sin necesidad de gritar.

—Aquí no se premia la gloria.

Solo la verdad.

La verdad de lo que sois… cuando nadie puede salvaros.

Pausa.

Contención.

El aire pareció detenerse.

—Que comience la prueba.

Un estallido de runas iluminó los bordes del portón.

Y la arena se abrió al mundo.