Llum i ombra CAPITULO 9 – LA SEGUNDA PRUEBA #3
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CAPITULO 9 – LA SEGUNDA PRUEBA #3

—Y aún tengo tu sangre bajo mis colmillos. —Su voz bajó una octava más—. ¿La hueles?

Mi garganta se cerró.

Él sí la olía, se notaba deleite en su mirada, en como la saboreaba. En como se relamía.

Rui dio un paso más cerca, hasta que nuestras espaldas casi se tocaron. Su boca quedó junto a mi oreja, y cada palabra que salía de ella se sentía como una amenaza dulce. Un conjuro hecho carne.

—No es miedo lo que corre por tus venas ahora.

Dejé escapar una risa nerviosa.

—¿No?

—No. —Su mano subió a mi brazo, deteniéndose justo bajo la manga—. Es deseo mal contenido. El tuyo… o el mío. Aunque ya empiezo a confundirlos.

Por fin me giré.

No fue un giro violento, fue lento, contenido, como si el aire se hubiera espesado a nuestro alrededor.

Rui estaba allí, esperando, tan cerca que si respiraba un poco más fuerte, nuestros labios se rozarían.

Sus ojos eran humo y hambre. Una sombra elegante. Una advertencia.

Me sostenía la mirada como si esperara que yo cayera primero. Que me quebrara.

—¿Y si pierdo el control? —murmuré. Mi voz apenas salió.

Él ladeó la cabeza con lentitud. Sonrió, y su sonrisa era todo lo que estaba mal en el mundo y todo lo que yo deseaba.

—Entonces será divertido.

Tensé los dedos en el mango del arma. No sabía si quería golpearle o dejar que me tocara. No sabía si me odiaba por hacerme sentir así o si le odiaba por existir con esa piel, con esa voz.

—No juegues conmigo, Rui.

Se inclinó ligeramente. Sus labios a un suspiro de los míos.

—¿Y si ya lo estoy haciendo?

Fijó sus ojos en los míos. Retándome. Relamiéndose los labios.

—He sido muchas cosas, Álex. Arma. Monstruo. Sombra.

—…

—Pero nunca he querido ser algo… hasta que te conocí, llumeta. Pero no te emociones. Mejor olvida lo que he dicho.

Mi respiración se detuvo. No por miedo. Sino porque su voz —su forma de decir mi nombre, ese apodo— se me clavó en un lugar que no sabía que existía.

Como si algo se rompiera en mí. O se encendiera.

No sabía si quería besarlo o huir. Y por un segundo —uno solo— deseé que nadie más en el mundo supiera nunca cómo se sentía eso. Ser visto así. Nombrado así.

A lo lejos, oí la voz de Kaelan. Aunque hablaba con Valerio, no hacía el más mínimo esfuerzo por ocultar que quería que todos le escucháramos.

—Recuerda lo que te dije —gritó con una sonrisa torcida—. No falles con el primer golpe. No con él.

—¿Él? —preguntó Valerio, girando sutilmente la mirada hacia mí.

—El chico Bruma. —Kaelan sonrió sin humor—. El que juega a ser héroe con juguetes de adultos.

Valerio asintió y giró la lanza con una agilidad provocadora.

—¿Al pecho o al ego?

—Donde más sangre. Pero hazlo bonito. Que se note que viene de nosotros.

Entonces sentí la presencia de ambos, acercándose como si el aire mismo les abriera paso.

Y no venían solos.

Ángélica Prust caminaba a su lado, tacones perfectos, espalda recta, mirada afilada como su delineado. El aura de alguien que podía arrasar un salón sin levantar la voz. Se pasó la lengua por los labios como si la tensión fuera un plato que estuviera a punto de servirse.

Rui ya se marchaba. Pero justo al girarse, se topó cara a cara con Kaelan.

No hubo palabras.

Solo una mirada.

Y luego, Rui mostró los dientes. Sin vergüenza. Sin esfuerzo. Colmillos brillando entre la sonrisa torcida. Una advertencia directa.

Kaelan mantuvo la mirada, imperturbable. Casi parecía disfrutarlo.

Ángélica se rió suavemente, sacudiendo el pelo hacia atrás mientras posaba una mano en la cadera.

—Relájate, dientes de sable —ronroneó—. Aún no es hora de sacar las garras.

Le lanzó un beso en el aire que Rui ignoró.

Que zorra me ha quitado el mote. Joder. Que poco original soy.

Justo después, Kaelan se volvió hacia mí.

—Brusc... Brusc… —repitió despacio, degustando cada sílaba como si ya supiera cómo iba a terminar aquello—. Espero que esa espada tuya sepa hacer algo más que reflejar la luz. Ha llegado a mis oídos que el chico Bruma solo sabe hacer magia menor. Que pena.

—¿Y tú? —le respondí, sin apartar la mirada—. ¿Sabes hacer algo más que hablar desde las sombras de otros?

El aire se tensó. Rui se detuvo un par de pasos más allá.

Kaelan alzó una ceja.

—Tienes agallas. Me gusta.

—Tú tienes público. Se nota.

—No te equivoques, bruma. —Kaelan escupió las palabras como si le diera arcadas—. Esto no es una exhibición. Es una criba.

Me obligué a no bajar la mirada. Ni un milímetro.

—Entonces no mires tan alto. No vayas a caerte al mirar desde arriba.

Por un segundo, nadie dijo nada. Los nudillos de Kaelan se cerraron con fuerza. Una lengua de fuego escapó entre sus dedos, iluminándole el rostro durante un instante. Sonrió otra vez, pero esta vez no había ni rastro de diversión.

Hasta que Ángélica se rió como si acabaran de contarle un chiste privado.

—Oh, Kaelan… ¿vas a dejar que te hablen así antes del desayuno?

Kaelan no respondió.

Pero su mirada me lo dijo todo.

Iba a intentar romperme. No con golpes. Con precisión. Con intención.

Y yo… no estaba tan seguro de no querer devolvérselo.

La prueba estaba apunto de empezar me acerque a Eloi, justo a su lado estaba la insufrible Clara Montalt, su abrigo negro ondeaba detrás de ella como si fuera parte de su cuerpo, una prolongación de su voluntad férrea.

El pelo recogido con precisión, la expresión impasible, y esa mirada suya que podía partir en dos a quien se cruzara en su camino.

Se dirigió directamente a Eloi. No con cortesía.

No con respeto. Con una presencia que exigía ceder espacio.

—Espero que tu protegido no se rompa en la primera carrera —dijo con tono gélido, pero sin alzar la voz. Su lengua era más peligrosa cuando sonaba suave—. Aunque sería comprensible… si lleva demasiado peso emocional encima.

Sus ojos se clavaron en mí por apenas un segundo. Suficiente.

Y luego volvieron a Eloi.

Él no contestó.

Ni se inmutó.

Solo tensó la mandíbula.

Clara alzó una ceja.

—¿No tienes nada que decir, Beltrán?

La tensión se podía cortar con una hoja.

—No necesito decir nada —replicó Eloi al fin, con una calma tan forzada que dolía—. Los míos hablan por lo que hacen. No por lo que aparentan. Mi protegido esta preparado.

Clara sonrió. Era una sonrisa hueca, como si su rostro la imitara sin emoción real.

—Lástima que eso no sirviera para salvar a los anteriores. —Y sin más, se giró.

Yo no entendí a quién se refería. Pero Eloi sí. Y lo vi. Lo vi en el modo en que sus dedos se cerraron, sutiles, sin temblor… pero con rabia.

Clara caminó entonces hacia Cass.

Se detuvo frente a ella como quien evalúa a un soldado. O peor: como quien duda de si alguien merece seguir con vida.

—No te permitas fallar —le dijo con tono seco, sin emoción—. Cass bajó la mirada.

Vi cómo sus dedos se cerraban con fuerza sobre la cuerda del arco, como si quisiera clavarse la presión bajo la piel para no olvidar.

Clara no esperó respuesta. Ni una palabra de aliento. Solo siguió su camino, arrastrando consigo la temperatura del aire.

Entonces apareció Sonie.

No como una sombra. No como una salvación.

Como un fuego contenido.

Se acercó a Cass con paso decidido, y cuando llegó a su lado, no dijo nada al principio. Solo le tomó el brazo.

Firme. Cálida. Cómplice.

—Eh —murmuró—. Tú puedes con esto.

Cass no la miró. Pero su cuerpo entero se tensó como si algo en ella se quebrara por dentro.

Sonie bajó la voz, pegándose un poco más.

—Pero si te sientes sobrepasada… busca a Álex. No a la oscuridad. Y mucho menos… a ella.

No era solo una advertencia. Era una confesión escondida.

Y entonces Cass alzó los ojos.

Y durante un segundo —uno solo— se miraron.

No con miedo.

Con todo lo que no estaban diciendo.

Sonie le rozó apenas la mejilla con los nudillos. Un gesto tan pequeño que casi pareció casual. Pero no lo fue.

Cass asintió. La barbilla temblando apenas.

Y luego Sonie se giró hacia mí.

Me miró como si quisiera traspasarme con los ojos.

—No te olvides de respirar. Ni de mirar a los ojos del enemigo.

Yo asentí, pero no dije nada. Porque no sabía cómo se respiraba cuando todo parecía a punto de derrumbarse. Y porque, en el fondo, sabía que había algo más en ese gesto entre ellas dos. Algo que no entendía todavía. Pero que quería ver arder.

A lo lejos, vi a Ania Claramunt. Se acercó a su padre Roco, preocupada. Aunque hablaban en voz baja y no oí nada. Mierda. Todo va tan rápido aquí que me había olvidado de lo de Aitor.

Román estaba observando desde el lateral, con los brazos cruzados sobre el pecho. Su postura parecía esculpida en piedra, pero su mirada no dejaba de analizar.

Cuando Valerio empezó a girar su lanza como si estuviera bailando con ella, Román gruñó bajo.

—Este chico no sabe lo que hace con una lanza —murmuró, más para sí que para nadie—. Nos va a joder la dinámica.

Pero luego me vio.

Y algo cambió en su expresión.

Cruzó el campo con pasos firmes, sin perder la seriedad, y se plantó frente a mí. No dijo gran cosa. Solo extendió la mano.

La tomé.

Su apretón fue firme, directo. Me sostuvo un segundo más de lo necesario.

—Haz lo que sabes. Y aguanta. No estás solo, ¿vale?

Asentí.