CAPITULO 9 – LA SEGUNDA PRUEBA #2
—Bueno, casi a muerte —matizó encogiéndose de hombros.
—Ah, vale, perfecto —dije yo, con una sonrisa tensa—. En vez de morir, puedo casi morir. Genial. Qué tranquilidad.
Cass soltó una carcajada mientras me daba una palmada en la espalda. —Bienvenidos a la Orden, cariño.
—¿Y qué pasa si no supero alguna?
—creo que no puedes suspender —dijo Cass con suavidad—. Pero sí puedes romperte. Hay gente que ha salido de ahí… distinta.
—Lo sabrás al salir —añadió Sonie—. Si estás temblando, es normal. Si no… probablemente ya estés muerto por dentro.
Al final del pasillo, una puerta enorme tallada en obsidiana se alzaba ante nosotros. Runas antiguas cubrían su superficie como una piel viva, y a medida que nos acercábamos, algunas se encendían con luz azulada, como si reconocieran nuestros pasos.
Sonie se adelantó, apoyó la palma sobre un símbolo central, y susurró algo en la lengua de las madres. La piedra vibró. Un sonido sordo, como un tambor enterrado, retumbó desde el otro lado. La puerta se abrió. Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Bienvenido a la arena, Álex —dijo Sonie, sin sarcasmo esta vez—. Aquí empieza la verdad.
Al cruzar a la sala de entrenamiento, lo primero que noté fue el frío. No era físico, era otra cosa. Una energía latente que se arrastraba por las paredes de piedra como una amenaza contenida. Entonces, la voz de Eloi me cortó en seco.
—Te dije que tenías cinco minutos —espetó sin mirarme, con los brazos cruzados.
Murmuré hacia Cass, lo bastante bajo como para que sólo ella me oyera:
—Magnífico. Me odia. No me ha llamado renacuajo ni una sola vez.
Cass sonrió con los labios apretados, pero no dijo nada. Sus ojos ya estaban recorriendo la sala como si midieran el terreno.
A la derecha, Kaelan hablaba en voz baja con su iniciado Valerio, por cómo me observaba, con su mandíbula marcada y mirada opaca, parecía tenerme ya atravesado en su lista de objetivos.
Kaelan no disimulaba. Mientras instruía, mantenía la vista clavada en mí, como si cada palabra fuera también una advertencia indirecta.
Al otro extremo, la figura de Clara Montalt apareció como un latigazo de autoridad. Caminó hasta donde estábamos y se llevó a Cass sin apenas mirar a nadie más.
—A ver de qué es capaz tu niñito —le soltó a Eloi con una media sonrisa que cortaba más que cualquier espada.
Cass se encogió al instante, como si su columna hubiera olvidado cómo sostenerla.
Antes de irse, giró la cabeza hacia mí, susurró un “suerte” apenas audible y, cuando pensó que nadie la miraba, miró a Sonie le sonrió.
Una de esas sonrisas que te salvan. Sonie le lanzó un beso rápido con la mano.
Todos estaban demasiado concentrados como para notarlo.
Yo no. La seguí con la mirada hasta que desapareció entre los demás.
Y entonces me fijé en el conjunto. Cada comando ocupaba un espacio como si se tratara de un campo de batalla.
Eloi, alineaba armas. Kaelan, con su pose teatral, afilaba frases como cuchillas. Clara Montalt, erguida como un puñal, repartía órdenes con la precisión de una reina de hielo, órdenes que Cass se aseguraba de cumplir.
No estaban entrenando. Estaban preparando soldados y yo no tenía ni puta idea de a qué guerra me habían lanzado.
De repente una voz resuena en toda la arena —Hoy dejáis de ser observadores.
Edrian Albinyana. El Vigía Supremo. Líder de la Orden. El silencio fue absoluto. Hasta el aire pareció recogerse sobre sí mismo cuando dio un paso al frente. No pestañeé. Sentía cada palabra como una carga de metal golpeándome el pecho.
—Hoy, el mundo os mira como su última línea de defensa.
Nadie se movía. Nadie respiraba fuerte. Solo escuchábamos.
—Aquí no se trata de gloria. Ni de poder. Aquí solo existen dos caminos: proteger… o morir.
Tragué saliva. Notaba la tensión vibrar en los músculos de mis piernas. Cass apretó los puños. Aitor parecía impasible. El iniciado de Kaelan me miraba como si ya estuviera preparando su golpe.
—Afuera, la oscuridad avanza. No respeta edad, ni linaje, ni miedo. Y cada uno de vosotros tiene algo que la oscuridad desea: vuestra magia, vuestra sangre, vuestros secretos.
Me ardieron las mejillas. Rui decía que olía a deseo y a tormenta. Me pregunté qué olía la oscuridad cuando me buscaba.
—Aprenderéis a resistir. A caer. A levantaros con las manos ensangrentadas y la mirada firme. Porque tendréis que estar dispuestos a matar.
Un murmullo apenas contenido se oyó entre los iniciados. Edrian no alzó la voz.
—Porque sois la única línea de ataque que el mundo tiene contra lo que se avecina.
Calló durante unos segundos.
Nos dejó saborear el peso de sus palabras, como si esperara a ver quién se derrumbaba primero por dentro.
—Pero no basta con matar —continuó—. También debéis sobrevivir. Porque si caéis… el mundo caerá con vosotros.
Y entonces bajó la mirada hacia nosotros.
Uno por uno. Y cuando sus ojos se posaron en mí, sentí que todo lo que había vivido hasta ese momento —mi vida en el mundo mortal, mis sueños, mis miedos, incluso Rui—, todo, era solo un prólogo sin importancia.
La historia de verdad empezaba ahora. Y el mundo quería sangre.
La Ancestra dio un paso al frente.
El silencio se volvió más pesado aún. Su presencia no necesitaba elevar la voz.
Bastaba el crujido de su capa, el leve eco de sus pasos sobre el mármol antiguo.
Cuando habló, su voz no pareció salir de su boca, sino de algún rincón oculto de la sala.
Era suave, pero inquebrantable. Como una grieta en el hielo.
—La primera prueba es física. Y es grupal.
Se detuvo en el centro, frente al círculo de iniciados. Su rostro seguía oculto por el velo, pero todos la escuchabamos como si estuviera hablándonos desde dentro del pecho.
—No se trata solo de fuerza —continuó—. Ni de velocidad. Se trata de lealtad, reacción, estrategia… y sacrificio. Porque la oscuridad rara vez ataca a solas. Viene en oleadas. En manadas. Y para sobrevivir, tendréis que confiar los unos en los otros.
Un susurro recorrió la sala. Algunos tragaron saliva. Otros apretaron los puños.
—La prueba consiste en superar una serie de obstáculos físicos y mágicos. Cuerpos en movimiento. Decisiones rápidas. Coordinación bajo presión. Y al final… una criatura surgida del Dol os esperará. Tendréis que eliminarla y recuperar un objeto que guarda. Solo así la prueba se dará por concluida.
Las palabras quedaron flotando como una sentencia. Entonces Nym levantó ligeramente el brazo. Un pergamino se desenrolló solo en el aire, sostenido por una magia invisible.
—Primer grupo —dijo—: Álex Brusc, Cassia Sendra, Aitor Claramunt… y Valerio Gael.
El estómago me dio un vuelco. No por Cass.
Ni por Aitor. Sino por el último nombre.
Valerio. Genial. El iniciado de mi némesis va a matarme.
La forma en que se colocaba detrás de Kaelan como un perro bien entrenado me daba pavor.
El chico levantó la cabeza al oírlo, con una sonrisa torcida clavada en los labios.
La clase de sonrisa que promete guerra. Trague saliva.
La prueba ni siquiera había empezado… y ya sentía que estaba corriendo.
El aire olía a madera astillada y magia dormida.
Frente a nosotros, bajo un cielo cubierto de nubes bajas, se alzaban columnas marcadas con runas que proyectaban sombras largas sobre el círculo de piedra.
En el centro, sobre pedestales de obsidiana, las armas aguardaban.
Algunas vibraban levemente, como si notaran que nos acercábamos. Como si nos reconocieran.
Tragué saliva. Sentía los latidos en la garganta.
Avanzamos en grupo hacia aquel espacio sagrado. Las túnicas oscuras de los custodios apenas se movían, pero algo en sus ojos me heló la sangre. Aquello no era una ceremonia. Era un filtro. Una purga.
Eloi apareció a mi lado sin que lo notara. Me sobresaltó su voz:
—Esa arma no es para cualquiera. —Señaló una espada doble con un aro en el centro—. Es ligera, sí, pero exige reflejos y control. No pierdas el centro… o te cortará a ti mismo.
Me acerqué. El metal parecía respirar. Mis dedos se cerraron en torno al agarre circular y, en cuanto la alcé, una corriente eléctrica me recorrió el brazo.
No era miedo. Era vértigo. Como si una parte de mí hubiese estado esperando ese momento.
Eloi me hizo adoptar la guardia una y otra vez, corrigiendo la posición de los pies, el giro de las muñecas y el ángulo de la hoja hasta que cada movimiento empezó a salir casi por instinto.
A mi izquierda, Aitor levantó una espada templaria larga. Era pesada, recta, agresiva. Yo creo que no tendría la fuerza suficiente ni para levantarla, pero el la sostuvo con firmeza, aunque había algo en su gesto… algo que me inquietó.
Cass se detuvo frente a un arco encantado que parecía hecho de luz líquida. Lo tocó con reverencia, y una pequeña bruma brillante lo envolvió, como si la magia la reconociera.
Valerio, el iniciado de Kaelan, apenas tardó un segundo en hacerse con una lanza de doble punta. Era larga, elegante, mortífera. Y él la blandía con la misma expresión que usaría para acariciar a alguien.
Sentí pasos cerca.
No necesitaba mirar.
Rui.
Mi cuerpo lo supo antes que yo. Fue como un cambio en la presión del aire, una corriente tibia que me rozó la espalda, el modo en que el ambiente se tensaba solo con su presencia.
Se detuvo a pocos centímetros. No me tocó, pero el calor de su cuerpo me envolvió como un eclipse. O como un incendio contenido.
—No dejes que te corten… —murmuró, su voz áspera, íntima, afilada como una daga de obsidiana—. Ni que te maten.
Hice acopio de fuerzas para no girarme.
—¿Preocupado por mí? Porque yo se defenderme.
Un silencio.
Y luego, su aliento en mi cuello. Su risa baja.
—No seas idiota —susurró, con una mezcla de impaciencia y diversión—. Aún me debes una noche en paz.
—Tú no sabes lo que es una noche en paz.
Sus dedos rozaron mi muñeca con descaro. No fue un gesto inocente. Fue lento. Deliberado. Como si pudiera sentir cada uno de mis latidos bajo la piel.